
ste
escrito
trata de
la
relación
entre la
libertad
que
disfrutan
los
individuos
en una
sociedad
y la
forma de
organización
económica
adoptada
por esa
sociedad.
Su tesis
es que
la
organización
del
grueso
de la
actividad
económica
a través
de
empresas
privadas
en un
mercado
libre -una
forma de
organización
que
llamaré
capitalismo
competitivo-
es una
condición
necesaria
de la
libertad
individual.
Aunque
necesario
para la
libertad,
el
capitalismo
sólo no
es
suficiente
para
garantizarla.
Tiene
que
estar
acompañado
por un
conjunto
de
valores
y de
instituciones
políticas
favorables
a la
libertad.
El
sistema
económico
juega un
papel
dual en
la
promoción
de la
libertad.
En
primer
lugar,
la
libertad
económica
en, en
si misma,
un
componente
esencial
de la
libertad
en
general.
El
capitalismo
competitivo,
como el
sistema
más
favorable
a la
libertad
económica,
es por
esta
razón un
fin en
sí
mismo.
En
segundo
lugar,
la
libertad
económica
es un
medio
para la
libertad
civil o
política.
Al
permitir
una
efectiva
separación
entre el
poder
económico
y el
político,
reduce
los
costos
de la
idiosincrasia
política
y
proporciona
numerosos
centros
independientes
de
potencial
oposición
a la
supresión
de la
libertad.
La
experiencia
histórica
y el
análisis
lógico
apoyan
por
igual
esta
tesis.
El
crecimiento
y
propagación
de la
libertad
civil en
Occidente
coincidió
claramente
con la
difusión
del
capitalismo
como el
sistema
dominante
de
organización
económica.
No
conozco
ningún
ejemplo
de
sociedad,
en
ninguna
época o
lugar,
definible
como
sociedad
libre,
que no
usara un
sistema
de
mercado
privado
para
organizar
sus
actividades
económicas.
Es
igualmente
claro
que el
capitalismo
por si
solo no
ha sido
suficiente
para
garantizar
la
libertad.
El Japón,
por lo
menos
antes de
la II
Guerra
Mundial,
y Rusia
antes de
la I
Guerra
Mundial,
eran
sociedades
capitalistas
y, sin
embargo,
esencialmente
autocráticas
en su
estructura
política.
La
Italia
fascista
y
la
España
de
Franco
son
ejemplos
adicionales
aunque
un poco
menos
claros;
en
ambos el
estado
ha
jugado
un papel
tan
amplio
en el
control
y
desarrollo
de los
asuntos
económicos
que
quizás
fuera
mejor
describirlos
como
sociedades
socialistas
o
colectivistas
que como
capitalistas.
Y esto
ciertamente
es
válido
para la
Alemania
Nacional
Socialista.
Con todo,
merece
la pena
observar
que
inclusive
en estos
países-
con la
sola
excepción
de la
Alemania
nazi-
nunca la
supresión
de la
libertad
individual
ha
llegado
tan
lejos
como en
los
modernos
estados
totalitarios,
y
especialmente
en Cuba
donde el
colectivismo
económico
se
combina
con el
autoritarismo
político
y donde
apenas
sobreviven
algunos
vestigios
del
capitalismo.
La razón
parece
clara.
Por
poco que
sea el
capitalismo
existente,
proporciona
algunas
fuentes
de poder
parcialmente
independiente
de la
autoridad
política.
Desde el
fin del
siglo
XIX
hasta el
día de
hoy, los
principales
escritores
liberales
–hombres
como
Dicey,
Mises,
Hayek y
Simons,
por sólo
citar
unos
pocos-
subrayaron
la
relación
inversa:
la
libertad
económica
como
medio
para la
libertad
política.
Reconociendo
la
implícita
amenaza
al
individualismo,
estos
autores
temían
que un
continuo
movimiento
hacia el
control
centralizado
de la
actividad
económica
demostrara
ser El
Camino
de la
Servidumbre,
como
tituló
Hayek su
penetrante
estudio
sobre el
proceso.
Los
acontecimientos
desde el
fin de
la
Segunda
Guerra
Mundial
presentan
una
relación
de nuevo
diferente
entre la
libertad
económica
y la
política.
La
planificación
económica
colectivista
ha
interferido
con la
libertad
individual.
