La isla de los dioses
  
Félix José Hernández
Desde Francia


Mi Querida Ofelia,



n este domingo parisino, con un cielo color gris plomo y la nieve convertida en especie de fango gris sobre las calles y aceras-- pero blanca sobre los techos y las ramas de los árboles--, me vienen a la mente las dos semanas de sol brillantísimo y mar de colores azul vitral o verde esmeralda, que pasamos recorriendo la Isla de los Dioses (así la denominó Homero) en agosto.
Fue un recorrido por la espléndida isla griega de Creta, cuna de la civilización cretomicénica y que a pesar de la invasión del turismo de masa, ha sabido conservar lo auténtico.

    La isla tiene unos 833 kms. cuadrados y medio millón de habitantes. De este a oeste se extiende a lo largo de unos 260 kms., sin embargo de norte a sur su anchura varía entre los 12 y los 50 kms. Es muy montañosa, de rocas calcáreas, por lo que cuenta con más de 3,000 cuevas. Su historia remonta al 280 antes de Cristo. Según Homero, Zeus nació en esa isla y sus amores con Europa tuvieron lugar en ella, así como el nacimientos de sus tres hijos, entre ellos el celebérrimo Minos.

    En el año 59 después de Cristo, San Pablo desembarcó al sur de Creta, en Kalí y posteriormente su discípulo Tito, se convertiría en el evangelizador de la isla.

    En el 1204 con la Cuarta Cruzada, la isla pasó a manos de Venecia, la que la fortificó y mantuvo bajo su yugo durante cuatro siglos. Desde allí se controlaban las rutas marítimas entre Europa y el Medio Oriente.

    En 1453, cuando Constantinopla cayó bajo los turcos, los cristianos y entre ellos numerosos artistas, se refugiaron en la isla, lo que le dio un empuje cultural enorme. Se construyeron iglesias, conventos y monasterios, que fueron decorados con esculturas, frescos y cuadros realizados por los artistas refugiados.

    En 1669 los turcos ocuparon la isla, obligando a los cretenses a convertirse al Islam. Desde entonces y hasta el 1878, las sublevaciones fueron numerosas y la represión turca implacable.

    Sólo en 1913, la isla pasó a ser libre, convirtiéndose en territorio griego, gracias al héroe isleño Eleftheiros Venizelos.

    La Batalla de Creta, tuvo lugar en mayo de 1941, cuando después de haber ocupado la Grecia continental, los alemanes lanzaron 500 aviones cargados de paracaidistas sobre la isla, derrotando a las tropas formadas por: ingleses, neozelandeses y australianos, que estaban bajo el mando del general Freyberg.

    Diez días bastaron a los alemanes para ocupar la isla, pero tuvieron que soportar la pérdida de más de 6,000 hombres de sus fuerzas de élite.

     Y en agosto del 2005... llegué yo, el guajiro camajuenense, junto a una “tropa” de 35 turistas galos, para recorrer la Isla de los Dioses.

    ¿Por dónde comenzar? Fueron tantos los lugares visitados, un baño de historia y de cultura tan grande, que creo que me voy a limitar a contarte algunas anécdotas. Cuando nos veamos de nuevo te lo contaré todo a viva voz.

    Como soy “gourmet” no comenzaré por el alimento espiritual, sino por el corporal. Entre los platos que pudimos apreciar están el carnero con alcachofas (arnáki me angináres), el pez espada (ksifós), las gambas y camarones, los quesos (féta, graviéra y manoúri), el yogurt con miel, etc. Los vinos son muy corrientes, su calidad comparándola con los franceses es mediocre, pero pudimos probar las especialidades locales en: Minos, Lato, Angelo y Gortys. Te los sirven en jarras de barro. Los licores digestivos llamados rakí y tsikoudiá, son capaces de perforar un estómago blindado.

 
   Los cretenses son bajitos, recortaditos, prietecitos y de pelo negro. ¿Dónde están esas mujeres y esos hombres de cuerpos esbeltos y atléticos que sirvieron de modelos a las miles de esculturas que llenan los museos de medio mundo? En mis viajes por la Grecia continental tampoco los encontré.

    La isla está cubierta por olivares (más de 35 millones de olivos crecen sobre ella), también las adelfas bordean las carreteras y llegan hasta las costas, que forman peñascos abruptos o playas de arenas, siempre bajo un sol ardiente de como mínimo + 33 ° centígrados.

    Nuestra excelente y cultísima guía, María Mauvroudi, nos explicó que en los últimos tres años se había producido una reducción de un –30% del turismo, debido que aunque el turismo cultural se mantenía, el turismo que sólo busca playa y sol, ahora prefería Croacia o la República Dominicana, lugares mucho más económicos para el bolsillo promedio europeo.

   Yanik, nuestro chófer, era un señor con un carácter psicorrígido, enamorado de su autocar, a tal punto que insultó a una turista, porque ésta iba a subir al mismo comiéndose unas galletitas. ¡Pobre hombre!

