CAPITALISMO Y LIBERTAD

Dr. Manuel Cereijo, P.E.
Desde Miami

  

ste escrito trata de la relación entre la libertad que disfrutan los
individuos en una sociedad y la forma de organización económica adoptada

por esa sociedad. Su tesis es que la organización del grueso de la

actividad económica a través de empresas privadas en un mercado libre -una

      forma de organización que llamaré capitalismo competitivo- es una

      condición necesaria de la libertad individual. Aunque necesario para la

      libertad, el capitalismo sólo no es suficiente para garantizarla. Tiene que

      estar acompañado por un conjunto de valores y de instituciones políticas

      favorables a la libertad.

     

       El sistema económico juega un papel dual en la promoción de la libertad.

      En primer lugar, la libertad económica en, en si misma, un componente

      esencial de la libertad en general. El capitalismo competitivo, como el

      sistema más favorable a la libertad económica, es por esta razón un fin en

      sí mismo. En segundo lugar, la libertad económica es un medio para la

      libertad civil o política. Al permitir una efectiva separación entre el

      poder económico y el político, reduce los costos de la idiosincrasia

      política y proporciona numerosos centros independientes de potencial

      oposición a la supresión de la libertad. La experiencia histórica y el

      análisis lógico apoyan por igual esta tesis.

     

      El crecimiento y propagación de la libertad civil en Occidente coincidió

      claramente con la difusión del capitalismo como el sistema dominante de

      organización económica. No conozco ningún ejemplo de sociedad, en ninguna

      época o lugar, definible como sociedad libre, que no usara un sistema de

      mercado privado para organizar sus actividades económicas. Es igualmente

      claro que el capitalismo por si solo no ha sido suficiente para garantizar

      la libertad. El Japón, por lo menos antes de la II Guerra Mundial, y Rusia

      antes de la I Guerra Mundial, eran sociedades capitalistas y, sin embargo,

      esencialmente autocráticas en su estructura política. La Italia fascista y

      la España de Franco son ejemplos adicionales aunque un poco menos claros;

      en ambos el estado ha jugado un papel tan amplio en el control y

      desarrollo de los asuntos económicos que quizás fuera mejor describirlos

      como sociedades socialistas o colectivistas que como capitalistas. Y esto

      ciertamente es válido para la Alemania Nacional Socialista.

    

      Con todo, merece la pena observar que inclusive en estos países- con la

      sola excepción de la Alemania nazi- nunca la supresión de la libertad  individual ha   
llegado tan lejos como en los modernos estados totalitarios, y especialmente en Cuba 
donde el colectivismo económico se combina con el autoritarismo político y donde
apenas sobreviven algunos vestigios del  capitalismo. La razón parece clara. Por
poco que sea el capitalismo existente, proporciona algunas fuentes de poder
parcialmente independiente de la autoridad política.

     

          

     Desde el fin del siglo XIX hasta el día de hoy, los principales escritores

      liberales –hombres como Dicey, Mises, Hayek y Simons, por sólo citar unos

      pocos- subrayaron la relación inversa: la libertad económica como medio

      para la libertad política.

     

      Reconociendo la implícita amenaza al individualismo, estos autores temían

      que un continuo movimiento hacia el control centralizado de la actividad

      económica demostrara ser El Camino de la Servidumbre, como tituló Hayek su

      penetrante estudio sobre el proceso.

     

      Los acontecimientos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial presentan

      una relación de nuevo diferente entre la libertad económica y la política.

      La planificación económica colectivista ha interferido con la libertad

      individual. Sin embargo, por lo menos en algunos países, el resultado no

      ha sido la supresión de la libertad sino el cambio de la política

      económica. La razón última de estos cambios de política está en el limitado éxito o

      completo fracaso de la planificación centralizada para conseguir sus

      objetivos.

     

      Adam Smith vio claramente que la utilización efectiva de los recursos

      económicos requiere la coordinación de un gran número de personas. Como él

      dijera, “la división del trabajo está limitada por la extensión del

      mercado.” El aumento de la población y el progreso tecnológico desde que

      escribiera han ampliado continuamente la escala en que se requiere la

      coordinación para poder aprovechar al máximo la ciencia moderna.

