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Abuela cargando a mi hermana Luisita, mi
prima Sonia y yo antes del 59
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |

iempre recuerdo haber asociado su
existencia a la presencia de una chiva
llamada Cuca,
es todo el mensaje que me llegaba de
ella desde el pasado. Yo andaba por una
callejuela de El Moro con un jarro de
aluminio en las manos, luego, mi abuela
apretando las tetas de aquella chiva,
exprimiéndola para lograr el desayuno de
unas cuantas tripas. Después, el animal,
muy dócil e inteligente, saldría por
todo el barrio a luchar su comida.
Abuela nunca la maltrató, todo lo
contrario, la trataba con dulces
palabras mientras la ordeñaba, pero
nunca le dio de comer. Nunca llegué a
comprender las razones por las cuales
Cuca regresara cada mañana a la puerta
de la casa, tal vez fuera más
inteligente que todos nosotros y sabía
de los momentos difíciles que pasábamos,
no he conocido a otra chiva más
solidaria que esa en toda mi vida, no
andaban sueltas por el barrio unos años
después de mi corta infancia.
La última vez que vi a mi abuela fue en
el año 1959, estuvo de visita en Cuba
con mi prima Sonia. Partió y me dejó de
regalo a dos abuelos, Pedro el barbero,
tenía su barbería donde termina la calle
Giralt, siempre, desde niño, había
creído firmemente que él era mi abuelo.
Me dejó también a otro que se llama como
yo, lo veía de Pascua a San Juan y
consideré una coincidencia que nos
llamáramos igual, desgraciadamente yo
estaba equivocado, era mi abuelo carnal.
Con la llegada de los barbudos se rompió
todo, hasta los vínculos familiares, mi
mente infantil me prohibió comprenderlo.
Mi padre, un rancio comunista que por
ironías del destino murió y se encuentra
sepultado en Miami, enterró para siempre
a su familia que había salido de Cuba
antes de la llegada de Castro al poder.
Todavía hoy, decenas de años después, me
devano los sesos buscándole una
explicación a una actitud tan rara, no
la encuentro.
Pasaron los años y logré escapar,
convertirme en un traidor a la Patria,
la misma prostituta que se vende
periódicamente al mejor postor, poco
importa quien paga más, siempre abre sus
piernas. La traicioné, por así decirlo o
como dicen ellos. Vivo desde entonces
sembrado por la nieve durante unos seis
meses, como los osos. Noches
extremadamente largas, oscuridad
deprimente para el que haya vivido en el
trópico y un frío que espanta, tiemblo y
soy feliz.
Un día, uno de mis hermanos averiguó con
Chepa el número de teléfono de mi abuela.
Debo decirles que es una sobrina de ella,
la hija de Caridad su hermana, nada que
ver con su madre, una hijita de Satanás.
Llamé por curiosidad y sin muchas
esperanzas, me salió Sonia al teléfono,
aún se acordaba de mí, solo por mi apodo,
Papún. Bueno, me llaman así por ser el
hijo de Papo y mis primos no saben de
otro nombre. Papo era mi viejo, ese
rancio comunista que les mencioné.
La vieja se encantó al saber de mi
existencia, el cruce de llamadas entre
Miami y Montreal era diaria, el teléfono
no descansaba, apareció ante mí una
enorme familia, valió la pena soportar
toneladas de nieve, la oscuridad y ese
frío que te congela el alma.
-¡Qué me dice la vieja más linda de
Miami! Fue siempre mi saludo, hasta que
agarró confianza y liberó todos los
frenos de su lengua. Mi abuela era muy
mal hablada, mucho más que yo, solo que
una mala palabra en su boca resultaba
simpática, descubrí mis verdaderas
raíces, el mar y la convivencia entre
hombres no era la justificación a mis
inocentes excesos.
Una hija de Chepa me dijo que la abuela
no se encontraba bien, ella era su
ahijada. Sonia que sí, que la abuela
estaba muy bien, la otra que no. No
confiado, decidí visitarla antes de que
fuera demasiado tarde, fue mi primera
salida de Canadá e incursión en los
Estados Unidos, corría el año 1994.
-Aquí te traigo a un nuevo médico para
que te reconozca. Le dijo Cela en lo que
supongo fuera el cuerpo de guardia de un
“Home”, me dijeron que era una clínica y
lo creí, pero era eso, el lugar donde
depositan a nuestros viejitos cuando se
ponen molestos y comienzan a molestar.
Ella se encontraba sentada en un sillón
de ruedas, yo permanecí callado, fue el
trato realizado con mi tío para darle la
sorpresa. Me escudriñó de pies a cabeza,
quizás tratando de descubrir en algún
lugar un solo detalle que me
identificara como doctor. Luego de un
corto silencio aceptó ser reconocida por
mí.
