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Motonave "Aracelio Iglesias"
MI BARCO (XX) Motonave "Aracelio Iglesias"
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |

ra una hermosa
nave construida en la antigua
Yugoslavia,
pertenecía a un lote de tres buques
gemelos adquiridos por el gobierno
cubano en aquel país. Los otros dos
barcos similares eran el “Jesús
Menéndez” y el “Lázaro Peña”, los
tres fueron conocidos como “Los
Negritos” por todos los integrantes
de nuestra flota. El origen de ese
mote se debe a que casualmente, los
tres mártires de los que fueron
tomados esos nombres para bautizar a
los buques, eran de la raza negra.
Con su proa de bulbo, el Aracelio
ofrecía la imagen de una dinámica
moderna bastante avanzada para su
época. Contaba con cinco bodegas de
carga y sus medios de izaje eran
plumas de carga de unas cinco
toneladas cada una. Poseía también
un deep tank para transportar carga
líquida, aunque nunca se me presentó
el caso de hacerlo y se utilizaba
para embarcar carga general. Tenía
148 metros de eslora y unos 20
metros de manga, su velocidad
económica andaba por los 15 nudos en
los viajes que realicé en él.
Se encontraba atracado en los
muelles del mismo nombre del barco,
creo que ha sido esa vez la de mayor
tiempo amarrado en los muelles del
puerto de La Habana, tuvo que haber
superado los dos meses el tiempo
utilizado en las operaciones de
descarga.
El Capitán del buque en aquellos
momentos era “El Guajiro Marrero”,
no puedo recordar su nombre completo.
Fue uno de los capitanes más nobles
y originales con los que me tocó
navegar en toda mi vida de marino.
No puso obstáculo alguno para
recibirme en su nave aún cuando le
manifesté que era de reciente
promoción, guardo muy buenos
recuerdos y opinión sobre su
persona.

Motonave "Aracelio Iglesias"
Relevé a Amarales en la plaza de
Primer Oficial, no era del agrado de
la tripulación por sus antecedentes
alcohólico, algo déspota también en
el trato con ellos según me contaron.
Como Segundo Oficial estaba enrolado
Polo Quintana, un muchacho al que
conocí en la Academia Naval mientras
se desempeñaba como profesor de
Comunicaciones. Fue un magnífico
oficial y amigo que formó un
excelente trinomio junto al Tercer
Oficial de cubierta, plaza ocupada
por Miguel Cosme, antiguo alumno mío
de la promoción XVII. Como
Sobrecargo viajaría uno de los
hermanos Nerey, demagogo, baboso,
partidista y amante a la propiedad
ajena, luego coincidiríamos en otro
buque. La pieza más destacada de
aquella lista de enrolo era el
enfermero Manuel Castañeda, alias
“El Cabronazo”. Ya le he dedicado
líneas exclusivas a este buen hombre
que quise mucho como amigo y padre,
fue siempre la nota alegre por todos
los barcos donde pasó.
Pascualito ocupaba el cargo de Jefe
de Máquinas, ya nos conocíamos del
Jiguaní y pudimos compartir con
muchachas en Chile, pero el ascenso
lo había cambiado demasiado y nos
manteníamos a una distancia prudente,
no recuerdo a quién llevaba de
Segundo Maquinista ese viaje.
El camarote no era muy amplio, solo
lo suficiente para colmar mis
ambiciones y felicidad. Tenía su
baño incluido y un pequeño
refrigerador, el aire acondicionado
funcionaba perfectamente, privilegio
que no disfrutaba desde mi enrolo en
el Viet Nam Heroico. Los camarotes
del resto de la oficialidad eran más
reducidos y no contaban con baños.
Los salones eran confortables y
acogedores, el comedor de oficiales
estaba compuesto por una mesa larga
que siempre era encabezada por el
Capitán. Una de sus filas de
asientos correspondía al personal de
máquinas y la otra a cubierta, todos
acomodados en orden descendente de
acuerdo al rango.
El puente se encontraba bien
equipado, poseía un bridge control
desde donde se maniobraba
directamente la máquina principal.
Aún no le habían instalado el
sistema de navegación por satélite y
dependíamos de las observaciones
astronómicas para determinar la
posición durante las navegaciones de
altura, no recuerdo si poseía uno o
dos radares. Sí puedo afirmar algo,
me encontraba muy complacido con la
presencia de aquellos dos oficiales
de cubierta subalternos, eran muy
competentes y leales a las órdenes
del Capitán y mías, nos convertimos
en un círculo bien cerrado y sólido.
