Por hambre

Normando Hernandez Gonzalez

Prisión Kilo 7, Camagüey
6 de abril de  2009
 




ESPIRA ANHELOSAMENTE. Intenta correr, pero una fuerza sobre natural lo detiene. El corazón quiere salírsele por la boca. Da un grito, y con temblorosa mano saca el punzón que siempre trae en el bolsillo del pantalón y con los ojos desorbitados, se incorpora en la litera. Osmel, mira hacia todos lados y se da cuenta que tenía una pesadilla. Pesadilla que está seguro que se hará realidad.

Aún asustado siente como las tripas se le retuercen de hambre en lo más profundo de su alma y rechinando los dientes dice:
- Maldita hambre. Si no fuera por ti, no estaría preso y mucho menos a punto de perder la moral o de matar a…
- ¡He! ¿rezando? – la pregunta sorprende a Osmel, quien se vira y ve a Martín que mordiéndose el labio inferior le dice:
- No reces tanto y búscame la plata que me debes, porque ni Dios de esta te salva. Te quedan unas horas para que me pagues o ya tú sabes… y amasándose los testículos, antes de marcharse, le repite: - ya tú sabes lo que te espera.

Osmel se desploma en le colchón, se hace un ovillo y con la cabeza entre las manos trata de controlar el temblor que lo domina. Adormecido piensa como le ha mentido, una y mil veces, a su madre diciéndole que está preso junto a personas con delitos menores como el de él y no con violadores, psicópatas ni asesinos. Que los reclusos que con él conviven no son peligrosos.

La algarabía de los presos que se preparan para el recuento de las seis de la mañana, saca a Osmel del sopor en el que se encuentra y dando tumbos se dirige a formar para que lo cuenten.

Una vez pasado el recuento al matón de Martín se encamina, nuevamente, a donde está Osmel y le dice:
- Bueno conejito, está llegando la hora. Tu mamá vienen a la visita por la mañana, así que yo pienso que por la tarde tú tengas mi plata; sino ya tú sabes… ya tú sabes lo que te espera esta noche…- y dándole la espalda se dirige al baño.

El cerebro de Osmel trabaja a 100 rpm porque sabe que su mamá no le traerá dinero. En primer lugar porque ella no sabe de que él está endeudado y, en segundo lugar porque el mísero salario que el Estado le paga no le alcanza ni para comer.

Osmel también sabe que el que está preso por violar niños, mujeres o asesinar no piensa ni actúa igual al que está en prisión por haber robado para comer. Pero más que nada sabe que si no hace un buen papel con Martín, el año que le queda en la cárcel será infernal para él. Por lo que el menor, apodo por lo que los presos llaman a Osmel, parado al lado de la litera con la cabeza agachada, el estómago escalofriado de hambre y de miedo y las manos metidas en los bolsillos del pantalón; asecha con el rabito del ojo, a Martín, que viene del baño como si pasara por la alameda, sin preocupación alguna, saboreándose los labios, agarrándose los testículos y atravesándolo con fría mirada. Fría mirada que provoca que la sangre al menos le corra por las venas a la velocidad de a luz, que el corazón se le acelere y con la mente oscurecida apriete, con toda su fuerza, el punzón que esconde en el bolsillo y con sabor a sangre en la boca, moviendo imperceptiblemente los resecos labios diga:

- Martín, huele a muerto.

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LA HABANA, CUBA
{04-06-2009}

EL CIEGO
NORMANDO HERNÁNDEZ GONZÁLEZ.

AHÍ ESTÁ. COMO TODAS LAS MAÑANAS. Sentado en el banco de madera ubicado bajo el álamo del lado norte del parque. ¿Qué se traerá ese joven entre manos? ¿A quién pretende engañar? Son preguntas que todos los días me hago cuando lo veo sosteniendo, entre sus regordetas manos, un libro, y ensimismado, hundido, metido dentro de sus páginas frunce el entrecejo, respira apasionadamente y exterioriza en su rostro y cuerpo cuantas amarguras o deleites trasmite una concentrada lectura. De hoy no pasa que descubra el misterio del ciego que lee.

