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GENERAL ANTONIO MACEO
Y GRAJALES "El Titan de Bronce"
De otros cubanos
fue la tarea escribir; de Antonio Maceo pelear,
luchar sin tregua, sin descanso. De otros, dar alas al
pensamiento y luz a la idea: de él, subir lomas, vadear
ríos, recorrer largas jornadas. De otros, vivir de
casquete de seda y lentes de oro, inclinados sobre los
libros: de él, vivir a caballo, vivir guerreando y sin
ultrajar la dignidad humana ni cargar botín de
aventurero; vivir peleando por la redención de su país y
el decoro de sus paisanos. El tiempo le faltó para
hacerse bachiller y aprender gramática y aritmética, mas
no para hacerse profesional del heroísmo y maestro de
austeridad. En la batalla tuvo su escuela, en las armas,
sus libros; de guía, el corazón. No fue, pues, un
pensador, sino un guerrero genial; el Héroe por
antonomasia, a quien se verá siempre, en la inmutable
serenidad de la Historia, explorando la sabana primero,
y cayendo luego, con arrogante gesto y seguido de sus
soldados, alto el machete y desplegada la bandera, sobre
el cuadro enemigo.
En Santiago de Cuba nació, y no en palacio regio, sino
en una humilde casa. Fue su padre un mestizo oriundo de
Venezuela, la patria del libertador Bolívar, y su madre,
una pobre y sencilla mujer del pueblo, de quien pudiera
decirse que tenía el corazón de una leona. A leer y a
escribir aprendió de mozo, pero no a distinguir los
verbos regulares de los irregulares, ni a conocer la
familia de los tropos. De estrategia no tomo lecciones
jamás, ni de táctica militar, ni de geometría. Buen
jinete lo fue desde su juventud y diestro manejador del
machete. La revolución iniciada en Yara lo encontró
recién casado, en pleno vigor y con el alma ya templada
para el sacrificio. Al abogado Asensio, su padrino que
lo había hecho afiliar en la francmasonería, centro
entonces de conspiración, debió sus primeros entusiasmos
por la patria y por la libertad.
Cuando su padre -padre de una tribu de bravos- supo el día
fijado para el levantamiento, llamó, de acuerdo con su
esposa, a los hijos todos, y cuando éstos estaban a su
alrededor, les tomó juramento de fidelidad a la causa
redentora, y los arengó para que la secundaran. Y así lo
hicieron todos. Juntos el padre, la madre, la compañera
de Antonio y los siete hermanos, marcharon resueltos al
campo de la revolución. En los primeros combates cayó el
viejo, luego cayeron otros, todos de cara al enemigo.
Maceo, Antonio, no: la muerte lo respetó mucho tiempo. ¡Acaso
si fue su amiga; tal vez si fue su aliada!
A las órdenes de Máximo Gómez y de Calixto García, comenzó su
carrera militar. Fue sirviendo en las fuerzas de estos
jefes que comenzó a distinguirse por su valor
disciplinado y por su inteligencia acometedora. De una
en otra acción, de una en otra hazaña, llego de simple
soldado a general, de arriero a plenipotenciario de la
gloria; de hombre incapaz de entender las epopeyas, a
hombre capaz de vivirlas y dar tema para muchas. Durante
los diez años aquellos de la guerra grande, recorrió
Maceo todo el territorio de Oriente y parte del de
Camagüey. Y lo recorrió incendiando, matando, dejando en
los caminos jirones de su propia carne y sangre de su
propia sangre. La Indiana, la Galleta, Chaparra, Zarzal,
Báguano, Manzanillo, Yabazón, las Guásimas, Naranjo,
Mojacasabe, los Mangos de Megía -acción ésta en la que
recibió nueve balazos-, San Ulpiano, Floridablanca, Los
Llanados de Juan Criollo, y ciento de lugares más,
fueron teatro constante de sus proezas: de sus
improvisadas arremetidas, cargas fantásticas y asaltos
imprevistos.
¿Lo de Baraguá? Allí, bajo los mangos aquéllos, se mostró un
gigante. Allí, protestando contra el pacto del Zanjón,
escribió una de las páginas más gallardas de la Historia
de Cuba, y una de las más conmovedoras y magníficas de
la propia suya. A él siempre lo verán los cubanos,
después de diez años de rudo y perenne batallar, y
cuando los más de sus compañeros se descalzaban las
botas de montar a caballo y dejaban caer la espada,
airado y fiero, dispuesto a no quitarse aquéllas ni a
rendir ésta, sino en el ara de la patria libre.
Y vino la tregua, la guerra chiquita -así se llama la
intentona que siguió a la paz del Zanjón-; su odisea por
Haití, donde quisieron asesinarlo; sus nuevos intentos
de rebelión; su estancia en Costa Rica; su vida de
trabajos y virtud callada; los días de propaganda, los
días de esperanza y de zozobra en que Martí, de pueblo
en pueblo, iba pregonando la necesidad del sacrificio. Y
vino el 24 de febrero de 1895, en que Cuba se alzó de
nuevo, armada de hierro y venganza; y vino el primero de
abril en que después de varios días de navegar sin rumbo
en la goleta Honor, desembarcó en las playas ásperas y
melancólicas de Duaba. A las pocas horas de desembarcar
tuvo que entablar combate. Los españoles lo persiguieron
incesantemente. Dispersa su gente, se ve precisado a
andar cerca de un mes entre breñas y a alimentarse con
naranjas agrias. Así, hasta que logró caer en un grupo
de los suyos, de sus camaradas de la guerra grande.
Cuando pudo darse a conocer, hacer acto de presencia, los
pueblos enteros se le unían. ¡Hasta los muertos dijérase
que despertaban ansiosos de acompañar al gran capitán en
sus nuevas correrías! ¡La invasión! Ella es el poema
estupendo de la guerra de independencia. ¡Y con qué lujo
de estrofas! Con menos de dos mil hombres de infantería
y caballería la emprende. Antes, se deja sentir en todo
Oriente. En cuatro meses atacó el poblado del Cristo,
recorrió el distrito de Holguín y Tunas triunfalmente;
derrotó en Paralejo a Martínez Campos, y acuchilló en
Sao del Indio a las fuerzas del coronel Canella. Luego,
el 22 de octubre, se pone en marcha, camino de Occidente.
Lo que fue la invasión no se puede decir en unas páginas:
se necesitarían libros. Basta decir que desde Oriente
llego, después de librar más de cien combates, hasta
Guane, uno de los últimos pueblos de la región
vueltabajera.
Era Maceo caballeroso, franco, leal, sencillo, casi ingenuo.
No era cruel: era magnánimo. No era grosero ni duro: era
cortés, afable, bondadoso. No gustaba de fumar ni de las
bebidas alcohólicas. Aquel hombre león se sentía mareado
cuando le fumaban al lado o aspiraba el vaho del
alcohol. Los bebedores la pasaron mal a su lado. Limpio
era como una dama. En literatura gustaba del estilo
empenachado y conmovido, y que revelara sinceridad. ¿Racista?
El significado de esa palabra no lo conocía. Para él no
hubo en Cuba más que cubanos. De negros y blancos,
hablarían otros, no Maceo. ¡Era de bronce macizo aquel
hombre, sin cuevas para víboras y gusanos!
Cuando el siete de diciembre de 1896 cayó en Punta Brava,
herido por dos balas, tenía ya veinticuatro cicatrices.
Las dos últimas hicieron veintiséis. ¡Veintiséis
condecoraciones de gloria!”
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