Sin
embargo,
por lo
menos en
algunos
países,
el
resultado
no
ha
sido la
supresión
de la
libertad
sino el
cambio
de la
política
económica.
La razón
última
de estos
cambios
de
política
está en
el
limitado
éxito o
completo
fracaso
de la
planificación
centralizada
para
conseguir
sus
objetivos.
Adam
Smith
vio
claramente
que la
utilización
efectiva
de los
recursos
económicos
requiere
la
coordinación
de un
gran
número
de
personas.
Como él
dijera,
“la
división
del
trabajo
está
limitada
por la
extensión
del
mercado.”
El
aumento
de la
población
y el
progreso
tecnológico
desde
que
escribiera
han
ampliado
continuamente
la
escala
en que
se
requiere
la
coordinación
para
poder
aprovechar
al
máximo
la
ciencia
moderna.
Es
obvio
que
literalmente
millones
de
personas
están
implicadas
en
brindarse
mutuamente
su pan
cotidiano,
por no
hablar
de sus
automóviles.
El
desafío
para el
creyente
en la
libertad
es
reconciliar
la
creciente
interdependencia
con la
libertad
individual.
Fundamentalmente,
sólo hay
dos
formas
de
coordinar
las
actividades
económicas
de
millones
de
personas.
Una es
la
dirección
centralizada
que
implica
el uso
de la
coerción
-la
técnica
del
moderno
estado
totalitario.
La
otra es
la
cooperación
voluntaria
de los
individuos
-la
técnica
del
mercado.
La
posibilidad
de
coordinación
a través
de la
cooperación
voluntaria
se
apoya en
la
proposición
elemental
–y, sin
embargo,
frecuentemente
negada-
de
que
ambas
partes
de una
transacción
económica
se
benefician
siempre
que
la
transacción
sea
bilateralmente
voluntaria
e
informada.
Por
consiguiente,
el
intercambio
puede
significar
coordinación
sin
coerción.
Un
modelo
de
sociedad
organizada
a través
del
intercambio
voluntario
es
una
economía
de libre
empresa
privada,
lo que
hemos
llamado
capitalismo
competitivo.
Es
su forma
más
simple,
semejante
sociedad
consiste
en un
número
de
familias
independientes-
una
colección
de
Robinson
Crusoes,
por
decirlo
así.
Cada
familia
usa los
recursos
que
controla
para
producir
bienes y
servicios
que
intercambia
por
bienes y
servicios
producidos
por
otras
familia
en
términos
mutuamente
aceptables
para
ambas
partes.
Por
consiguiente,
cada
familia
está
capacitada
para
satisfacer
sus
necesidades
indirectamente
al
producir
bienes y
servicios
que
utilizarán
otras
casas,
mas bien
que
produciendo
bienes
para su
propio
consumo
inmediato.
El
incentivo
usado
para
adoptar
la vía
indirecta
es, por
supuesto,
el
incremente
de
productividad
que
hacen
posible
la
división
del
trabajo
y la
especialización
de
funciones.
En
consecuencia,
ambas
partes
pueden
beneficiarse
de cada
intercambio.
Puesto
que cada
familia
siempre
tiene la
alternativa
de
producir
directamente
para si
misma,
no tiene
que
entrar
en
ningún
intercambio
a no
ser que
realmente
se
beneficie.
De esa
forma,
no
ocurrirá
ningún
intercambio
a no ser
que
ambas
partes
se
beneficien
del
mismo.
De esa
forma,
se
consigue
la
cooperación
sin
coerción.
En
una
economía
de
intercambio
simple,
en la
que una
familia
es la
mayor
unidad
productiva
y en la
que los
productos
finales
son
intercambiados
contra
productos
finales,
la
división
del
trabajo
y la
especialización
de
funciones
no
pueden
ir más
allá,
Para
ampliar
la
magnitud
de la
división
del
trabajo,
la
unidad
productiva
en las
economías
de
mercado
existentes
se
halla en
gran
medida
separada
de la
unidad
de
consumo.
Toma la
forma de
una
empresa
que
sirve
como
intermediaria
entre el
uso de
los
recursos
de
algunas
familias
para
producir
productos,
y la
adquisición
de los
productos
por la
misma u
otra
familia.
