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INCINERANDO ARCHIVOS
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |

iro por la ventana como cada
mañana y me río internamente,
ayer fue fatal para los
canadienses, una navidad sin nieves. Y Ernesto,
había pagado su boleto desde Tampa para disfrutarla
con un trago de ron cubano. Tuvo que conformarse con
los trocitos de hielo dentro del vaso mientras me
hablaba de su calor y yo le describía las
dificultades vividas para regresar a casa la otra
noche en medio de una helada. Partió sin darse el
gusto, sin matar la curiosidad o experimentar esa
sensación de estar metido dentro de una gran nevera.
La ciudad estaba triste, el tráfico muerto, todos
celebraban en silencio. Pensé vivir un toque de
queda y mi vista se perdía entre balcones iluminados
por infinitos bombillitos con figuras de pinos,
trineos, bastoncitos y Santas que aquí se llaman
Noel. Pensaba que todos habían abandonado la ciudad,
las sombras danzantes se encontraban ausentes detrás
de las cortinas de aquellos balcones y mi marcha
continuaba con la luz verde. ¿Cómo celebrarán la
Nochebuena? Una vez lo hice con ellos, hablaban, lo
hacían sin parar y con la música bien baja, como si
se tratara de un velorio. Entonces, la nota de
aquella aburrida celebración se redujo a un solo
tema, una pareja de recién casados era el foco de la
atención colectiva. Ella, narraba con lujos de
detalles el regalo de bodas que le había hecho a su
novio. Mencionaba precio, altura, entrenamiento,
seguros, y finalmente el día del salto. Él, se
limitaba a escuchar como nosotros mientras ella no
se detenía, ni una sola coma interpuso en su
narración, la más entretenida de aquella aburrida
Nochebuena, celebrada al estilo de aquí entre platos
insípidos y vinos a los que no estoy acostumbrado.
Ellos disfrutaron de una novedad, chocaron de frente
con platos nuestros que condenaron a un segundo
plano los suyos. Ella se sentía muy orgullosa
mientras hablaba y él no se atrevía a interrumpirla,
nadie tenía fuerzas o motivos para abrir un nuevo
tema y había que esperar hasta la media noche para
abrir las cajas de regalos. –Yo le regalé un salto
en paracaídas y él dudó varios días en aceptarlo. Él
no deseaba responder a la invitación que muchos le
hicieron con la mirada. Yo tampoco, bueno, sentía
unos deseos inmensos de gritarle comemierda, pero el
silencio de su marido me contuvo y contaba los
minutos que faltaban para la medianoche.
Grandes
copos de nieve caían y siempre que eso sucede, mi
vista viaja hasta el auto para evaluar la situación,
debía sacarlo de la entrada al garaje antes de que
se acumulara más, su inclinación resultaba molesta
ante su presencia y podía complicarme la vida cuando
fuera a salir. Luego, me dirigí hasta el baño,
recordé que orino cada mañana con exactitud
cronométrica. Me lavo la cara con indiferencia y
evito en lo posible mirar al espejo cuando me peino,
tantos años haciéndome la raya en el mismo lado me
permiten esa frivolidad, me ahorro un disgusto a esa
hora del día. Los pasos son contados desde el baño a
la cocina, los mismos, nada ha cambiado dentro del
apartamento donde vivo. Solo cambian pequeños
detalles, la cafetera puede estar lista o no. Si lo
está, realizo un solo movimiento, si no es así, hago
breves cambios en mi recorrido. Llego hasta la
computadora y la enciendo, le permito descargar su
pesada carga con tranquilidad y regreso hasta la
cocina, no digo nada, pero protesto al abrir la pila
del agua. Espero por el ruido que produce cuando
está colando mientras reviso el correo, luego, viajo
nuevamente hasta la cocina y vierto el cenicero en
la basura.
