|

MI BARCO (XIII) MOTONAVE "N'GOLA"
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |
tra
vez el inconfundible silbato del cartero y su
voz familiar pronunciando mi nombre,
el toque en la puerta de quien se siente
propietario de tu casa, seguido de ese
escalofrío que experimenté en cada una de sus
visitas. El sobre era entregado abierto como
señal de que no tenías ningún derecho a
privacidad, tal vez porque la saliva de los
empleados del correo se había secado y no
disponían de una esponjita con agua para pasar
por encima de la superficie encolada. Pudo ser
también que el sobre careciera de cola,
cualquier justificación debía ser aceptada,
vivíamos en tiempos de guerra. – ¡No puedes
tocar un poco más suave! Le repetí lo mismo de
la anterior visita y la anterior a esa, pero el
muy hijoputa no acababa de comprender.
Disfrutaba molestando, trabajaba amargado. No
era fácil caminar todas esas cuadras bajo un sol
implacable sin encontrar donde calmar la sed u
orinar. Imaginaba el contenido de aquel
telegrama, siempre utilizaban las mismas
palabras. No me equivoqué: “Preséntese
urgentemente en el departamento de Cuadros”.
Miré la fecha y había sido expedido el día
anterior, saqué cuentas y apenas llevaba una
semana de vacaciones.
El olor a orine invadía toda la casa cuando
dejaban la puerta del baño abierta, el agua
entraba cada tres días por muy pocas horas y la
acumulada en la bañadera no alcanzaba para bañar
a ese batallón de personas viviendo bajo el
mismo techo. Las mujeres se apuraban en lavar la
ropita de los niños, los trapitos que habían
viajado varias generaciones. El tiempo nunca les
alcanzaba, había un solo lavadero en el patio,
una sola pila de la que debía conectarse una
manguera para llenar algunos tanques plásticos
de los utilizados para transportar manteca desde
Varna hasta La Habana, se compraban en la bolsa
negra. Ese día era de fiesta, se descargaba el
inodoro, aunque bueno, nunca paraba de echar
agua durante el tiempo que estuviera entrando.
El meluco, así le decían algunos a la bombita,
estaba roto desde hacía varios años y no
aparecía en ninguna ferretería. Si no era el
meluco que estaba jodido, era el flotante,
tampoco lo encontrabas en el mercado, estaban
bloqueados por los yanquis. ¡Prohibido echarle
un cubo de agua al servicio mientras fuera orine!,
se acumulaba el de la suegra, algo dulce por ser
diabética. Orinaban los niños y como siempre
andaban apurados con sus juegos, lo hacían fuera
de la taza, una pizca caía dentro. Meaba yo y
trataba de agarrar puntería para evitar escuchar
las protestas. Las más sacrificadas eran las
mujeres, no las imagino pegando el culo en aquel
recipiente repleto con varios orines diferentes,
unas veces de un color ámbar muy fuerte.
“Preséntese urgentemente en el departamento de
Cuadros” Volví a leer mientras orinaba.
Por la noche el acostumbrado apagón que te dejó
a medias cuando veías la novela, se pararon las
aspas de todos los ventiladores y los más
pequeños comenzaron a llorar. El calor humedecía
todo tu cuerpo y sentías pegajosa la sábana. Los
mosquitos comenzaban a realizar sus vuelos de
reconocimiento, solo unos segundos duraban en
sus exploraciones, luego se lanzaban en picada
contra tu cuerpo. El olor a kerosene de las
lámparas caseras, les decían “chismosas”, nadie
sabe por qué. Calor, oscuridad, mosquitos, peste
a orine y algunas veces acompañada de mierda, el
niño que llora, el mayor que protesta y tu cama
en medio de un pasillo por donde todos deben
transitar. Duermes cuando llega la luz y
funciona el ventilador, al menos sirven para
espantar los mosquitos. Lo haces con la picha
parada y te despiertas así con ella, como si
estuvieras sufriendo priapismo, no puedes
templar en esas condiciones, y si lo haces,
puedes permanecer dos días con residuo de semen
en el pito y recuerdas que lo hiciste cada vez
que debas orinar. “Preséntese urgentemente en el
departamento de Cuadros”, leo nuevamente
mientras me sacudo el rabo, algunas gotas de
orine salpican el borde de la taza. Estoy de
vacaciones, pienso. Sirva solamente como
escenario, no como una justificación.

