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Inventario secreto de La Habana
Félix José
Hernández
Desde Francia |
Recordada
Ofelia,

l mes pasado me encontraba paseando por las bellas calles de Palma de Mallorca, de pronto vi venir por la acera de la sombra a un señor distinguido. Osé detenerle para preguntrarle dónde había una librería de verdad, donde pudiera encontrar libros de calidad y no sólo best-sellers. El Sr. me indicó como llegar a la Librería Fondevila ( fundada en 1893) en la calle Costa de la Pols 18. En efecto, era una librería bellísima, con ese olor característico a libros y en donde una eficiente e informada empleada me recomendó este libro de Abilio Estévez.
No hay nada más dramático para un libro, aparte de ser quemado, que encontrarse en unas cestas en un banal hipermercado, rodeado de latas de sardinas o paquetes de café.
Abilio Estévez nació en San Cristóbal de La Habana, en 1954. Se licenció en Lengua y Literatura Hispánicas y cursó estudios de filosofía en la capital cubana. Escribió dos magníficas novelas que han sido reconocidas por la crítica: Tuyo es el reino, merecedora del Premio de la Crítica Cubana 1999 y, en Francia, Premio al Mejor Libro Extranjero 2000, y Los palacios distantes, ambas traducidas a varios idiomas.
Es también autor del volumen de cuentos El horizonte y otros regresos, de las prosas poéticas Manual de tentaciones, ganadoras del Premio Luis Cernuda (Sevilla, 1986), y de varios textos teatrales, entre ellos los monólogos Ceremonias para actores desesperados.
En este bello libro no sólo hace un Inventario secreto de la Habana, sino que parece como si la pasara al scanner para mostrarnos sus secretos, esos rincones que forman parte de los recuerdos buenos o malos de nuestras infancias o juventudes y que nos acompañarán hasta el final de nuestros días.
Con gran sentido del humor, el autor nos cuenta innumerables anécdotas ; aquí tienes una de ellas:
“En el mítico año de 1968, mientras se reprimía en París, se invadía Praga y se asesinaba en México, en Cuba se celebraba el centenario del grito de La Demajagua. El 10 de octubre de 1868, con el campanazo de Carlos Manuel de Céspedes, se había iniciado la guerra cubana por la independencia de España. El lema escogido para celebrar la gloriosa jornada del centenario fue: «Cien años de lucha». O sea, que el pueblo había vivido cien años de lucha, de 1868 a 1968. Para aliviar semejante carga, los habaneros se apoyaron otra vez en el humor o, mejor, en el choteo. (Como sucedió, entre otras muchas burlas, con la famosa Fuente Luminosa de las calles 26 y Rancho Boyeros, un capricho del entonces presidente Ramón Grau San Martín, y a la que los habaneros, utilizando el nombre de la cuñada del primer mandatario y primera dama de la República, decidieron rebautizar como «el bidé de Paulina».) En el caso de los «Cien años de lucha», el choteo tornó a sus juegos lingüísticos para rebajar la severa solemnidad estatal. Así, pensando en el mal que dura cien años y en el cuerpo que lo resiste, y ante la idea aterradora de una dificultad sin fin, solía escucharse en las calles de La Habana: «Oye, mi hermano, no cojas lucha, mira que son cien años». Modo juicioso de alentar el sosiego. Llamada a la serenidad. La expresión, por supuesto, necesitó abreviarse, y así ha llegado hasta nuestros días: sabia, práctica recomendación casi zen, que parece dictada desde el jardín de Epicuro: «No cojas lucha».”
Siguen las anécdotas sobre : las putas del barco Valbarena, Safi, el hijo ciego del turco dueño de la mueblería de Bauta, las aventuras en el Malecón habanero, los balseros yéndose acompañados por rústicas imágenes de Yemayá, etc.
Estévez nos cuenta su Habana, pero que también es la tuya y la mía. A lo largo del libro se comprende su amor por esa ciudad que se derrumba inexorablemente y que espera, como si fuera una vieja dama enferma, a que alguien la venga a ayudar.
