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-¡Práctico-Habana, aquí la motonave
Otto Parellada que te llama!
Un molesto ruido, interferencias
producidas por ondas parásitas
invadió el receptor, el capitán le
bajó el volumen y esperó por la
respuesta. Varios minutos después
repitió la solicitud de comunicación,
pero esta vez decidió ahorrar
palabras. –¡Práctico-Habana, Otto
que te llama! Haló la silla que
tenía designada en el puente y la
acomodó junto al equipo de V.H.F. Ya
sabía que debía estar armado de
mucha paciencia cuando de
comunicaciones se tratara con
cualquier punto de la isla, todos
eran impredecibles, sorprendentes,
inoportunamente descuidados.
–¡Pongan media avante! Ordenó sin
quitarle la mirada al equipo de
radio y Amador corrió hasta el
telégrafo para trasmitir la orden a
máquinas. Los walkie-talkies de los
oficiales se encontraban acomodados
sobre la mesa de ploteo, habían sido
revisados y comprobado su
funcionamiento. -¡Práctico-Habana,
Otto que te llama! Esto no cambia, ¿qué
carajo estarán haciendo?, ¿no
tendrán un operador de guardia?
Comenzó a dar síntomas de impotencia
y eso era malo, se desahogaría con
nosotros hasta el límite de su
cuerda y luego lo haría por el
teléfono, era necesario calmarlo
para que aquellos no se ensañaran
con el barco. Era muy sencillo
jodernos, lo hacían a menudo cuando
el capitán les caía mal. -¡Capitán!
Tiene el número cinco en el orden de
las maniobras programadas para hoy.
Solían decir con frecuencia, tal vez
riéndose después de soltar el pulsor
del teléfono. -¿Y por cuál van?
Preguntaban habitualmente los
ingenuos sin darse cuenta que les
ofrecían razones para divertirse. –Vamos
por la número dos, capitán.
Respondían y colgaban sin ofrecer
más explicación, entonces, llegaba
ese espacio de tiempo dedicado a la
meditación y los cálculos. Van por
la segunda maniobra programada para
este día y son las ocho de la noche,
es muy probable que mañana entremos
a puerto, no existe otra esperanza
con este ritmo. Ellos sabían que te
estaban torturando y se reían
mientras esperaban otra llamada
cargada de ansiedad. Sobre el buró,
una botella de Havana Club a medias
que fuera regalada por el capitán
del último barco en salir, no
necesitaban pensar las respuestas a
los futuros reclamos.
-¡Capitán! Tenemos problemas con los
remolcadores, la lancha de los
caberos se rompió, sería una
justificación de rutina, la que
utilizaban a diario. ¿Por qué no
tendrían un vehículo para mover a
los caberos como es usual en muchos
países? No podían tenerlo, era
ilógico. Si lo tuvieran, los caberos
se dedicarían a realizar mudanzas o
a botear hacia otras zonas de la
ciudad para buscarse unos pesos, ¿y
la gasolina, quién la pone? Muchas
dificultades, papeles, trámites,
reuniones, demasiado burocratismo
para asignarle un vehículo a los
caberos. ¡Qué sigan en su lancha y
no jodan, el país está bloqueado por
el enemigo! Concluyó el secre del
partido en una de las agotadoras
reuniones donde se planteó el
problema. Tal vez la lancha no esté
rota na y Mazacote ande ocupado
bajando la pacotilla de los
marineros. ¡Tiene que luchar!
Siempre se moja con algo, ruedas de
cigarros, varos, algún trapito, ¡y
hasta jama!, ¿por qué, no? Y se
enchumban todos, él mismo, los
caberos, los marineros de los
remolcadores y hasta el lanchero de
los Prácticos. No voy a romperme más
la cabeza, estoy cogiendo cuerda y
eso es malo, pensó el capitán.
–¡Práctico, Otto que te llama! Otra
vez el silencio como respuesta y el
molesto ruido que ataca directamente
a la paciencia. -¿Tú sabes si el
telegrafista le dio mantenimiento a
la antena del V.H.F? Preguntó con
vagancia y me hice el sordo, no
pensaba colaborar en la búsqueda de
un inocente para culparlo por aquel
silencio que comenzaba a torturarnos.
