Verdún

Félix José Hernández
Desde Francia


Querida Ofelia,



os días recorriendo Verdún y sus campos de batallas no fueron suficientes para poder verlo todo,
pero más que suficientes para constatar en vivo el horror producto de la hecatombe de la Primera Guerra mundial.

    La ciudad parece haber sido predestinada a vivir en el epicentro de un sismo francoalemán que duró casi dos siglos.

    Ya en el 1792, el prusiano Duque de Brunswick la asedió. El teniente coronel De Beaupaire, que era el jefe militar de Verdún, prefirió suicidarse a perder el honor rindiéndose y entregando la ciudad al Duque. Pero los prusianos lograron ocuparla sólo durante unas semanas, pues la victoria de Valmy los obligó a partir.

    Entre el 1870 y el 1873 fue ocupada de nuevo por los prusianos. En el 1916, Verdún era la fortaleza militar más importante de Francia. Fue en sus alrededores donde se llevó a cabo la más terrible batalla militar de la historia hasta ese momento. El centro de la ciudad tiene su encanto. Sobre la colina que la domina, se alza la Catedral de Nuestra Señora (de 1083), con un bello claustro gótico del siglo XIV. También se encuentran el Palacio Episcopal del siglo XVIII y el Palacio Princerie, del siglo XVI, sede actual del Museo Municipal. Todo restaurado impecablemente.

    La ciudad está dividida en dos por el río Meuse, a cuyas orillas se levantan bellas mansiones, terrazas de cafés. Además, algunas lanchas como La Peniche, sirven de bares, restaurantes o discotecas para el disfrute de los jóvenes.

    Varios monumentos recuerdan el pasado militar de la misma. Una escalinata monumental conduce a una terraza sobre la cual se eleva una pirámide en cuya cima se alza la estatua de un guerrero con sus manos apoyadas en una espada, simbolizando la defensa de Verdún. Al pie de la pirámide se encuentra la Cripta del Libro de Oro, donde se conservan los registros con los nombres de todos los soldados que combatieron en los campos de batalla de los alrededores de la ciudad.

     Pasando las murallas por Puerta de San Pablo y su puente levadizo, se puede admirar el monumento a la Defensa de Verdún, de Rodín, ofrecido por los holandeses a la ciudad. Pero en el interior de la ciudad lo más impresionante es la Ciudadela. Fue construida donde se encontraba la Abadía de Saint Vanne, del 952, aunque el único vestigio actual es la torre del siglo XII. El genio arquitectónico de Vauban decidió conservar esa torre al construir la enorme fortaleza. Hogaño es el Museo de la Guerra.

    A ese lugar llegaban las tropas frescas antes de partir al combate. Consta de 7 kms. de galerías, con: dormitorios, comedores, una enorme cocina (donde se preparaban 28,800 raciones diarias), hospital, etc. En la Sala de Fiestas se puede ver la representación con muebles y figuras de cera de la ceremonia que tuvo lugar el 10 de noviembre de 1920, cuando a un soldado de la guardia de honor del regimiento 132 le dijeron que escogiera uno de los ocho ataúdes que contenían a soldados sin identificar para que fuera el Soldado Desconocido que se enterraría al pie del Arco de Triunfo de París.

    El soldado escogió uno poniendo sobre él el ramo de flores que le habían dado con ese propósito, y cuando le preguntaron por qué ese ataúd y no otro, él respondió que había sumado las tres cifras de su regimiento: 1 + 3 + 2 = 6 y por eso había seleccionado el sexto ataúd.

    Alrededor de las murallas de la Ciudadela se extiende el Paseo de los Generales, que consta de 16 estatuas monumentales de sendos generales y mariscales franceses del Imperio, que actuaron durante las guerras que se llevaron a cabo allí, de 1870 a 1918.

    La célebre Batalla de Verdún tuvo lugar entre el 21 de febrero de 1916 y el 20 de agosto de 1917. El heroismo, la valentía y el horror fueron superlativo. Allí todo recuerda, 90 años después, como esa tierra fue ensangrentada. En el denominado "Relicario de la Patria", los monumentos, las placas conmemorativas y el silencio de los centenares de miles de visitantes que recorren esos lugares cada año, muestran la grandeza que los hombres son capaces de dar y la veneración a la memoria de los héroes en el espíritu colectivo de los pueblos.

    Se calcula que más de 400,000 solados franceses murieron combatiendo en "El Infierno de Verdún", apróximadamente la misma cantidad de soldados alemanes y miles de soldados americanos, venidos desde el otro lado del Atlántico a ayudar a sus amigos franceses.

