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Mi BARCO (XIV) Motonave "N'Gola" (2)
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |
or fin logramos partir,
fue una tarde o noche, no
recuerdo muy bien. Atrás, un
país invadido con nuestra
presencia y todas esas figuras
que empalagan al que ha comido
en abundancia del mismo pastel.
Estaba desesperado por largar
los cabos y escapar de la
repetición de una película cuyo
guión me era muy familiar.
Los primeros días resultaban
entretenidos, Lazarito y yo
recorríamos todo el buque
buscando algo, una señal, tal
vez amigos. Intercambiábamos
frases con quienes se cruzaban a
nuestro paso, ellos nos
comprendían, nosotros también,
la diferencia entre el español y
el portugués era muy poca.
Estábamos obligados a aprender
aquella lengua y la mejor manera
de hacerlo era en ese contacto
directo con la tripulación.
Nosotros éramos los más jóvenes
del grupo cubano y la química
funcionó desde nuestro encuentro
en las oficinas del Ministerio
de Transporte en La Habana.
Luego, nacería esa amistad que
nos convirtió en cómplices de
nuestras fechorías.
Pedro fue el primero en abrirnos
la puerta de su camarote, un
mulato de casi seis pies de
estatura, algo barrigón y medio
calvo. Era natural de las islas
de Cavo Verde, muy abierto y
amistoso, más tarde conocí a
otra gente de su tierra y el
comportamiento era similar al de
nosotros. Tal vez se deba a su
situación geográfica o
sencillamente por tratarse de
isleños. Ocupaba la plaza de
pañolero y carpintero a bordo,
ese día sacó una botella y nos
ofreció un trago.
Lazarito y yo bajamos a
inspeccionar la gambuza, era
inmensa y se encontraba
totalmente abastecida, como debe
ser. Siempre permanecía abierta,
no había necesidad de cerrarla
por esos temores al hurto que
experimentamos en los barcos
cubanos, no había una
justificación para hacerlo. El
refrigerador de ambos pantries
se encontraba repleto de todos
los productos necesarios para
mitigar el hambre repentina y
casi siempre nocturna. Leche,
queso, jamón, huevos, helados,
yogur, mantequilla, jugos,
refrescos, formaban parte de las
ofertas siempre disponibles al
que saliera de una guardia. En
los camarotes de los oficiales
teníamos refrigeradores que
contenían una pequeña reserva
también, incluyendo vinos y
después de la primera semana de
navegación, se incluirían
cervezas y refrescos. No había
necesidad de bajar a la gambuza,
es que cuando nada de lo
disponible en el camarote y
pantry lograba satisfacer un
capricho o antojo, la cocina
permanecía abierta y podías
disponer de cualquiera de los
productos guardados en sus
refrigeradores.
Después de revisar la gambuza,
Lazarito abrió el pañol
destinado a las bebidas
alcohólicas y cigarros. Yo no
estaba acostumbrado a esa
contemplación, bebidas de todas
calidades y precios al alcance
de la tripulación, caras y
baratas, muchas de marcas
famosas. Como teníamos asignada
una botella semanalmente, me
prometí probar las más caras de
todas ellas, Napoleón, Chivas
Regal, Dimple, Jhonny Walker
etiqueta negra y Ballantines
fueron mis favoritos. Algún
champán francés nos hurtamos en
Polonia, pero solo lo hicimos
por monerías y filmar con dos
puticas polacas. Vinos espumosos,
rosados y verde formaron parte
de nuestros experimentos. Una
bebida que nos gustó mucho fue
un aguardiente portugués de una
botella hermosa, se llamaba
“Anticuario” o algo parecido,
era exquisita. Solo faltaba
saber si Calero sería capaz de
mantener abastecida aquella
bodega, algo que dudábamos
ocurriera por nuestra naturaleza
y condición de
internacionalistas.
El contramaestre del barco era
un mulato muy claro, angolano de
origen, pero rechazado por los
suyos debido al color de su piel.
Serían cuatro o cinco los
mestizos enrolados en aquella
nave y muy pronto comprendimos
la distancia mantenida entre
ellos y los negros de pura raza.
Un sordo racismo era practicado
a bordo, sin embargo, los
cubanos éramos bien recibidos en
apariencias.