Desistió en volver a llamarlos y
aplicó una vieja táctica. -¡Vamos a
ver Morro-Habana, motonave Otto
Parellada, ¿me escuchas? Su atención
Capitanía, aquí la motonave Otto
Parellada que te llama. Cambió
inmediatamente al canal diez del
V.H.F, ellos sabían que lo haría y
se cortaron las risas, cambiaron
también.
–¡Mambicuba-Habana, Otto Parellada
que te llama!
-¡Vamos a ver, Otto Parellada! Aquí
la estación de Prácticos de La
Habana. Era un truco que no fallaba
y el Capitán lo conocía, una llamada
a los verdugos pondría a correr a
los siervos descarriados. La
respuesta llegó inmediatamente.
-¡Buenas noches, Prácticos! Estamos
de través con el Morro y a tres
millas de distancia. -¡Otto
Parellada, aquí Morro!
-¡Otto Parellada, aquí Capitanía.
-Otto Parellada, aquí Mambicuba.
-¡Otto Parellada, aquí Práctico-Habana!
Capitán, lamento informarle que el
puerto estará cerrado hasta el día
de mañana por las perturbaciones
atmosféricas que se están
registrando, usted debe observar la
marejada existente y la
imposibilidad de nuestra lancha en
salir a recogerlo, cambio.
-¡Para máquinas! Soltó con violencia
el teléfono y caminaba
desesperadamente por el puente de
babor a estribor, corría
prácticamente y su maratón no
parecía tener fin.
-¡Para máquinas! Repitió Amador y
accionó la palanca del telégrafo. La
aguja del tacómetro fue descendiendo
hasta quedar en cero, unos minutos
después nos atravesaríamos a la
dirección del viento y la mar, era
lo normal, comenzarían nuevamente
los molestos bandazos que
experimentamos a lo largo de toda la
costa cubana.
Tuve el honor y si se quiere, el
privilegio de trabajar con grandes
navegantes al inicio de mi vida como
marino. Hombres a los cuales el gran
almirante no hubiera dudado en
enrolarlos cuando emprendió aquella
loca aventura por descubrirnos. De
sus conocimientos y experiencias me
nutrí cuando era un simple marinero.
Luego, cuando al fin me hice oficial,
pude comprender la magnitud de sus
proezas. Me prometí algún día ser
como ellos, no solo eso, mis
ambiciones dictaron un rumbo
diferente con el propósito de
superarlos, eso deseaba, ser
superior a todos ellos.
Los admiré y admiro al extremo de no
poder olvidarlos, sus hazañas serían
temas de estudio para generaciones
posteriores. Yo estaba allí, siempre
por delante de mí, tratando de
vencer cada dificultad que yo mismo
sembraba en mi camino, como una mina
que mal pisada te hiciera volar por
las nubes. ¿Era malo ser así? Creo
que sí, el tiempo lo demostró.
La cuerda del reloj se va agotando y
debo rescatar todo lo que me
pertenece antes de caer vencido por
el cansancio, eso es lo que formará
parte de mi equipaje cuando el
uniforme final sea de madera. Debo
olvidar cualquier manifestación de
humildad o modestia, lo que es mío,
lo fue y lo será, nunca renunciaré a
esa propiedad. Regreso sobre mis
pasos para reclamar el título de
Capitán que un día me arrebataron,
lo haré con todo mi derecho, ese
será el regalo que le deje a mis
nietos.
Nunca fui agregado de nadie, desde
mi primer viaje fui enrolado como
Oficial. Pudo haberme ayudado mucho
el finalizar los estudios de primer
expediente, noventa y ocho de
promedio no lo alcanzó otro, solo yo.