La tripulación era variopinta y en
constante movimiento por las demoras
del buque en puerto. Su
contramaestre podía ser considerado
la nota discordante, un hombre de
seis pies de estatura y carente de
huevos para mandar. Piri se enroló
de camarotero y nos deleitaba con
ese pan y panetelas que solo él
sabía preparar. No era parte de sus
funciones, disfrutaba hacerlo y era
bien recibido por la tripulación.
¡Por fin soy Primer Oficial! Pensé
muchas veces cuando finalmente me
encontraba acomodado y con el
control de todo lo concerniente al
cargo. Ya habían transcurrido más de
diez años desde que realizara mi
primer viaje como oficial de
cubierta y siete desde que adquirí
el título de Piloto de Altura en la
academia del Mariel. Demasiado
tiempo condenado injustamente en el
cargo de Segundo Oficial por bocón y
no militar en el partido. ¡Se hizo
algo de justicia! Volví a pensar sin
imaginar nunca que ese sería el
punto de partida de la etapa más
dura y difícil de mi vida como
marino.

Motonave "Aracelio Iglesias"
El tiempo atracado en los muelles
“Aracelio Iglesias” y que como dije,
superó los dos meses en unas
operaciones de descarga que
resultaban desesperante por su
lentitud. Me sirvió para conocer a
fondo los cálculos de estabilidad de
aquel buque, ya mencioné alguna vez
que durante ese período de tiempo,
se realizaron en la isla aquellas
famosas maniobras militares llamadas
“Fortaleza 84”. En su afán por
destruir y hundir a la isla como
tantas veces han anunciado, nos
pidieron a los primeros oficiales
que realizáramos los cálculos para
hundir al buque en tres condiciones,
lastre, media carga y full de carga.
Esos cálculos eran extremadamente
largos y algo complicados, los que
conocen de la materia saben de qué
hablo. En aquellos tiempos solo
contábamos con una simple
calculadora para realizarlos, todo
dependía de la habilidad y
conocimientos del oficial a cargo.
El encargado de supervisar esos
trabajos y luego recogerlos para ser
entregados al MINFAR, era nada más y
nada menos que el Capitán Urquiola.
En aquellos tiempos se presentaba
como el hombre en desgracia que
estaba sancionado y no podía navegar,
el conocido en nuestro argot como “congelado”.
Urquiola tenía la costumbre de
despacharse hablando mal del
gobierno en cada una de sus visitas,
claro, después que se sonaba tres
tragos con el Capitán en su camarote.
Por fortuna, nunca se me ocurrió
darle rienda a mi peligrosa lengua.
Unos meses después, él era
presentado junto al “Gallego”
Meléndez como parte del grupo de
agentes de la inteligencia cubana
que habían trabajado para la CIA y
el G2. Todos ellos fueron
homenajeados como héroes en su largo
peregrinaje por diferentes ciudades
de la isla. Lo cierto es que ellos
habían sido “quemados” por aquel
alto oficial de la inteligencia
cubana llamado “Aspillaga”, quien
desertó e informó que los más de
cien agentes de la CIA operando en
Cuba eran realmente agentes de
Castro. Yo lo conocí accidentalmente
el día de mi boda, el Sobrecargo
Lesmes, quien era vecino mío lo
llevó a mi fiesta. Nunca navegué con
él, tampoco gozaba de mala fama en
la flota y por fortuna no tuve que
arrepentirme por haber hablado de
más ante él en aquellas
circunstancias. Algo me había
beneficiado aquellos trajines de
hundir al buque para que no cayera
en manos enemigas, me conocí al
dedillo todos los cálculos de
aquella nave y me encontraba listo
para enfrentar el nuevo reto que la
vida ponía ante mí.
Partimos un día para el puerto de
Guayabal, cargaríamos azúcar a
granel con destino a Finlandia, país
al que arribaríamos finalizando ese
año. Desde mi último viaje al norte
de Europa a bordo del Pepito Tey, no
había regresado nuevamente y no me
sorprendió, cuando el Guajiro
Marrero solicitó los servicios de
practicaje para navegar desde
Francia hasta Finlandia. Aquella
dañina práctica se había convertido
en una norma entre nuestros
capitanes y cuando le pregunté las
razones para tomarlo, su respuesta
resultó lógica, pero indolente. -¡Vamos
a cobrar lo mismo! Que se rompa otro
la cabeza y dormimos tranquilos, ¿no
crees? Realmente yo no lo aceptaba
por una razón de orgullo netamente
profesional, ese trabajo lo
realizamos a bordo del N’Gola y lo
hicimos cada oficial solo en sus
guardias. ¿Éramos ahora más
incompetentes? ¡Absolutamente, no!