Decido dirigirme hacia donde está sentado el invidente. Estoy a pocos pasos de él, uno, dos, y ni por enterado se da de mi presencia. Tan absorto está en la lectura, tan apartado de todo que transito varias veces delante de él y no sale de su letargo. Me para frente a frente. Lo veo muy de cerca. Tiene las piernas cruzadas, el bastón entre las mimas extendiéndose desde el piso hasta la altura de los fornidos hombros. Observo las oscuras gafas donde refugia sus ojos; el pelo negro, lacio y bien peinado; y la nariz perfilada que no contrasta con la redonda cara y el hercúleo cuerpo. Pero eso sí, su aspecto general es saludable y la juventud de unos treta y cinco años, cuando más, le reboso por los poros.

Me acerco. Me acerco tanto inclinándome hacia él que puedo sentir su respiración. Levanto las manos y las muevo haciendo sombra a la altura de sus ojos para ver si lo puedo sacar de las páginas del libro. Pero nada. Mis piruetas son en vano. Entonces todo, carraspeo y es cuando el ciego con una leve sonrisa, sin ápice de incómodo levanta la cabeza y dice:

- Buenos días ¿En qué puedo servirle?

La naturalidad del joven me sorprende. No sé que decirle. Solo atino a responderle los buenos días y a pedirle permiso para compartir el banco conde está sentado. Y me responde:

- No hay problema. Pero cuide de que su perro no se coma la merienda que tengo en la bolsa que a mi lado se encuentra.

Lo queme dice, me asombra. ¿Cómo este hombre que no ve, sabe que me acompaña un perro? Me siento y me digo:

- Perdone amigo ¿Es usted ciego?
- Sí. Soy ciego.

Al escuchar su respuesta esparramo los ojos y la boca, saco la lengua y desorbitadamente la muevo; me revuelvo el pelo; inclino violentamente la cabeza hacia delante, luego hacia atrás, después en todas las direcciones; resoplo como un caballo; levanto los brazos al cielo; suelto una carcajada, luego otra; hago silencio; respiro profundamente y con insolente tono, sin dejar de hacer payasadas con las manos, el rostro y todo el cuerpo; arremeto contra el ciego diciéndole:

- ¡Creo que está usted riéndose de mí! Hace varios días vengo observándolo y su conducta no es la de un ciego normal. Hasta puede justificar que haya descubierto que me acompaña un perro, por eso de que a las personas que tienen afectado un sentido se le desarrollan los demás y usted pudo haber percibido el característico olor de estos animales. Pero lo que si no puede justificar es que siendo ciego como usted dice que es, pueda leer y experimentar el gozo de la lectura. Si no eres ciego, puedes apreciar que puedo ser su abuelo y las canas que peino merecen respeto. Y si en realidad es ciego, le ruego, y no lo considere una falta de respeto, diga a este curioso viejo; que no quiere irse para la tumba con tan gran misterio carcomiéndole los huesos, ¿Cómo es posible que usted pueda leer siendo siego?

Pensé que iba a sacar al joven se sus cabales. Pero ni con las burlas ni la insolencia surtieron efecto en el ciego con tremenda educación escuchó todo lo que le dije y pienso que hasta vio la forma en que se lo dije, por que en cada una de mis muecas el rostro se le contraía. Cuando concluí mi bufonada, el ciego cerro el libro, lo puso encima de su regazo y acariciando la carátula con las yemas de los boludos dedos comenzó a decirme con palabras pausadas, pero bien entonadas:

- ¡Hay amigo! Usted, es más ciego que yo. Recuerde el refrán que dice: &#8220;No hay peor ciego que el que no quiere ver&#8221;. Hace quince años que soy ciego y desde entonces, veo más que cuando miraba hacia donde otros querían.

Y pidiéndome permiso se paró del banco. Y abriéndose paso con el bastón, la merienda en la mano y el libro bajo el brazo, fue alejándose de mí hasta que lo perdí de vista.