Ernesto llamó temprano, había regresado la noche
anterior a Tampa y le conté de la fenomenal nevada
que estaba cayendo en estos instantes, se lamentó,
pero así es la naturaleza de caprichosa. Me recordó
que era veintiséis, el día de mi santo y su
cumpleaños, lo felicité y regresó la felicitación,
no me acordaba de ese detalle que solo era
mencionado por mi abuela. ¿Santo? Me pasó a su
esposa para que la saludara, ya me había hablado de
ella en su visita al restaurante. Trabajamos en la
misma empresa, la foto mostrada no me decía nada, no
la conocía, sin embargo, me resultó tan familiar
hablar con ella, existieron tantas coincidencias,
tantas razones que nos condujeron al mismo destino.
Mientras cambiábamos palabras y anécdotas, yo regresaba a un
pasado que comenzaba a proyectarse algo lejano.
Surgieron nombres casi borrados de la memoria que
insisten y luchan por mantenerse vivos, casi siempre
se concluía con las mismas palabras, ¡tremendo
hijoputa!, no siempre era masculino el personaje.
-Recuerdo haber leído algo escrito por un marinero
y se titulaba “La dama de hierro”
-Eso lo escribí yo, reconoces al personaje.
-¡Por supuesto! Ella había sido directora de
prisiones antes de ser jefa de cuadros en la
empresa.
-Me mantuvo hundido durante varios años. Debí
sepultarla luego de escribir aquello, trato de
hacerlo siempre, pero me persiguen como molestos
fantasmas. Ella seguía mencionando personajes y me
obligó a regresar hasta el último viaje.
-Dice mi hermano que si logras salir del país no
debes regresar. Tomé con mucha cautela aquellas
palabras y no mostré nerviosismo alguno, manifesté
que nunca abandonaría el país, no podía confiar en
él aunque se proyectara como buen amigo. La
experiencia me había demostrado que esa amistad no
existía, éramos compañeros de trabajo, solo eso. No
se podía confiar tampoco en manifestaciones de
hombría, cada día dejábamos de ser hombres para
convertirnos en compañeros con todos sus
privilegios. Viajé hasta el puerto pesquero y me
paré en la cubierta del barco, me recosté a la
regala y miré hacia el muelle. Había un Lada
estacionado a unos veinte metros del buque, junto al
auto, un negro obeso que me hizo una seña con el
dedo índice. Era uno de los negros por los cuales
había sentido un gran afecto y simpatía, entendí la
seña y bajé.
–Si lo aceptas, mañana sales en un avión para
Angola. Vas a ganar setecientos dólares mensuales y
saldrás de todo este lío.
-No puedo repetir otra aventura, ya he envejecido
algo.
-¡Piénsalo! Comprendí la profundidad de su
invitación, trataba de salvarme de algo, pero el
salvavidas que me ofrecía era sumergible, inseguro.
Nos despedimos con un abrazo, no sé si él lo
comprendería, pero aquello fue una despedida. El
Majá me habló de él en uno de sus viajes a Montreal,
me contó que había caído en desgracia. La esposa de
Ernesto lo conocía y no pude evitar esa expresión
que siempre se me escapa cuando aparece en la luz
aquel negro bonachón, es un tipo elegante, es de los
pocos hombres que conocí en la marina mercante, mis
elogios pudieran resultarle perjudiciales. Luego,
¿te acuerdas de fulano?, ¿te acuerdas de sicano?,
¿te acuerdas de zutano? Al final de cada pregunta
una sola respuesta, era un hijoputa. Aún siéndolo,
nos resulta difícil sepultarlos con sus recuerdos,
¿será tan difícil olvidar?, borrar de un tirón todos
los sueños perdidos, parece que sí.
El socio portador del mensaje de su hermano vive ahora en
España, se acogió a la ciudadanía española como
muchos que un día se acordaron de sus abuelos. Me
escribió dos o tres mensajes y luego se borró como
la niebla al amanecer, no me sorprende y los
comprendo, viven acorralados con sus miedos. El Majá
no pudo regresar nuevamente, siempre tenía un
problema que resolver en cada viaje, cargaba consigo
una listica donde tenía anotada sus prioridades, las
mismas listas que yo cargué un día, las mismas
soluciones del salvavidas sumergible.
