
n estos
difíciles
tiempos que
vivimos,
todos hemos
sido testigo
de un hecho
verdaderamente
trascendental
e histórico:
el próximo
presidente
de los
Estados
Unidos, el
número 44 de
su historia,
será un
negro electo
por la
mayoría
incontestable
del pueblo
norteamericano.
Lo anterior
no es poca
cosa en una
sociedad que
algunos años
atrás
luchaba por
los derechos
civiles de
los
afro-americanos,
discriminados
por el único
motivo de
tener un
color
diferente en
su piel.
En el
mundo
entero, los
hombres
libres y de
buena
voluntad han
sentido que
la humanidad
ha dado un
paso
trascendente
en el camino
de la
justicia
racial,
precisamente
en el mayor
y más
desarrollado
país de
nuestros
tiempos,
colocando en
el sitial
más alto de
su política
interna y
externa a
quien por
méritos la
ciudadanía
democráticamente
decidió en
elecciones
libres sin
importarle
su condición
racial.
No hay
que ser
militante
del partido
demócrata, o
concordar
con las
ideas
expresadas
durante la
campaña
electoral
por el
equipo
triunfante,
para
reconocer el
triunfo y su
significado
más que
trascendente.
Los méritos
de este
resultado
electoral
son
indiscutibles,
lo que no
elimina que
en la
política que
proyecta el
futuro
presidente
--del cual
nadie
discute su
talento y
proyección
histórica--
haya
objetivos
polémicos
respecto a
negociaciones
con el
dictador
cubano.
Es de
notar que,
junto al
júbilo
natural de
los amantes
de la
democracia
en todo el
mundo,
especímenes
del calibre
de un Hugo
Chávez en
Venezuela,
el
representante
de Hamás en
el Medio
Oriente, Evo
Morales en
Bolivia y
Ahmadinejad
en el Irán
de los
Ayatolas,
para no
hablar de
Zapatero en
España --que
sabemos que
fue el único
político que
permaneció
sentado ante
la bandera
norteamericana
en un
desfile en
el cual
todos los
presentes le
hicieron
educada
reverencia
poniéndose
de pie-- lo
que arroja
un manto de
sospecha
sobre la
política
exterior del
flamante
presidente
electo.
Esta
contradicción
entre los
hombres y
mujeres
libres
satisfechos
por la
contienda
electoral, y
el júbilo de
los
opresores
mencionados
--celebrando
el triunfo--
es fuente de
dudas sobre
el
significado
que debemos
dar al
acceso al
poder de la
primera
potencia
mundial de
un hombre
cuya promesa
de cambios
cautivó a
EUA y donde
estos
canallas no
pueden tener
un lugar.
Estados
Unidos fue
atacado
cobarde e
inexplicablemente
en 2001 por
una banda
terrorista,
dejando
miles de
muertos
inocentes en
suelo
norteamericano.
Los mismos
que hoy
ensalzan el
acceso al
poder de
Obama,
justificaron
entonces el
ataque como
siendo, sino
justo, sí
merecido,
por el papel
supuestamente
“imperialista”
que según
todos ellos
EUA
desempeña en
la sociedad
mundial del
siglo XXI.
¿Qué
pretenden
Ahmadinejad,
Chávez,
Zapatero o
Evo Morales,
reconocidos
personajes
de la más
furibunda
fauna anti
norteamericana
--que apoyan
decididamente
la dictadura
y la
opresión en
Cuba-- con
declaraciones
de mal
disimulado
júbilo y
apoyo al
nuevo
presidente
de EUA?
¿Será que
imaginan que
ahora Obama
va a ser
“menos”
representante
y defensor
de los
intereses
norteamericanos,
de lo que
fueron los
anteriores
presidentes
de los
Estados
Unidos?
Barack
Obama es el
presidente
electo de
Norteamérica,
no del
partido
demócrata o
del
republicano
y como tal,
todos
sabemos (o
como mínimo
imaginamos)
que sepa
defender a
un país que
por mérito
propio se ha
colocado a
la cabeza
del mundo
libre y que
demuestra su
desarrollo
social
precisamente
eligiendo un
negro como
jefe de un
estado, en
lucha
precisamente
contra los
personeros
que ahora
saludan su
elección,
como Hugo
Chávez y Evo
Morales.
Personalmente,
como cubano,
temo que el
cambio de
política
hacia Cuba
(cuyos
dirigentes
todavía no
se ha
pronunciado
oficialmente)
nos lleve a
un período
de
permanencia
adicional de
la dictadura
en la isla,
legitimizada
además por
el
reconocimiento
norteamericano
que
implicaría
el inicio
oficial de
conversaciones
sobre temas
en los
cuales los
cubanos
sabemos de
sobra que no
habrá
concesiones
políticas
por parte de
la tiranía
de los
hermanos
Castro y que
de alguna
manera
permitiría a
la dictadura
re-establecer
importantes
aliceres
económicos.