No fue una gracia o premio de mis
profesores, fue el resultado de todo
un esfuerzo realizado, superior a mí,
agigantado por mis sueños. Todo el
amor que comencé a sentir por esa
profesión que llenó a plenitud mi
vida y le dio un verdadero sentido a
mi existencia, iría creciendo con
cada singladura, bandazos,
pantocadas. Leo a estúpidos que me
atacan diciendo que soy un marino
frustrado, me río ante la infamia e
ignorancia con la que tratan de
herir mis sentimientos. Pocas veces
uno manifiesta sentirse
verdaderamente realizado, el exceso
de modestia puede mellar el orgullo
de una persona cuando se sabe seguro
de sí mismo. Me río ante ese desfile
de estupideces y regreso, claro que
lo haré para arrebatar la gloria de
unas manos a las que nunca
pertenecieron, debo hacerlo porque
es todo lo que tengo para dejar como
legado.
¿Cuántas veces un Capitán de
nuestros tiempos legaría sus
responsabilidades en un Segundo
Oficial? No creo que exista mucho
esa posibilidad, aún, contando con
una ayuda técnica superior a la de
mi época. Recaladas importantes
fueron realizadas por mí, poco
importa recordarlas ahora,
Rotterdam, Amberes, Río Elba,
Polonia, Finlandia, Suecia, Tokio,
Singapur, Shanghai. Estrecho de los
Dardanelos sin Práctico, solo en el
puente con un radar de anillos fijos.
Canal de Suez con el Práctico
orándole a Alá en el cuarto de
derrota por más de una hora y
pegando la frente a una esterilla
traída como equipaje, me dejó solo
en medio del Canal, ¿me conocía
aquel árabe?, lo dudo. Pero hay
seres que si son honestos pueden dar
fe de todo esto que les cuento y
Calero es uno de ellos. ¿Llegó a
director de la Empresa? Sí, muy
bueno y querido por todos nosotros,
pero no lo hubiera sido si el que
escribe estas líneas no lo salvara
de una inminente varadura a bordo
del buque angolano N’Gola. –¡Cuando
determines la posición del buque me
llamas! No apeló a otra persona con
graduación superior a mí, lo conocía
perfectamente y me eligió para esa
tarea siendo un simple Segundo
Oficial.
Por aquellos que confiaron en mi
trabajo no puedo ocultar mi profundo
agradecimiento, ellos sabían lo que
hacían, pero no siempre delegaban en
mí responsabilidades que no
pertenecían por esa confianza
referida. Mis últimos años como
marino sirvieron para escoltar a
individuos verdaderamente
incompetentes, inútiles, imbéciles.
Seres que fueron ascendidos por su
incondicionalidad al régimen y
porque ostentaban su condición de
militantes del partido. Navegación
Mambisa fue muy cuidadosa en ese
aspecto, por cada Capitán burro que
comandara una nave, tendría la
necesidad de enrolar a un Primer
Oficial con experiencia que llevara
el peso de toda la aventura. ¿Ejemplos?
Remigio Aras Jinalte, Gabriel
Sánchez, Jorge Torres Portela,
Arquímides Montalbán, ¿cuántos
socotrocos será necesario mencionar
como alegato a mi demanda? La lista
sería muy larga y ya el tiempo ha
pasado, ellos mismos han sido
sepultados con la misma pala que una
vez enterraron mis sueños.
Quinientas singladuras fueron
presentadas formalmente, quinientas
singladuras más, quinientas más, ¿no
eran quinientas las exigidas para
ingresar al curso de Capitán? Sí,
solo que la lista de aspirantes
debía ser aprobada por el comité del
partido y yo no era militante.
¡Claro que era un tipo frustrado!
Puede que lo sea aún, no digo yo,
todo el sacrificio de una vida
destruida por la pluma de un idiota.
¿Qué diferencia existía entonces
entre un Capitán y un Primer Oficial?
Muy poca, solo algunas asignaturas
militares, un poquito más de Derecho
y un cursillo diferente de inglés. ¿Algo
más? Mienten si afirman lo contrario,
porque los programas de esos cursos
pasaron por mis manos cuando era
profesor de Navegación en la
Academia Naval del Mariel.