El veinticuatro pasó una señora por el restaurante, destilaba
cultura en cada una de sus canas, me conocía y me
llamó por mi nombre a la entrada, por el santo de
hoy. Había reservado para dos personas y me
manifestó que la otra se había enfermado. La otra,
le preguntó si no estaría muy sola en el restaurante
y ella le respondió que no, eso me contó. Era una
Peter Pan que llevaba más de cuarenta años sin
visitar su país y me conmovió, me solidaricé
enseguida con su fatalidad y surgieron las
inevitables preguntas. ¿Recuerdas algo de tu
tierra?, ¿deseas visitarla?, ¿tienes familia allá?,
¿por qué no vas? Comenzó por responder la última, no
le dan visa de entrada al país, ni permiso de salida
a sus padres para visitarla. Debe ser la más
representativa manifestación de ese odio que hoy
pretenden borrar con esos llamados a la
reconciliación que pocos entendemos.
-¿Cuántos años llevas aquí? Preguntó ella y me sentí
enano al responderle, vi en su mirada tanta firmeza
que, manifestar dolor o nostalgia en su presencia me
harían acreedor de cualquier condena de su parte.
-Llevo unos quince años, salí de la YMCA un
veintitrés de diciembre del noventa y uno.
–Entonces, es tu cumpleaños.
-Es
verdad, son mis quince. Escuché un vals y varias
chicas bailándolo, cambiándose de vestidos en cada
número, y yo, bailando por los quince años cumplidos
en destierro mientras alguien trata de recordarme
algo lejano.
-¿Te falta algo, extrañas tu patria? Ella buscaba un
poco de fuerzas para continuar su camino.
-Si algo me han robado no ha sido la patria, esa
nunca la tuve, razones sobran para no sentirme
patriota. No se justifica en mí esa rabiosa
nostalgia que muchos sienten por una palma, cosas
tan sencillas como un partido de dominó en cualquier
portal de La Habana. Gritería formada ante el forro
descubierto y apagada por el trago de ron que quema
la garganta, juego inventado para mudos, dicen
muchos, yo creo que para los ciegos también. Nadé
siempre en sentido contrario, me sumergí en sus
pestes y el polvo limitaba la mirada imperfecta, me
moví entre bípedos escualos con grandes agallas,
devoradores de almas con apetito insaciable.
Llegar era siempre una aventura, salir era su sorpresa,
nadie estaba seguro, nada te pertenecía en esa
extraña playa, ni los sueños inconfesos y bien
guardados en los ataúdes de la memoria. Miedo a ser
traicionado por los pensamientos, pánico porque se
puedan leer o un día te traicionen convertida en
voz. Sonidos que muy bien pudieron escapar de
ultratumba, sitio donde se guardan a buen recaudo
los buenos y malos sentimientos, y que salieron a la
luz por culpa de un engaño. El árbol, la serpiente,
la jeva, una botella de ron y tú, ajeno con tu
inocencia a la trampa que te tendían. Luego, esa
extraña persecución de tu conciencia y la lucha
intermitente por convencerla, nunca podías vencerla.
Cada inmersión en sus playas de rocas y columnas derrumbadas
por la indiferencia, era una luna de alcohol en
movimientos casi perfectos, sin fases de oscuridad,
porque la claridad solo nos ampara en estado de
embriaguez. Se impone estar borracho para olvidar y
ganar valentía, para decir y ser yo, para ser macho,
para perder un poco esa vergüenza que opaca la
ceguera, para expresar una verdad convertida en
locura o calificada de mierda.
El mar, una pitada larga me extraía de aquel aire viciado por
la maldad, cada regreso a las profundidades de su
azul infinito y con horizontes inalcanzables a
nuestra mirada, era un retorno al lugar de donde me
habían arrancado, un encuentro con aquella paz tan
deseada. Pocas veces, casi ninguna, amé el nido del
colibrí ni me atrajeron los colores del tocororo.
