Quemando incienso a los pies de Castro


Ciudad de Miami
27 de agosto de 2009
 




un cuando han pasado ya muchos meses, siempre se comenta con reproche el peregrinaje vergonzoso -tan vergonzoso como inmerecido– de algunos gobernantes iberoamericanos que fueron en forma excepcional a rendirle tributo al tirano Fidel Castro con motivo del medio centenario, cincuenta años, de ejercer la más oprobiosa dictadura en años y en intensidad que registra la historia de la democracia en América. Sin pretexto alguno fueron allá gobernantes que en su momento fueron democráticamente elegidos en sus países y en las fotografías aparecen abrazados y sonrientes con al tirano. Inclusive dos damas que han llegado a la presidencia de sus patrias en forma democrática, Michelle Bachelet y Cristina Fernández Kirchner.

    Independientemente del hecho de los cincuenta años de dictadura, que ahora son cincuenta años y medio, las características de esa dictadura son terriblemente condenables. Hay que recordar aquel baño de sangre de los primeros meses cuando se fusilaba de día y de noche públicamente, después de juicios absolutamente arbitrarios. Llegó a ser tan grande el escándalo, que recorriendo Castro varios países del continente parece que desde Argentina ordenó a La Habana que por los menos suspendieran esos fusilamientos mientras él estaba de viaje. Tuvo entonces la oportunidad de palpar la condena pública a semejantes crímenes. A esos fusilamientos –que desgraciadamente han continuado aunque en menor escala– hay que agregar encarcelamientos gigantescos y robo de la propiedad privada en un sentido absoluto. Entre esas monstruosidades están el desconocimiento de una sentencia favorable a unos pilotos que el tirano rechazó a pesar de que los jueces habían sido escogidos por él. Hubo como consecuencia de ello un segundo juicio que determinó el fusilamiento para complacer al dictador.

    Todas estas características de arbitrariedad política y de crueldad humana que han caracterizado al régimen de Fidel Castro, que ahora es bicéfalo –junto con su hermano Raúl– no fueron suficientes para impedir muchas claudicaciones a lo largo de medio siglo, especialmente ese vasallaje rendido por gobernantes iberoamericanos que visitaron a Castro en un insolente homenaje sin ningún pretexto de moral política o de decencia humana que lo justificara.

    Ya casi no hay pudor alguno para identificarse entusiastamente, devotamente, con todo lo que Castro representa. El incienso quemado a los pies del tirano no subió al cielo sino que bajó al infierno.