Técnicamente no se había inventado
nada en nuestra carrera, la última
novedad fue la navegación por
satélite y estaba al alcance de
cualquier menor de edad, lo otro, lo
básico de un navegante, eso se
mantenía y se mantiene inalterable.
Nunca tuve dudas de mi capacidad
para comandar una nave, no había
espacio para tal desconfianza,
durante mis últimos años era quien
verdaderamente desarrollaba ese
papel a bordo de los buques
navegados. Sin embargo, mi examen de
Capitán lo realicé junto aun hombre
técnicamente preparado, solo que los
nervios lo traicionaban en los
momentos de peligro.
-¡Práctico Habana, Otto que te
llama!
-¡Adelante, Otto!
-¡Mira! El buque acaba de arribar de
un viaje alrededor del mundo, no
resulta fácil mantenerse al pairo
fuera del puerto hasta mañana, ya
los familiares deben estar esperando
por la tripulación.
-¡Correcto, Capitán! Nosotros
comprendemos la situación, pero el
puerto se encuentra cerrado hasta
mañana.
-¡Ven acá! ¿Y si yo logro entrar al
buque hasta la Pila Vieja?, ¿ustedes
embarcarían allí? Hubo unos minutos
de silencio, ¿La Pila Vieja? Así le
llamaban los marinos a ese pequeño
monumento localizado frente al
muelle de Caballerías, exactamente
en el cuchillo donde se encuentra la
parada de las guaguas que se dirigen
hacia el puerto. La oferta era
tentadora, significaba prácticamente
recogerlos en su casa, ellos
radicaban en el antiguo edificio que
hace esquina y sirve de fondo al
Templete. Se estaban ahorrando el
riesgo de una peligrosa maniobra de
entrada, subirían al barco y como es
de suponer, se abastecerían como era
de costumbre, algo siempre se les
pegaba por ofrecimiento voluntario
del Capitán o solicitud
desvergonzada. No es que abrigue el
insano propósito de desacreditar a
los Prácticos de La Habana, solo
reflejar el comportamiento que
corresponde a una época donde la
inmoralidad tomó como pradera a todo
el país. ¿Miento? El Práctico que
sacó al buque “Viñales” donde
deserté, le robó un par de zapatos
al Capitán en una de sus salidas del
camarote, así estaban las cosas al
nivel de gente considerados
profesionales, porque si un mérito
no se les puede negar a esos
hombres, era el que realizaban
maniobras dificilísimas dentro de un
puerto casi siempre congestionado y
con escasos equipos auxiliares. Si
alguien deseaba conocer el verdadero
uso del ancla de un barco, tenía que
obligatoriamente acudir a la
experiencia de esos hombres, pero lo
cortés no quita lo valiente.
-¡Otto Parellada, Práctico Habana!
-¡Adelante, Práctico!
-Otto, si ustedes logran entrar,
nosotros embarcaremos a la altura de
la Pila Vieja. Aquella respuesta
esperada garantizaba la satisfacción
de algunos productos en franca
demanda, no me equivoqué, pero mis
deseos de tener relaciones sexuales
debía controlarlos, un solo fallo en
la maniobra nos lanzaría a todos por
el tejado y la primera caída sería
en Villa Marista.
-¡Oká, muchas gracias! Procedemos en
demanda del canal de entrada. ¡Media
avante! Amador movió la palanca del
telégrafo y se me quedó mirando,
preguntaba algo con sus ojos. El
Capitán salió alerón de babor, yo me
mantenía junto al timonel.
-¡Oye! ¿Tú no vas a dejarlo entrar?
La cosa está en candela. Dijo Amador
y no le respondí, unos minutos antes
habíamos estado observando el
rompimiento violento de las olas en
contra de las rocas sobre las que se
levanta el faro. El Castillo de la
Punta era sepultado constantemente
por esas rachas de agua de mar y por
el malecón habanero apenas se
observaba movimiento de vehículos.
Salí en dirección al alerón y me
situé junto a él, nos conocíamos
desde hacía muchos años y
compartimos varios momentos de
peligro, pero insignificantes ante
el que teníamos frente a nuestra
mirada.