Superestructura del N'Gola, caminando por el
muelle José Yanes Madruga, Primer Electricista
del segundo grupo. Foto tomada por el autor en
Buenos Aires en 1978.
-Usted ha sido seleccionado para cumplir una
misión internacionalista. Dijo el Jefe de
Cuadros cuando me senté frente a él, lo
acompañaba Eusebio, había sido engrasador en la
motonave “Jiguaní”, no era mala gente. El jefe
era nuevo en la Empresa, dicen que había llegado
desde la industria láctea, debía suponer
entonces que no sabía ni timbales de barcos y
nos trataría como si fuéramos vacas. -¿Qué
carajo le habré hecho a Dios? En cuanto salga de
aquí voy a buscar un Santero para que me despoje,
pensé. ¡Coño, qué mala suerte tengo! Solo
disponía de unos segundos para pensar y tomar la
decisión correcta.
-¿Y de qué se trata la misión? Fingí con el
propósito de ganar tiempo mientras lo escuchaba.
Si decía que “sí”, mantenía mi condición de
oficial “confiable” para la revolución. Si decía
que “no”, engrosaría las filas de los que fueron
borrados como seres humanos. Yo estaba
convencido de que no sería para ir a tirar tiros,
para esos menesteres me hubieran citado por el
comité militar del barrio. Por cierto, estando
en la academia nos llegó una de esas citaciones,
hablo en plural porque a Ríos le llegó también.
Nos salvó en tablitas un marinero que se
encontraba trabajando en el comité, se llamaba
Oreste, un negro bajito, culón y de ojos
saltones, nos conocíamos desde 1967.
-¡Muchacho, ni se te ocurra entrar! Me dijo a
media cuadra de la edificación.
-¿Y no tengo bateos?
-No te preocupes, ellos saben que eres marinero
y te imaginarán navegando, pero si te presentas
vas de cabeza para Angola. Giré sobre mis pasos
y escapé, pero heme aquí de nuevo ante la misma
historia.
-Realmente no sabemos que tipo de misión debe
cumplir, ha sido una solicitud del Ministerio de
Transporte. Bueno, las cosas cambian un poquito,
pensé. De todas maneras, si digo que “sí”, me
van a lanzar para Angola, pero no como soldado.
Tiene que ser algo relacionado con el giro
marítimo o portuario. Si digo que “no”, voy para
el grupo de los fantasmas. El apagón, el calor,
los mosquitos, la peste a orine y con mierda de
vez en cuando, el kerosene, la picha parada toda
la noche, me vino a la mente mientras pensaba,
¿a cuántos no le habrá sucedido lo mismo?
-¡Oká! ¿Cuándo debo presentarme en el Ministerio
de Transporte?
-Hoy mismo, Eusebio buscará todos tus documentos
y debes partir hacia allá. Nos despedimos y
encontramos que el pasaporte se encontraba
vencido. Va y cuando sepan esto cancelan mi
participación en esa cabrona misión, pensé.
Me equivoqué, estos hijoputas son demasiado
eficientes cuando les urge o interesa algo. Me
pasaron a una oficina, luego a otra, me tomaron
varias fotografías y entregaron de paso una
chapilla con una numeración.
-Debe tener colgada esa chapilla constantemente
para en caso de fallecimiento poder
identificarlo. Me dijo uno de aquellos
dirigentes y me cagué, no digo yo, esas
chapillas yo las había visto en todas las
películas de guerra. -Mañana preséntese en esta
oficina, allí le entregarán el pasaporte y el
boleto de su avión, hágalo por la mañana. No
será difícil encontrarla, se encuentra
justamente frente a este edificio.
