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SANTIAGO DE CUBA, CUBA
{02-07-2009}
Jueves 5 de enero de 2009
Carta abierta al General de Ejército Raúl
Castro Ruz, Presidente de la República de Cuba.
Estimado Señor Presidente:
Hace quince años me atreví a escribirle al entonces jefe del
Estado cubano, Doctor Fidel Castro Ruz, por aquel entonces
Presidente de nuestro país. La gravedad de aquella hora me
lo impuso como un deber para el bien de la Patria. La
gravedad de esta hora me impone escribirle a Ud. para
hacerle partícipe de mis preocupaciones actuales. ¿Debo
acaso describirle la situación de nuestro país? La crisis
económica afecta a todos los hogares y hace que las personas
vivan angustiosamente preguntándose: ¿qué voy a comer o con
qué me voy a vestir? ¿Cómo conseguiré lo más elemental para
los míos? Las dificultades de cada día se tornan tan
aplastantes que nos mantienen sumidos en la tristeza y la
desesperanza. La inseguridad y el sentimiento generalizado
de indefensión provocan la amoralidad, la hipocresía y la
doble cara. Vale todo porque nada vale, más que la
sobrevivencia a todo precio, que luego descubrimos que es “a
cualquier precio”. De ahí que el sueño de los cubanos, en
especial de los más jóvenes, sea abandonar el país.
Parecería que nuestra patria está ante un callejón sin
salida. Como hombre de fe, sin embargo, yo creo que Dios
jamás nos pone ante situaciones absolutamente desesperadas.
Creo firmemente que nuestro camino como nación y como
pueblo, no acaba en un precipicio ineluctable, en una
realidad de desgracia irreversible. Siempre hay una solución,
pero se necesita audacia para buscarla y encontrarla. En sus
recientes y urgidos llamamientos a trabajar con tesón
incansable creo reconocer una peculiar y certera percepción
de la gravedad del momento, pero también, que Ud. considera
que la solución depende de nosotros. Pero como decía aquel
slogan convertido en chiste… “No basta decir pa’lante, hay
que saber pa’ dónde”.
Hemos vivido culpando de nuestra realidad al enemigo, o
incluso a los amigos: la caída del bloque de países
comunistas en Europa del Este, junto con el embargo
comercial de los Estados Unidos se han convertido en el totí
que carga con todas nuestras culpas. Y esa es una cómoda
pero engañosa salida ante el problema. Como decía Miguel de
Unamuno, “solemos entretenernos en contarle los pelos que la
esfinge tiene en su cola, porque nos da miedo mirarla a los
ojos”.
No basta, General, con resolver los problemas, ciertamente
graves y urgentes, de la comida, o del techo, que en los
recientes huracanes, tantos compatriotas acaban de perder
“con sus pobres enseres: miedos, penas”. Estamos en un
momento tan crítico que debemos plantearnos una profunda
revisión de nuestros criterios y de nuestras prácticas, de
nuestras aspiraciones y de nuestros objetivos. Y aquí cabría,
con todo respeto, recordar aquellas palabras que nuestro
Apóstol nacional José Martí le escribió al Generalísimo
Gómez en una situación en cierto modo semejante: “No se
funda un pueblo, general, como se manda un campamento”.
El mundo está cambiando. La reciente elección de un
ciudadano negro para ocupar la primera magistratura de un
país antiguamente reconocido como racista y violador de los
derechos civiles de los negros, nos dice que algo está
cambiando en este mundo. La encomiable y fraternal
preocupación de nuestros hermanos del exilio ante los
fenómenos meteorológicos que recientemente han golpeado a
nuestro pueblo, y su ayuda generosa, desinteresada e
inmediata, son el signo de que algo está cambiando entre
nosotros.
El gobierno cubano que Ud. hoy encabeza, debe tener la
audacia de encarar esos cambios con nuevos criterios y
nuevas actitudes.
Nuestro país ha reaccionado con valor cuando un gobierno
foráneo ha querido inmiscuirse en nuestros problemas
nacionales. Sin embargo, cuando se trata de la violación de
los Derechos Humanos, no solo los gobiernos, sino hasta las
personas individuales, los simples ciudadanos, de dentro o
fuera del país, tienen algo que decir. En su Carta desde la
Cárcel de Birminghan, Martin Luther King dijo: “La
injusticia particular es una amenaza a la justicia
universal. Estamos atrapados en una red ineludible de
reciprocidad, unidos en un único tejido del destino. Lo que
afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente”.