Yo le iba impartiendo clases de
navegación costera a dos
agregados que teníamos a bordo,
uno de ellos era de nombre
Piedade y hacía la guardia
conmigo. Mulatico con ojos color
miel como los míos y de clase
media, algo amanerado, muy
educado, pero sin decidirse a
salir del closet. Su padre era
Capitán de uno de aquellos
barquitos que se dedicaban al
cabotaje en Angola. El otro
agregado era un negrito bien
prieto que alardeaba de su nivel
cultural entre la tripulación.
Por su comportamiento guardaba
cierta similitud con el perfil
de Miyares, algo zorro,
envidioso, venenoso, conflictivo
y muy complejista. Sin embargo,
tenía una magnífica capacidad
para manipular a los demás, y lo
peor, como la mayor parte de la
tripulación era analfabeta,
resultaban pasto fácil para ese
hijoputa, para colmo de
desgracias, el negrito iba
haciendo guardias con Miyares.
Amílcar era un muchacho muy
inteligente y bien preparado,
muy meticuloso para trabajar en
las cartas y gustaba medir
conocimientos. Cuando yo lo
relevaba a las doce de la noche
o al mediodía, permanecía una
hora de más en el puente conmigo
tratando de buscarme un punto
flaco que nunca encontró. No le
dije que yo había sido profesor
de navegación en la Academia del
Mariel, yo le daba cordel y
trataba de entretenerlo para que
me resultara más corta la
guardia. Tenía una excelente
teoría a su favor, algo que me
sirvió para evaluar los
conocimientos que se impartían
en la academia portuguesa, pero
yo lo devoraba con la
experiencia poseída. Nos hicimos
buenos amigos y tuve que
soportar las protestas de su
mujer por las frecuentes demoras
en regresar a su camarote. Gina
era una muchacha hermosísima y
yo en mi caso no demoraría cinco
minutos en el puente después de
ser relevado. Poco tiempo
después y soltando de la boca
perfectos anillos de humo, uno
de sus pasatiempos favoritos,
Amílcar me manifestó que Miyares
era un burro. Sonreí y no pude
negarle la razón, era un burro
de verdad.

A la izq. Leandro el timonel,
Esteban Casañas al centro y el
camarero José Matuteo a la
derecha, foto tomada durante una
fiesta en el salón de oficiales.
Da gusto navegar en un buque con
una velocidad de 18 nudos que
aumentan cuando existe corriente
a favor, disfrutas cuando
entregas la guardia y mides las
millas navegadas sobre la carta.
Puedes darte cuenta de la marcha
cuando el grupo de olas Kelvin
viajan casi pegadas al casco y
eres tú el que se da el gustazo
de pasarle a otros barcos. Nos
asignaron como puerto de
descarga a Bejaia, pero al
consultar el inventario de
cartas náuticas, solo
disponíamos para recalar hasta
Argel. Calero decidió entrar a
ese puerto y fondear para buscar
una solución. Vimos desde el
puente que había un barco
soviético fondeado y no dudó en
encomendarme la misión de
convencer a nuestros “hermanos y
camaradas” para ver si nos
proveían de las cartas para
continuar viaje. Prepararon uno
de los botes salvavidas y partí
rumbo a la nave con la chimenea
de la Hoz y el Martillo cargando
conmigo un bolso con varias
botellas de bebida.
Ya deben imaginar todo ese
misterio que se vive en los
buques socialistas de aquella
época, el guardia del puente
llamando al Capitán para
anunciar la presencia de un bote
salvavidas con cuatro o cinco
negros y un solo blanco a bordo.
El Capitán solicitando la
presencia del Comisario Político
y el informante de la KGB antes
de tomar una decisión. El
informante solicitando una
reunión de emergencia con los
secretarios del partido y
komsomoles para analizar si el
blanco a bordo del bote era
agente de la CIA. En fin, pasó
más de una hora en lo que
decidieron bajar una escala de
gato. Me llevaron hasta el
camarote del Capitán, y por
supuesto, estaba acompañado de
varios personajes como ocurre en
los buques cubanos. En inglés le
expliqué varias veces cuál era
nuestra situación, se la repetí
tantas veces que estuve a punto
de recoger el bolso y largarme
al carajo. Yo no hablaba mucho
inglés, pero coño, me entendían
hasta en la misma Inglaterra.