-Mi hermano, si fracasas en el
intento nadie te va a llevar
cigarros al Combinado del Este. Le
dije y creo que no escuchó muy bien.
Para encontrar el eje de entrada al
canal de la bahía, debes aproximarte
a una distancia que resulta
peligrosísima en estas condiciones
meteorológicas. Dios quiso que fuera
así, nos regaló una bahía en forma
de bolsa extremadamente protegida, ¿cómo
la habrán descubierto durante el
primer bojeo? Vista a solo una milla
desde el mar, La Habana oculta su
parte más antigua por una elevación
que no solo sirve de protección y
trampa a los ojos de quienes la
observan, pensándolo bien, esa loma
donde se levanta el faro como una
vulgar verga y se exhibe a un Cristo
en una pose que no se sabe si nos
quiere bendecir o lanzarnos alguna
amenaza o advertencia, la bahía toma
cierto aspecto de cárcel de la que
resulta casi imposible escapar.
Detrás de esa loma que uno observa
como línea continua de la costa a
solo una milla de distancia, se
encuentran atrapados millones de
pestañas que no logran dormir, nidos
de ratas con barbacoas, paredes que
se desgastan sin dolor con el
soplido de los vientos ayudando a
aumentar su aspecto leproso. Dicen
que las mordidas de las ratas no
duelen porque te van soplando en la
medida que te devoran, eso le ha
pasado a La Habana, todos la muerden
mientras soplan o dejan escapar
lascivos gemidos de placer o dolor.
La Habana, una puta divertida que te
abre sus piernas por un pañuelito de
cabeza, un jabón o un pan con jamón
para aliviar sus insaciables tripas.
Allí estaba, bloqueada por ese muro
de rocas impenetrable y con su mar
de cómplice atravesada, negándote la
entrada después de darle la vuelta
al mundo cargando sus miserias. La
oscuridad que provocan cientos de
cúmulos majaderos y que se extiende
a cada rincón de sus calles, era
rota con intermitencia por las luces
de las linternas de los hombres que
se encontraban en la proa.
-¡Todo a babor! Gritó metiendo la
cabeza por la puerta del puente.
-¡Todo a babor! Repitió el timonel.
El buque comenzó a caer lentamente y
cuando se puso atravesado a la mar
comenzó a experimentar esos bandazos
esperados. Entré al puente y le dije
algo a Amador.
-Ordénale al Tercer Oficial que vaya
para la proa hasta que tú puedas
bajar. Pocos minutos después subió
al puente y tomó uno de los
walkie-talkies. Lo vi avanzar a la
proa por la banda de estribor.
-¿Tú me escuchaste? ¡Mira la
marejada que hay! La situación en la
boca del Morro debe ser
extremadamente peligrosa, la mar se
encuentra totalmente de través y el
buque no va a responder muy bien. Le
manifesté cuando estuve nuevamente a
su lado, él se negaba a cambiar el
sentido de su mirada, lo noté muy
nervioso.
-Yo creo que podemos entrar. Fue
lacónica su respuesta, algo
temblorosa.
-Una cosa es lo que tú creas y otra
la realidad. No tienes necesidad de
tal sacrificio, tu mujer viaja
contigo, esta gente no se merece el
esfuerzo que puedas hacer para que
vayan a dormir con sus mujeres.
-Podemos intentarlo. Yo sé que
podíamos intentarlo, siempre lo
hicimos en situaciones de peligro,
pero las razones que nos empujaron
fueron diferentes, yo no estaba
dispuesto a arriesgar mi carrera
para que un solo de aquellos hombres
se acostara con sus mujeres, no
valía la pena el precio de tal
sacrificio. Me inclino a pensar que
él deseaba probarse a sí mismo, era
un duelo peligroso entre su ego y su
conciencia donde todos podíamos
salir muy mal parados.
-Bueno, vamos a intentarlo, pero en
caso de peligro anula la maniobra y
esperemos a que se calme la
marejada. Tal vez me escuchó, eso
pienso, aunque no puedo asegurarlo,
era un hombre demasiado terco cuando
tomaba una decisión.
