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MI
BARCO (XVIII) Motonave “Topaz Islands”
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |

o dispuse de mucho
tiempo para contemplar
La Habana como cada
partida,
una vez que doblamos en
El Morro me llamaron con
urgencia desde el puente.
Llevaba una hora a bordo
de aquella nave y debía
comenzar por aprenderme
el acceso a todos los
pasillos y escaleras.
Frente a la mesa de
ploteo encontré a un
Capitán algo enojado,
solo tenía disponible el
plano del puerto de La
Habana. No existía otra
carta lista para
comenzar la navegación,
y lo peor, yo desconocía
dónde demonios se
encontraba todo. No pudo
descargar su mal humor
conmigo, nos conocíamos
de vista, pero
enfrentaba una situación
algo anormal, nadie me
había hecho entrega del
cargo. ¡Coño, Sapiche me
embarcó! Pensé mientras
abría una u otra gaveta.
Yo sé que la expresión
correcta es decir “embaucó”,
también les pago en oro
al cubano que lo exprese
así.
Comencé por sacar las
cartas que fueron
utilizadas antes de
arribar a puerto y con
apremio tracé algunos
rumbos para ganar tiempo.
Ese tramo de derrota lo
conocía de memoria, pude
llegar hasta el faro de
Maternillos, próximo a
la entrada del puerto de
Nuevitas.
-¡Segundo! El buque fue
cargado con alambrón y
tiene creado un campo
magnético diferente al
reflejado en la
“Tablilla de Desvío”.
Vamos a ignorar el
desvío como error y
trabajaremos solamente
con la Variación
Magnética. Al escuchar
semejante animalada
brotar con tanta
facilidad de la boca de
un Capitán, estuve a
punto de sufrir un
infarto. No olviden que
hacía pocos años me
había desempeñado como
profesor de Navegación
en la Academia Naval del
Mariel. En otras
oportunidades me he
detenido en este punto,
considero necesario
volver a recordarlo.
-¿Usted está seguro,
Capitán? Le pregunté con
todo el respeto que
imponía su jerarquía,
mientras en el cuarto de
derrota permanecían
callados varios
agregados de cubierta
que en ese momento
abrieron exageradamente
los ojos. Estoy
plenamente convencido de
que aquellos muchachos
conocían o dominaban
correctamente el tema
tratado. Desde la
academia se les
informaba que por encima
de Cuba pasaba una línea
“agónica”, o sea, un
meridiano magnético con
valor de 0 grados y que
a partir de ella, los
valores de la variación
aumentarían hacia en
Este u Oeste. Es de
suponer entonces que
mientras más nos
alejáramos de ella con
destino a Europa, el
valor de la variación
sería superior. Cada uno
de esos muchachos sabía
perfectamente que por
cada aproamiento del
buque, los valores del
“desvío residual” serían
diferentes y que para
compensar ese error, se
confeccionaban
precisamente esa
“tablilla” que ahora el
Capitán me ordenaba
ignorar. “Error conocido,
no es error” Dice un
viejo refrán que no
fuera escuchado por este
individuo.
-¡Usted, cumpla mis
órdenes! Respondió con
ese aire autoritario
utilizado por algunos
como él, trataba de
imponer su voluntad a un
precio muy alto, el
absurdo.
-¡Por supuesto, donde
manda Capitán, no manda
soldado! Me dio la
espalda y se dispuso a
abandonar el puente,
pero en su nuca rebotó
unas palabras y ellas
tuvieron que molestarlo
mucho, demasiado. -¡Capitán,
usted le hará un gran
aporte a la navegación!
Tiró la puerta y se fue,
yo permanecí unos
minutos más en el puente
y luego regresé al
camarote para sacar la
ropa y libros de mis
maletas.
El camarote era amplio y
tenía su baño dentro,
estaba exactamente al
lado del Primer Oficial,
plaza que ocupaba
inexplicablemente
Guillermo Alenas, otro
miembro de mi promoción
que pertenecía al grupo
de los “brutos”.