La mayor
aspiración
de la fauna
“anti-yankee”
mencionada
antes --y
que hoy
celebra el
triunfo de
Obama-- es
ver a los
Estados
Unidos
sumidos en
la
mediocridad
de una
involución
interna y
externa,
dejando en
su lugar el
espacio que
ellos
necesitan
para, como
en Cuba,
oprimir a
sus propios
pueblos. Son
los mismos
que en foros
mundiales
han
decretado el
“fin del
capitalismo”,
a partir de
la crisis
financiera,
en cuyo
contexto ha
emergido
Obama como
presidente
de EUA.
Varias
preguntas
importantes
creo que
debemos
hacernos
sobre “el
imperialismo”:
¿fue más
libre el
mundo cuando
los imperios
antiguos, en
la
Mesopotamia,
en Egipto,
China,
Persia,
entre otros,
ejercieron
sus dominios
sobre
pueblos
ajenos? ¿era
más libre el
mundo
dominado por
el imperio
creado por
Alejandro
Magno?;
¿resultó más
libre el
mundo del
imperio
romano?;
¿era
democrático
el imperio
árabe al
expandirse
por el mundo
conocido
dominado,
desde el
norte de
África, a
una buena
parte de
Europa
(España)
hasta Asia?;
¿era más
libre el
mundo cuando
las huestes
mogolas
dominaron
casi toda
Asia y una
buena parte
de Europa?;
¿lo era
cuando
España
dominaba un
imperio
donde “nunca
se ponía el
sol”?; ¿fue
mejor el
imperio de
Napoleón?;
¿acaso hubo
mejoras con
el recién
‘desboronado’
imperio
soviético?;
¿es peor la
situación
actual, que
la antes
vivida por
los países
sometidos a
los imperios
mencionados?
El
constatar
que la
historia del
mundo --por
desgracia--
no ha sido
más que la
sucesión de
imperios
diversos, de
dominadores
y dominados,
claro que no
debe ser
suficiente
para admitir
el domino
extranjero
sobre
ninguna de
las
naciones.
Sin embargo,
sí es razón
para hacer
oídos sordos
cuando un
representante
de uno de
los imperios
fracasados
critican al
actual
“imperio
norteamericano”,
como es el
caso de
Zapatero en
España, que
traza su
política
hacia Cuba
como
revancha
contra los
Estados
Unidos, por
haber
apoyado Cuba
a liberarse
de su yugo.
Claro
que nadie
aspira a que
Obama
refuerce el
“imperio
yankee” a
costa de
otros
pueblos. Sin
embargo, es
importante
que los
nuevos
gobernantes
norteamericanos
sepan que
aquellos que
se quejan
contra el
“imperialismo
norteamericano”,
ya fueron (o
son)
importantes
opresores de
sus propios
pueblos,
como Hugo
Chávez y Evo
Morales, que
apoyan a
Obama en un
vano intento
oculto por
debilitarlo,
halagando a
su enemigo
irreconciliable,
en la
creencia que
es de su
misma calaña
y con la
esperanza de
expandir el
chavismo en
Sudamérica
ante un EUA
más
“democrático”
y permisivo.
El
deber de los
cubanos es
luchar por
la libertad
de la isla.
Trabajar por
su
independencia
de la
Venezuela de
Chávez,
ahora, como
lo fue antes
de la Rusia
soviética.
Hay muchos
caminos que
conducen a
este
objetivo, lo
que implica
en capacidad
de análisis
de caminos
alternativos.
El
triunfo de
Obama
aparentemente
traerá
negociaciones
directas
Cuba-EUA
--condicionadas
o no-- y que
según las
líneas
políticas de
opositores
que apoyan
esta
tendencia,
redundará en
beneficio de
la sufrida
sociedad
cubana. Si
bien este
camino está
plagado de
peligros (el
principal es
quizá con
ello
propiciar la
prolongación
en el tiempo
de la
dictadura
que nos
oprime) no
deja de ser
un punto de
vista válido
para la
lucha de
cubanos
honestos y
preocupados
por el
futuro de
Cuba. En ese
caso --y
desde estas
líneas-- va
nuestra
preocupación
por el coro
enemigo que
también ha
aplaudido
semejantes
decisiones,
en la
convicción
de que
subestimar
la capacidad
de Fidel
Castro para
percibir la
trampa que
podamos
tendérsele,
pudiera
resultar
contraproducente
y pudiera
tornarse
contra los
intereses de
la libertad
de Cuba y su
pueblo.