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ESPIRA ANHELOSAMENTE. Intenta correr, pero una fuerza sobre natural
lo detiene. El corazón quiere salírsele por la boca. Da un grito, y
con temblorosa mano saca el punzón que siempre trae en el bolsillo
del pantalón y con los ojos desorbitados, se incorpora en la litera.
Osmel, mira hacia todos lados y se da cuenta que tenía una pesadilla.
Pesadilla que está seguro que se hará realidad.
Aún asustado siente como las tripas se le retuercen de hambre en lo
más profundo de su alma y rechinando los dientes dice:
- Maldita hambre. Si no fuera por ti, no estaría preso y mucho menos
a punto de perder la moral o de matar a…
- ¡He! ¿rezando? – la pregunta sorprende a Osmel, quien se
vira y ve a Martín que mordiéndose el labio inferior le dice:
- No reces tanto y búscame la plata que me debes, porque ni Dios de
esta te salva. Te quedan unas horas para que me pagues o ya tú sabes…
y amasándose los testículos, antes de marcharse, le repite: - ya tú
sabes lo que te espera.
Osmel se desploma en le colchón, se hace un ovillo y con la cabeza
entre las manos trata de controlar el temblor que lo domina.
Adormecido piensa como le ha mentido, una y mil veces, a su madre
diciéndole que está preso junto a personas con delitos menores como
el de él y no con violadores, psicópatas ni asesinos. Que los
reclusos que con él conviven no son peligrosos.
La algarabía de los presos que se preparan para el recuento de las
seis de la mañana, saca a Osmel del sopor en el que se encuentra y
dando tumbos se dirige a formar para que lo cuenten.
Una vez pasado el recuento al matón de Martín se encamina,
nuevamente, a donde está Osmel y le dice:
- Bueno conejito, está llegando la hora. Tu mamá vienen a la visita
por la mañana, así que yo pienso que por la tarde tú tengas mi plata;
sino ya tú sabes… ya tú sabes lo que te espera esta noche…-
y dándole la espalda se dirige al baño.
El cerebro de Osmel trabaja a 100 rpm porque sabe que su mamá no le
traerá dinero. En primer lugar porque ella no sabe de que él está
endeudado y, en segundo lugar porque el mísero salario que el Estado
le paga no le alcanza ni para comer.
Osmel también sabe que el que está preso por violar niños, mujeres o
asesinar no piensa ni actúa igual al que está en prisión por haber
robado para comer. Pero más que nada sabe que si no hace un buen
papel con Martín, el año que le queda en la cárcel será infernal
para él. Por lo que el menor, apodo por lo que los presos llaman a
Osmel, parado al lado de la litera con la cabeza agachada, el
estómago escalofriado de hambre y de miedo y las manos metidas en
los bolsillos del pantalón; asecha con el rabito del ojo, a Martín,
que viene del baño como si pasara por la alameda, sin preocupación
alguna, saboreándose los labios, agarrándose los testículos y
atravesándolo con fría mirada. Fría mirada que provoca que la sangre
al menos le corra por las venas a la velocidad de a luz, que el
corazón se le acelere y con la mente oscurecida apriete, con toda su
fuerza, el punzón que esconde en el bolsillo y con sabor a sangre en
la boca, moviendo imperceptiblemente los resecos labios diga:
- Martín, huele a muerto.
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LA HABANA, CUBA
{04-06-2009}
EL CIEGO
NORMANDO HERNÁNDEZ GONZÁLEZ.
AHÍ ESTÁ. COMO TODAS LAS MAÑANAS. Sentado en el banco de madera
ubicado bajo el álamo del lado norte del parque. ¿Qué se traerá ese
joven entre manos? ¿A quién pretende engañar? Son preguntas que
todos los días me hago cuando lo veo sosteniendo, entre sus
regordetas manos, un libro, y ensimismado, hundido, metido dentro de
sus páginas frunce el entrecejo, respira apasionadamente y
exterioriza en su rostro y cuerpo cuantas amarguras o deleites
trasmite una concentrada lectura. De hoy no pasa que descubra el
misterio del ciego que lee.