Recuerdo que estando en
el buque N’Gola,
coincidimos en el puerto
de Szczecin en Polonia,
él se encontraba
navegando en el buque
Agate Islands, comandado
por el Capitán Cams si
la memoria no me
traiciona. Lazarito y yo
lo mantuvimos bebiendo
en mi camarote toda la
noche, además de
brindarle algunas
botellas para que las
llevara a su barco. Esa
misma noche le entregué
una parte de la
canastilla destinada a
mi hija por nacer, había
entre los artículos un
perro de peluche bien
grande y hermoso.
También le envié un
estuche de perfumes para
bebé que había comprado
en España. Varios meses
más tarde tuvo que ir mi
amigo Eduardo Ríos a
reclamar esas
pertenencias sin
entregar al destinatario,
Alena vivía en Ayestarán
para esa fecha. Cuando
Ríos llegó a su casa,
encontró al hijo de
Alenas jugando con el
perro de mi hija y los
pomos de perfume y talco
habían sido rellenados
con productos nacionales
marca “Fiesta”. Señalo
este detalle para que
tengan una idea sobre el
personaje del que estoy
hablando, porque vendrán
sorpresas. Alenas y el
Capitán hacían muy buena
yunta, eran como
dijéramos, muy buenos
hermanitos, eran también
“camaradas” del partido
comunista.

.
Esa tarde y para
sorpresa mía, la comida
se puso en varias
mesitas del salón de
tripulantes. Alguien
había pescado un hermoso
Dorado y se asó para
disfrute de toda la
tripulación entre cajas
de cervezas. Como yo
entraba de guardia a las
doce de la noche y
tratando de mantener una
disciplina que me impuse
siempre, solo consumí
tres cervezas y me
retiré al camarote.
¡Claro! Sin dejar de
observar el paisaje que
aparecía ante mis ojos.
Aquel primer contacto
con la tripulación me
ofreció una imagen
agradable del ambiente
que se respiraba a bordo,
todos compartían como si
fueran una hermosa
familia.
La Blanquita tenía unas
tetas descomunales,
debían darle por el
ombligo cuando se
quitaba los ajustadores.
Las exhibía provocadoras
y apetitosas con los
escotes que usó durante
todo el viaje. Iba
haciendo pareja con El
Blanquito, un apodo
recibido por el color
enfermizo de su piel y
algo anacrónico en
nuestra tierra. Nada
alarmante como hombre,
flaco, feo, algo
descojonado, pero como
toda cajita de sorpresa,
nadie sabe cuál era el
truco para satisfacer a
su hembra, supongamos
que tenía “musiquita”.
Adis tenía un culo
descomunalmente
exagerado, todavía no me
explico como aquellas
débiles piernas podían
soportar su peso. Tenía
espacio para mil
jeringuillas en cada
nalga, demasiado culo
para un solo cuerpo, fue
un acto de egoísmo
dárselo todo a ella. Era
mulata clara y simpática
de rostro, algo madura
sin llegar a podrirse,
apetitosa fruta para
largas navegaciones. Iba
empatada con Sedgrañe,
un Tercer Oficial
natural de Matanzas. No
había posibilidades de
comer aquí tampoco.
Virginia era la mejor
pieza enrolada en aquel
viaje, su plaza no era
común en ningún buque,
su trabajo consistía en
traducirle al Jefe de
Máquinas ruso que
viajaba con nosotros. No
puedo recordar si era el
mismo hijo de puta nieto
de Stalin que explotó al
Pepito Tey, creo que sí.
Viajaba además otro Jefe
de Máquinas que había
pertenecido a la Flota
Cubana de Pesca, no
puedo recordar su nombre.
Virginia vivía en el
camarote del Práctico
que estaba situado al
lado del puente, razones
para que coincidiéramos
muchas veces en
cualquiera de los
alerones. Tenía los
antebrazos superpoblados
de vellos y aquel
detalle me enloquecía,
siempre fui amante de
esa montaña de pelos que
hoy se afeitan las
mujeres y algunos
hombres. Mientras
transcurrían las
singladuras, construía
en mi mente una y mil
maneras de llegar algún
día a ponerme aquella
careta de pelos en la
cara, aunque corriera el
riesgo de asfixiarme.
Era alegre y bonita de
cara, no puedo decir que
fuera una reina de
belleza, pero era la
única que podía cargar
esa corona en aquel
viaje. Imagino haya
tenido que soportar todo
tipo de insinuaciones,
declaraciones amorosas,
proposiciones de
matrimonio y cuanto
piropo pasa por la mente
de un hombre enfermo al
sexo, hambriento,
sediento, obsesionado.