 

      Es obvio que literalmente millones de personas están implicadas en brindarse

      mutuamente su pan cotidiano, por no hablar de sus automóviles. El desafío

      para el creyente en la libertad es reconciliar la creciente

      interdependencia con la libertad individual.

     

      Fundamentalmente, sólo hay dos formas de coordinar las actividades

      económicas de millones de personas. Una es la dirección centralizada que

      implica el uso de la coerción -la técnica del moderno estado totalitario.

      La otra es la cooperación voluntaria de los individuos -la técnica del

      mercado.

     

      La posibilidad de coordinación a través de la cooperación voluntaria se

      apoya en la proposición elemental –y, sin embargo, frecuentemente negada-

      de que ambas partes de una transacción económica se benefician siempre que

      la transacción sea bilateralmente voluntaria e informada. Por

      consiguiente, el intercambio puede significar coordinación sin coerción.

      Un modelo de sociedad organizada a través del intercambio voluntario es

      una economía de libre empresa privada, lo que hemos llamado capitalismo

      competitivo.

     

      Es su forma más simple, semejante sociedad consiste en un número de

      familias independientes- una colección de Robinson Crusoes, por decirlo

      así. Cada familia usa los recursos que controla para producir bienes y

      servicios que intercambia por bienes y servicios producidos por otras

      familia en términos mutuamente aceptables para ambas partes. Por

      consiguiente, cada familia está capacitada para satisfacer sus necesidades

      indirectamente al producir bienes y servicios que utilizarán otras casas,

      mas bien que produciendo bienes para su propio consumo inmediato. El

      incentivo usado para adoptar la vía indirecta es, por supuesto, el

      incremente de productividad que hacen posible la división del trabajo y la

      especialización de funciones. En consecuencia, ambas partes pueden

      beneficiarse de cada intercambio.

      

      Puesto que cada familia siempre tiene la alternativa de producir

      directamente para si misma, no tiene que entrar en ningún intercambio a no

      ser que realmente se beneficie. De esa forma, no ocurrirá ningún

      intercambio a no ser que ambas partes se beneficien del mismo. De esa

      forma, se consigue la cooperación sin coerción.

     

      En una economía de intercambio simple, en la que una familia es la mayor

      unidad productiva y en la que los productos finales son intercambiados

      contra productos finales, la división del trabajo y la especialización de

      funciones no pueden ir más allá, Para ampliar la magnitud de la división

      del trabajo, la unidad productiva en las economías de mercado existentes

      se halla en gran medida separada de la unidad de consumo. Toma la forma de

      una empresa que sirve como intermediaria entre el uso de los recursos de

      algunas familias para producir productos, y la adquisición de los

      productos por la misma u otra familia. La introducción de semejante

      intermediario permite la cooperación productiva en un área mucho más

      amplia y hace posibles complejas cadenas de intercambio y formas

      indirectas de utilizar los recursos. La elaboración de arreglos

      cooperativos se ve facilitada todavía más por el uso de “dinero”, o medio

      generalizado de compra, para hacer transacciones mas bien que

      intercambiando bienes o servicios directamente.

     

      Pese al importante papel de la empresa y del dinero en nuestra economía

      actual, y pese a los numerosos y complejos problemas que suscita, la

      característica central de la técnica de mercado para conseguir

      coordinación se ve plenamente desplegada en una simple economía de

      intercambio aunque no tenga ni empresas ni dinero.

     

     Como en el modelo simple, también en la empresa compleja y la economía de

      intercambio monetario, la cooperación es estrictamente individual y

      voluntaria, siempre que (a) esas empresas sean privadas, para que las

      partes contratantes en última instancia sean individuos y (b) que los

      individuos sean efectivamente libres para entrar o no entrar en cualquier

      intercambio particular, para que cualquier transacción sea estrictamente

      voluntaria.