Tampoco existían razones para
someterse a desvelos y sustos cuando
no se recibía ningún tipo de
estímulo. Terminé por sumarme al
enorme ejército de indiferentes que
derrochaban el dinero ganado con el
corte de millones de cañas y las
donaciones que inyectaban desde el
campo socialista a la isla. También
atentaba contra esa tranquilidad un
hecho muy importante, nuestras
cartas no se actualizaban con la
frecuencia necesaria para garantizar
una navegación segura.
En Guayabal los muchachos compraron
todo el ron en existencia en el
pequeño motelito de aquel pueblo,
gracias a Dios que El Guajiro no era
egoísta y me abasteció con una caja
surtida de ron y vodka. La venta de
esas bebidas reportaron buenas
ganancias a nuestros bolsillos,
recuerdo que vendí hasta el alcohol
de inyectar para ayudar al enfermero
Castañeda.
El mar se congeló alrededor del
buque y las condiciones climáticas
fueron verdaderamente duras para
nosotros. Europa enfrentaba uno de
los inviernos más crueles de los
últimos tiempos de acuerdo a las
informaciones que recibíamos y yo
debía enfrentarme con una
tripulación mal abrigada y
alimentada para garantizar las
operaciones. No estaba mal ese debut
en circunstancias tan adversas,
sería una dura prueba a vencer,
debía permanecer con los ojos bien
abiertos y no confiar en nadie, ni
en mi sombra. En el caso de los
primeros oficiales cubanos, creo que
la desconfianza por todo lo que te
rodea, haya sido una de las
principales divisas que salvó a
muchos hombres como yo. Situaciones
tan aparentemente simples y que
correspondían a otros miembros de la
tripulación, podían conducirte a una
sanción inevitable si eras demasiado
confiado. ¿Un solo ejemplo? Tuvimos
que hacer agua potable y esa
operación debía ser controlada por
el Contramaestre. Le indiqué hasta
qué sonda se debía llenar el tanque
y una hora después lo encuentro muy
acurrucadito en la cama. No pueden
imaginar la cojonera que le formé,
poco me importaron sus seis pies de
estatura. Si aquel tanque de agua se
hubiera llenado a full, corría el
riesgo de que se congelara y la
dilatación del hielo lo deformara,
abrí un poco más los ojos.

Motonave "Jesús Menendez"
Un rompehielos tuvo que romper
alrededor del buque para poder
zarpar, cientos de toneladas de
nieve cubrían nuestras cubiertas y
los tanques de lastres se
encontraban totalmente congelados.
Partimos con destino a Dinamarca
para tomar algo de carga general,
las condiciones en el puerto de
Aalborg eran similares a las
encontradas en Finlandia. Nuestra
estancia fue muy breve y nuestra
partida estuvo condimentada con una
ocurrencia algo inesperada por parte
de un Capitán. Con el Práctico a
bordo y con un largo y spring a proa
y popa, esperábamos por la presencia
de El Guajiro para largarlo todo e
iniciar la maniobra de salida.
Estuve llamándolo en varias
oportunidades por el sistema de
comunicación interior y no respondía
al puente. No recuerdo cuántas
boberías le dije al Práctico para
entretenerlo y demorar un poco la
salida ante la ausencia de nuestro
Capitán. Era de noche y como debe
suponerse, el puente se encontraba
totalmente oscuro. En uno de mis
desplazamientos choco con la silla
del Capitán y noto que hay un bulto
encima de ella, aquel bulto se
encontraba cubierto por una frazada
de cama.
-¡Oye, no jodas más y continúa la
maniobra! Por poco me orino de la
risa al escucharlo.
-¡Proa y popa, largando todo! ¡Compadre,
lo tuyo no tiene nombre!
-¡Hay un frío del carajo! Fue toda
su explicación.
Nosotros encabezábamos un pequeño
comboy que se dirigía a la salida
del puerto, rompíamos el hielo
encontrado a nuestro paso, pero solo
pudimos hacerlo hasta un punto. El
buque no avanzaba con media máquina
avante y nos llamaron desde el
departamento de máquinas para
informar que las tomas de fondo se
encontraban congeladas. El Páctico
solicitó los servicios de un
rompehielos para sacarnos del apuro
y minutos después nuestra proa se
enfilaba hacia las costas de Suecia,
nuestra próxima parada. Pocas horas
más tarde nos encontrábamos en
maniobra de entrada al puerto de
Uddevalla, allí tomaríamos unas
enormes bobinas de papel. Desde ese
puerto se reportó el espacio
disponible para completar nuestro
cargamento en Amberes, nuestro
próximo destino.