   Entre los turistas se encontraba una familia judía, Anne, Bernard y su hijo Florian, personas cultísimas. Me imagino lo que sentirían cuando la guía nos explicaba, frente a la recién restaurada sinagoga de La Canea, como los alemanes llenaron un barco con todos los judíos de la isla, diciéndoles que los iban a enviar a vivir en la Grecia continental. Una vez que el barco se encontró mar afuera, lo torpedearon y así fueron exterminados, fue la “Solución Final” cretense.

    Estábamos en Lerapetra (la ciudad situada más al sur del territorio europeo), en el restaurante del Hotel, presenciando por la tele la inauguración de los Juegos Olímpicos desde Atenas y según pasaban las delegaciones, unos u otros aplaudían. Al pasar la delegación de Israel, alguien aplaudió y... ¿para qué fue aquello? Una turista gala indignada, empezó a gritar contra la delegación. ¿Dónde estaría en ese momento el espíritu olímpico? Lo mismo ocurrió cuando pasó la delegación de los USA. Unos turistas aplaudieron y se vieron amenazados en griego por unos cretenses. Comprendí que eran amenazas por los gestos y las miradas airadas.

    Desde el elegante puerto turístico de Agios Nikolaos, fuimos en yate hasta la Isla de Spinalonga. Las murallas venecianas del siglo XVI rodean la isla, con una sola puerta que da a un muelle, por el cual llegamos. En su interior hay una verdadera ciudad en ruinas que sirvió de leprosorio nacional de 1904 hasta 1958. Lo más terrible es el cementerio, cuyas numerosas lápidas anónimas cubren las tumbas, donde se conservan los restos de miles de deportados leprosos, “apestados” por la sociedad de aquella época. Paradójicamente, Spinalonga fue el único pedazo del territorio griego que no fue ocupado por los alemanes, ya que éstos le tenían miedo a la lepra.

    En Gortyne recorrimos las ruinas de la Basílica de San Tito, el Templo de Apolo, el Odeón, etc. Pero sobre todo vimos el árbol, bajo el cual según la leyenda, Zeus hizo el amor con Europa. A partir de allí bromeamos con una simpática pareja compuesta por Géraldine, una belleza rubia gala a la cual llamamos Europa y Omar, su esposo senegalés, un joven profesor al que en lugar de Zeus llamamos el leopardo. Esta pareja, era el alma juvenil del grupo, junto a una chica muy simpática de apenas 13 años llamada Marianne.

    Ese día, me ocurrió algo a lo cual nunca acabaré de acostumbrarme. Un galo flaco como un alambre de perchero, al oirme hablar español con mi esposa, nos preguntó de qué país veníamos. Resulta que él había pasado unas excelentes vacaciones en Cuba el año pasado. Comenzó a hacerme el resumen de todo lo que había visto. Posteriormente empezó a atacar a los americanos, los cuales en su opinión, tienen la culpa de todo lo que ha ocurrido en Cuba. Cuando le di mi opinión, él me declaró que yo era el único cubano que le había expresado mi descontento con el régimen y que él admiraba a Castro y al Ché, porque gracias a ellos Cuba había dejado de ser el prostíbulo de los americanos. Es inútil contarte aquí todo lo que le dije, lo puedes imaginar. Se hizo un ruedo de turistas alrededor de nosotros y fue el “savoir faire” diplomático de nuestra guía, lo que evitó un desenlace desafortunado.

    Iraklión (la ciudad de Hércules), es la capital de la isla. Es un gran puerto, con grandes avenidas y edificios modernos, que no presenta gran interés. Allí desembarcó Hércules, para llevar a cabo sus famosos 12 trabajos, de ahí el nombre dado a la ciudad. Pero el Museo Nacional de Arqueología, es extraordinario. Recorriéndolo pude admirar algunas de las obras más importantes del arte griego: el fresco La Parisina, el Disco de Fastos (aún hogaño sin descifrar), la Diosa de las Serpientes (estatua de sacerdotisa con los senos desnudos y serpientes en las manos) y el Rhyton (toro de bronce con ojos de cristal, hocico de nácar y tarros de oro, símbolo de la isla). De éste último compramos una reproducción, que trona hoy día, en el vestíbulo de nuestro hogar parisino. Frente al toro, Marie Pierre, una joven e ingenua enfermera de Marsella, decía que era el toro más bello que ella había visto en su vida. Esta chica era una “bijirita”, no podía estar un momento tranquila, caminaba y hablaba sin cesar, tenía una energía desbordante.

    Subimos al Monte Gioúhtas, de 811 metros de altura. Desde la iglesia que lo corona, se puede admirar una bella vista de la capital y de los montes Dikti e Ida. Desde lejos la forma de la montaña se parece al rostro de un hombre acostado, es por lo que los antiguos habitantes cretenses, lo calificaron como el monte sagrado tumba de Zeus. En lo alto del monte flota la bandera griega, la cual tiene nueve franjas azules horizontales que corresponden a las nueve sílabas griegas de “La libertad o la muerte”, con la cruz cristiana del mismo color.