La
introducción
de
semejante
intermediario
permite
la
cooperación
productiva
en un
área
mucho
más
amplia y
hace
posibles
complejas
cadenas
de
intercambio
y formas
indirectas
de
utilizar
los
recursos.
La
elaboración
de
arreglos
cooperativos
se ve
facilitada
todavía
más por
el uso
de
“dinero”,
o medio
generalizado
de
compra,
para
hacer
transacciones
mas bien
que
intercambiando
bienes o
servicios
directamente.
Pese al
importante
papel de
la
empresa
y del
dinero
en
nuestra
economía
actual,
y pese a
los
numerosos
y
complejos
problemas
que
suscita,
la
característica
central
de la
técnica
de
mercado
para
conseguir
coordinación
se ve
plenamente
desplegada
en una
simple
economía
de
intercambio
aunque
no tenga
ni
empresas
ni
dinero.
Como en
el
modelo
simple,
también
en la
empresa
compleja
y la
economía
de
intercambio
monetario,
la
cooperación
es
estrictamente
individual
y
voluntaria,
siempre
que (a)
esas
empresas
sean
privadas,
para que
las
partes
contratantes
en
última
instancia
sean
individuos
y (b)
que los
individuos
sean
efectivamente
libres
para
entrar o
no
entrar
en
cualquier
intercambio
particular,
para que
cualquier
transacción
sea
estrictamente
voluntaria.
Es
mucho
más
fácil
formular
estas
condiciones
en
términos
generales
que
especificarlas
en
detalle,
o
precisar
los
arreglos
institucionales
más
favorables
a su
mantenimiento.
En
realidad,
gran
parte de
la
literatura
económica
técnica
está
justamente
preocupada
con
estas
cuestiones.
El
requisito
básico
es el
mantenimiento
de la
ley y el
orden
para
evitar
la
coerción
y poner
en vigor
los
contratos
voluntarios,
dándole
así
contenido
a
“privado”.
Aparte
de esto,
quizás
el
problema
más
difícil
se
derive
del
“monopolio”
–que
inhibe
la
libertad
efectiva
al
negarle
a los
individuos
las
alternativas
al
intercambio
particular-
y de los
“efectos
de
vecindario”-
efectos
sobre
terceras
personas
para los
que no
resulta
factible
ni pagar
ni
cobrar.
Aunque
aquí no
es
posible
una
discusión
amplia,
el
espectro
de los
problemas
implicados
queda
sugerido
por las
diferentes
significaciones
atribuidas
a
“libre”
como un
adjetivo
que
modifica
a una
empresa.
Un
significado,
el que
se le ha
dado
generalmente
en la
Europa
continental,
es
que las
“empresas”
serán
libres
de hacer
lo que
quieran,
incluyendo
fijar
precios,
dividir
mercados
y
adoptar
cualquier
otra
técnica
para
dejar
fuera a
potenciales
competidores.
Otra,
inherente
al
pensamiento
británico
y a la
ley y la
tradición
norteamericana,
es que
cualquiera
será
“libre”
para
establecer
una
empresa,
lo que
significa
que las
empresas
existentes
no son
“libres”
para
dejar
fuera a
los
competidores
a no ser
vendiendo
un mejor
producto
al mismo
precio o
el mismo
producto
a un
precio
más
bajo.
El
concepto
europeo
es una
derivación
natural
de una
sociedad
de
“status”;
la
norteamericana,
de una
sociedad
democrática
e
igualitaria.
Y, a su
vez, las
diferentes
concepciones
reaccionan
sobre el
carácter
de la
sociedad;
la
concepción
europea
promueve
una
economía
estructurada,
“clases”
económicas,
y una
aristocracia
industrial
para
complementar
su
aristocracia
social;
la
concepción
norteamericana
promueve
la
movilidad
económica,
la
ausencia
de
clases y
la
democracia
económica
para
complementar
su
democracia
social.
Mientras
se
mantenga
la
efectiva
libertad
de
intercambio,
el
elemento
central
de la
organización
de
mercado
de la
actividad
económica
consiste
en
que
impide
que una
persona
interfiera
con la
mayoría
de las
actividades
de
otra. El
consumidor
está
protegido
de la
coerción
del
vendedor
gracias
a
la
presencia
de otros
vendedores
con los
que
puede
tratar.