-Anoche soñé contigo. Le
dije un mediodía en el
alerón de babor, su
camarote tenía una
puerta con salida al
exterior y la mantenía
muchas veces abierta.
Tal vez para mostrar
como se mantiene limpio
y organizado un camarote
cuando es atendido por
una mujer. Quizás como
una provocación o trampa
que espera por su
víctima.
-¿Y qué soñaste? Dirigió
su mirada hacia mí y
dejó al aire su hermosa
dentadura.
-¿Te lo digo? Quería
asegurarme de que no se
sentiría ofendida con lo
que se me acababa de
ocurrir.
-¿Por qué, no? Noté que
se sentía picada por la
curiosidad.
-Porque no fue un sueño
común y corriente.
-¡Dilo de todas maneras!
¿No tenías pensado
hacerlo? Ya sabía que
tenía el camino
despejado y nada pudo
detenerme.
-Anoche soñé que te
estaba dando la mamada
de bollo más grande que
exista en este mundo,
aparté con paciencia
cada uno de los vellos
y… No me dejó terminar,
cortó mi inspiración con
una maliciosa carcajada
y se retiró, cerró la
puerta de su camarote y
me dejó con aquella
inspiración que fuera el
motivo de la siguiente
masturbación. ¡Depende!
Puede ser considerada
por muchos como una
vulgaridad o falta de
respeto, yo no lo
entiendo así. Muchas
veces me funcionó con
quienes menos lo
esperaba, dentro de
todas nuestras mentes
existe un pequeño
espacio donde se
esconden nuestras ideas
morbosas. Lo hice porque
quise ser diferente a
todos aquellos que se le
acercaban con sus
clásicos estoy enamorado
de ti, te amo desde el
primer día, etc., etc.
Dimos el resto del viaje
siendo buenos amigos,
solo eso.
¿Creen que ya he
terminado con todas las
sirenas que llevábamos a
bordo? Se equivocan,
dejé para el final a la
mejor de todas y ustedes
la conocen. Para
sorpresa mía, me
encuentro en el salón
con Mercedita, la misma
camarera a la que Tamayo
le cayera a trompones en
el buque Pepito Tey.
Esta vez no iba de
Primera o Segunda Dama,
realmente ninguna de las
mujeres a bordo ocupaba
esas plazas, lo cual no
quiere decir que
Mercedes se mantuviera
alejada de la corte. La
observé muy romántica y
melosa con el Sobrecargo
del buque, un individuo
del que no recuerdo su
nombre, pero de rostro
muy parecido al de
Tamayo. Esa mujercita no
tenía un solo pelo de
boba, se encontraba en
la misma mata donde se
controlaba el alcohol,
la fuma, los víveres y
la plata de la
tripulación. Una vez me
manifestó, eso ocurrió
cuando se encontraba en
el Pepito Tey: “Lo que
me queda de vida, es
para templar y beber”.
Me lo manifestó con
tanta sinceridad que a
partir de entonces la
admiré y respeté. Era
mayor que yo y ahora
ando por los sesenta, si
se encuentra viva debe
ser toda una ancianita
que viva de sus
recuerdos. Algo hay de
cierto, no hay quién le
pueda quitar lo bailado.
Ella tenía algo que
arrebataba a los
hombres, tuvo que ser
una actuación
maravillosa en la cama,
porque físicamente no
era nada que pudiera
deslumbrar a un hombre
caminando por nuestras
calles. Mercedita tenía
cierta separación entre
las piernas y daba la
impresión de que se le
había escapado un
caballo. Mulata muy
clarita y de origen
oriental, divertida, con
frecuente aliento
etílico, dicharachera y
muy buena amiga. Tenía
embrujado al idiota del
Sobrecargo, quien asumía
en todo momento la
actitud del buen esposo
para inspirar respeto,
algo que no logró entre
el numeroso grupo de
agregados que viajaban
en ese barco. Una
historia más detallada
de este viaje se puede
encontrar en mi trabajo
titulado “Los billetes
del chino”, razón por la
que no me detendré
mucho.

