|

Motonave Jiguaní
ORLANDO DEL RIO
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |

ertenecía a ese grupo de cubanos que
haría dudar a cualquier extranjero sobre su
origen y esa estrecha vinculación existente
entre nuestros habitantes y el color negro o
mestizo. Orlando era un tipo alto, casi seis
pies de estatura, pelo claro y algo rizado,
pero nunca llegando a rubio. Sus ojos eran
verdes como el mar en algunas zonas costeras,
tenía todo lo singular que pudiera
confundirlo con un norteamericano o
canadiense. Recuerdo su rostro, algo
parecido al del actor norteamericano Clint
Eastwood, pero con un carácter mucho más
tropical. Mujeriego hasta la médula de sus
huesos, bebedor de cuanta botella apareciera
en su camino y divertido como nadie, ese fue
el Orlando con el que realicé muchos viajes
a bordo del buque “Jiguaní”.
Ocupaba la plaza de Jefe de Máquinas sin
haber desfilado por la academia naval, era
empírico como casi todo el equipo que lo
acompañaba. Recuerdo que hizo muy buena
yunta con Raúl Romero, otro como él. Algo no
tuvo lugar a dudas en cuanto a su
competencia, aquel buque nunca paraba y fue
muy eficiente, todos eran unos magníficos
mecánicos.
Tenía varios hijos, no recuerdo si del mismo
matrimonio, lo cierto es que la plata no le
alcanzaba mucho para cubrir los gastos de
sus aventuras. No me acuerdo, sin embargo,
cuál fue el momento o viaje donde
establecimos unas relaciones parecidas a las
de padre e hijo. Teníamos un pacto, como él
recibía dinero por concepto de “representación”,
se encargaría del consumo nuestro en el
extranjero. Tampoco era para alarmarse,
nunca abusé de su confianza, pero no fueron
pocas las veces que salimos a compartir en
la calle. En pago, yo me encargaría de todas
las averías que producían aquellas salidas
con él en puertos nacionales, no fueron
pocas tampoco.

Actor norteamericano Clint Eastwood
Nuestras diferencias de edades no fue un
obstáculo para que se desarrollara entre
ambos una buena amistad, Orlando poseía un
carácter alegre y bonachón que podía
adaptarse al de un niño. Participaba junto a
nosotros en cualquier travesura, como
aquella de robarnos cajas de cerveza en la
gambuza y enfriarlas con un extintor de CO2.
Recuerdo aquella vez que estuvimos en el bar
situado en el faro del Morro de Santiago de
Cuba, pidió dos cervezas y el camarero le
respondió que debía consumir pan con
croquetas. No se molestó y nos comimos las
primeras, volvió a pedir dos cervezas más y
se repitió la historia. Pasamos varias horas
bebiendo y acumulando sobre una bandeja de
aluminio todos los panes comprados. Nunca
tuve idea de cuál sería el destino de
aquellos trozos de harina resecos hasta que
arribó otra guagua, sin ningún tipo de
complejos abordó el transporte y comenzó a
repartirle pan a cada uno de los viajeros.
Cuando regresó al bar pidió dos cervezas más
y continuamos la misma historia. Esa tarde
regresamos borrachos para Santiago de Cuba y
me invitó a visitar un lugar que en
apariencias mantenía en secreto su
existencia. Era una “Piloto Clandestina”, un
bar ilegal asistido por hermosas muchachas y
con una oferta de licores y comidas muy
superiores a los de cualquier restaurante
propiedad del estado. Orlando se asustó un
poco cuando encontró a más de la mitad de la
tripulación bailando y bebiendo, comiendo y
tocando nalgas. Algunos desaparecían por
ratos, era de suponer que iban a otros
cuartos para deslastrar el contenido de sus
testículos. Pasamos una noche divina, todo
cubano sabe cuánto se disfruta lo que está
prohibido. Al día siguiente y cuando
doblábamos la esquina de la calle donde se
encontraba aquel bar clandestino, chocamos
de frente con una visión espantosa. En unos
camiones de la policía montaban cajas de
cerveza, muchachitas contentas, borrachos,
un chivo que escapó ese día de la olla y a
la vieja matrona o gerente del negocio, nos
perdimos de allí.
Éramos locos, aventureros, divertidos sin
horarios fijos, muy putañeros, como casi
todos los marinos de aquellos tiempos. Ese
día nos invitaron a pasear por Caracas,
nuestro barco se encontraba en Puerto
Cabello, varias horas de viaje hasta la
capital venezolana. ¡Vámonos bien, de los
pendejos no se ha escrito nada! Fuimos los
primeros marinos cubanos en visitar aquella
hermosa ciudad que nos había cerrado las
puertas varios años atrás. Una parada
amistosa en Valencia y una caja de ron
Cacique al lado del asiento de Orlando. Una
tras otras se fueron abriendo botellas,
siempre tenía más sed que un camello
atravesando el Sahara de norte a sur. Viajó
hasta Caracas con la cabeza fuera de la
ventanilla para aliviar la borrrachera y
cuando llegamos se encontraba más fresco que
una lechuga, así era él.
Nunca lo vi vestido de etiqueta ni con una
muda de ropa que tuviera vergüenza, siempre
andaba en Jeans, pullover y mocasines. Raras
veces, solo cuando lo exigía el momento, se
ponía uniforme y colgaba aquellas
charreteras de cuatro rayas y una propela,
creo que se acomplejaba al hacerlo. No
fueron pocas las veces que me senté en su
camarote junto a Romero para calcularles la
cantidad de combustible en los tanques, no
sabían hacerlo, tenían muy bajo nivel
cultural, pero mecánicos como aquellos deben
volver a parirlos, no los encontré jamás.
Yo me encontraba en Cuba cuando los
acontecimientos del Mariel, estaba
trabajando en la construcción de tres
edificios de viviendas. Me enteré de los
actos de repudios realizados en contra de
gente nuestra y Orlando fue premiado con uno
de ellos. Decidió abandonar el país y le
dieron el mismo trato que a cualquier
escoria. Lo que más me dolió de aquella
triste comedia, fue saber que ese acto de
repudio fue realizado por tripulantes de su
propio barco, sus compañeros, los mismos con
los que él compartía suerte y horas de
trabajo. La miseria humana experimentada en
nuestra isla también nos había abordado, qué
pena sentí por él.
Hace unos años me enteré que había muerto en
Miami, lo imagino por el cielo cargando una
fuente repleta de panes con croquetas,
seguro que se fue vestido con un Jean.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2010-04-29
Y
si tenéis por rey a un déspota, deberéis
destronarlo, pero comprobad que el trono que
erigiera en vuestro interior ha sido antes
destruido.
Jalil Gibrán.
|
|
|