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Asamblea General de las Naciones Unidas desde hace ya algún tiempo,
y especialmente ahora, está integrada por una inmensa cantidad de
gobiernos que no responden no sólo a las normas democráticas sino
también a las normas generales de la cortesía diplomática, de la
seriedad política, independientemente de la tesis que se sustente.
Ahora, se pueden ver casos como los del miércoles y jueves de esta
semana, cuando pronunciaron discursos desde esa, que debería ser la
más alta tribuna internacional, dos gobernantes que pusieren de
relieve su falta de concepto serio de lo que es la Organización de
las Naciones Unidas y del respeto que se debe al Derecho
Internacional, a la cortesía diplomática, a la lógica y a la
urbanidad en general. Se trata de los dictadores Hugo Rafael Chávez
Frías de Venezuela y Muammar Gadafi de Libia. La forma en que ellos
utilizaron sus turnos pareciera que se trataba de una ficción, de
dos personas que imitaban a los representantes de esos países en
plan de burla no sólo contra la ONU sino especialmente contra el
prestigio personal de los dos gobernantes.
En algunos pasajes de esos discursos no solamente se produjeron
insultos contra la democracia representativa y, esencialmente contra
los Estados Unidos de América, sino que también se usaron palabras y
frases mal concebidas que constituyeron una especie de apología del
disparate. Como demostración de que una gran cantidad de
delegaciones se identificaban con esa actitud, estuvieron los
aplausos que antes se prodigaban para discursos de estadistas
eminentes cuando expresaban conceptos sobresalientes. Hay más,
siempre había los aplausos de cortesía cuando los oradores no habían
incurrido, desde luego, en desplantes desprestigiantes. Todo lo
dicho no significa, que todavía no haya delegaciones integradas por
hombres de estado o diplomáticos serios que representan a sus países,
aunque no son muchos, con la dignidad correspondiente.
Lo que está ocurriendo es la consecuencia del desprestigio de la
clase política del mundo, desprestigio que no incluye a todos los
que se desenvuelven en ese campo, entre los cuales hay figuras de
gran importancia que no han desprestigiado ni a sus países ni a sus
propios nombres. Pero es lamentable que ahora, a la sombra de una
demagogia desenfrenada, casi siempre insultante, se produzcan
ascensos en la escala política de politiqueros, que no es lo mismo
que un buen político y mucho menos que un estadista.
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