Tal y como lo esperaba,
las discrepancias entre
las posiciones estimadas
y las obtenidas por
posiciones a los astros
llegaron a superar las
treinta millas. De muy
poco sirvieron mis
reclamos para considerar
el desvío de la tablilla
en los cálculos de
nuestros rumbos. El
buque tenía un solo
radar y bastante antiguo,
hablo de aquellos que
requerían cierto tiempo
de calentamiento antes
de ponerlo a funcionar.
El Capitán había dejado
la orden de no
encenderlo si la
situación no lo exigía,
pero esa orden era muy
amplia a diferentes
tipos de
interpretaciones.
Después de tantos
contratiempos y
correcciones a la
derrota, logramos pasar
el Estrecho de Gibraltar
y un poco más adelante
soy llamado por el
Tercer Oficial al puente.
No encontraba la isla de
Alborán y navegaba con
el radar apagado por las
causas que ya expliqué.
Lo encendí
inmediatamente, nos
encontrábamos en una
zona de bastante tráfico.
Pocos minutos después de
permanecer junto a él,
logramos una posición y
comprobamos haber pasado
con la isla de Alborán
por babor. Le sugerí que
no volviera a apagar el
radar y pocos días
después enfilábamos la
entrada al puerto de
Alexandría. En una mala
maniobra de aproximación,
el Capitán le dio un
golpe a una de las boyas
de señalización y la
hundió, yo me encontraba
en la proa del buque. En
este puerto nos
descargaron fondeados y
no se solicitó servicio
de lancha para la
tripulación, tampoco nos
pagaron ni se compró
víveres frescos.
Continuamos viaje rumbo
a Jordania a través del
Canal de Suez y el Golfo
de Aqaba.
Permanecimos fondeados
durante varios días o
semanas, no puedo
recordar exactamente y
allí se repitió la misma
película del puerto
anterior, o sea, tampoco
llegaba el dinero para
pagarle a la tripulación.
Por gestiones o negocios
realizados por el
Capitán con el proveedor
del buque, se logró que
nos adelantaran $15.00
dólares de nuestro pago.
Nos pusimos de acuerdo
Sedgrañe y yo para ir a
la playa, él lo haría
con su prometida Adis y
yo iría acompañado de la
hermosa Virginia. Toda
la historia de ese paseo
se encuentra comprendido
en el trabajo que les
señalé, una aventura
inolvidable donde
despejé todo tipo de
dudas. Desde el ombligo
de Virginia caía como
salvaje cascada un
trillo de pelos bien
oscuros que se perdían
debajo del bikini que
llevaba puesto. Como
eran demasiados y
mantenidos encarcelados
dentro ese pedacito de
tela, un enorme y
triangular bulto,
ofrecían la imagen de
que la muchacha sufría
una especie de paperas
en esa parte de su
cuerpo. Mis ojos se
desorbitaron y buscaron
más, lo encontraron.
Muchos de aquellos
negros y lacios vellos,
gruesos, lo necesario
para distinguirlos y
contarlos a una
distancia de tres
metros, escapaban por
los bordecitos de aquel
pedacito de trapo. ¡Sensacional!
Tan excitante que sentí
deseos de entrar al agua
a masturbarme, y no les
cuento cómo se
encontraba el chofer del
taxi que nos condujo
hasta ese paradero
solitario y desierto.
Adis no era peluda, más
bien algo lampiña, pero
si en el caso de
Virginia resultaba
imposible atrapar toda
su pendejera, la mulata
enseñaba tres cuarta
parte de su culo fuera
del pedacito de tela que
usaba como bikini, era
para volverse loco.
Aquel dinerito cobrado
lo gastamos en una
botella de whisky que
bebimos con jugo de
piña, no había otra cosa
que hacer en un pueblo
donde no se encuentran
mujeres por la calle y
las pocas que salen,
solo tienen una ranura
para mostrar los ojos en
esa enorme capucha donde
su religión o maridos
las encierran.
Dando tumbos de babor a
estribor logramos cruzar
el Mar Egeo, Dardanelos,
Mar de Mármara, Bósforo
y luego penetrar al Mar
Negro. Nuestro puerto de
carga sería Constanza en
Rumania, no servía de
nada que nos pagaran
allí y tampoco podíamos
acumular la divisa para
el viaje siguiente. Todo
un mecanismo diabólico
pesaba sobre nuestras
cabezas y por tal razón
eran muy pocos los que
deseaban realizar viajes
al “campo socialista”.