     

      Es mucho más fácil formular estas condiciones en términos generales que

      especificarlas en detalle, o precisar los arreglos institucionales más

      favorables a su mantenimiento. En realidad, gran parte de la literatura

      económica técnica está justamente preocupada con estas cuestiones. El

      requisito básico es el mantenimiento de la ley y el orden para evitar la

      coerción y poner en vigor los contratos voluntarios, dándole así contenido

a “privado”. Aparte de esto, quizás el problema más difícil se derive del “monopolio” –que inhibe la libertad efectiva al negarle a los individuos las alternativas al

      intercambio particular- y de los “efectos de vecindario”- efectos sobre

      terceras personas para los que no resulta factible ni pagar ni cobrar.

     

      Aunque aquí no es posible una discusión amplia, el espectro de los

      problemas implicados queda sugerido por las diferentes significaciones

      atribuidas a “libre” como un adjetivo que modifica a una empresa. Un

      significado, el que se le ha dado generalmente en la Europa continental,

      es que las “empresas” serán libres de hacer lo que quieran, incluyendo

      fijar precios, dividir mercados y adoptar cualquier otra técnica para

      dejar fuera a potenciales competidores. Otra, inherente al pensamiento

      británico y a la ley y la tradición norteamericana, es que cualquiera será

      “libre” para establecer una empresa, lo que significa que las empresas

      existentes no son “libres” para dejar fuera a los competidores a no ser

      vendiendo un mejor producto al mismo precio o el mismo producto a un

      precio más bajo.

 

      El concepto europeo es una derivación natural de una

      sociedad de “status”; la norteamericana, de una sociedad democrática e

      igualitaria. Y, a su vez, las diferentes concepciones reaccionan sobre el

      carácter de la sociedad; la concepción europea promueve una economía

      estructurada, “clases” económicas, y una aristocracia industrial para

      complementar su aristocracia social; la concepción norteamericana promueve

      la movilidad económica, la ausencia de clases y la democracia económica

      para complementar su democracia social.

     

       Mientras se mantenga la efectiva libertad de intercambio, el elemento

      central de la organización de mercado de la actividad económica consiste

      en que impide que una persona interfiera con la mayoría de las actividades

      de otra. El consumidor está protegido de la coerción del vendedor gracias

      a la presencia de otros vendedores con los que puede tratar. El vendedor

      está protegido de la coerción de los consumidores gracias a los otros

      consumidores a los que puede vender. El empleado está protegido de la

      coerción del empleador gracias a los otros empleadores para los que

      pudiera trabajar, y así sucesivamente. Y el mercado hace esto

      impersonalmente y sin ninguna autoridad centralizada.

     

      En realidad, una gran fuente de objeciones a una economía libre es

      precisamente lo bien que hace su trabajo. Le da a la gente lo que quiere

      en vez de lo que un grupo particular piensa que debería de querer.

      Subyacente a la mayoría de los argumentos contra el mercado libre está la

      falta de confianza en la libertad misma.

     

      Las libertades económicas que proporciona el mercado incluyen la libertad

      de morirse de hambre, para usar una frase muy querida por los enemigos del

      mercado. El mercado le garantiza al individuo la libertad de aprovechar al

      máximo los recursos que están a su disposición, siempre que no interfiera

      con la libertad de los demás de hacer lo mismo. Pero no garantiza que

      tendrá los mismos recursos que otro. Los recursos que pueda tener

      reflejan, en gran medida, los accidentes de nacimiento, herencia y previa

      buena o mala fortuna. Y no hay nada que pueda evitar que conduzcan a una

      gran disparidades en riquezas e ingresos. Para muchas personas, estas

      disparidades son moralmente repugnantes y plantean difíciles problemas

      éticos que no pueden explorarse aquí. También sirven funciones muy reales,

      una de las cuales mencionaremos más adelante.

     

      En la medida en que las disparidades se derivan de un monopolio y de otras

      imperfecciones del mercado, se pudieran reducir acercándose más al mercado

      libre ideal. Pero hay que reconocer que inclusive un mercado libre ideal

      es perfectamente coherente con una gran desigualdad. Fuera de la caridad

      individual, no hay forma de eliminar esas desigualdades de riqueza que

      permanecerían inclusive en un mercado libre ideal, excepto mediante la

      interferencia con la libertad de los más afortunados. Es una observación

      banal, aunque desagradable, que la libertad y el igualitarismo pueden ser

      objetivos contradictorios. Afortunadamente, en la práctica, han demostrado

      que no lo son. Históricamente, un mercado libre ha producido menos

      desigualdad, una distribución de la riqueza más amplia, y menos pobreza

      que cualquier otra forma de organización económica. Hay menos desigualdad

      en los países capitalistas avanzados, como Estados Unidos, que en países

      subdesarrollados como la India.