El
vendedor
está
protegido
de la
coerción
de los
consumidores
gracias
a los
otros
consumidores
a los
que
puede
vender.
El
empleado
está
protegido
de la
coerción
del
empleador
gracias
a los
otros
empleadores
para los
que
pudiera
trabajar,
y así
sucesivamente.
Y el
mercado
hace
esto
impersonalmente
y sin
ninguna
autoridad
centralizada.
En
realidad,
una gran
fuente
de
objeciones
a una
economía
libre es
precisamente
lo bien
que hace
su
trabajo.
Le da a
la gente
lo que
quiere
en
vez de
lo que
un grupo
particular
piensa
que
debería
de
querer.
Subyacente
a la
mayoría
de los
argumentos
contra
el
mercado
libre
está la
falta de
confianza
en la
libertad
misma.
Las
libertades
económicas
que
proporciona
el
mercado
incluyen
la
libertad
de
morirse
de
hambre,
para
usar una
frase
muy
querida
por los
enemigos
del
mercado.
El
mercado
le
garantiza
al
individuo
la
libertad
de
aprovechar
al
máximo
los
recursos
que
están a
su
disposición,
siempre
que no
interfiera
con la
libertad
de los
demás de
hacer lo
mismo.
Pero no
garantiza
que
tendrá
los
mismos
recursos
que
otro.
Los
recursos
que
pueda
tener
reflejan,
en gran
medida,
los
accidentes
de
nacimiento,
herencia
y previa
buena o
mala
fortuna.
Y no hay
nada que
pueda
evitar
que
conduzcan
a una
gran
disparidades
en
riquezas
e
ingresos.
Para
muchas
personas,
estas
disparidades
son
moralmente
repugnantes
y
plantean
difíciles
problemas
éticos
que no
pueden
explorarse
aquí.
También
sirven
funciones
muy
reales,
una de
las
cuales
mencionaremos
más
adelante.
En
la
medida
en que
las
disparidades
se
derivan
de un
monopolio
y de
otras
imperfecciones
del
mercado,
se
pudieran
reducir
acercándose
más al
mercado
libre
ideal.
Pero hay
que
reconocer
que
inclusive
un
mercado
libre
ideal
es
perfectamente
coherente
con una
gran
desigualdad.
Fuera de
la
caridad
individual,
no hay
forma de
eliminar
esas
desigualdades
de
riqueza
que
permanecerían
inclusive
en un
mercado
libre
ideal,
excepto
mediante
la
interferencia
con la
libertad
de los
más
afortunados.
Es una
observación
banal,
aunque
desagradable,
que la
libertad
y el
igualitarismo
pueden
ser
objetivos
contradictorios.
Afortunadamente,
en la
práctica,
han
demostrado
que no
lo son.
Históricamente,
un
mercado
libre ha
producido
menos
desigualdad,
una
distribución
de la
riqueza
más
amplia,
y menos
pobreza
que
cualquier
otra
forma de
organización
económica.
Hay
menos
desigualdad
en
los
países
capitalistas
avanzados,
como
Estados
Unidos,
que en
países
subdesarrollados
como la
India.
Aunque
la
escasez
de la
información
hace
difícil
estar
seguro,
también
parece
haber
menos
desigualdad
en los
países
capitalistas
en
general
que
en
los
colectivistas
como
Cuba y
China.
Por
supuesto,
la
existencia
de un
mercado
libre no
elimina
la
necesidad
de
un
gobierno.
Por el
contrario,
como
hemos
dicho,
el
gobierno
es
esencial
como
foro
para
determinar
“las
reglas
del
juego” y
como
árbitro
para
aplicar
las
reglas
que se
decidan.
Lo que
el
mercado
hace es
reducir
mucho
el
espectro
de
problemas
que hay
que
decidir
políticamente
y, por
consiguiente,
minimiza
la
medida
en la
que el
gobierno
tiene
que
participar
directamente
en el
juego.
El rasgo
característico
de la
acción
política
es que
tiende a
requerir,
o poner
en
vigor,
una
sustancial
conformidad.
La gran
ventaja
del
mercado,
por otra
parte,
consiste
en que
permite
una gran
diversidad.
En
términos
políticos
es un
sistema
de
representación
proporcional.