Ya había visitado ese
puerto en ocasiones
anteriores, hermosas
mujeres, una
prostitución silenciosa
y clandestina. Un
mercado negro como otro
que conocía y te
asediaba en cada esquina.
El mismo aspecto oscuro,
frío y sucio con rostro
de tristeza que ofrece
la austeridad.
Los tripulantes cuando
lavaban sus ropas las
colgaban en la cubierta
de las calderas para
secarla, hasta allí
subieron los estibadores
rumanos a robar.
Arrasaron con todo lo
encontrado a su paso,
hasta los grilletes
utilizados en las ostas
y contraostas. Nunca
imaginé que la situación
de aquel hermoso país
llegara a los límites de
la desesperación, los
suponía en mejores
condiciones económicas
que nosotros. La
tripulación tuvo que
gastar su plata en
artículos de malísima
calidad, yo le compré
una muñeca a mi hija y
tuve que lavarla cuando
llegué al barco. El
resto del dinero lo
consumí en cervezas que
compartí con algunos
rumanos, todos se
desahogaban conmigo y me
contaban una historia
que ya conocía
perfectamente, la vivía.
Finalizada la carga, nos
destinaron al puerto de
Odessa para tomar
combustible, allí
permanecimos fondeados
varios días, tiempo
durante el cual, solo
supe de la existencia de
tierra por medio del
radar. Un denso banco de
niebla se mantuvo
estacionario y en esas
condiciones se acercó el
barquito que nos
suministraría
combustible. Subí al
puente a la hora de mi
guardia y en la proa se
escuchó el repiquetear
de la campana. -¡Ancla
en pendura! Escuché por
el walky-talky que
descansaba en uno de los
ventanales. El Capitán y
Alenas se encontraban
dentro del cuarto de
derrota. -¡Llévala al
escobén y ponla lista
para fondear! Le
contesté a Sedgrañe,
eran las doce de la
noche. Lograron salir de
la derrota, tal vez
recordaron que se
encontraban de maniobra,
lo hicieron dando tumbos.
El Capitán dijo algo con
la lengua enredada y se
marchó. Alenas quiso
explicarme algo y no
pudo, su aliento a
alcohol era detestable a
esa hora. Le respondí
algo y le pedí que se
marchara, necesitaba
concentrarme y saber qué
rayos haría. Fui hasta
la carta para observar
la última posición, el
fondeadero se encontraba
próximo a una zona de
separación del tráfico y
me dirigí al radar.
Luego de plotear la
posición le dije al
agregado que pusiera
“Despacio Avante” en el
telégrafo, la máquina
respondió y ordené un
rumbo al timonel. En el
puente reinaba un
absoluto silencio, todos
estaban concientes de la
situación que
atravesábamos con la
ausencia del Capitán y
el Primer Oficial. La
niebla se mantuvo
durante el resto de la
noche y el día siguiente.
Yo permanecí de guardia
en el puente hasta el
mediodía, Sedgrañe se
mantuvo en la proa
varias horas más y debía
dejarlo descansar un
poco.
Después del almuerzo
subió Alenas tan fresco
como una lechuga, no
tenía ideas de lo
sucedido la noche
anterior. Era la hora en
la cual yo debía entrar
de guardia y le recordé
que había permanecido en
el puente desde la noche
anterior, almorcé algo y
caí rendido. Muy bien
pude haber fondeado
nuevamente el ancla y
esperar a que se les
pasara la borrachera a
ambos. Técnicamente me
entregaron un buque al
pairo, pude haber
evadido esa
responsabilidad. De
haberlo hecho, es muy
probable que se
disparara la guillotina
sobre la cabeza de
aquellos individuos.
Afortunadamente y
gracias a mi
autosuficiencia, todo
salió bien y ninguno de
los dos me reclamó nada,
tampoco me dieron las
gracias.

Regresamos por el mismo
camino, Mar Negro-Bosforo-Mármara-Dardanellos-Mar
Egeo. De acuerdo a la
derrota planificada,
puse proa al Cabo
Spassero al sur de
Sicilia, ya lo había
hecho en viajes
anteriores y me conocía
el camino a casa.