     

      Aunque la escasez de la información hace difícil estar seguro, también

      parece haber menos desigualdad en los países capitalistas en general que

      en los colectivistas como Cuba y China.

     

      Por supuesto, la existencia de un mercado libre no elimina la necesidad de

      un gobierno. Por el contrario, como hemos dicho, el gobierno es esencial

      como foro para determinar “las reglas del juego” y como árbitro para

      aplicar las reglas que se decidan. Lo que el mercado hace es reducir mucho

      el espectro de problemas que hay que decidir políticamente y, por

      consiguiente, minimiza la medida en la que el gobierno tiene que

      participar directamente en el juego. El rasgo característico de la acción

      política es que tiende a requerir, o poner en vigor, una sustancial

      conformidad. La gran ventaja del mercado, por otra parte, consiste en que

      permite una gran diversidad. En términos políticos es un sistema de

      representación proporcional. Cada persona puede votar, por decirlo así,

      por lo que quiere y conseguirlo. No necesita saber qué quiere la mayoría y

      luego, si está en la minoría, someterse.

     

      Es esta característica del mercado a la que nos referimos cuando decimos

      que el mercado proporciona libertad económica. Pero esta característica

      también tiene implicaciones que van mucho más allá de lo estrechamente

      económico. La libertad política significa la ausencia de coerción de un

      hombre por otro. La amenaza fundamental a la libertad es el poder de

      coaccionar, ya esté en manos de un monarca, de un dictador, de un oligarca

      o de una momentánea mayoría. La preservación de la libertad requiere la

      eliminación de esa concentración de poder en la mayor medida posible y la

      dispersión y distribución de cualquier poder que no pueda eliminarse –un

      sistema de checks and balances. Al sustraer la organización de la

      actividad económica del control de la autoridad política, el mercado

      elimina esta fuente de poder coercitivo. Le permite al poder económico ser

      un balance contra el poder político en vez de un refuerzo.

     

      El poder económico puede ser ampliamente diseminado, porque no hay ninguna

      necesidad de que el crecimiento de nuevos centros de poder económico se

      produzca a costa de los ya existentes. Puede haber muchos millonarios. El

      poder político, por otra parte, es mucho más difícil de descentralizar. Su

      carácter personal impone algo más afín a una ley de conservación del

      poder. Puede haber muchos pequeños gobiernos independientes. Pero es mucho

      más difícil mantener numerosos pequeños centros de poder político

      igualmente fuertes dentro un gran gobierno que mantener numerosos centros

      de poderío económico dentro de una gran economía. Por consiguiente, si la

      fuerza económica se une a la fuerza política, la concentración parece casi

      inevitable.

     

      Quizás pueda demostrarse mejor la fuerza de este argumento abstracto con

      un ejemplo. Un rasgo de una sociedad libre es la libertad de los

      individuos para defender y propagar abiertamente un cambio radical en la

      estructura de la sociedad, mientras esa defensa esté limitada a la

      persuasión y no incluya la fuerza u otras formas de coerción. Es una

      característica de la libertad política en una sociedad capitalista que los

      hombres pueden defender y trabajar abiertamente a favor del socialismo.

     

      Igualmente, la libertad política en una sociedad socialista requeriría que

      los hombres tuvieran la libertad de defender la introducción del

      capitalismo. ¿Cómo puede preservarse y protegerse la libertad para

      defender el capitalismo en una sociedad socialista?