-¡Full avante! Amador accionó la
palanca del telégrafo y la nave se
estremeció cuando aumentaron las
revoluciones de su máquina. El
gobierno era pobre y la fuerza del
mar lo empujaba contra la costa.
¡Veinte grados a babor! Volvió a
gritar asomándose por la puerta del
puente.
-¡Veinte grados a babor! Respondió
el timonel mientras el buque
continuaba aproximándose
peligrosamente al malecón habanero.
De repente, la noche se hizo más
negra que de costumbre y rompió un
fuerte aguacero que limitaba la
visibilidad.
-¡Métele todo a babor! Cancela la
maniobra hasta que pase esta
turbonada.
-¡Todo a babor, emergencia avante!
La proa trataba de luchar en contra
de las olas que le llegaban desde el
norte. Poco a poco logró imponer su
voluntad y pasamos a menos de un
cable de las rocas contra las cuales
chocaba con violencia el mar Con
rumbo norte nos íbamos alejando de
la entrada, el Capitán bajó a su
camarote mientras permanecíamos
Amador, el timonel y yo en el
puente. Mantuvimos el mismo rumbo
hasta alejarnos unas siete millas de
la costa, una vez allí paramos
máquina y esperamos por su regreso.
-¡Vamos a intentarlo de nuevo!
¡Media avante! Su rostro había
perdido el brillo, era indudable que
se había lavado la cara cuando bajó
al camarote, quizás para calmar sus
nervios, tal vez obedeciendo las
órdenes de su mujer, un hombre no es
suficientemente bueno si no lo
acompaña la sombra de una buena
capitana y ella lo era. Otra vez
caímos a un rumbo totalmente
perpendicular al malecón habanero,
era lo usual y casi siempre
desarrollado a la altura del hotel
Nacional, teníamos la sensación de
continuar con el buque Rampa arriba,
luego, unas cuartas antes de tener
de través al faro del Morro, se
ordenaba caer todo a babor en
demanda del canal de entrada. Yo
conocía a la nave mejor que él por
mi tiempo a bordo de ella, no solo
por esa razón, la mayor parte de las
maniobras realizadas las delegaron
en mí, tenía una idea bastante
exacta de su diámetro táctico, cómo
era capaz de responder a las órdenes
del timón con la mar por la popa,
aletas, través, amuras, proa. Ese
buque era mi mujer de turno y sabía
cómo se meneaba en la cama, yo lo
aventajaba en el dominio de todas
sus debilidades. Lo dejé solo en el
alerón y entré a impartirle órdenes
a Amador y al timonel, su
nerviosismo aceleró que tomara esa
decisión y lo hacía para protegerlo
a él y la nave.
-Amador, repite las órdenes que te
de el Capitán, pero solo obedece las
mías, ya sabes lo que te quiero
decir. Amador no era un tonto, fue
compañero mío de estudios durante el
curso de Primer Oficial, se
encontraba ocupando la plaza de
Segundo Oficial cumpliendo una
sanción administrativa, no recuerdo
en cuál barco hundió a un zampán
chino con víctimas incluidas, pero
eso le puede pasar a cualquier
navegante que ande por esos rumbos,
las imprudencias de esos pescadores
siempre tienen resultados fatales.
-No hay líos, eso fue lo que te
dije. Fue toda su respuesta.
-Timonel, voy a estar al lado tuyo,
responde las órdenes que te de el
capitán, pero cumple las que yo te
diga. ¿Comprendido?
-¡Como usted ordene, Primero! Era un
tipo serio que había estado
escuchando todo el intercambio de
palabras entre Amador y yo, no fue
necesario insistir para que
comprendiera lo difícil de la
situación que se presentaba, me
conocía de viajes anteriores y de
otros barcos, es una pena que ahora
no recuerde su nombre.
-¡Todo a babor! Gritó el Capitán
desde el alerón.
-¡Todo a babor! Repitió el timonel.
-¡Timonel, todo a babor! Le dije
bajito.