Continuábamos con
aquella estupidez de no
considerar el error del
compás magnético, ahora
no lo comprendía, no
teníamos cargamento de
alambrón a bordo desde
que abandonamos Jordania.
El resultado no se hizo
esperar, fuimos a
recalar a la isla de
Malta. En “Los billetes
del chino” explico con
lujo de detalles este
evento, solo puedo
repetir que aquello
colmó la copa y le
reclamé nuevamente al
Capitán, pero esta vez
demostrándole con
números las razones de
nuestra recalada a
Malta. ¡Tú estás
encaprichao con esa
dichosa tablilla! ¡Haz
lo que te de la gana! Se
retiró enojado del
puente y los agregados
le sonaron una
trompetilla. Continuamos
viaje realizando los
cálculos de rumbo como
Dios manda y nos
enseñaran en la
academia, todo regresó a
la normalidad.
Durante el viaje hice un
exhaustivo y bien
detallado inventario de
todas las cartas y
publicaciones existentes
en aquel desordenado
puente. Tuve tiempo de
realizar algunas
correcciones a las
cartas en uso y cuando
el tiempo mejoró, me
dediqué por entero a
pintar los mamparos y
pisos del puente y su
derrota. Ese mes me
propusieron de
“vanguardia” en la
asamblea de producción
que realizaba el
sindicato, yo lo hacía
por placer y amor a mi
trabajo.
Junto al Práctico de La
Habana embarcó el agente
de la seguridad cubana
llamado Raidel, lo
conocía hacía mucho
tiempo y tuvimos un
fuerte encontronazo en
el Pepito Tey. Mal
presagio cuando un
individuo de estos
embarca de esa manera,
algo estaba pasando a
bordo y yo nunca me
enteré, no le dí mucha
importancia. Como era
costumbre, nos
concentraron en el salón
de oficiales y desde
allí éramos llamados
para realizarle sondeo
al camarote. Cuando
arribé al mío, varios
soldados de guarda
fronteras se encontraban
desarmando mamparos y
cuanto espacio ellos
entendieran podía
utilizarse como
escondite de algún
contrabando. Uno de
ellos hojeaba uno a uno
cada libro mío y el que
aparentaba ser el jefe,
me ordenó desvestirme.
Después de no encontrar
absolutamente nada, fui
conducido al camarote
del Primer Oficial
Alenas. Allí se
encontraba el oficial de
la seguridad cubana
Raidel, frente a él y
sobre la mesita de su
salón, un grupo de
billetes antiguos
cubanos eran mostrado en
orden de acuerdo su
valor. Aquellos billetes
yo se los había regalado
al Capitán para un
supuesto coleccionista
amigo suyo.
-¿Cuántos de esos
billetes vendiste en
Jordania? Así comenzó el
interrogatorio que se
extendió por más de una
hora y donde me sacaron
en cara cada uno de los
pasos dados por mí en el
extranjero. No dudaba
que parte de aquella
información había sido
ofrecida por Sedgrañe o
algunas de las muchachas
que salieron conmigo.
Estuve en calidad de
detenido hasta que sentí
a la tripulación bajando
por la escala.
-¿Para dónde me van a
llevar? Necesito
avisarle a mi familia.
Le dije a ese repulsivo
personaje, Alena no
abrió la boca en todo el
tiempo que estuve en su
camarote y por mucho que
me esforzara en
observarlo, esquivó en
todo tiempo mi mirada.
-¡Vaya para su casa y
manténgase localizado!
Sin terminar apenas de
hablar, corrí
inmediatamente al
camarote para tomar mi
maletín y cerrarlo, pude
tomar la lancha junto a
los tripulantes.
-¡Estás puesto en la
lista del curso para
Primer Oficial que va a
comenzar! Dijo contenta
mi esposa después que
los besé y abracé en
medio del tumulto
formado por los demás
familiares. –Tremendo
lío se formó hace un
rato, resulta que vino
el marido de una
camarera a la que le
dicen La Blanquita. Eso
no fue todo, se apareció
también la esposa del
camarero que le dicen El
Blanquito, ella tiene
tremenda barriga. La
parte más espectacular
de esta película es que
también vino a recibir
al dichoso Blanquito
otra mujer que se
presentó como esposa y
allí se formó. Para
colmo y diversión de
todos los presentes, el
marido de La Blanquita
gritó que estaba
enterado de los tarros
que le puso su mujer ese
viaje y está esperando a
que bajen. Yo la
escuchaba y no le
prestaba mucha atención,
mi mente se encontraba
detenida en la
experiencia vivida hacía
solo unos minutos,
trataba de encontrarle
una explicación.
