amón es un entrañable amigo
que conozco hace varios años,
solo de esta manera,
virtual. Estuvo un tiempo
manteniéndose oculto,
escribía protegiéndose por
un nick, seudónimo o apodo,
como quieran llamarlo. Un
día se cansó de tanta
oscuridad y quiso ser él, el
Ramón que todos conocieron
en Arroyo Naranjo u otro
barrio de La Habana. Se
reveló con todas las de la
ley y se mostró al mundo con
nombre y apellidos, foto
también. Desde ese día,
Ramón recupera patronímicos,
regresa a su cuerpo,
adquiere forma ante los ojos
de los demás, habla por él y
por su gente, desde esa
fecha, la gente confía más.
Dejó de ser un simple
nombrecito que decía mucho,
porque escribe muy bien,
excelente, diría yo. Ahora,
el peso de sus palabras vale
mucho más, se encuentra ahí,
frente a nosotros, no está
presente, pero nos regala su
foto y ya no debemos
imaginarlo, existe.
Una vez pensé que era
literato, poeta o ensayista,
articulista, escritor y
hasta historiador. Escribe,
ya he dicho, y lo hace tan
bien, que su pluma puede
confundir en medio de un
mundo saturado de mediocres,
políticos de mala escuela,
tribunos baratos,
periodistas prostituidos,
locutores animados por los
ratings, patrioteros de
pacotilla y toda esa fauna
que nos invade diariamente
con sus discursos de mierda.
Ramón es un poco más clásico
y muchas veces, sin él
saberlo, lo tomo de escuela.
¿Quién es Ramón? Puede ser
Juan Pirindingo, Pedro,
Yurisleidis, Yusnavis y toda
esa pila de “y” griegas
paridas o abortadas más
adelante de su fecha. Es
afortunado, se llama Ramón
de verdad, tal vez premiaron
a su abuelo o padre como era
costumbre en su tiempo, así
pasó conmigo. No es
periodista, ni escritor, ni
locutor, ni literato, es
simplemente un médico cubano,
pero por encima de cualquier
título académico o
nobiliario, Ramón muestra
con mucho orgullo uno que
nadie puede arrebatarle o
poner en dudas por vanas
calificaciones, el título de
“cubano”. Ese título lo
otorga la tierra donde naces
y no es propiedad de
gobiernos, ni sus putos
gobernantes, es una herencia
que solo pretenden arrancar
a los que nacieron en
nuestra isla.
Lleva trece años sin poder
abrazar a su hijo, y estoy
convencido, solo un
sentimiento de padre lo
puede obligar a humillarse
para solicitar entrar a una
tierra que lo ha parido. Eso
solo ocurre en nuestro caso,
en nuestro maldito caso, el
que se lleva con mucho peso
y vergüenza, el cubano.
No hace falta que yo repita
cada una de las palabras
cruzadas por él con el
títere que representa a las
autoridades cubanas en
Canarias, lugar donde
reside. No es necesario
repetir que el
comportamiento de esos
individuos es común en
cualquier tierra de este
planeta, el programa por el
que se rigen es el mismo y
no pueden apartarse de los
puntos y comas establecidos.
Ramón recibió el mismo trato
que Juan Pirindingo en
Canadá, María en Italia,
Roberto en Australia,
Antonia en Inglaterra y sale
a buscar, encontrarás lo
mismo por donde quiera.
No hay ley establecida para
frenar su intención de
visitar a su hijo, solo una
resolución del Ministerio de
Salud Pública. Una
resolución escrita por un
idiota que también cumplió
órdenes, ¿una resolución que
salta por encima de la ley?,
¿es posible?, solo en esa
isla maldita. Ramón lleva
trece años sin visitar a su
hijo, sangre de su sangre,
carne de sus huesos, amor
inquebrantable de padre a
hijo que lo obliga a ceder,
él lo sabe y aquellos
también, por eso lo
chantajean, por eso ceden y
se rinden miles de cubanos
como él, por eso pagan para
regresar a una tierra donde
tienen derecho a regresar
por haber nacido en ella.
Recibe un fuerte golpe y lo
comparte con nosotros, los
invito a que lo escuchen.
La “resolución” apareció
varios años después de su
salida de Cuba, acción que
no puede ser calificada como
deserción. Salió en un viaje
de carácter privado y
requirió la ‘liberación” del
ministro, como si fuera una
propiedad u oveja de un
rebaño, pero se quedó. Como
venganza por esa traición,
porque ninguna oveja puede
abandonar su rebaño, el
ministro, en nombre del rey
o propietario de aquella
finca donde Ramón pastó
alguna vez, saca a la
palestra una resolución
aplicada con carácter
retroactivo, así se escucha,
así lo explica el títere que
trabaja en ese consulado. Lo
peor no es eso, se agrava
cuando dice que es con
carácter indefinido.
Ramón no puede regresar a su
tierra para abrazar y besar
a su hijo, se lo impide una
resolución del Ministerio de
Salud Pública. ¿Y en mi caso?,
¿la resolución fue escrita
por el Ministerio de
Transporte? ¿Y en el caso de
Juanita la maestra?, ¿fue
dictada por el Ministerio de
Educación? ¿Qué pasó con
Raulito el recluta?, ¿no
puede entrar por resolución
del Ministro de las FAR? ¿Y
Antonio el guajiro?, ¿se
ensañó con él el Ministro de
Agricultura? Si buscas, la
lista de resoluciones y
ministerios sería enorme,
tal vez firmadas por algunos
de los que han caído en
desgracia por corrupción,
pero mantenidas en vigencia,
¿hasta cuándo?
Ramón quiso ser libre y
salió del closet, se cansó
de ser un nick que se movía
en la sombra. Lo hizo, lo
logró, es un hombre libre,
pero no puede regresar a su
tierra. Mañana, cuando ya no
exista y si es que aún vive
ese régimen, su hijo
comentará un día: “Mi viejo
estuvo a punto de claudicar
por mí, cuánto me alegro le
hayan negado la entrada. Hay
cubanos y cubanos, médicos y
médicos, marinos y marinos,
maestros y maestros. Yo voy
a cumplir veinte años sin
regresar a la tierra y he
logrado sepultar todo
vestigio de nostalgia, me
consuelo con mi libertad y
solo se me ocurre un grito
para casos como estos: ¡Métanse
la isla por el culo!