Las historias de la vida cotidiana en su Bauta natal, su terruño inolvidable y en Marianao (ciudad que progresaba), son deliciosas: la love story entre Beny Moré e Iraida, las clases particulares con la teacher en su casa, el incendio de la casa de Babó el gordo, la finca de Chepa (la protegida por Marta Fernández de Batista y de su esposo), los apagones y la vida nocturna en las calles habaneras, etc., nos hacen volver al pasado con mucha nostalgia. ¡Habaneros de todos los países: leed este libro!
En cuanto al origen de su familia, nos escribe :
“Así comienza mi pequeña y modestísima estirpe. A los treinta años, Ramón Pazó desposó a Emilia Herrera. Eso fue en las afueras de un pueblo llamado Artemisa, donde nació mi madre un 17 de febrero de 1928. Como vivían en pésimas condiciones, mi abuelo no encontraba trabajo y casi morían de hambre en los terribles años treinta (el Machadato, las Vacas Flacas, aunque no más terribles que los que vinieron después), se mudaron a Bauta porque allí estaba, en el Cayo La Rosa, la Textilera Ariguanabo, cuyo dueño, el norteamericano Dayton Hedges, tenía fama de ser mucho más benévolo que los capitalistas cubanos (lo cual no es, después de todo, nada sorprendente). Vivieron primero junto a la laguna sucia y llena de malanguetas (nuestra versión criolla de las ninfeáceas), y luego en lo que llamaron «la casita vieja» (adelantándose en treinta años a Abelardo Estorino), junto a Carmen la Gorda y la negra Nola, en el callejón de los Perros, frente a la casa del joyero Ichikawa. No mejoraron en exceso las condiciones de vida, pero tuvieron la oportunidad de sentirse, a pesar de todo, dichosos. Tenían muy poco que comer y casi nada con que vestirse, pero estaban juntos y era suficiente. Mi madre cuenta que, como no tenía zapatos, le entisaban los pies con tiras de saco, y que sin embargo ella no recuerda otro periodo más feliz en toda su vida. Emilia Herrera, la vieja Emilia, mi abuela materna, era enérgica, dispuesta y de una bondad que rayaba en el delirio. Yo la recuerdo animosa, pequeña, gorda, con la cara encendida, el pelo blanco y los ojos de un azul manso, afectuoso, inocente. Recuerdo también que, en cuanto anochecía, el patio de la casa de la vieja Emilia comenzaba a poblarse de mendigos.
Venían de todos los puntos del pueblo, y hasta de los pueblos cercanos, como Caimito y Punta Brava. Allí, bajo unas matas de guayabas y limones, iluminados por un viejo farol, se sentaban en largos bancos -construidos por mi abuelo-, a una mesa de troncos amplios y toscos, la misma mesa en la que solía comer la familia los días de buen tiempo, que eran casi todos. Descrita así, la escena de los mendigos comiendo en el patio de mi abuela puede parecer algo turbia, de dudosa caridad, de hipocresía cristiana o de película de Buñuel. Sucede, no obstante, que existía poca diferencia entre los que llegaban a comer al patio, y los que vivían en la casita de La Minina y servían la comida. La única diferencia notable radicaba, precisamente, en aquella casita de madera (que ya significaba mucho: tener un techo y unas paredes ante el sol, la noche, la lluvia y las miradas ajenas, siempre ha sido la riqueza mayor). La familia, mi familia, vivía casi en la indigencia y no constituía un acto de hipocresía sino de heroísmo que cocinaran y sirvieran más comida de la que podían permitirse. Los mendigos, que eran como amigos, llegaban siempre sonrientes, jaraneros, conversadores, satisfechos de la vida, y traían de regalo flores silvestres y pencas de palma. Había uno, al que llamaban no sé por qué Carne Cruda, que curaba las enfermedades más graves con sólo imponer su mano sobre el enfermo.”
El autor nos describe su recorrido a pie por Centro Habana, por calles como San Rafel y Galiano y nos cuenta la historia de las brujerías de Gerardo Machado en la ceiba del Parque de la Fraternidad con los babalaos.
Un verdadero catálogo de personajes habaneros inundan el libro, con historias riquísimas como: las relaciones entre el Chori y Marlon Brando, las reuniones artísticas en la casa de Collazo, las visitas a María Luisa Bautista (viuda de Lezama Lima), un día en la vida de Virgilio Piñera, Milda la jamaiquina, la negra Chana de Guanabacoa, el mítico pene del blanconazo Domingo Pachá, las aventuras de Federico García Lorca con el chófer negro de los Loynaz del Castillo, las dos chicas que vivían en el cementerio de la Lisa (Marta y Mercedes), las aventuras eróticas de Pachy el hijo de Fefa en el bosque detrás de la Pizzería El Rodeo, etc.