Motonave "Jesús Menendez"
En Amberes funcionaba una agencia
que se dedicaba a realizar los
planos de carga y estabilidad de los
buques. Este trabajo era ejecutado
por capitanes titulares de ese país
y Cuba, según me informaron a la
mañana siguiente, era una de los
distinguidos clientes de aquella
compañía. Después de atracar fui
llamado al camarote del Capitán,
eran aproximadamente las diez u once
de la noche.
-¡Aquí tienes el plano de carga! ¿Qué
tú crees? Lo observé para no
defraudar al visitante.
-¿Qué tú quieres que te responda? Yo
no soy mago, tengo que revisarlo y
comprobar si los cálculos son
correctos.
-El problema es que las operaciones
se inician a las siete de la mañana.
-Correcto, pero si existe un error y
lo aceptamos, nuestra cabeza rodará
en cuanto lleguemos a La Habana.
-¿Crees que esta noche lo puedas
revisar?
-No tengo otra alternativa que esa,
dile que me llevo el plano y me
pongo a trabajar inmediatamente. La
respuesta la obtendrá en cuanto
lleguen los estibadores, yo creo que
si él viene un poco antes es mucho
mejor. Nos despedimos y venciendo
todo el sueño y cansancio acumulado
por la intensidad de trabajo de los
últimos días, traté de relajarme y
chequear punto por punto los
detalles de las cargas distribuidas
en el plano inicial. A las cuatro de
la madrugada llamé a Castañeda para
que me preparara un café con leche,
no se puso bravo, no se molestó. Se
lo pedí porque lo hacía muy parecido
al que tomaba de niño en casa de mi
abuela, estuvo un rato conmigo y se
retiró a dormir.
¡Vaya sorpresa! Yo estaba claro,
detecté que en una bodega donde se
encontraba planificado cargar unas
dos mil toneladas de leche en polvo,
habían incluido también productos
químicos que sin dudas la
contaminaría. Un error como ése, me
convertiría en un huésped
distinguido de un calabozo cinco
estrellas en el Combinado del Este
con el cartelito o tatuaje de “contrarrevolucionario”.
Disponía de muy poco tiempo y
trabajé contra el reloj para hacer
una nueva distribución de la carga
entre varias bodegas. Es de suponer
que al final debía realizar nuevos
cálculos de calados y estabilidad,
los que se dedican a esta profesión
saben perfectamente que tres horas
es un tiempo muy reducido.
-¡Buenos días! Era el Capitán belga,
faltaban quince minutos para las
siete de la mañana. ¿Iniciamos como
estaba previsto?
-No procede, Ud. cometió un error en
la distribución de la carga y yo he
confeccionado un plano nuevo. Pude
observar como su rostro cambiaba de
colores al escucharme,
inmediatamente le mostré el origen
de su error y mi proposición para
cargar.
-¿Puede acompañarme hasta la oficina
para sacarle fotocopias al plano?
-Se encuentra fuera del puerto?
-No, está justamente a unos
cincuenta metros del buque. Le
indiqué al contramaestre cuáles
bodegas abrir y dejé a Polito al
frente de esas maniobras.
El hombre me presentó ante otras
personas que allí trabajaban y en
pocos segundos tenía una taza de
café frente a mí. El que suponía
fuera el jefe de aquel lugar me
entregó un sobre sellado y me dijo
que era un regalo de la compañía
para que me tomara unas cervezas. No
me molesté en abrirlo en su
presencia, cualquier cosa que cayera
en nuestras manos siempre era bien
recibida, un rato después regresé al
barco. Había doscientos dólares
dentro de aquel sobrecito
maravilloso, por supuesto, no pagaba
la mala noche y menos aún una
demanda por negligencia en contra de
ellos, pero algo era algo.
-Capitán, trate de no deshacerse de
ese Primer Oficial que tiene a bordo,
es muy bueno. Ha sido el único de
los que han pasado por acá que ha
realizado correctamente su trabajo,
todos los demás aceptan confiados y
nunca revisan nuestros planos.
Fueron las palabras del Capitán
belga expresadas al Guajiro según me
contó y yo estaba que no me cabía un
alpiste donde ya saben.