-¡Timón a la vía! Busca el mechero
de la refinería. Gritó el Capitán.
-¡Timón a la vía! Buscando el
mechero de la refinería. Respondió
el timonel.
-¡Mantén quince grados a babor y
ponle la proa al faro del Morro! Le
ordené.
-¡Proa al faro del Morro! Respondió
bajito.
-¡Diez grados a estribor! Ordenó el
Capitán.
-¡Diez grados a estribor! Respondió
el timonel.
-¡Timón a la vía! Trata de calzar la
caída, ponle la proa a la boya de
entrada.
-¡Calzando la caída y poniendo proa
a la boya de entrada. Me respondió
el timonel mientras una enorme ola
levantaba a la nave y jugaba con
ella como si se tratara de un
barquito de papel. De pronto, nos
enfilamos con violencia hacia el
castillo de la punta.
-¡Veinte grados a babor! Se escuchó
desde el alerón. ¡Veinticinco! ¡Todo
a babor! ¡Timón a la vía! ¡Listas
las anclas! ¡Diez a estribor!
-¡Repite, repite las órdenes! Le
dije al timonel.-¡Pon todo a babor!
¡Amador, toda avante!
-¡Todo a babor! Respondió el
timonel.
-¡Toda avante! Dijo Amador. El buque
respondió a las órdenes que se le
impusieron y la proa se apartó, pasó
a solo unos metros de los arrecifes
que protegen al Castillo de la
punta.
-¡Media avante, Amador! Timonel,
busca ahora el mechero de la
refinería, ponle diez grados a babor
para buscar el centro del canal.
-¡Media avante!
-¡Buscando el centro del canal!
-Amador, pon poca avante y dile al
pañolero que coloque la escala de
Prácticos por estribor. ¡Vete para
la proa!
-¡Poca avante! Mi hermano, te
felicito, eres un caballo. Me
extendió su mano sincera.
-¡Coño, Primero, usted es un animal!
Lo felicito.
-Dejemos todas estas mierdas y vamos
a felicitar al Capitán. Yo fui el
primero en extenderle la mano, el
buque se desplazaba lentamente por
el canal de entrada, una larga
pitada estremeció cada rincón de La
Habana Vieja. Un grupo de niños y
mujeres corría paralelo al barco en
un tramo del malecón, gritos van,
gritos vienen, mis hijos estaban en
ese grupo, nunca tuvieron idea de la
proeza desarrollada por su padre esa
noche. En el salón de tripulantes de
corrió la noticia y fueron muchos
los que se acercaron a felicitarme,
respetando la ética profesional lo
negué.
El tiempo se acaba, la lista de los
míos y los de mi generación va
disminuyendo, debo estar preparado.
Salgo apurado y trato de recoger
todo lo que es mío, no es mucho, no
lo hago por vanidad o avaricia, es
solo una necesidad. Tengo poco, casi
nada, solo dejo mis glorias y
orgullo archivadas en cada una de
mis líneas. Mañana, cuando no
estemos, un día, nuestra memoria
servirá para amenizar una fiesta
cualquiera, y todos, cada uno de los
presentes, tratará de justificar su
existencia. Entonces, solo así,
reverdecerá por unos minutos el
recuerdo de esos abuelos y cada uno
tratará, quizás exageradamente,
regalarles historias, fábulas,
epopeyas y cuanto recuerdo puedan
rescatar del olvido al que en vida
sepultaron con la indiferencia. Yo
solo les ahorro ese trabajo, no
tendrán necesidad de mentir o
exagerar. Nunca llegué a Capitán,
ese título me lo robaron por mis
discrepancias ideológicas con el
sistema imperante en mi país, pero
ese día, el día que logré meter al
buque Otto Parellada en la bahía de
La Habana, ese día les arrebaté mi
título de las manos, comprobé lo que
yo sabía, hacía mucho tiempo que yo
era Capitán.
Esteban Casañas Lostal.
Montreal..Canadá.
2009-12-28

Edited by
EstebanCL,
5 minutes ago. |