Así mismo fue, temprano en la mañana me
entregaron los documentos mencionados y debía
regresar en horas de la tarde con todo mi
equipaje. Mi esposa e hijo cupieron en el auto,
era un minivan V W, permanecieron conmigo hasta
que abordé el avión. El niño estaba con fiebre y
ella con el vientre inflamado.
Yo formaba parte de un pequeño grupo, todos nos
conocimos en la oficina antes de partir. Calixto
Veloso era el de mayor graduación, recién había
finalizado sus estudios de Capitán. Yo iba con
los grados de Segundo Oficial, Gabriel Rodríguez
Bas Freixas tenía el rango de Segundo Maquinista.
Lazarito iba como Sobrecargo, Balloqui como
Técnico de Refrigeración y Naranjo de Primer
Electricista. Por lo reducido del grupo ninguno
pesamos que iríamos destinados a un barco, nunca
nos pasó por la mente esa idea. Todos íbamos
vestidos de civil y en la tienda del aeropuerto
compramos una caja de ron Havana Club para el
viaje. En la oficina nos entregaron el
equivalente de veinte dólares para consumir
durante la escala.
Éramos los únicos civiles que abordarían aquel
DC-8 arrendado por Cubana de Aviación y similar
al que volaron en Barbados. El resto de los
pasajeros eran guajiritos militares vestidos
ridículamente de civil, cualquiera podía
comprender que eran soldados o pertenecían a una
orquesta gigante, casi todos iban vestidos con
ropa del mismo modelo y color, horrorosa. Por
suerte para nuestro grupo, Veloso había
pertenecido a la fuerza aérea y conocía al
piloto que comandaba aquel avión. Nos sentamos
en la cola y próximos al pantry. Las aeromozas
estaban advertidas de nuestro origen y la
atención fue especial. La primera escala fue en
Barbados, allí permanecimos una hora y no nos
detendríamos hasta Sierra Leona. Aterrizamos en
un rústico aeropuerto sembrado en medio de una
región selvática. Estuvimos una hora también
hasta que finalmente levantamos vuelo con
destino a Luanda.

Vista del frontón, foto tomada desde el castillo
de proa en Buenos Aires.
Nos esperaba un negro gordo que abrazó
efusivamente a Lazarito, era el Capitán Raimundo
René Calero Torriente. Fue en ese instante que
nos enteramos del final de nuestro destino,
formaríamos parte de la tripulación del buque
angolano N’Gola. Nos condujeron en dos autos
hasta la escala real del buque y fuimos
recibidos en el portalón por algunos negros que
integraban la tripulación, ya era de noche. Nos
indicaron cuál sería nuestro camarote y pasamos
en pocos minutos al comedor. ¡Voilá! Coño, hasta
Angola era perseguido por la mala suerte. Entre
los rostros encontrados en el comedor, se
encontraba el de aquel cabrón que navegó conmigo
en el buque “Jiguaní”. Me refiero a Fernando
Miyares Gutiérrez, vaya mala suerte la mía tener
que lidiar nuevamente con este personaje. Él no
era lo peorcito, allí estaba también el
telegrafista Carlos Collazo, ya lo mencioné
cuando escribí sobre la motonave “Habana”, un
individuo de extrema izquierda y vertical hasta
el cielo. Carlos Mendoza aparecía como jefe de
máquinas, otro Carlos que pertenecía a las
brigadas técnicas de Mambisa como tercer
maquinista y un individuo flaco del que no
recuerdo su nombre, quien pertenecía a los
ferrocarriles de Cuba, iría como segundo
electricista.