-Bueno, que empiece y no joda parado
como una estatua. Tuve deseos de
soltarle una carcajada, le tomé el pulso
y fingí observar mi reloj, ella no
quitaba la mirada de mi rostro.
-¡Vamos a ver, abuelita! ¡Enséñeme la
lengua! Sacó toda la extensión de un
horroroso órgano, después de aquella
broma no dejo de observar la mía
diariamente en el espejo, casi todo es
feo en los viejos, menos su alma. Cuando
hube de terminar mi examen, ella la
guardó nuevamente sin quitarme los ojos
de encima. -¿Sabes, qué? ¡Usted tiene
tremenda lengua de mamalona! Cambió de
colores e hizo el intento por levantarse
del sillón.
-¡Cela! ¿Quién este hijoputa que me has
traído? ¡Este maricón no es médico, ni
la cabeza de un guanajo! Aquello lo dijo
en voz alta y llamó la atención de los
presentes.
-¡Qué me dice la vieja más linda de
Miami!
-¡Lo sabía, lo sabía! ¡Este hijoputa
tiene que ser nieto mío! Me incliné y
nos fundimos en un abrazo que trató de
recuperar la ausencia de tantos años.
Sentí su olor y el de la chiva Cuca,
llené mi jarro de aluminio con la leche
de aquel amor perdido, solo podía
beberlo yo.
Esa semana se la dediqué por entero a
ella, peleábamos diariamente cuando me
tocaba darle la comida. Las mala
palabras viajaban por aquellos pasillos
silenciosos y no fueron pocas las
oportunidades en las que se presentara
algún empleado del centro.
-¡Es que este hijoputa ha venido desde
Canadá y quiere obligarme a comer! El
hombre o la mujer me observaban con
desconfianza.
-¿Son parientes? Preguntaban en español
o inglés.
-¡Este cabrón es mi nieto!
-¡Ahhh, no! Ese asunto lo resuelven
entre ustedes. Siempre nos decían y la
dejaban a mi merced.
-¡Abre la boca, vieja de mierda!
-¡Vieja de mierda es tu madre!
-¡Abre, cabrona! Más de una hora en el
almuerzo y otra más durante la comida
para lograr vaciar un poco su plato. En
las tardes y la noche, esas reuniones
donde fui conociendo a varias
generaciones de primos. Yo era la
atracción, el único Casañas que conocían.
Mis primas todas habían adoptado los
apellidos de sus maridos, entonces, tuve
que hablarles de ese gran ejército
nuestro que existe en la isla, yo era un
simple embajador.
-Para que veas, yo no estoy tan jodida,
regresa tranquilo a Canadá. Me dijo esa
mañana antes de partir para el
aeropuerto. Estando solos en su cuarto,
mi abuela se levantó de su silla y
anduvo danzando. -¿Ya ves?
-¡Claro que veo! A alguien tenía que
salir yo tan hijoputa.
-No se lo digas a nadie, ese es nuestro
secreto.
-Trato hecho.
Las llamadas continuaron su período
diario y las bromas nunca faltaron. Ella
no podía hablar en serio, nunca lo fue,
supongo. Un día, el tono de su voz
cambió y me habló con mucha seriedad.
-Mi nieto, vamos a despedirnos. Un
fuerte escalofrío recorrió todo mi
cuerpo, era la primera vez que me
hablaba con un tono serio.
-¡No jodas, mi vieja! ¿De qué me estás
hablando?
-De despedirnos, ya me voy.
-No fastidies, tú estás entera, ¿no
bailaste delante de mí?
-Sí, pero esta danza está llegando a su
final, vamos a despedirnos ahora. No
habló mucho esa tarde, tampoco quise
presionarla. Los viejos saben cuando se
les está acabando la cuerda de la vida a
su reloj. Mi abuela murió unas horas más
tarde, solo pude disfrutarla una semana
después de treinta y cinco años de
ausencia.
Siempre que voy a Miami trato de
recuperar muchos archivos perdidos en mi
memoria, consulto con Sonia mi prima. No
es que sea buena historiadora, es que
ella detuvo sus relojes cuando abandonó
la isla. No tiene que esforzarse mucho y
me sorprende, conserva hasta el nombre
de todos nuestros vecino, y por supuesto,
como si formara parte de nuestra familia,
siempre se agrega el nombre de Cuca,
aquella chiva tan generosa que nos
matara tanta hambre.
-¿Tu abuela? ¡Tu abuela era de anjá!
Sonia nunca dice mala palabras, no salió
a nosotros. Busca en el cajón de viejas
fotografías y comienza a mostrármela, no
era fea de joven. Tengo miedo de que
esas fotos vayan a parar al latón de la
basura cuando ella se despida de
nosotros.

Adolfina
Hernández
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.
Esteban
Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2010-02-06
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