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- "¿Crees en el destino?"; fue lo primero que Juan Miguel preguntó a Tamara, después de que ambos intercambiaran varias miradas. Después de darse cuenta de que la mujer que en la parada estaba sentada a su lado no podía contenerse y lo miraba con insistencia, escudriñando detalles de su rostro, de su cuerpo, como tratando de descubrir algo nuevo. El, hacía lo mismo. Pero con la seguridad de que ella era la mujer con la que él tanto soñó durante diez años. Solo le quedaba trazar un plan para a ser realidad se sueño. - Sí creo - respondió Tamara, con risita cómplice, nerviosa y derritiéndose toda. Respuesta que primeramente la dio con sus ovalados ojos verdes. Ojos verdes que perturbaron y vigilaron el sueño del presidiario durante diez años. Ojos verdes que hablaban. Ojos verdes que intranquilos miraban, inspeccionaban y devoraban el grácil rostro del joven. Ojos verdes que con deseos carnales se apozaron en los finos labios de Juan Miguel. Lujuriosos ojos verdes. "Todo será más fácil de lo que pensé"; Decía para sus adentros el presidiario que mientras estuvo en la cárcel estudió disímiles variantes para cuando se le diera la oportunidad realizar su sueño. Y con mente calculadora, sangre de horchata y corazón apasionado al percibir la provocación de Tamara, intuyó que la mejor forma para conseguir su objetivo era aplicar el quinto secreto del amor abundante: el poder del contacto físico. Y lo puso en práctica. Tomó una de las finas y delicadas manos de la joven y con ternura premeditada volvió a preguntar: - ¿Y en al amor a primera vista? - "También creo"; respondió Tamara, bajando la cabeza con los cachetes encendidos, la piel de los brazos erizada de emoción y apretando ligeramente la nervuda mano del hombre. El sonido de ser abierta y cerrada la puerta del baño, hace volver a Juan Miguel a la realidad, quien se vira y ve flotando en el aire el largo, ondeado y negro pelo de Tamara. Baja la vista y la respiración de le tranca al observar el preso el cuerpo acabado de salir de la ducha. Las empinadas y macizas nalgas que acompasadas suben y bajan semicubiertas por un seductor bobito y los sabrosos muslos que dan paso a torneadas piernas que raudas hacen desaparecer a la joven tras la puerta del cuarto. Juan Miguel empina el codo y de un solo trago deglute la menta que le queda en el vaso. Momento seguido escucha la sensual voz de Tamara, invitándola la acompañe. No duda ni un momento y, cual toro salvaje, echando humo por la nariz, se encamina con los pasos seguros al cuarto. Abre la puerta, y allí, de espalda a la cama y parada frente a él, está la mujer de sus sueños, con los brazos abiertos, ofreciéndosele. El cuerpo de Tamara, cubierto tan solo por un transparente bobito, deja a Juan Miguel inhibido, quién solo atina a deleitarse contemplando los atómicos senos con rosados y puntiagudos pezones. La abultada pelvis que depilada invita a que la acaricien… Asimismo contemplando el plano abdominal, la delicada Cintra y los potentes muslos de sirena. Todo en ella es perfecto. Perfecto y sensual que lo hacen irresistible. Hasta exhala buena salud de hembra apetitosa. Tamara toma iniciativa. Da unos pasos adelante. Estrecha entre sus brazos al asombrado joven. Cierra los ojos, respira profundo y con esponjosos y carnosos labios besa la boca de Juan Miguel. El presidiario siente como la lengua de Tamara se dilue, cual terrón de azúcar, dentro dentro de sí. Se enrojece cuando la lisa y delicada piel de la mujer de sus sueños se pega a la de él y lo quema con fuego abrazar fundiendo los dos cuerpos en uno. El corazón del presidiario late de prisa, la sangre fluye por las arterias como si las fuera a reventar, la mente se le transforma e introduce la mano en el bolsillo trasero de pitusa y extrae una navaja. Navaja que lo acompaña hace diez largos años y con la cual siempre pensó hacer realidad su sueño. Y de forma mecánica aparta el pelo que cubre el cuello de la joven, y desesperado, con los ojos inyectados de pasión de un navajazo y luego otro, y otro, y otro más; haciendo jirones el provocador bobito que cubría el cuerpo de la ninfa. Juan Miguel se deshace de sus ropas. Empuja a Tamara para encima de la cama, se tira encima de ella y abrazados ruedan por toca la cama y caen al piso. Juan Miguel con todo su rostro masajea, besa, muerde, chupa; los pezones de los cilíndricos y duros senos de Tamara, se zambulle en el clítoris mientras que con las manos acaricia el terso cuerpo que se retuerce, gime, arde;de placer. El cuerpo de la hembra en celo que pide, que exige la muerda, lo aprieten, lo estrujen, lo gocen, lo posean; La excitación de ambos es tan grande que puede sentirse el zumbido de la sangre en sus venas. Tamara no aguanta más el placer que le proporciona Juan Miguel cuando la alengua le lama el clítoris, cuando con los labios se lo chupa y cuando con los dientes se lo come dándole pequeñas mordidas que agritos pide que la penetren; Tamara hala el potente hombre, le chupetea el pecho y enroscándolo entre sus ricos muslos le regala la húmeda cueva, encharcada ya, de fragancias de amor, para que el presidiario con la flamígera antorcha le explore, la queme por dentro. Juan Miguel se acomoda y se excita mucho más al ver como Tamara, cuan bailarina de ballet, abre las piernas y muestra la caliente e inflamada vulva destilando, chorreando de satisfacción y en pleno clímax lo busca con acompasados movimientos de cintura gritándole: - ¡Penétrame ya!... ¡Penétrame!... ¡Penétrame con fuerza!... ¡métemela!... ¡goózame!... ¡goózame!... y siente como la sacuden por los hombros, la halan por los pies sacándolo de encima de Tamara y le dicen: Recuento.
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