Aquellos rusos de mierda solo
hablaban “Tom is a boy y Mary is
a girl”. Estaban perdidos como
varios capitanes nuestros que
conocí y fueron ascendidos por
su militancia. ¡Carajo! Al fin
me entendieron y llamaron al
Segundo Oficial, fui con él
hasta el puente y me despedí de
aquellos trogloditas. Las cartas
estaban en ruso, poco importaba,
más o menos conocía su alfabeto,
solo me importaba la
configuración de la costa, su
escala y el plano para realizar
el aproche al puerto. El rusito
me resolvió y bajé por la escala
de gato como un pedo, tenía
deseos de regresar a mi barco,
me espantaba ese ambiente.
Recalamos en pleno Ramadán y nos
demoramos varios días para poder
entrar a puerto. Hubiera sido
mejor esperar en el fondeadero
hasta la terminación de ese
período religioso practicado por
los musulmanes, es desesperante
ver la lentitud de las
operaciones de descarga sin
esperanzas de terminar. Debíamos
descargar unas dos mil toneladas
de sacos de café y nos demoramos
en esa operación más de un mes.
Allí se encontraba atracado un
barco español con el que hicimos
magníficas relaciones,
compartíamos con frecuencia y la
única distracción era
intercambiar visitas para matar
la angustia y aburrimiento que
se vive en ese caso. Se
estableció muy pronto esos lazos
de amistad tan natural entre
marinos, y como es de suponer,
existieron intercambios de
intereses y experiencias sobre
contrabando.
Una de esas noches, Lazarito y
yo recorríamos los cuatrocientos
metros que separaban a ambos
buques con unas carretillas del
puerto cargadas con sacos de
café vendidos a un marino
español. El guardia de portalón
angolano nos observaba
sorprendido y vimos la pregunta
en su rostro, ¿estos son
bandoleros o los
internacionalistas que nos
presentaron en la última reunión?
Algo muy bueno tenían aquellos
hombres, eran discretos, sordos,
ciegos y no habían sido
infestados por el virus de la
“chivatería” vivida en nuestra
flota. Podíamos movernos con
toda confianza y sin temores a
ser delatados. Días después,
observé de madrugada una
caravana de carretillas
manipuladas por negros en
dirección al barco español,
habían aprendido la lección.

En los extremos dos amigos de la
isla Sao Tomé, al centro Esteban
Casañas y su amigo Pedro el
pañolero, mencionado en este
trabajo.
Llegamos a Cádiz en una arribada
forzosa con pretexto de reparar
la caldera del buque, lo cierto
es que fue una brillante
oportunidad para abastecernos.
Yo nunca había visto subir tanta
comida a bordo de un barco
cubano, era un camión detrás del
otro. Unas quinientas cajas de
cerveza y cualquier cantidad de
garrafas de vino. Asignaron unos
trescientos dólares por
tripulante para la compra de
ropa de frío y Lazarito y yo
salimos a la caza de tiendas que
nos dieran una buena comisión.
Creo que logramos un diez por
ciento del total de las compras,
más nuestro equipaje gratuito,
hicimos el pan y terminamos con
buena mascada. Eso no fue todo,
al final de las compra de los
víveres, el proveedor del buques
que nos abasteció, le dejó a
Lazarito un sobre con cincuenta
mil pesetas como comisión.
Cuando contamos la cantidad de
dinero que teníamos acumulado
nos cagamos de miedo, entre el
café vendido en Bejaia, lo poco
que nos dieron de divisa, la
comisión por la ropa de frío y
la comprendida por los víveres,
sumaban varios miles de pesetas,
los suficientes para pagarle y
abastecer a un buque cubano y
más.
Calero nos invitó una tarde a
comernos una paella valenciana y
al salir por la aduana ocurrió
algo simpático.
-¡Y tú, moreno! ¿No tienes nada
para vender? Todos los negros
que han pasado por aquí, han
vendido algo. Esto lo conté en
otra oportunidad, pero me dio
tanta risa el rostro de Calero
al escuchar aquello que debo
repetirlo.