Tenemos que tener la enorme valentía de reconocer que
en
nuestra patria hay una violación constante y no justificable
de los Derechos Humanos, que se expresa en la existencia de
decenas de presos de conciencia y en el maltrecho ejercicio
de las más elementales libertades: de expresión, información,
prensa y opinión, y serias limitaciones a la libertad
religiosa y política. El no reconocer estas
realidades, para nada favorece nuestra vida nacional, y nos
hace perder el respeto por nosotros mismos, a nuestros ojos
y a los ojos de los demás, amigos o enemigos.
La causa de la paz, interna y externa, y la prosperidad
misma de la nación, se enraízan en el respeto incondicional
a esos derechos que expresan la suprema dignidad del ser
humano como hijo de Dios. Y guardar silencio sobre esta
realidad, pone sobre mi conciencia un peso tal, que no me
siento capaz de soportar. Y ésta es para mí, mi manera de
servir a la verdad y de ser consecuente con el amor que
siento por mi pueblo.
Le confieso, general, el disgusto y la tristeza que me ha
causado saber que nuestro gobierno ha rechazado, al parecer
por razones ideológicas o de diferencias políticas, la ayuda
que querían enviar EEUU y varias naciones europeas, para los
damnificados por los ciclones que azotaron nuestra tierra.
Cuando uno cae en desgracia, (y eso le puede suceder a
cualquiera, también a los poderosos), es la hora de aceptar
la ayuda que se brinda, porque esa ayuda revela un fondo de
buena voluntad ante el dolor, de solidaridad humana, incluso
en aquellos que considerábamos nuestros enemigos. Darle la
oportunidad al oponente de ser bueno y de hacer lo justo,
puede sacar a flote lo mejor de nosotros mismos, y del otro,
haciéndonos cambiar viejas actitudes y curar resentimientos
dañinos. Nada contribuye más a la paz y la reconciliación
entre los pueblos que este saber dar y recibir. La frase de
San Francisco de Sales, válida en las relaciones
interpersonales, también lo es entre países: “más moscas se
cazan con una gota de miel, que con un barril de vinagre”.
Como dijo su Santidad Juan Pablo II en su visita a nuestro
país: “que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a
Cuba”. Pero si seguimos con las puertas cerradas nadie podrá
entrar, por más que lo desee. Un signo de esperanza para mí
es la participación y mayor espacio que se le ha dado a
CARITAS para ayudar a nuestro pueblo. Eso merece un especial
reconocimiento y es un cambio positivo y esperanzador.
Créame, Señor Presidente, no le escribo para presentarle una
lista de quejas y agravios sobre nuestra realidad nacional,
aunque si así lo hiciera esa lista podría ser muy, muy larga.
La verdad, he querido hablarle de cubano a cubano, de
corazón a corazón. Un gran amigo mío sacerdote, ya fallecido,
solía decirme: “un hombre vale lo que vale su corazón”. En
el entierro de su esposa, al verlo a Ud. rodeado de sus
hijos y nietos, conmovido hasta las lágrimas, yo percibí que
es Ud., un hombre sensible. Y yo pienso que mayor sabiduría
hay en el corazón de un hombre bueno que en todos los libros
y bibliotecas de este mundo, pues como dice la canción: “lo
que puede el sentimiento no lo ha podido el saber, ni el más
alto proceder, ni el más ancho pensamiento…”. Por eso apelo
a su sentido de responsabilidad, a su bondad, para decirle
que no tenga miedo, que sea audaz en emprender un nuevo
camino diferente en un mundo que está dando tantas señales
de cambiar a mejor. Como le dije a su hermano hace 15 años,
todos los cubanos somos responsables del futuro de la
patria, pero por el cargo que Ud. ocupa, por el poder que
ahora tiene, esa responsabilidad recae de manera especial en
Ud.
Si Ud. decide emprender ese camino de esperanza, cuente
conmigo, general. Me tendrá en primera fila, para ofrecerle
a Cuba, una vez más, lo único que tengo: mi corazón; y a Ud.
mi mano franca y mi colaboración desinteresada. Así haremos
realidad el sueño martiano de hacer una patria “con todos y
para el bien de todos”.
Quiero terminar con unas palabras que dijo nuestro actual
Papa, Benedicto XVI en 1968: “Aún por encima del Papa como
expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica, se
haya la propia conciencia, a la que hay que obedecer la
primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga
la autoridad eclesiástica”. Si eso vale para la autoridad
eclesiástica cuyo origen considero divino, vale para toda
otra autoridad humana, por poderosa que ésta pueda ser.
Con mis mejores votos,
José Conrado Rodríguez Alegre, Pbro.
Párroco de Santa Teresita del Niño Jesús
Santiago de Cuba
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