Todo ese rompecabezas se formó de la siguiente
manera, Calero fue el interventor del buque por
parte del gobierno angolano y como la
tripulación decidió regresar a Portugal, fue
colectando a estos patriotas de diferentes
maneras. Mendoza andaba trabajando en un
astillero de Lobitos, Collazo formaba parte de
la tripulación del buque Las Villas o Pinar del
Río, no recuerdo exactamente. Miyares se
encontraba enrolado en un buque de los llamados
por nosotros “gallegos” bajo el mando del
Capitán “Blanco el Negro”. Estuvo lamiéndole el
culo a Calero para que lo llevara para el N’Gola
y aquel no ofreció resistencia, se quitaba a esa
porquería de encima.
Por la parte de cubierta sobraba alguien y
cuando vi la presencia de Miyares a bordo me
presenté en el camarote de Calero.
-Capitán, veo que usted tiene completa la
plantilla de cubierta y no encuentro razones
para mi permanencia en este buque. Tiene a
Velozo, recién graduado de Capitán e imagino
ocupe la plaza de primero. Veo que al parecer
Miyares se enrolará en este buque y los dos
somos segundos oficiales, pero además, la lista
la completa Amílcar el portugués. Como puede
observar, sobra un oficial. Se me había olvidado
mencionar al portugués, fue el único de la
tripulación de ese país que decidió continuar a
bordo. Lo haría acompañado de su esposa, una
hermosísima muchacha llamada Gina María Silveira
Pinto de Oliveira. Vaya tamaño de nombre que no
he olvidado después de tantos años, nuestras
relaciones fueron magníficas. Con ellos viajaría
su pequeño hijito de meses llamado Vasco, un
poco más tarde le celebraríamos su cumpleaños,
hoy debe ser todo un hombre. No había mencionado
tampoco al enfermero Pepito, Calero lo trajo de
uno de los barcos cubanos surtos en Luanda. Se
comportaba como el guarda espalda personal de
Calero y dormía en uno de los sofás del camarote
de este. Un viejo medio calvo y bonachón que se
pasaba la mayor parte del tiempo borracho, por
suerte para nosotros, el buque tenía un
enfermero angolano muy bueno.
.-Casañas, no te preocupes. Vamos a continuar
con la plantilla concebida por los portugueses
en este barco, o sea, yo voy de Comandante,
Veloso de Inmediato, Miyares de Primer Piloto,
tú de Segundo Piloto y Amílcar Tercer Piloto.
Respondió con la intención de calmarme.
-¿Y cuál es la función del Inmediato?
-Viene siendo un agregado de Capitán, pero va a
realizar todo lo concerniente al cargo del
Primer Oficial.
-Muy bien, yo creo que donde se trabará el
paraguas es en los cargos siguientes. Si el
Inmediato va como primero, debo suponer que el
Primer Piloto cubrirá la plaza del Segundo
Oficial. Si esto es así, yo le solicito que me
mande para La Habana en el primer vuelo
disponible porque no pienso realizar la función
de Tercer Oficial nuevamente y menos debajo de
Miyares.
-No te preocupes, tú eres el que se ocupará de
esa plaza, yo pedí a La Habana uno bueno en este
cargo y me dijeron que tú estabas disponible.
-Sí, pero algo debe advertirle a ese individuo,
no lo quiero metiendo las narices en
absolutamente nada de lo comprendido dentro de
mi responsabilidad.
-Yo voy a conversar con él, así que mete caña y
averigua cómo andan las cosas por el puente.
Salí de su camarote un poco más tranquilo, pero
no convencido. Conocía de cerca la forma de
actuar de ese cabrón y podía adivinar que nada
funcionaría con tranquilidad. Amílcar se
ocuparía de la plaza de Tercer Oficial, entonces
podíamos suponer que Miyares viajaría
prácticamente sin contenido de trabajo y en esos
casos es cuando más joden estos individuos.