     

      Para que los hombres puedan defender algo en primer lugar tienen que poder

      ganarse la vida. Esto ya plantea un problema en la sociedad socialista,

      puesto que todos los empleos están bajo el control directo de las

      autoridades políticas. Haría falta un acto de autolimitación gubernamental

      cuya dificultad está subrayada por la experiencia de Estados Unidos

      después de la II Guerra Mundial con el problema de la “seguridad” entre

      los empleados federales. Para un gobierno socialista permitirle a sus

      empleados defender políticas directamente contrarias a la doctrina

      oficial.

    

      Pero supongamos que se consiga este acto de auto-negación. Para que la

      defensa del capitalismo signifique algo, sus proponentes tienen que poder

      financiar su causa, tienen que tener reuniones públicas, publicar

      panfletos, comprar tiempo en la radio, editar periódicos y revistas, y así

      sucesivamente. ¿Cómo podrán recaudar los fondos necesarios? Pudiera haber

      hombres en la sociedad socialista con grandes ingresos, quizás en forma de

      bonos del gobierno y cosas por el estilo, pero tendrían que ser altos

      funcionarios. Es posible concebir algunos funcionarios socialistas de

      menor rango manteniendo su cargo pese a defender el capitalismo. Es

      prácticamente imposible imaginar que algunos altos funcionarios

      socialistas vayan a subvencionar semejantes “actividades subversivas’’.

     

      El único recurso para buscar fondos sería recaudar pequeñas cantidades de

      un gran número de funcionarios menores. Pero esta no es una respuesta

      realista. Para llegar a conseguir estos recursos, habría que persuadir a

      mucha gente y nuestro problema consiste, precisamente, en cómo iniciar y

      financiar una campaña para poder hacerlo. Los movimientos radicales en una

      sociedad capitalista nunca se han financiado de esa manera.

     

      En una sociedad capitalista, sólo hace falta persuadir a unos cuantos

      ricos para lanzar cualquier idea, por extraña que sea, y hay muchas de

      esas personas, muchas fuentes independientes de apoyo. Y, en realidad, ni

      siquiera es necesario persuadir a nadie sobre la validez de la idea. Sólo

      es necesario persuadirlos de que su propagación puede ser financieramente

      exitosa; que el periódico o revista o libro o lo que sea pude ser

      rentable. El editor competitivo, por ejemplo, no puede permitirse publicar

      solamente los escritos con que esté personalmente de acuerdo; le basta con

      la probabilidad de que el mercado le dé un rendimiento satisfactorio a su

      inversión.

     

      De esta forma, el mercado rompe el círculo vicioso y hace posible

      financiar con pequeñas cantidades de muchas personas sin tener que

      persuadirlas primero. En una sociedad socialista no existe esa

      posibilidad. Sólo existe el estado todopoderoso. Ese es el caso de Cuba.

     

          

      La libertad para defender causas impopulares no requiere que esa

      defensa sea gratuita. Por el contrario, ninguna sociedad podría ser

      estable si la defensa de las causas radicales fuera gratuita, mucho menos

      subsidiada. Es enteramente apropiado que los hombres hagan sacrificios

      para defender causas en las que creen. En realidad, es importante

      preservar la libertad sólo para gente desinteresada porque de otra forma

      la libertad degeneraría en libertinaje e irresponsabilidad. Lo que es

      esencial en que el costo de defender causas impopulares sea tolerable y no

      prohibitivo.

      

           

       Nadie que compre pan sabe si el trigo del que está hecho fue cultivado por un

      comunista o un republicano, por un demócrata o un fascista, por un negro o

      un blanco. Esto ilustra cómo un mercado impersonal separa las actividades

      económicas de los puntos de vista políticos y protege a los hombres en sus

      actividades económicas contra todo lo que no tenga que ver con su

      productividad.

    

      Como sugiere este ejemplo, los grupos que tienen más en juego en nuestra

      sociedad en la preservación y fortalecimiento del capitalismo competitivo

      son esos grupos minoritarios que más fácilmente pueden convertirse en el

      objeto de la desconfianza o enemistad de la mayoría .Con todo, paradójicamente,

      los enemigos del libre mercado –los socialistas, los comunistas- han sido

      reclutados en un número desproporcionadamente alto precisamente en estos

      grupos. En vez de reconocer la protección que les brinda el mercado, le

      atribuyen erróneamente cualquier discriminación residual.