-Señor, yo soy el comandante de
la nave. Le respondió Calero sin
enojarse.
-¡Joer, esta lengua mía! ¿Qué
voy a pensar que un negro es el
Capitán del buque? Nos reímos
con aquella expresión del
andaluz y fuimos en la búsqueda
de nuestra deliciosa Paella.
¡Qué clase de candela nos
buscamos en Cádiz! La noche
anterior a la salida, Lazarito y
yo nos metimos en uno de los
pocos clubes de perdición que
existían en ese puerto, me
refiero al Pai Pai. Andábamos
cargados de plata, pero al
parecer, yo era el único que
andaba con los pies sobre la
tierra. Enseguida, como por arte
de magia, nos empatamos con dos
chicas que indudablemente
tendrían un por ciento de
nuestro consumo. ¡Venga una
botella de champán francés y
otra de brandy Carlos I! Dijo
Lazarito en medio de su nota que
deseaba beber España en llamas,
pero el alcohol le hizo perder
la memoria, salíamos bien
temprano esa mañana. Las dos
españolitas estaban como para
renunciar a todo, riquísimas,
deliciosas, pero yo tenía la
mente puesta en la escala del
barco. A la salida del Pai Pai,
Lazarito me dice que se va con
la jevita y trato de evitarlo,
yo sabía que estaba borracho,
pero no pude contener su
calentura. Le recordé varias
veces el horario de la salida y
se lo dije a ella. Despedí con
mucha decencia a la que estaba
conmigo, yo sabía que después
del segundo palo me podía quedar
dormido. ¿Qué hice a esa hora?
Solo algo que se le ocurre a un
borracho, paré un taxi y le
pregunté al chofer hasta cuál
hora él trabajaba. Me contestó
que hasta las siete de la mañana.
-¡Okey! Vámonos de juergas hasta
esa hora y yo lo pago todo,
incluyendo lo que marque el
taxímetro, pero debes prometerme
que a las seis y media de la
mañana me pondrás en la escala
del barco. Nunca he conocido a
un chofer de taxis más cachondo
o jodedor que aquel. Me paseó
por todos los bares donde él se
metía y me presentaba como su
amigo o hermano. Estuvimos
jodiendo y bebiendo hasta que
nos avisó la luz del crepúsculo.
Le pagué en la escala y subí al
camarote, me había prohibido
dormir, pero el alcohol me
venció. A eso de las nueve de la
mañana y con el buque demorado
en su salida, Calero me
despierta y pregunta por
Lazarito. Le dije la verdad,
había salido con una jevita.
Revisamos el estado de las
cuentas en su oficina y todo
estaba en orden, no faltaba
nada, yo estaba convencido de
eso, todas las cuentas las
sacábamos juntos. Partimos como
a las once de la mañana y se
consideró la ausencia de
Lazarito como una posible
deserción que me embarraba de
paso. Yo me llevé unos
binoculares para la popa y
observaba frecuentemente el
muelle de donde habíamos
desatracado. -¡Master! Llame a
la lancha de Prácticos y pídales
que recojan a Lazarito en el
muelle. Ya habíamos sobrepasado
el rompeolas de entrada al
puerto. Nos mantuvimos al pairo
un tiempo hasta que embarcó y
fue directo al camarote del
Capitán donde se celebró una
reunión de emergencia para
pedirle la cabeza. Por supuesto,
actuaría como fiscal el
secretario del partido, me
refiero a Carlos Collazo. Se
determinó que tendría el franco
suspendido en los próximos
puertos.
-¡Te lo dije, Lazarito, cojones!
-¡Asere, tú sabes que un bollo
jala más que un central! No pude
quitarle la razón, era verdad,
cualquiera se vuelve loco por
ese huequito.

Esteban Casañas en el camarote
del Capitán Raimundo Calero
Navegamos solos por todo el
Canal Inglés, aún, sabiendo que
las cartas náuticas no se
encontraban actualizadas. La
recalada a Amberes fue realizada
en medio de un denso banco de
niebla, yo era el que se
encontraba de guardia con el
agregado Piedade y por fortuna,
Amílcar había decidido
acompañarme en la aventura. Todo
navegante debe conocer los
riesgos que se corren en
situaciones como esas, pero mi
orgullo y ego personal me
exigieron lo máximo para no
quedar mal ante Amílcar. Muy
bien pude haber despertado a
Calero para llamarlo al puente,
eso era lo correcto en tal caso,
pero deseaba demostrarle al
portugués hasta dónde éramos
capaces de llegar los cubanos.
