¿Qué
pudiera importarnos tan poco tiempo?
Setenta y dos horas no son nada cuando
miramos el almanaque y le pasamos por arriba
con indiferencia, como si nada hubiera
ocurrido. ¿Tres días, tres ridículos días?
Cobran sentido para muchas personas, pudiera
emplearse para desviar el curso de un río,
pero el río es muy grande o pequeño y sus
aguas siempre van a parar al mar, limpias o
sucias. Hay otras aguas menos profundas,
solo en apariencias, que resultan más
importantes. Corren coquetas por una
cabellera lacia o rizada, negra o rubia, se
unen alborotadas donde nacen las nalgas,
caen turbulentas en ese profundo cañón, para
luego dividirse nuevamente y continuar su
descenso formando con tus piernas unas
tiernas cañadas. El agua corre veloz y en su
fuga, provoca burbujas que se confunden con
carcajadas casi infantiles, inquietas,
fingidas, inocentes, provocadoras. Se escapa
alguna palabra sin terminar, es atrapada por
un beso y giras el cuerpo sin soltar
aquellos lazos tendidos por las lenguas que
como cabos de amarre, se esfuerzan por
mantener abarloadas dos naves. ¿Tres días,
qué pudieran significar? Casi nada cuando se
navega con niebla, tres singladuras malditas
perdidas entre la bruma y el aburrimiento.
Desvelos que prohíben cerrar los ojos y el
pensamiento, una pregunta tras otra sin
respuesta, cambio brusco de derrota sin
razones justificadas, solo en apariencias.
El agua se perdió por el tragante y con ella
se lavaron muchos sueños, aún, sin
desprenderse del todo los cuerpos que
sirvieron de cascadas. La cloaca, cuánta
esperma mezclada con palabras de amor no
viajaron por el mismo conducto, todas hacia
el mismo lugar, aguas con tratamientos antes
de ser lanzada al río y luego al mar. Todo
unido en la misma nave, amor y niños en
estado embrionario, adulto el primero,
demasiado infantil para morir en solo tres
días como si nada hubiera pasado.
¿Tres días? Demasiado tiempo para un
eclipse, tsunami, bajamar o pleamar. Tres
ridículas singladuras, la distancia efectiva
para cambiar la dirección de un Pipo, un te
amo o un barato te quiero. Cambio de oídos,
direcciones, teléfonos, trasplante de
corazones sin seguro médico, nada existe,
existió o existirá a partir de ese tiempo,
silencio. ¿Y el olor? ¿Bastan tres días para
borrar el olor de la cama? ¿Podrá matarse al
fantasma que viaja diariamente por los
pasillos del apartamento? ¡Tres días es muy
poco tiempo! Depende, hay corazones fríos
como témpanos de hielo y almas que como
arrabio, viajan por el mundo destruyendo
otras almas con su pesado cuerpo, para estos,
tres días es suficiente tiempo.
El mar, ¿qué culpa tiene el mar de todos
nuestros malos presagios, infortunios,
traiciones, promesas incumplidas? Ninguna,
pero es el sitio elegido para depositar todo
aquello que sobre en nuestras vidas.
Cementerio de pasiones, sueños, miradas,
gemidos, ayes temblorosos y santos que
aparecen milagrosamente en cada orgasmo
beatificando nuestros pecados, nunca paramos
de contaminarlo.
¿Tres días? Se pueden borrar tres años, tres
meses, tres semanas, una vida entera en ese
tiempo. El sepulturero solo necesita unos
minutos para cubrir una historia con algunas
paladas, ¿por qué no se puede destruir una
vida en ese tiempo?, si el disparo del
verdugo es capaz de cegarla en fracciones de
segundos. ¿Y por qué tanta descarga?
Tres días sobraron, siempre aparece un ángel
o hada que con su varita mágica convierte el
dolor en amor, la ira en placer, el odio en
perdón y nos dicen que detrás de cada
invierno hay una primavera, una tras otra
hasta sumar cuarenta y dos o cincuenta, no
importa, el amor nunca muere y renace como
el ave de Fénix. Nunca se es tarde para
aprender que el amor no se mendiga, se
ofrece y acepta sin intereses.
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.