Motonave "Lázaro Peña"
Cuando comenzaron a cargar cubertada
llamé al jefe del equipo, yo sabía
perfectamente que ellos le daban
dinero a los primeros oficiales y
capitanes, solo que desconocía la
cantidad y no se me ocurrió
preguntarles sobre cuánto era la
mascada normal. Esa era una de las
mil maneras de robar decentemente,
les pedías plata y luego firmabas
cuanto papel te cayera en las manos,
eran facturas sobre la compra de
material de trincaje. No me olvidé
de mis subordinados y pedí de paso
una caja de CocaCola para cada uno
de ellos y una botella de whisky. Se
pusieron muy contentos, los tiempos
habían cambiado y esas costumbres de
aquellos hombres con los que navegué
diez años atrás habían desaparecido.
Pedí la ridícula suma de trescientos
dólares para mí, que sumados a los
doscientos de regalía, me convertían
en un hombre sumamente afortunado.
Varios años después regresé más
corrompido y la mascada fue mayor,
siempre acordándome de mis
subordinados.
A la altura del Golfo de Vizcaya
comenzó a derretirse todo aquel
hielo cargado en Finlandia, pero el
mar se comportaba de acuerdo a la
época. El cruce del atlántico lo
realizamos sin poder trabajar en
cubierta y pocos días después se
observaba ese lagrimeo de óxido por
todas partes. Deseaba calmar a la
naturaleza, no quería entregar a la
nave en peores condiciones a la
recibida por un problema de orgullo
personal, tuve que calmarme y
conformarme. Los dos últimos días de
navegación y calma, los dediqué
totalmente al engrase de todo el
sistema de plumas y tapas de
bodegas, no disponía de tiempo para
otras labores.
Entramos por el puerto del Mariel
una tarde cualquiera del mes de
Febrero y Amarales se presentó al
día siguiente, venía por algo que en
apariencias le pertenecía. La
tripulación lo recibió con apatía,
le entregué el cargo y me presenté
nuevamente en la empresa, no tenía
mucho tiempo de descanso acumulado.
Miguel Haidar relevó al Guajiro
Marrero, él era cacique de ese buque
desde hacía algún tiempo y contaba
con una piñita de incondicionales.
Nerey fue muy feliz con su regreso,
ahora podía actuar a su gusto y
antojo, nosotros le mantuvimos algo
atadas las manos durante nuestro
mandato en esa nave.

Motonave "Lázaro Peña"
Atrás dejaba de todo un poco, gente
buena, mala y regular. Quedaban
vagos y trabajadores, honrados y
ladrones, chivatos y hombres. Los
tiempos habían cambiado mucho y el
trabajo se complicaba un poco. El
cargo de Primer Oficial no se
limitaba solamente a sus guardias de
navegación, garantizar las
operaciones de carga y descarga del
buque, poco significaba cumplir
todos los parámetros de
mantenimiento y reparaciones. La
labor principal de los primeros
oficiales se desvió hacia una
especie de guerra secreta entre
gatos y ratones. Lidiar con la
calidad humana de los hombres que
integraban la flota, ocupó demasiado
espacio de tiempo y paciencia para
cualquiera de aquellos oficiales.
Estábamos abordados por gente sin
escrúpulos que robaba lo que
encontrara a mano y entre los
objetivos de sus fechorías no
permanecían ignoradas las del
propiedades del buque. Inventarios
constantes y gastos en las compras
de grandes candados que nunca
garantizarían una seguridad absoluta.
Por un lado los ratones tratando
siempre de robar algo, sean comida,
pintura, bienes del buque como su
ropa de cama, colchones, etc. Del
otro lado yo, el gato, tratando de
que no me jodieran porque siempre
pesaba sobre mi cabeza la espada de
una auditoría realizada por la
“policía económica”. No puedo ser
injusto tampoco, siempre existieron
hombres buenos y honestos, solo que
en los últimos tiempos eran algo
escasos. Cuando me encontraba de
Segundo Oficial no vivía con esas
preocupaciones, nadie se robaría una
carta náutica y el puente siempre
permanecía cerrado. El juego ahora
era más serio y estaba obligado a
cuidarme las nalgas si quería
sobrevivir.
Había aprendido mucho ese viaje en
condiciones tan difíciles, pero de
todas las enseñanzas adquiridas, una
de ellas la apliqué durante mi vida
activa como Primer Oficial y me
ayudó a saltar infinidad de trampas.
Un Primer Oficial que se quiera, no
debe confiar en absolutamente nadie,
ni en su propia sombra.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-05-26
Y si tenéis por rey a un déspota,
deberéis destronarlo, pero comprobad
que el trono que erigiera en vuestro
interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.
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