Desperté al negro unos minutos
después de establecer
comunicación con el Práctico y
mandar a preparar su escala.
-¡Cómprate un carro ahora! Le
dije a Piedade, Webber el
Comisario Político, Pedro el
pañolero y otros tripulantes de
confiar.
-¿Por qué? Me preguntó cada uno
de ellos embargados por las
dudas.
-¡Háganlo, coño! Se acordarán de
mí, cuando metan el comunismo en
su país no podrán hacerlo y ya
les falta muy poco. Algunos se
reían y consideraron
disparatadas nuestras
recomendaciones. Lo de ellos era
templarse una blanca, poco
importaba el precio. Muchos
viajaron desde Cádiz a Puerto
Santamaría o Sevilla con ese
solo propósito, allí pasmaron
todo lo que habían ganado por
meter su trozo de carbón en un
agujero rosado. Solo uno de
ellos dio crédito a mis
recomendaciones y se compró un
buen auto. Fue Webber el
político, antes de zarpar
subimos con los puntales un
flamante auto V W de uso, pero
casi nuevo. Los otros
tripulantes se quitaban los
condones o se limpiaban el semen
del tronco. Piedade se compró un
magnífico reproductor de discos
y casetes estereofónico, un gran
equipo, pero no servía para
moverse dentro de la ciudad.
Llegamos a Rotterdam con
Lazarito condenado a cadena
perpetua y yo haciéndome el
santo. Mi camarote tenía dos
puertas, una daba al pasillo
interior del buque y la otra a
la cubierta de botes. Acordamos
guardar parte de su ropa en mi
camarote y esperar a que Collazo
y sus informantes se acostaran a
dormir. Éramos tan santos ante
los ojos de ellos, permanecíamos
viendo televisión en el salón de
oficiales hasta que se acostaba
el último de los cubanos a bordo.
Lazarito se cambiaba de ropa en
mi camarote y partíamos por la
puerta de la escala de botes. En
la aduana solicitábamos un taxi.
-¿Para donde desean ir? Siempre
preguntaban en un inglés
defectuoso y la respuesta era la
misma. Debo aclararles que
Lazarito hablaba un inglés casi
perfecto.
-¿Para dónde debe ser? Llévanos
para donde hayan mujeres
encueras, putas, perdición. ¡No
se te ocurra llevarnos a un
museo a esta hora! Siempre
fuimos al lugar indicado, no hay
mejor guía turístico que un
taxista, ellos conocen
perfectamente el bajo mundo de
cualquier ciudad.
-¡Coño, Lazarito, ponte el
condón y déjame templar
tranquilo! Las borracheras de
este hijo de puta resultaban a
veces incontrolables. En aquel
bar, las mujeres desfilaban
desnudas entre todas las butacas
y te ponían el bollo a la altura
del olfato. Podías oler
tranquilamente el vaho que
transpiraban sus vaginas. Luego,
se meneaban delante de tus ojos
para alborotarte un poco más.
-Lazarito, yo no sé tú, pero a
esta china me la singo yo. Sus
curvas eran similares a las de
una botella de CocaCola de los
años cincuenta, exquisita. El
mismo Lazarito quedó fulminado
con la imagen de aquella
asiática y me pidió que le
solicitara otra mujer de su
región. Apareció y nos fuimos a
unos cuartos escondidos detrás
de aquel escenario.
-¡Lazarito, me cago en tu madre!
¡Déjame templar tranquilo, hijo
de puta! La puerta de mi cuarto
se abrió y apareció la asiática
que supuestamente debería estar
templando con mi amigo desnuda.
Me daba las quejas de que
Lazarito se resistía a ponerse
el condón. Yo estaba en ese
momento totalmente desnudo y
encima de mi deliciosa
tailandesa. Unos segundos
después se apareció el muy
cabrón con demasiada
tranquilidad y su pinga parada
junto a mi cama.
-¡Aserre, yo no me voy a poner
un condón!