Fui sacando todo lo que existía en el puente
para realizar un inventario, era la única manera
de conocer lo que poseía para garantizar un buen
trabajo. El buque se encontraba muy bien
avituallado, solo detecté algo que consideré
incomprensible. Tenían instalado un sistema
DECCA NAVIGATOR y no poseían una sola carta de
las necesarias para explotarlo, resultaba
absurdo poseer ese equipo en el cuarto de
derrota como un adorno más. En aquellos tiempos
existían buques con sistema de navegación por
satélite y en Cuba solo lo poseían los buques
arrastreros de la flota pesquera comprados a
España. Esa tecnología se encontraba en fase
embrionaria y para que tengan una idea, el
equipo receptor de aquella época se encontraba
ubicado en un pequeño cuarto dispuesto para
ellos solos, era enorme la abuela de los
actuales GPS.
El DECCA era lo más avanzado antes de la
aparición del satélite y se encontraba en franca
utilización, tampoco estuve en algún buque
cubano que lo poseyera y debía estudiarlo. Tomé
los manuales y los llevé para el camarote, luego
debía convencer al capitán para comprar las
cartas especiales usadas para su explotación.

El buque "N'Gola" cuando se llamaba Blumenthal.
Calero nos llevó a una sastrería donde nos
confeccionaron uniformes blancos, comenzábamos
bien, pensé. El buque se declararía como
“insignia” de la naciente flota angolana
identificada como “Angonave”. Se celebró una
magnífica fiesta a la que acudió Lucio Lara en
representación del gobierno y en los archivos de
ambos gobiernos, deben estar guardadas algunas
fotos donde aparezco junto a él. El resto de los
invitados estaba compuesto por toda esa morralla
de oportunistas y burgueses de la nueva clase
social en el poder, “el proletariado”. Ya
conocía muy bien a toda esa fauna y me dediqué a
lo mío, comer y beber en abundancia todo lo
exquisito que se ofreció para la ocasión.
La alimentación era excelente y variada, los
cocineros y camareros muy diferentes a los
nuestros, me recordaron los primeros años en la
marina cubana. Poseíamos enrolado a un panadero,
ese era su trabajo, se consumía ese producto
fresco en las tres comidas diarias. También iba
enrolado un lavandero, era la primera vez que me
encontraba con un caso como este. Lavaba toda la
ropa del barco y se le podía entregar también la
personal, pero ese servicio nunca lo utilicé. Mi
ropa era lavada por un marinero al que
finalizado el viaje le pagaba en moneda de su
país.
Nos pasamos varios días con el barco cargado a
full en espera de la salida, algo atrasada por
culpa nuestra, Mendoza no daba pie con bola para
arrancar la máquina principal y fue necesario
traer a un ingeniero de La Habana. No era culpa
suya tampoco, nadie le entregó el cargo y la
complejidad de ese departamento no se puede
comparar con nuestro trabajo en cubierta.
La tripulación era toda negra, solo unos tres
mulatos se encontraban entre ellos. Los había
también de diferentes nacionalidades,
caboverdianos, saotomences, zairenses y de
distintas regiones angolanas con diferentes
dialectos. Todos ellos sumados al portugués, le
daban un aire multinacional a una tripulación
compuesta por cuarenta y ocho del país anfitrión
más nosotros. Entre ellos, los angolanos
hablaban el dialecto regional cuando deseaban
que sus compañeros no los comprendieran. Entre
todos estábamos obligados a comunicarnos en
portugués, lengua que aprendí con rapidez por su
cercanía con el español.
Puedo afirmar que la tripulación de esa nave fue
una de las mejores, si no, la mejor con la que
trabajé en todo mi tiempo de oficial. Excelentes
marineros, disciplinados, laboriosos y por
encima de esas cualidades, eran verdaderos
hombres que no vivían pendientes de la vida de
los demás.
Tenían a un muchacho ocupando la plaza de
“Comisario Político” llamado Webber,
definitivamente era una de las “botellas”
creadas por el sistema que se iba imponiendo en
aquel país, copia exacta del nuestro. Con poco
contenido de trabajo, Webber no hacía otra cosa
que vagabundear por el buque, aunque era menos
agresivo que los “políticos” de la marina
mercante cubana. Como era joven hubo pronta
química entre él, Lazarito y yo.
