
a primera vez que robé en mi vida yo tenía unos trece
o catorce años, lo hice guiado por la mano
hábil de mi padrastro, sentí miedo al
hacerlo. Ocurrió cuando los acontecimientos
del ciclón Flora, me encontraba de aprendiz
en uno de los talleres de Transportes
Nacionales, lugar por donde pasaban
vehículos cargados de ayuda para las
provincias orientales. Tenía dos opciones,
vencía ese temor o comía, me incliné por
comer frijoles ese día.
Cada cierto tiempo se
anuncia una nueva cruzada en contra de la
corrupción en la isla, cuarenta y siete años
escuchando lo mismo debe resultar agotador.
¿Corrupción? Se habla de robos a la
propiedad del estado y del “pueblo”,
entonces, sin darnos cuenta, nuestros pasos
son conducidos hacia la misma encrucijada y
la corrupción nunca se acaba, es trasmitida
de generación a generación sin ningún tipo
de vergüenza.
En esa sociedad donde los
cánones de conductas y valores morales se
han enajenado hasta límites desconocidos, el
robo deja de serlo cuando su objetivo es la
propiedad estatal. El pueblo no lo distingue
como un delito y al que incurre en él se
aplaude y es reconocido como un “luchador” o
persona dedicada al “invento”. Robar la
propiedad del pueblo no deja ser tan común
como el caso anterior, ¿quiénes incurren en
ese delito?, los administradores bajo cuya
responsabilidad se confía esos bienes. Solo
reciben condenas por parte de la población
en contadas circunstancias, sobre todo,
cuando los niveles de vida alcanzados
sobrepasan con creces el grado de miseria
generalizada. A estos individuos les piden
la cabeza por sentimientos de envidia
siempre ocultos y son delatados por personas
que incurren en delitos similares, pero en
menor cuantía que aquellos. ¿Quiénes son
esos ladrones? Se destacan los que poseen
cargos de administración, y como es de
dominio público, es imprescindible ser
militante del partido para ocupar cualquier
cargo administrativo existente, hasta el más
insignificante, pongamos como ejemplo un
humilde puesto de fritas.
Si robar la propiedad del
estado es un acto contrarrevolucionario, si
robar las propiedades del pueblo es
considerado un acto contrarrevolucionario.
Nos encontramos entonces en presencia del
pueblo más contrarrevolucionario del mundo,
que es dirigido por la administración más
contrarrevolucionaria que pueda haber
existido en toda la historia de América y
solo comparable a los viejos caciques del
antiguo campo socialista, actuales
millonarios en esos países.
Esos llamados a la lucha
en contra de la corrupción, meta gastada
desde hace decenas de años, nunca serán
exitosas allí, donde el mal debe extirparse
en la cumbre del gobierno. Uno que otro día,
se utiliza un chivo expiatorio como sucedió
hace poco con el negrito del comité central,
pero la mata no es sacudida con violencia
por temor a quedarse la isla sin gobierno.
Cada ciudadano roba de
acuerdo a sus posibilidades, perdón, dicen
que luchan o inventan. Todo es necesario,
desde un simple tornillo hasta una caja de
muertos que podemos transformar en
escaparate. Cada uno de esos artículos
extraídos de las arcas estatales tiene un
solo destino, la bolsa negra que nunca ha
podido ser eliminada. Y tal vez, sea el
único organismo clandestino y sin
administración que funcione perfectamente en
la isla, cuyo mercado se rige por leyes
elementales del comercio como son, valor de
uso, costo de producción, oferta y demanda,
etc.
Los dirigentes o
administradores roban también de acuerdo a
sus posibilidades, no es lo mismo ser
administrador de una funeraria a ministro de
cualquier rama de la economía o director de
instituciones importantes. El primero robará
madera, flores, gasolina, meriendas, café,
etc. El segundo robará sin embarrarse las
manos, sus firmas le rembolsarán grandes
ganancias en contratos fraudulentos que se
realizan a diario, reportándose ganancias en
moneda fuerte o en especias, pero las
últimas no deben ser muy exageradas y puedan
llamar la atención de sus vecinos.
La vida se convierte de
esa manera en una lucha constante entre
gatos y ratones, y donde el escenario varía
también de acuerdo a las posiciones
alcanzadas. Logrando de esa manera que, los
gatos sean otros ratones para los gatos de
niveles superiores. Formando una o varias
pirámides sociales que convergen siempre en
los puntos más elevados de ese gobierno
inmoral que no se cansa de exigir
sacrificios.
Se repite sin reparo el
mismo discurso, hay que combatir la
corrupción, pero, ¿quiénes llevarán adelante
esa batalla, el pueblo que roba las
propiedades del estado, o el administrador
que se roba los bienes del pueblo? Se repite
el mismo círculo vicioso vivido durante
estas cuatro décadas, y como bien puede
observarse, no hay batallas dirigidas a las
causas que originan ese delito.
No fui un ladrón por
excelencia, pero practiqué ese deporte
nacional como todos los cubanos. El marinero
se robaba la pintura del barco, la comida,
los útiles, etc. Me veía obligado
constantemente a realizar inventarios para
controlar la acción de mis ratones. Yo
robaba sin ensuciarme las manos mediante la
firma de compras fraudulentas, conmigo se
mojaban los capitanes. El sobrecargo robaba
de la comida de los tripulantes, era una
acción detestable que afectaba a todos los
involucrados en el barco. El jefe de
máquinas se robaba unas toneladas de
combustible y nadie se percataba de eso,
aumentaba el consumo diario en décimas hasta
quedar chao con el banquero y si carecía de
tiempo le agregaba agua. Luego y como dice
el refrán, “el tiburón se moja, pero salpica”.
Parte de nuestras ganancias eran dedicadas
al soborno de compañeros de lucha que
también luchaban, aduanas, cubana de
aviación, hoteles, taxistas, posaderos,
capitanes de restaurantes, médicos, etc., y
una larga fila de etc.
La última vez que robé,
fue antes de desertar. De acuerdo con un
capitán de la marina, nos robamos un saco de
cebollas. No sentí miedo, ya estaba
perfectamente adaptado, solo tenía dos
opciones, me las robaba o comían cebolla en
mi casa, me incliné por lo último.