Decido dirigirme hacia donde está sentado el invidente. Estoy a
pocos pasos de él, uno, dos, y ni por enterado se da de mi presencia.
Tan absorto está en la lectura, tan apartado de todo que transito
varias veces delante de él y no sale de su letargo. Me para frente a
frente. Lo veo muy de cerca. Tiene las piernas cruzadas, el bastón
entre las mimas extendiéndose desde el piso hasta la altura de los
fornidos hombros. Observo las oscuras gafas donde refugia sus ojos;
el pelo negro, lacio y bien peinado; y la nariz perfilada que no
contrasta con la redonda cara y el hercúleo cuerpo. Pero eso sí, su
aspecto general es saludable y la juventud de unos treta y cinco
años, cuando más, le reboso por los poros.
Me acerco. Me acerco tanto inclinándome hacia él que puedo sentir su
respiración. Levanto las manos y las muevo haciendo sombra a la
altura de sus ojos para ver si lo puedo sacar de las páginas del
libro. Pero nada. Mis piruetas son en vano. Entonces todo, carraspeo
y es cuando el ciego con una leve sonrisa, sin ápice de incómodo
levanta la cabeza y dice:
- Buenos días ¿En qué puedo servirle?
La naturalidad del joven me sorprende. No sé que decirle. Solo atino
a responderle los buenos días y a pedirle permiso para compartir el
banco conde está sentado. Y me responde:
- No hay problema. Pero cuide de que su perro no se coma la merienda
que tengo en la bolsa que a mi lado se encuentra.
Lo queme dice, me asombra. ¿Cómo este hombre que no ve, sabe que me
acompaña un perro? Me siento y me digo:
- Perdone amigo ¿Es usted ciego?
- Sí. Soy ciego.
Al escuchar su respuesta esparramo los ojos y la boca, saco la
lengua y desorbitadamente la muevo; me revuelvo el pelo; inclino
violentamente la cabeza hacia delante, luego hacia atrás, después en
todas las direcciones; resoplo como un caballo; levanto los brazos
al cielo; suelto una carcajada, luego otra; hago silencio; respiro
profundamente y con insolente tono, sin dejar de hacer payasadas con
las manos, el rostro y todo el cuerpo; arremeto contra el ciego
diciéndole:
- ¡Creo que está usted riéndose de mí! Hace varios días vengo
observándolo y su conducta no es la de un ciego normal. Hasta puede
justificar que haya descubierto que me acompaña un perro, por eso de
que a las personas que tienen afectado un sentido se le desarrollan
los demás y usted pudo haber percibido el característico olor de
estos animales. Pero lo que si no puede justificar es que siendo
ciego como usted dice que es, pueda leer y experimentar el gozo de
la lectura. Si no eres ciego, puedes apreciar que puedo ser su
abuelo y las canas que peino merecen respeto. Y si en realidad es
ciego, le ruego, y no lo considere una falta de respeto, diga a este
curioso viejo; que no quiere irse para la tumba con tan gran
misterio carcomiéndole los huesos, ¿Cómo es posible que usted pueda
leer siendo siego?
Pensé que iba a sacar al joven se sus cabales. Pero ni con las
burlas ni la insolencia surtieron efecto en el ciego con tremenda
educación escuchó todo lo que le dije y pienso que hasta vio la
forma en que se lo dije, por que en cada una de mis muecas el rostro
se le contraía. Cuando concluí mi bufonada, el ciego cerro el libro,
lo puso encima de su regazo y acariciando la carátula con las yemas
de los boludos dedos comenzó a decirme con palabras pausadas, pero
bien entonadas:
- ¡Hay amigo! Usted, es más ciego que yo. Recuerde el refrán que
dice: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Hace
quince años que soy ciego y desde entonces, veo más que cuando
miraba hacia donde otros querían.
Y pidiéndome permiso se paró del banco. Y abriéndose paso con el
bastón, la merienda en la mano y el libro bajo el brazo, fue
alejándose de mí hasta que lo perdí de vista.
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