¿El barco? Una magnífica nave que fuera
construida en 1961, tenía 158.5 metros de eslora
y su velocidad andaba por los 18.5 nudos,
excelente. Poseía cinco bodegas, la número uno
era refrigerada y tenía más capacidad que
algunos de nuestros pequeños barcos dedicados a
esta especialidad. Todos los puntales eran
maniobrados por ostas eléctricas y su arranche
podía ser realizado por una sola persona. Todas
las tapas de los entrepuentes eran hidráulicas,
detalle que aliviaba enormemente el trabajo de
la marinería. Toda la tripulación vivía en la
superestructura localizada en el centro de su
eslora. En el alcázar, pequeña construcción
existente en la popa, radicaba la lavandería y
el taller de carpintería, porque entre otras
cosas, el pañolero del barco realizaba esos
trabajos con madera a bordo.
La excelencia de esa nave y que muy rápido logró
enamorarme de ella, fue su divina acomodación.
Todos los camarotes eran amplios e individuales,
solo los del personal subalterno no poseían
baños, cada uno con su teléfono. El comedor y
salón de oficiales podía compararse con el lobby
y restaurante de cualquier hotel de lujo.
Teníamos además un salón de juegos con su mesa
de ping pong, la marinería también poseía esos
locales, pero sin el glamour y decoración de la
oficialidad.

Otra vista de esa hermosa nave cuando se llamaba
Blumenthal
Existió mucha generosidad por parte de la
compañía naviera angolana, inicialmente nos
asignaron un salario de quince dólares diarios y
otros privilegios que disfrutaron las
tripulaciones bajo el mando de los portugueses.
Dispondríamos de un botiquín mensual con
artículos de aseo personal, esa cajita que
entregaron en nuestros camarotes, contenían
jabón de baño, pasta dental, crema y loción para
afeitar, máquinas y sus cuchillas. Tenía también
perfume, talco, desodorante, ambientador para el
camarote, cremas y otras chucherías.
Recibiríamos diariamente medio litro de vino en
el almuerzo y otro medio litro en la comida. Una
botella de bebida alcohólica, una caja de
cerveza y otra de refresco semanal más dos
cartones de cigarros (estos últimos artículos
debían ser pagados por los subordinados y
oficialidad angolana) En el horario del desayuno
se colocaría el menú del día y si uno no estaba
de acuerdo hacía su solicitud a la cocina. No
podía pedir más, aquello era el paraíso
comparado con los buques cubanos, pero la
felicidad dura muy poco en casa del pobre. Una
hora antes de largar los cabos con destino a
Argelia, se presentó en el buque el delegado del
Ministerio de Transporte cubano y de nombre
Amador del Valle, quien nos comunicó que
nosotros nos encontrábamos en misión
internacionalista y no podíamos recibir esa
cantidad de divisas. Después de mucho pelear,
logramos nos asignaran un dólar diario a partir
de la salida del último puerto angolano.
Resumiendo, la marinería del buque recibiría
unos siete dólares diarios, la oficialidad
angolana (muy pocos de ellos) y sin cargos
importantes a bordo, recibirían once dólares por
día.
Salimos en nuestra primera aventura y dejábamos
en nuestra estela un país que se infestaba a
pasos agigantados con la cultura y política de
nuestras mierdas. Solo había transcurridos dos
años desde mi viaje con las tropas destinadas a
la guerra.
Como ese período de tiempo fue tan importante e
intenso en mi carrera de oficial, no lo puedo
sintetizar a solo cinco páginas y se impone la
necesidad de otro capítulo. Como dicen en las
series televisivas, continuará.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá
2010-04-29
Y
si tenéis por rey a un déspota, deberéis
destronarlo, pero comprobad que el trono que
erigiera en vuestro interior ha sido antes
destruido.
Jalil Gibrán.
|
|
|