a
muerto Orlando Tamayo Zapata, un
disidente cubano sometido a injustas
condenas por pensar diferente y declarar
abiertamente su rebeldía pacífica, sin matar
a nadie. Su encuentro con la muerte
transcurre en cámara lenta, muy silenciosa,
con esa calma cómplice y útil para ocultarla.
Se escucha la voz desesperada de una madre
que grita, pide compasión desde una isla,
solo unos pocos escuchan y se hacen eco de
ella, todos nacieron en el mismo lugar. En
su tierra escasas personas se enteran, solo
sus compañeros de lucha y algunos dentro de
su radio de acción, carecen de medios para
alertar a su pueblo sobre este nuevo crimen
cocinado en su país. El eco es profundo en
el exterior, sus compañeros desterrados no
lo han olvidado, no pueden hacerlo, las
cicatrices que llevan en sus cuerpos aún
sangran. Piden en todas direcciones un gesto
de solidaridad, pero el mundo es sordo.
Muere finalmente y se convierte en noticia,
pasto para hambrientos comunicadores,
extremistas, patrioteros, falsos luchadores
de pacotilla, demagogos, politiqueros,
oportunistas. Es el momento oportuno para
ganar algún punto en las encuestas, piensa
el político que estuvo callado mientras
Tamayo moría, hoy habla entristecido y
preocupado ante su público de cuello y
corbata. Es el soplo perfecto para explotar
la noticia, piensa el comunicador y entre
notas cargadas de un lirismo que nadie cree,
desentierra parte de aquella vida hoy
sepultada y la explota, estremecen sus
palabras, casi llora ante nuestros
televisores, ¡no jodan!
Ha muerto un simple negro que para más
desgracia solo era albañil y plomero,
humilde, pero su peor desventura radica en
el color de la piel. Sus verdugos se apuran
y comienzan a divulgar que se trata de un
delincuente, muchos lo creerán y lo
condenarán al olvido dentro de unas semanas,
eso no falla, la humanidad tiene mala
memoria y está agotada de tantos héroes de
verdad, se inclinan por los virtuales.
Solo un reducido grupo de este planeta lo
recordará y le dará gracias eternas por ese
gesto tan valiente, no todos regalan su vida
para llamar la atención sobre lo que ocurre
en nuestro pueblo. Bienvenida sea esta
muerte, pensarán todos aquellos que la han
disfrutado y le sacaron partido.
Tamayo ha sabido quitarle las caretas a
muchos que permanecen callados, los
defensores del diálogo, los que abogan por
una reconciliación enfermiza, los
embajadores de ese “amor” inexistente y se
hacen propietarios de la palabra pueblo, ¡somos
un solo pueblo!, gritan los muy descarados.
No lo somos definitivamente, somos dos
pueblos diferentes que viven en ambas
orillas del Estrecho de La Florida. Los que
aceptan vivir como carneros y los que
renuncian a ser esclavos.
¡Gracias Tamayo! Gracias por darnos una
lección de dignidad, valor, decoro,
virilidad. Tu muerte será olvidada por la
prensa pasado mañana, pero tu recuerdo
vivirá en nuestros corazones junto a las
figuras de tantos como tú y que nunca han
muerto.
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.