Cada
persona
puede
votar,
por
decirlo
así,
por lo
que
quiere y
conseguirlo.
No
necesita
saber
qué
quiere
la
mayoría
y
luego,
si está
en la
minoría,
someterse.
Es
esta
característica
del
mercado
a la que
nos
referimos
cuando
decimos
que el
mercado
proporciona
libertad
económica.
Pero
esta
característica
también
tiene
implicaciones
que van
mucho
más allá
de lo
estrechamente
económico.
La
libertad
política
significa
la
ausencia
de
coerción
de un
hombre
por
otro. La
amenaza
fundamental
a la
libertad
es el
poder de
coaccionar,
ya esté
en manos
de un
monarca,
de un
dictador,
de un
oligarca
o
de una
momentánea
mayoría.
La
preservación
de la
libertad
requiere
la
eliminación
de esa
concentración
de poder
en la
mayor
medida
posible
y la
dispersión
y
distribución
de
cualquier
poder
que no
pueda
eliminarse
–un
sistema
de
checks
and
balances.
Al
sustraer
la
organización
de la
actividad
económica
del
control
de la
autoridad
política,
el
mercado
elimina
esta
fuente
de poder
coercitivo.
Le
permite
al poder
económico
ser
un
balance
contra
el poder
político
en vez
de un
refuerzo.
El
poder
económico
puede
ser
ampliamente
diseminado,
porque
no hay
ninguna
necesidad
de que
el
crecimiento
de
nuevos
centros
de poder
económico
se
produzca
a costa
de los
ya
existentes.
Puede
haber
muchos
millonarios.
El
poder
político,
por otra
parte,
es mucho
más
difícil
de
descentralizar.
Su
carácter
personal
impone
algo más
afín a
una ley
de
conservación
del
poder.
Puede
haber
muchos
pequeños
gobiernos
independientes.
Pero es
mucho
más
difícil
mantener
numerosos
pequeños
centros
de poder
político
igualmente
fuertes
dentro
un gran
gobierno
que
mantener
numerosos
centros
de
poderío
económico
dentro
de una
gran
economía.
Por
consiguiente,
si la
fuerza
económica
se une a
la
fuerza
política,
la
concentración
parece
casi
inevitable.
Quizás
pueda
demostrarse
mejor la
fuerza
de este
argumento
abstracto
con
un
ejemplo.
Un rasgo
de una
sociedad
libre es
la
libertad
de los
individuos
para
defender
y
propagar
abiertamente
un
cambio
radical
en la
estructura
de la
sociedad,
mientras
esa
defensa
esté
limitada
a la
persuasión
y no
incluya
la
fuerza u
otras
formas
de
coerción.
Es una
característica
de la
libertad
política
en una
sociedad
capitalista
que los
hombres
pueden
defender
y
trabajar
abiertamente
a favor
del
socialismo.
Igualmente,
la
libertad
política
en una
sociedad
socialista
requeriría
que
los
hombres
tuvieran
la
libertad
de
defender
la
introducción
del
capitalismo.
¿Cómo
puede
preservarse
y
protegerse
la
libertad
para
defender
el
capitalismo
en una
sociedad
socialista?
Para que
los
hombres
puedan
defender
algo en
primer
lugar
tienen
que
poder
ganarse
la vida.
Esto ya
plantea
un
problema
en la
sociedad
socialista,
puesto
que
todos
los
empleos
están
bajo el
control
directo
de las
autoridades
políticas.
Haría
falta un
acto de
autolimitación
gubernamental
cuya
dificultad
está
subrayada
por la
experiencia
de
Estados
Unidos
después
de la II
Guerra
Mundial
con el
problema
de la
“seguridad”
entre
los
empleados
federales.
Para un
gobierno
socialista
permitirle
a sus
empleados
defender
políticas
directamente
contrarias
a la
doctrina
oficial.
Pero
supongamos
que se
consiga
este
acto de
auto-negación.
Para que
la
defensa
del
capitalismo
signifique
algo,
sus
proponentes
tienen
que
poder
financiar
su
causa,
tienen
que
tener
reuniones
públicas,
publicar
panfletos,
comprar
tiempo
en la
radio,
editar
periódicos
y
revistas,
y así
sucesivamente.
¿Cómo
podrán
recaudar
los
fondos
necesarios?