Encontraba excusas para acusar de hipócrita al
sinsonte cuando escuchaba sus líricas notas
entonadas en su jaula, tal vez lo condené
injustamente, nunca pregunté si había nacido así. El
mar no, es diferente, es libre, indomable, temido,
despiadado, tierno, sereno, fiel, traidor, cuna y
tumba a la vez. Sus olas viajan sin destino en busca
de una playa, como hacen las ballenas a punto de
morir o equivocadas, mueren dignamente. Luego, el
silencio, la abstracción, la posibilidad de un sueño
mientras otra ola se repite sin apagarse el eco de
la anterior. ¿Y la oscuridad? Cuánto desearía
alejarme de los candiles de una ciudad para
encontrarle el verdadero rostro a la luna y reírme
de su acné siempre juvenil, y criticarle esos
cambios en su figura, y pedirle que siempre fuera
redonda, sin panzas o cuernos que apunten hacia otra
dirección engañando a la gente de aquellas playas de
hormigón. La oscuridad es sublime, casi siempre
silente, duerme el papagayo del discurso gastado y
aburrido, y puedes pensar, soñar, meditar, algo
vedado por los molestos bombillos. Pasan las
estrellas y sus visitas se repiten cuando viajas
horizontal al sentido de la tierra. Las conoces y te
enamoras de ellas. Nunki es tu novia, Bellatrix una
aventura que provoca los celos de Rigel y Aldebarán.
Antares es sensual, atrevida y coqueta. Sirius es un
rabioso gigante que gusta ladrar y Arcturus un
oportunista. ¡Venus! Una hermosa mujer que burla las
elevaciones de Santiago y brilla muchas veces al
amanecer, la última en caer vencida cuando sale el
que más manda y destruye la negrura. La oscuridad es
adorable y su silencio te brinda una maravillosa
alfombra donde puedes construir un universo, el
tuyo, el que no estas obligado a compartir con los
demás, ni aún en nombre de la sagrada solidaridad.
Miras y descubres puntos caprichosos que forman un
manto lechoso, algunos escapan de sus trampas
milenarias y recuerdas a la abuela. ¡Pide un deseo!
¡Pide un deseo! Gritaba ella y ponías a trabajar
todas las neuronas buscándolo. Siempre era tarde y
cuando lo iba a manifestar, ella siempre repetía lo
mismo, ¡Guárdalo para la estrella que viene! Y así
siempre, ¡pide un deseo!, y a la hora de sacar el
que tenía guardado en aquel almacén infantil se
trababa la gaveta del buró. ¡Guárdalo para la
estrella que viene! La abuela murió, no era ella
exactamente, era la bisabuela. Sentado en el puente
se repitieron aquellas caídas y el empeño por pedir
un deseo había sido un compromiso con ella nunca
logrado. Me había enseñado varias cosas, pero solo
sobrevivió la acción de pedir, no tuvo tiempo de
explicarme como lograr, luchar, vencer, alcanzar,
solo pedir. No la culpo tampoco, murió y me dejó al
inicio del camino, su hija tampoco me dijo nada, y
su nieto menos aún, el nadaba, nadaba y nadaba entre
consignas extrañas. Fue mucho más difícil
encontrarlos en aquel extenso archivo de la vida y
la estrella pasaba veloz. Tuve que haberlos
enumerado, pero eso se me ocurre hoy, cuando los
candiles de la ciudad no me permiten ver las
estrellas y no distingo a ningunas de ellas. Un día,
pasaba una luz algo lenta y quise aprovechar la
oportunidad para pedir algo. Pedí, pedí, volví a
pedir hasta el cansancio y la luz no caía, nunca
cayó, era un satélite de los que probablemente
utilizan con fines de comunicación. ¡Me cago en mi
abuela! Pobre viejita condenada por los avances de
la modernidad.
No tengo razones para ser patriota, cambio al valle de Yumurí
por aquellas montañas de agua donde sobreviví una
vez, otra vez y otra. Al menos allí sentí algo,
pánico, terror, miedo, temí y manifiesto que muchas
veces me acobardé. Dudé de mí y la valentía para
enfrentar la vida, pero, me sentí vivo por los
efectos de cada bandazo o cabezada, pude descubrir
que aún vivía. En un valle no, solo se mueven las
hojas de los árboles molestos por el viento, como la
cabeza despeinada luego de estarte vacilando en un
espejo, y esperas que la novia te encuentre así como
te viste la última vez, como si fueras una
fotografía de ti mismo, con la sonrisa fingida y los
cabellos pegados a una cabeza quizás vacía, tal vez
prestada, con una risa que solo se borra si es
quemada.