    El área total de la batalla es de unos 200 kms. cuadrados, de ambos lados del río Meuse y alrededor de la ciudad de Verdún. Los bosques cubren hoy día los campos de batalla, pues aún hay miles de obuses o granadas sin explotar y hasta gases tóxicos enterrados. Los únicos claros en medio de los bosques son los dedicados a los monumentos o a los inmensos cementerios militares, donde decenas de miles de cruces blancas están alineadas a lo largo de los valles.

    A la salida de la ciudad, el primer cementerio militar es el de Faubourg Pavé, allí están sepultados 5,000 soldados, entre ellos los siete soldados desconocidos de la Ciudadela.

    El Fort de Vaux y el Fort de Douamont son muestras de las condiciones inhumanas en que combatían los soldados, por túneles oscuros, mal alimentados, tomando el agua que se lograba infiltrar (pasando las lenguas por las paredes) cuando llovía, enfermos, matándose por ganar un metro de túnel, operados sin anestesia y en condiciones insalubres, etc.

    El enorme Osuario de Douamont, de 137 metros de largo y con una torre formada por cuatro cruces de 46 metros de alto, conserva los restos de más de 140,000 soldados que se han encontrado en los campos de batalla. Frente a él se extiende un cementerio con 15,000 tumbas de soldados. En cada una se puede leer el nombre y la edad del caído. Esto es muy impresionante, pues casi todos tenían alrededor de 20 años.

    El Memorial de la Batalla de Verdún, es un excelente museo con sus: esquemas, mapas, uniformes, armas y todo lo que puede ayudar a comprender lo que ocurrió. Yo compré dos reproduciones de posters y postales de aquella época.

    El primero representa a un soldado americano que le da la mano a uno francés, ambos con sus banderas nacionales. Detrás de ellos está el Monumento a la Libertad de New York (que como todos sabemos fue hecho en París por Bertholdi y posteriormente trasportado a América).

    A ambos lados en lo alto, los escudos nacionales de las dos naciones amigas y al pie de los soldados aparece escrito: "Frères d'Armes. Brothers in Arms. Pour la Liberté des Peuples" (Hermanos de Armas. Por la Libertad de los Pueblos).

    El segundo representa dos barcos de guerra de los USA en pleno mar, y sobre ellos una bandera americana con un círculo al centro, en el cual el soldado americano pegaba su foto. Sobre la bandera aparece escrito: "Kisses from France".

    Observando las postales originales, pensaba en esos miles de soldados jóvenes que vinieron a ayudar a Francia y que dieron su vida por ella; por una nación que quizás muchos de ellos no sabían ni encontrar en un mapamundi. ¿Cuántas madres, novias o esposas conservaron esas postales con la foto del ser amado durante todas sus vidas como único recuerdo del hombre que un día partió a liberar este país?

    Junto al memorial, una pequeña iglesia llamada Nuestra Señora de Europa, se alza en donde estuvo el pueblo de Fleury. Allí unas placas indican el lugar donde estuvo ubicada cada casa, con el apellido de la familia. ¡Todos murieron!

    Terminamos el recorrido en el Cementerio de Romagne sous Montfauçon, el que se extiende sobre 40 hectáreas. En el se encuentran 14,000 tumbas de soldados americanos con sus sendas cruces de mármol blanco. Un césped verdísimo y sus rosaledas bajo un cielo azul vitral en el cual flotaba una bandera americana, daban una imagen de serenidad y recogimiento.

    En su centro, junto al asta de la bandera americana, se levanta un monumento conmemorativo y una capilla con puertas de hierro forjado.

    Durante esos dos días, pensé a menudo en cuanto dolor, cuanto drama se había desarrollado en esos lugares, donde murieron casi un millón de seres humanos. Si a esos soldados les hubieran dicho que un día no existirían las fronteras entre Francia y Alemania, que ambos países formarían parte de la Unión Europea y que las nuevas generaciones no sentirían odio ni desprecio por uno u otro pueblo, quizás no lo hubieran creído.

    Me senté en un banco bajo un árbol y mientras contemplaba el bosque de cruces blancas de soldados americanos, reflexioné a propósito de una cierta incomprensión que a veces aparece entre las dos grandes naciones situadas a ambos lados de Atlántico. ¿Qué podemos hacer para ayudar a limar las asperezas francoamericanas?

    Un gran abrazo desde estas lejanas tierras,

 Félix José  Hernández