Abilio Estévez tuvo la feliz idea de introducir en su libro una serie de páginas, con fragmentos de lo escrito por autores célebres sobre nuestra capital. Entre ellos se encuentran: Alejandro de Humboldt, Cirilo Villaverde, Jorge Manach, La Condesa de Merlín, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), Alejo Carpentier, José María Eça de Quiroz, Miguel del Carrión, Blasco Ibáñez, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Graham Greene, Gastón Baquero, Ernest Hemingway, Reinaldo Arenas, etc.
De repente, La Habana del libro se comienza a convertir en Sodoma, según el autor nos narra anécdotas impresionantes de esa ciudad secreta cargada de erotismo en : los baños de los cines, escaleras, cementerios, techos, iglesias, barbacoas, ruinas,etc. La lujuria reina sobre las ruinas habaneras. Algunas páginas me hacen recordar “Antes que anochezca”, del gran Reinaldo Arenas.
A continuación te reproduzco una página:
“Durante algún tiempo, que a pesar de su patetismo puede considerar dichoso, él y un amigo mallorquín solían ir casi cada noche a una especie de bar-cafetería-heladería que estaba (o está) en el Malecón, muy cerca del torreón de San Lázaro. Aquel tugurio repleto mostraba un encanto especial. No habían podido encontrar en toda su vida un sitio en el que se dieran cita tantos jóvenes hermosos. Trataré de precisar: en aquel sitio horrendo de La Habana no había sólo abundante belleza, sino ésta mezclada con la desfachatez, desfachatez unida a la ingenuidad, ingenuidad unida a la picardía, picardía unida a la efusividad, efusividad unida a la timidez. Eran jóvenes bellos, cariñosos y con un toque primitivo y sofisticado fascinante. Despojándonos de pruritos morales, escoger entre aquella multitud de cuerpos espléndidos se convertía en un vértigo dichoso. Para un habanero, por ejemplo, que había conocido el tímido esplendor físico de su juventud en los años setenta, época especialmente lúgubre de la historia de Cuba, la posibilidad de elección entre un puñado de chicos dispuestos y magníficos confería a la aventura una fascinante sensación de libertad y de poder (ilusorios o no, ése es ya otro asunto).
Existía un encanto añadido: aquel cubano que acompañaba al amigo mallorquín era ya un hombre que andaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, afeado por el tiempo y los horrores de la historia. Era, pues, aquel hombre a quien nadie miraba en la calle, a quien nadie pretendía, y que, sin embargo, por una rara magia, en el antro del Malecón, cercano al torreón de San Lázaro, se sentía asediado y apetecido, devuelto a aquellos años de la efímera gloria de su juventud. Debieron de ser inmediatamente dichosas y mediatamente patéticas esas noches habaneras. Se iban a la cama con grandiosos ejemplares humanos que poseían los más escondidos secretos del gozo sexual, y que ostentaban, además, el arte de hacerles creer que, durante dos o tres horas, eran hombres deseados, y a ratos, si no hubieran sido escépticos incorregibles, hubieran podido llegar a creer que aquellos habaneros maravillosos eran capaces de amarlos.”
Pero para mí, el personaje más entrañable del libro es el viejo negro habanero, que no está en mi Habana, sino a orillas del río Neckar, bajo la helada llovizna de Stuttgart, interpretando con su maltrecha trompeta aquello que decía: “las que no tengan el talle gracioso, el andar zalamero, con gracia especial, ésas no son cubanas..”
Recuerdo a Don Carlos Gálvez, aquel profesor exiliado que vendía periódicos en la entrada de una estación del metro de Berlín, después de la muerte de su único hijo. Luis Sepúlveda me lo hizo conocer en Historias marginales.
Como de costumbre, te haré llegar este bello libro sobre nuestra Habana, con el primer galo conocido, que vaya como turista a la Perla de las Antillas.
Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,
Félix José
Hernández
Inventario secreto de La Habana.
Tusquets editores
Colección andanzas.
Barcelona. 343 páginas.
17 euros.
Abilio Estévez
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