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añana se llevará a efecto en
la capital de Honduras la ceremonia correspondiente a la toma de
posesión del ahora Presidente electo de la República, Porfirio Lobo
Sosa, quien resultó victorioso en unos comicios
excepcionalmente brillantes a la luz de una exigente democracia.
Aunque los izquierdistas de distintos grados, lo mismo que
comunistas y comunistoides, siempre hayan negado la importancia y la
pulcritud de las elecciones, hay testimonios irrefutables, múltiples,
de que todo el proceso electoral y la elección misma fueron
ejemplares. La inmensa cantidad de votantes superó a elecciones
anteriores y observadores internacionales, no de gobiernos
interesados en satisfacer a las izquierdas, certifican que en cada
mesa electoral hubo una corrección absoluta en cuanto a los votos
emitidos por ciudadanos de distintos partidos, sin que se haya
producido ninguna queja. La ceremonia que acaba de llevarse a cabo
en la instalación del Poder Legislativo revistió, desde el punto de
vista del pueblo hondureño que es el soberano, una gran seriedad
correspondiente a su importancia republicana.
El día 27, o sea mañana, se llevará a cabo la toma de posesión
formal del nuevo Presidente, con el regocijo de una inmensa mayoría
de hondureños que emitieron su voto en los comicios libres a favor
de sus respectivos candidatos. En esta ceremonia debe recordarse con
respeto y con agradecimiento la conducta del Presidente
constitucional hondureño Roberto Micheletti quien, de acuerdo con la
Carta Magna de la república y con el respaldo de todos los poderes
del Estado, asumió la presidencia el 28 de junio, presidiendo unas
elecciones libres. La historia de Honduras reconocerá siempre que la
gestión de Roberto Micheletti fue factor decisivo en lo relativo a
esas elecciones ejemplarmente libres. El candidato que triunfó no
era de su partido.
Pocos gobiernos, incluyendo el de Washington, estarán presentes
en esa toma de posesión de mañana. El Departamento de Estado y la
Casa Blanca hicieron todo lo posible porque el Presidente Micheletti
no cumpliera con lo prescrito por la Constitución de la República y
que por consiguiente no hubiese la clase de elecciones que hubo. En
el Departamento de Estado y en la Casa Blanca no hubo escrúpulos en
lo relativo a coincidir plenamente con Fidel Castro, con Hugo Chávez
y los otros gobiernos satélites de La Habana y de Caracas.
Washington cedió ante la tenacidad democrática y la firmeza de
carácter de Micheletti y de los que junto con él, de distintos
partidos, estaban empeñados en que se realizaran las elecciones en
Honduras de acuerdo con las leyes vigentes anteriores a la
destitución de Zelaya por el Congreso con el respaldo de la Corte
Suprema de Justicia y del Poder Electoral.
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