    En el cercano Valle de Fodele, rodeado de limoneros y naranjales, se encuentra el pueblecito donde nació en 1541 el genial pintor El Greco.

    Uno de los momentos más intensos del recorrido por la Isla de los Dioses, fue la visita a las ruinas del Palacio de Knossos, verdadero laberinto de corredores, habitaciones, pisos, subterráneos, etc. Según la leyenda, fue construido por Dédalo, siguiendo las órdenes de Minos, para encerrar al Minotauro, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro, fruto del amor culpable entre un toro y la reina.

    Minos tenía la costumbre de ofrecer sus enemigos al Minotauro, para que éste los devorara. Egeo, rey de Atenas había hecho matar al hijo de Minos, por lo que éste último obligaba a los atenienses a entregarle cada nueve años, un tributo de siete chicos y siete chicas, para darlos a la bestia. Teseo, hijo de Egeo, llegó desde Atenas entre las víctimas designadas, inmediatamente sedujo a Ariana, la hija de Minos, la cual para salvarlo, le dio una madeja de hilo conseguida con la complicidad de Dédalo. Gracias a ese hilo, que Teseo fue desenrollando de la madeja a lo largo del laberinto, pudo salir del mismo después de haber vencido al Minotauro.

    Teseo se escapó del reino con Ariana. Al saberlo, Minos ordenó que encerraran en el fondo más oscuro del palacio a Dédalo. Pero éste había fabricado cuatro enormes alas con plumas de aves, pegadas con cera, para escaparse en unión de su hijo Icaro.

    Desgraciadamente, Icaro se aproximó demasiado al sol y como la cera se derritió, cayó al mar, cerca de la actual Isla de Icaro, mientras que Dédalo logró llegar hasta Cumes, en la actual Italia.

    Y mientras yo recorría la sala del Trono de Minos, los apartamentos de la reina y la sala de la Diosa de las Serpientes, pensaba en aquel extraordinario profesor Heberto Valdivia, que en mi viejo Instituto José Martí de La Habana Vieja, me había explicado todo eso que yo estaba visitando y me había inculcado la pasión por la Historia.

    La playa de Matala es famosa por haber sido el lugar donde Zeus convertido en toro, llevó a la secuestrada Europa sobre su lomo. Al final de la playa se puede recorrer una península de roca calcárea perforada por cientos de cuevas, que fueron originalmente tumbas y que se convertirían posteriormente en casas de trogloditas, para en los años sesenta del siglo XX terminar como cuevas de la comunidad “jipi”, hasta que fueron desalojados por los militares.

    Cerca de ella se encuentra el Monasterio de Toplou, del siglo XIV. Pudimos admirar la colección de iconos de los siglos XV al XIX. Fue un gran centro de la resistencia contra la invasión alemana, desde donde los monjes mantenían las comunicaciones, con los aliados estacionados en las vecinas costas africanas. Al ser descubiertos, los monjes fueron fusilados por los alemanes. Hoy día un monumento recuerda ese tristísimo suceso.

    Seguimos hasta el bellísimo Palmar de Vai, compuesto por unas cinco mil palmeras situadas frente a una gran playa, en medio de un panorama desértico, lo que le da el aspecto de un oasis. Es el palmar más grande de Europa.

    Una visita impactante fue la del monumento de Amirás. A orillas del mar, sobre un peñasco, se alza un monumento que representa a un ángel decapitado, en cuyos brazos yace un joven asesinado. Para llegar hasta él recorrimos un camino a lo largo del cual decenas de figuras de jóvenes están representados en mármol, mientras caen bajo las balas alemanas. Fue en ese lugar en donde los alemanes reunieron a más de 300 jóvenes campesinos de los alrededores y los fusilaron a todos, para evitar que fueran a incorporarse a las filas de la resistencia. ¡Eran todos inocentes, su único delito fue el ser jóvenes cretenses!

    La última noche tuvimos una cena festiva en un restaurante típico. Compartimos la mesa con las familias Le Bris y Wane, y prometimos volver a vernos en la Ciudad Luz.

    Al día siguiente, el regreso a la capital gala desde el aeropuerto internacional de La Isla de los Dioses, fue dantesca. Yo pensaba que los aeropuertos de Nápoles y de Tenerife eran caóticos, éso era antes de conocer el de Iraklión, algo indescriptible. Al entregar las maletas en tal caos, pensé que nunca más las vería, sin embargo me equivoqué, llegaron bien al Charles de Gaulle. ¡Los milagros existen!

   
Un gran abrazo desde este frío y gris París, con tanto cariño y simpatía,

  Félix José  Hernández