-¡Hijo de puta, te vas a
proteger contra cualquier
enfermedad venérea!
-¡Yo no la tengo!
-¿Y si la tiene ella, imbécil?
¡Te está protegiendo!

Dos engrasadores del buque.
Llegamos al puerto de Szczecin
en Polonia para completar
nuestra descarga de café, la
tripulación tenía plena
confianza en nosotros y les
servíamos como traductores en
sus operaciones de contrabando.
Como nos encontrábamos en un
país aparentemente socialista,
sabía perfectamente de la pata
que cojeaban los aduaneros. Uno
de ellos andaba en calzoncillos
probándose unos Jeans que los
angolanos deseaban vender, aquel
espectáculo me causaba risa. El
hombre me preguntó si tenía algo
en venta y le respondí que un
saco de café guardado en el
sello del buque. Me mostró la
llave y pocos minutos después se
produjo la venta.
Esa noche salí con Piedade, creo
que Lazarito no se sentía muy
bien. Nos empatamos con dos
chicas en la cafetería del
Cascada, estaba localizada en un
edificio de cuatro pisos donde
se reunía todo el antro del bajo
mundo de aquella ciudad. Cada
uno de los restantes pisos era
bar, restaurante discoteca, etc.
Años posteriores el edificio fue
devorado por un incendio y los
delincuentes tuvieron que
trasladar el estado mayor de sus
operaciones a otro sitio.
Fuimos para la casa de mi amiga
y Piedade no quiso desvestirse
delante de mí, alegaba en medio
de su borrachera que era
católico y yo le decía que era
maricón. Después de mucho
batallar y sin poder convencerlo,
su amiga lo llevó para su casa y
según me contó al día siguiente,
tuvo que templarse a la madre de
la muchacha también. Un murmullo
me devolvió a la vida esa mañana,
me encontraba totalmente desnudo
y sentadas en la cama se
encontraban tres muchachas que
conversaban animadamente con
otras tres que estaban en el
sofá y separadas entre sí por
una mesita donde descansaban
copitas con vodka y tazas de te.
Sentí algo de vergüenza y traté
de cubrirme inmediatamente ante
las risas de ellas. Poco rato
después apareció Piedade con su
amiga y partimos para el barco
en el taxi de un bandolero.
Antes de dejarnos en el muelle
el chofer me preguntó si deseaba
que me recogiera en la tarde y
quedamos que regresara a eso de
las seis y media.
Lazarito y yo nos convertimos en
los dueños del Cascada, cada uno
cambiaba mil pesetas por mil
doscientos zloty. El primer día
pagamos cara nuestra condición
de extranjeros, después
dejábamos que nuestras amigas
solicitaran la cuenta y todo
resultó muy fácil y económico.
Sentados en una enorme mesa con
cinco o seis mujeres comiendo y
bebiendo, el gasto de toda la
noche nunca superó los mil
doscientos sloty con propina
incluida. Lazarito no era
católico ni la cabeza de un
guanajo, mi amiga le asignó el
sofá cama y sin complejo algunos
andábamos los cuatro desnudos y
haciendo el amor como Dios manda,
su chica era más hermosa que la
mía, pero por mucho que lo
intentamos, nunca quisieron
aceptar un cambio de parejas.
Serían putas, no lo dudo, pero
nunca nos exigieron pago alguno
por sus servicios sexuales con
nosotros. Cada mañana, una
vecina entraba con sus nietos a
nuestra sala, nos traía algo de
desayuno y se sentaba junto a
nosotros en la misma condición
que nos encontrara, totalmente
desnudos.
Permanecimos cerca de un mes en
ese puerto polaco y durante todo
ese tiempo dormimos en la calle,
Amílcar asumió todas mis
guardias con la bendición de su
esposa. Luego de estar detenidos
un tiempo por falta de pagos en
las operaciones, partimos rumbo
a Rótterdam con el propósito de
tomar carga para Angola.
Desafortunadamente no puedo
sintetizar todo lo que viene y
finalizo como en el capítulo
anterior, “continuará”.
Esteban
Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-05-08
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo,
pero comprobad que el trono que erigiera
en vuestro interior ha sido antes
destruido.
Jalil Gibrán.
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