Poco y mucho me arrancaron, me arranqué yo mismo, el mar. La
posibilidad de adorarlo o luchar contra él, amarlo u
odiarlo, mencionarlo como si fuera él cuando estaba
furioso. Ella, cuando era apacible y nos mimaba en
sus brazos, cuando nos enredaba en sus murmullos y
encantos. Nada cubre su vacío ni llena su espacio,
vivo al lado de un río muy caudaloso y ancho que me
recuerdan al mar, pero le falta algo. Carece de ese
olor a marisma que te envenena y atrapa por toda la
vida, de sus corales y orillas preñados de erizos,
de esos sargazos que te anunciaban la proximidad de
cualquier playa, y las gaviotas que gritan como una
mujer en pleno parto u orgasmo.
No soy patriota en el furibundo sentido que esa palabra
encierra por vicio o engaño, paso frecuentemente por
un estadio y veo banderas de diferentes colores, me
río. Solo distingo trapos tratando de volar y
atrapados a un asta, y el asta a unas rocas, y las
rocas a una playa cualquiera, allá fue igual. Escapé
de una playa maloliente donde hoy se cayó un
ladrillo ante una mirada indiferente, mañana una
pared, pasado mañana un gemido extraño y casi
infantil, ¿es esa la patria? Ella escuchaba sin
dejar de consumir un plato típicamente nuestro, una
droga que le era necesaria para continuar viviendo.
-Yo te entiendo, estoy obligada a comprenderte,
quince años es mucho tiempo.
-¿Mucho tiempo?, ¿qué pudiera decir de ti entonces?
-¿De mí? Nada, hace mucho tiempo olvidé quién soy y
de dónde vengo. Te leo y te encuentro sumido en esa
lucha, falta un poco de tiempo para vencerla, yo
logré quemar todos los archivos de mi memoria.
Ernesto me habló del libro, me dijo haberlo
consumido durante el vuelo de regreso y me comentó
sobre algunas anotaciones que había realizado. En
las páginas de su pasado se encontraba comprendida
la labor que hoy realizaba conmigo, no era la
persona que leía por hacerlo, quedaba demostrada su
observación estudiosa y me lo comentó con
sinceridad.
-¿Cómo puedes recordar tantas cosas sin acudir a la
historia? Me preguntó con curiosidad.
-Si supieras, escribo cuando alguna idea me llega a
la mente, o sea, cuando la musa llega y me toca la
puerta.
¿Cómo lo hago? Es mi truco y quizás el de muchos
autores, pongo a mi lado un traguito de Absolut con
jugo de naranja, enciendo el equipo de música y
selecciono un disco de la época. Casi siempre,
cuando deseo trasladarme a la década del sesenta o
setenta, coloco uno de aquellos discos con música de
Nocturno. ¡Es mágico, Ernesto! Me traslado hasta
aquellos barrios donde vivimos, me encuentro en el
paisaje adecuado y la gente, los socios del barrio
no han envejecido, entonces escribo, solo así puedo
lograrlo. Ernesto me dio una explicación técnica o
científica sobre la utilización de esa herramienta,
yo la olvidé a los cinco minutos, soy bruto para las
palabras extrañas y ajenas a nuestro vocabulario
diario.
-¿Sabes? ¡Coño! Yo me crié en los mismos barrios que
tú, hacía tiempo que no encontraba aquellas
expresiones hoy olvidadas. ¿Te acuerdas de aquella,
tirado por el balcón?
-¡Claro que la recuerdo!
-Bueno, ha sido un placer haberte conocido. Espero
que cuando bajes por La Florida nos avises.
-Que
tengas un feliz cumpleaños, ¡ah!, y que cumplas un
millón más.
-Un
abrazo. Ambos colgamos al mismo tiempo, me dispuse a
quemar archivos también, es imperioso despojarse de
los fantasmas que nos persiguen.
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