Pudiera
haber
hombres
en la
sociedad
socialista
con
grandes
ingresos,
quizás
en forma
de
bonos
del
gobierno
y cosas
por el
estilo,
pero
tendrían
que ser
altos
funcionarios.
Es
posible
concebir
algunos
funcionarios
socialistas
de
menor
rango
manteniendo
su cargo
pese a
defender
el
capitalismo.
Es
prácticamente
imposible
imaginar
que
algunos
altos
funcionarios
socialistas
vayan a
subvencionar
semejantes
“actividades
subversivas’’.
El
único
recurso
para
buscar
fondos
sería
recaudar
pequeñas
cantidades
de
un
gran
número
de
funcionarios
menores.
Pero
esta no
es una
respuesta
realista.
Para
llegar a
conseguir
estos
recursos,
habría
que
persuadir
a
mucha
gente y
nuestro
problema
consiste,
precisamente,
en cómo
iniciar
y
financiar
una
campaña
para
poder
hacerlo.
Los
movimientos
radicales
en una
sociedad
capitalista
nunca se
han
financiado
de esa
manera.
En
una
sociedad
capitalista,
sólo
hace
falta
persuadir
a unos
cuantos
ricos
para
lanzar
cualquier
idea,
por
extraña
que sea,
y hay
muchas
de
esas
personas,
muchas
fuentes
independientes
de
apoyo.
Y, en
realidad,
ni
siquiera
es
necesario
persuadir
a nadie
sobre la
validez
de la
idea.
Sólo
es
necesario
persuadirlos
de que
su
propagación
puede
ser
financieramente
exitosa;
que el
periódico
o
revista
o libro
o lo que
sea pude
ser
rentable.
El
editor
competitivo,
por
ejemplo,
no puede
permitirse
publicar
solamente
los
escritos
con que
esté
personalmente
de
acuerdo;
le basta
con
la
probabilidad
de que
el
mercado
le dé un
rendimiento
satisfactorio
a su
inversión.
De
esta
forma,
el
mercado
rompe el
círculo
vicioso
y hace
posible
financiar
con
pequeñas
cantidades
de
muchas
personas
sin
tener
que
persuadirlas
primero.
En una
sociedad
socialista
no
existe
esa
posibilidad.
Sólo
existe
el
estado
todopoderoso.
Ese es
el caso
de Cuba.
La
libertad
para
defender
causas
impopulares
no
requiere
que esa
defensa
sea
gratuita.
Por el
contrario,
ninguna
sociedad
podría
ser
estable
si la
defensa
de las
causas
radicales
fuera
gratuita,
mucho
menos
subsidiada.
Es
enteramente
apropiado
que los
hombres
hagan
sacrificios
para
defender
causas
en las
que
creen.
En
realidad,
es
importante
preservar
la
libertad
sólo
para
gente
desinteresada
porque
de otra
forma
la
libertad
degeneraría
en
libertinaje
e
irresponsabilidad.
Lo que
es
esencial
en que
el costo
de
defender
causas
impopulares
sea
tolerable
y no
prohibitivo.
Nadie
que
compre
pan sabe
si el
trigo
del que
está
hecho
fue
cultivado
por un
comunista
o un
republicano,
por un
demócrata
o un
fascista,
por un
negro o
un
blanco.
Esto
ilustra
cómo un
mercado
impersonal
separa
las
actividades
económicas
de los
puntos
de vista
políticos
y
protege
a los
hombres
en sus
actividades
económicas
contra
todo lo
que no
tenga
que ver
con su
productividad.
Como
sugiere
este
ejemplo,
los
grupos
que
tienen
más en
juego en
nuestra
sociedad
en la
preservación
y
fortalecimiento
del
capitalismo
competitivo
son esos
grupos
minoritarios
que más
fácilmente
pueden
convertirse
en el
objeto
de la
desconfianza
o
enemistad
de la
mayoría
.Con
todo,
paradójicamente,
los
enemigos
del
libre
mercado
–los
socialistas,
los
comunistas-
han sido
reclutados
en un
número
desproporcionadamente
alto
precisamente
en estos
grupos.
En vez
de
reconocer
la
protección
que les
brinda
el
mercado,
le
atribuyen
erróneamente
cualquier
discriminación
residual.