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un cuando han pasado ya
muchos meses, siempre se comenta con reproche el peregrinaje
vergonzoso -tan vergonzoso como inmerecido– de algunos gobernantes
iberoamericanos que fueron en forma excepcional a rendirle tributo
al tirano Fidel Castro con motivo del medio centenario, cincuenta
años, de ejercer la más oprobiosa dictadura en años y en intensidad
que registra la historia de la democracia en América. Sin pretexto
alguno fueron allá gobernantes que en su momento fueron
democráticamente elegidos en sus países y en las fotografías
aparecen abrazados y sonrientes con al tirano. Inclusive dos damas
que han llegado a la presidencia de sus patrias en forma democrática,
Michelle Bachelet y Cristina Fernández Kirchner.
Independientemente del hecho de los cincuenta años de dictadura,
que ahora son cincuenta años y medio, las características de esa
dictadura son terriblemente condenables. Hay que recordar aquel baño
de sangre de los primeros meses cuando se fusilaba de día y de noche
públicamente, después de juicios absolutamente arbitrarios. Llegó a
ser tan grande el escándalo, que recorriendo Castro varios países
del continente parece que desde Argentina ordenó a La Habana que por
los menos suspendieran esos fusilamientos mientras él estaba de
viaje. Tuvo entonces la oportunidad de palpar la condena pública a
semejantes crímenes. A esos fusilamientos –que desgraciadamente han
continuado aunque en menor escala– hay que agregar encarcelamientos
gigantescos y robo de la propiedad privada en un sentido absoluto.
Entre esas monstruosidades están el desconocimiento de una sentencia
favorable a unos pilotos que el tirano rechazó a pesar de que los
jueces habían sido escogidos por él. Hubo como consecuencia de ello
un segundo juicio que determinó el fusilamiento para complacer al
dictador.
Todas estas características de arbitrariedad política y de
crueldad humana que han caracterizado al régimen de Fidel Castro,
que ahora es bicéfalo –junto con su hermano Raúl– no fueron
suficientes para impedir muchas claudicaciones a lo largo de medio
siglo, especialmente ese vasallaje rendido por gobernantes
iberoamericanos que visitaron a Castro en un insolente homenaje sin
ningún pretexto de moral política o de decencia humana que lo
justificara.
Ya casi no hay pudor alguno para identificarse entusiastamente,
devotamente, con todo lo que Castro representa. El incienso quemado
a los pies del tirano no subió al cielo sino que bajó al infierno.
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