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AQUEL LIBRO
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |

e encontraba en plena etapa de exámenes
y
acostumbraba a emplear hasta el último
segundo de respiro para repasar la materia
en cuestión. Ese día me disponía a enfrentar
una de las asignaturas más complejas y
abstractas de nuestra profesión, me refiero
a la Astronomía Náutica. El examen debía
realizarlo a bordo del buque escuela “Viet
Nam Heroico” y como se encontraba atracado
por Regla o el puerto pesquero, no deseaba
tomar dos guaguas para dirigirme hasta el
Muelle de Luz. Podía hacerlo en la ruta 15 y
bajarme en la última parada de la Lonja del
Comercio, pero luego debía caminar unas tres
cuadras vestido con el uniforme blanco y no
quería sudarlo. Me incliné por andar desde
mi barrio hasta la terminal de Palatino, es
verdad que debía caminar muchas cuadras más,
pero a la hora que lo hacía el sol no se
encontraba tan alto y calentaba menos.
Aprovechaba ese trayecto para hacerme
preguntas que yo mismo respondía y el viaje
caminando se me hacía un poco más corto.
Cuando tomas la guagua a la misma hora de
siempre, encontrarás sin dificultad los
mismos rostros, poco importa el país, aquí
en Montreal me sucedió lo mismo. Llegas a
establecer ciertas relaciones de confianza
con esas personas, pero en el caso cubano es
un poco más exagerado. Algunos pasajeros
llegaban a la parada con un vasito de café
para el chofer y cuando se retardaba un poco
en llegar, el hombre los esperaba con todos
nosotros a bordo como pago de gratitud por
ese gesto tan hermoso.
Todos los días, encontraba a una hembra
despampanante en la parada de la ruta 16.
Ella paralizaba el tráfico cuando se
disponía a cruzar la calle y todos los
presentes, hombres y mujeres, estábamos
obligados a abandonar nuestros pensamientos
para observarla. Tres días después de
aquella coincidencia, fui elaborando una
frase, un piropo, un guiño, cualquier cosa
que pudiera regalarle a ese monumento, pero
mi timidez era capaz de superar y vencer
todos mis deseos. Al día siguiente me
prometía lo mismo, ¡coño, tengo que decirle
algo! Nunca lo hacía, me ponía nervioso y
temblaba ante su presencia. Varias veces
marcó delante de mí o detrás en la colita
formada en aquella parada. Fila que en esos
tiempos la gente realizaba muy
disciplinadamente, la crisis del transporte
era tolerable entonces. Yo temblaba como un
guanajo y cuando me llenaba de valor, ¡pan!,
ahí mismo saltaba ella y me cortaba la
inspiración. No hay nada que joda más,
tienes pensada y organizada un grupo de
palabras que deben salir disparadas en forma
de ráfagas, entonces sale ella a preguntarme
la hora y derrumba cada letra como fichas de
dominó.
Tenía el American Practical Navigator y me
esforzaba en concentrarme, pero llegó el
momento de su cruce por la calle, los
vehículos detenidos, las pitadas y los
chiflidos de la gente. Detuve mi lectura y
los ojos viajaron involuntariamente hacia
sus caderas y senos, sus piernas y rostro,
todo era perfecto. El libraco era sumamente
grueso y por poco se me cae por aquel
nerviosismo que ella lograba crear en mí. Lo
sostuve bien fuerte entre las manos y
disimulé no enterarme de su presencia detrás
de mí.
-¡Oiga, compañero! ¿Eso es una novela?
Enseguida se volcaron todos los rostros de
la cola hacia mi persona. No es que los
cubanos seamos algo chismosos, es que como
todos somos compañeros, la privacidad se
largó al carajo y tenemos derecho a
intervenir libremente en la vida de los
demás. Por poco me da un infarto al escuchar
la pregunta de aquella hermosa mujer y lo
pensé tres veces antes de responderle.
-¡No, compañera! No es una novela, es un
libro técnico. Creo que la gente se sintió
algo aliviada también, pude satisfacer la
curiosidad de los presentes, todos me
escucharon. Es increíble esa capacidad
nuestra para prestar atención a lo que
hablan otras personas. Creí que ella
quedaría complacida con mi respuesta y
olvidé de paso el piropo que había preparado
para esa mañana, los anteriores no contaban
tampoco, ni aparecerían en medio de ese
nerviosismo que hacía temblar mi voz.
-¿Y usted se puede meter todo eso? Lo dijo
con esa gracia propia de una diosa, ella lo
era. Todos los rostros de la cola giraron
nuevamente hacia mí, los compañeros
esperaban por mi respuesta y aquella me
salió del alma.
-¡Yo, sí! Yo me lo puedo meter completo,
solo que lo hago hojita a hojita, el
problema es tratar de hacerlo de un tirón.
Los compañeros me apoyaron con una sonada
carcajada, nadie puede imaginar el alto
grado de solidaridad que se vive entre
nuestra gente. Ella cambió de colores y temí
lo peor, un infarto, por ejemplo.
-¡El coño de tu madre! Los compañeros la
apoyaron también con otra carcajada
colectiva y en eso llegó la guagua.
¡Mira qué clase de lío me he buscado por
este cabrón libro! Pensé mientras lo
abordaba. Mañana me voy en la ruta 15, tengo
un examen de Navegación y no sé qué pudiera
decirme esta loca cuando me vea con un rollo
de cartas náuticas.
Esteban
Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-05-08
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo,
pero comprobad que el trono que erigiera
en vuestro interior ha sido antes
destruido.
Jalil Gibrán.
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