-¡Olvida eso y vámonos,
ninguno de los dos va a
bajar del barco hoy! ¡Se
jodió el curso de Primer
Oficial!
-¿Por qué?
-Por culpa de aquellos
cabrones billetes del
chino que me regaló tu
hermano, es probable que
vaya preso. El resto del
viaje hasta la casa lo
di atendiendo a las
preguntas de mis hijos,
realmente yo no
escuchaba nada.
Tres días después y al
ver que no llegaba
ninguna citación del
Ministerio del Interior,
decidí pasar por el
departamento de Cuadros
para averiguar sobre mi
suerte con relación al
curso que ya había
comenzado. Ya no se
encontraba La Dama de
Hierro como Jefa de
Cuadros, tal vez ese
cambio fue el que
influenció en el giro de
mi suerte.
-¡Dígale al Capitán que
ascienda al Tercer
Oficial a su plaza y
suba a uno de los
agregados hasta que le
enviemos su relevo.
Aunque la orden fue
oral, estaba convencido
que no dudaría de ella.
Gabriel Sánchez se
encontraba en su
camarote acompañado de
algunas mujeres que
trabajaban en la Empresa.
También estaba otro
hombre uniformado con
charreteras de
Sobrecargo y unos
documentos en las manos.
Ya se encontraba ebrio y
eran solamente las diez
de la mañana.
-¡Usted no va para
ningún curso de Primer
Oficial! Aquellas
palabras fueron
escuchadas con desprecio
y provocó cierto
silencio entre los
presentes. No insistí y
me retiré al camarote.
El nuevo Sobrecargo me
pidió que pasara por su
oficina, allí me explicó
con lujos de detalles
todo lo relacionado al
caso de aquellos
billetes. Lo escuché con
mucha atención y me
preguntaba ¿por qué él
me cuenta esas cosas?
Cuando terminó me excusé
con pretexto de ir al
baño y salí a la
cubierta. El Sobrecargo
me sorprendió con una
gruesa llave de las
utilizadas para levantar
las tapas de las bodegas
en las manos.
-¡Compadre, no haga eso!
Yo voy a llenar varios
documentos y entre ellos
colocaré tu desenrolo,
como ya se encuentra
borracho los firmará y
puedes abandonar el
barco hoy mismo, ¡no te
desgracies! Tenía lógica
su proposición y me
calmé, vi como llenaba
mi hoja de desenrolo.
Una hora después, bajaba
con mis maletas ante la
mirada intrigada de
Sedgrañe.
-¿Quién me va a relevar?
-No sé, ese es tu
problema, estoy
desenrolado.
Han pasado más de veinte
años y aún mantengo las
mismas preguntas dentro
de mi cabeza. ¿Dónde
fallé?, ¿cuál fue mi
error?, ¿qué les hice?,
¿por qué me delataron
esos hijos de puta?
Espero que Gabriel se
esté pudriendo en el
infierno, hace varios
años que falleció en un
accidente. No sé de la
vida de Alena, ¡ojalá se
encuentre en Cuba! Si
está allá, debe estar
sin trabajo. Si se halla
en el exilio, solo deseo
encontrarme un día con
él para leerle estas
historias, solo le
refrescaré la memoria.
Al día siguiente me
integraba al grupo de
oficiales que iniciaron
el curso en un aula de
la Manzana de Gómez y
culminó en la nueva
academia. Varios de
aquellos jóvenes se
encuentran dispersos por
el mundo, algunos
navegan, otros como yo,
decidimos colgar los
guantes y contamos cada
uno nuestras vidas.
Todas pertenecen a una
flota que se hundió
junto al sueño de varios
cubanos.
Esteban
Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-05-19
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo,
pero comprobad que el trono que erigiera
en vuestro interior ha sido antes
destruido.
Jalil Gibrán.
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