
A bordo
del buque escuela Viet Nam Heróico,
(de izquierda a derecha) Emilio Prieto y
Bernardo Ceballos, alias Sapiche.
-Si acaso observan una rajadura en el
casco del barco,
el procedimiento a seguir consiste en
taladrar un pequeño orificio en cada
extremo de la grieta detectada… Se
detuvo con la intención de coordinar las
ideas que deseaba expresar ante aquel
grupo de hombres, cuya fama lograba
extremar su miedo escénico. Sudaba
copiosamente, partía con frecuencia las
tizas cuando trataba de escribir o
dibujar algo en la pizarra y el borrador
salió disparado en varias ocasiones. Por
las amplias ventanas del aula corría una
refrescante brisa que nos llegaba sin
interrupción desde el Estrecho de la
Florida, pudo haber sido la antesala de
un frente frío que nos obligaba a sacar
los viejos trapos que rotaban cada
invierno. Él era el único que se
empeñaba en sudar, gruesas gotas
descendían a toda velocidad desde la
extensión de su frente y se desprendían
de su cuerpo en la punta de su nariz
después de una cómica despedida. Sacaba
el pañuelo y lo frotaba por todo el
rostro con el estilo de los guapos, casi
siempre cubriendo los labios y fingiendo
decir algo, insinuar, amenazar, imponer
temor. Los muchachos no se preocuparon
mucho por aquellas familiares señales,
insistían en permanecer silenciosos y
observadores, medían cada uno de sus
pasos a lo ancho de la pizarra, seguían
con atención el recorrido de los pedazos
de tizas caídos mientras el profesor
esperaba por el ataque, ya había sido
advertido con anterioridad. Aquella
tensa calma y ese silencio solo roto por
el choque del viento con las viejas
persianas lo desesperaban, estaba a
punto de reventar.
-Usted dice que se deben abrir dos
orificios, ¿no es cierto? Preguntó uno
de ellos, no levantó la mano y la bajó
sin darle tiempo al profesor para
autorizarlo a hablar o sencillamente
para preguntarle su nombre.
-¿Dos huequitos, con qué? Dijo otro,
pero éste no se molestó en levantar la
mano.
-¿Y con
qué abrimos los huequitos, profesor? Fue
una voz fingida que no llegó desde una
dirección determinada que pudiera
identificar al autor, él buscó por toda
el aula y chocó de frente con rostros
serios, fríos calculadores.
-Si se van a poner p’al daño me avisan,
aquí nadie es anormal y saben
perfectamente que los huecos en el acero
deben hacerse con un taladro. Esta vez
tartamudeó sin control y algunas
palabras fueron mezcladas o se
aproximaron al idioma ruso, resultaban
casi incomprensibles y obligaba a una
adaptación forzada de los oídos.
-¡Je,je,je,je! ¿Un taladro? Las notas
que se agarran con ellos.
-Ese no es el taladro que menciona el
profesor, vamos a prestarle un poco más
de atención. Intervino el jefe de grupo
y logró controlar la marejada que se
avecinaba.
-Ustedes agarran el taladro y hacen un
orificio aquí… Hizo una cruz con la tiza
mientras la mitad de ella corría en
dirección al cesto de la basura ubicado
en la esquina del aula. La cruz quedó
exactamente en la punta de lo que
parecía un riachuelo, se detuvo varios
minutos tratando de adivinar algo, como
perdido en el camino.
-Y después con el mismo taladro, abrimos
otro huequito allá abajo. Dijo otro de
los alumnos y el profesor asintió con un
ligero movimiento de cabezas. Sacó
nuevamente el pañuelo para secarse la
frente y miró desafiante a su alumnado,
respiró profundo.
-Así mismo es, compañero…Guardó
nuevamente el pañuelo.
-Profesor, ta’muy de jamón todo eso, yo
creo que es mejor ir preparando los
botes salvavidas. Casi gritó uno de los
que usualmente se sentaban al fondo del
aula.
-Precisamente estas clases son para eso,
adiestrarlos en el control de averías y
evitar llegar al momento de abandonar la
nave.
-Ta’muy de jamón todo eso. Repitió el
alumno sin levantar la mano y apenas
mirar hacia la pizarra.
-¡Jamón, nada! Es lo que está
establecido para esos casos de averías
en el casco. Esta vez se mostró alterado
y su voz se escuchó en las aulas
aledañas y las de los pisos inferiores.
No sabía que lo estaban acorralando y
que sin percibirlo iba entrando a la
trampa que le estaban tendiendo sus
alumnos.
-Ta’muy de jamón todo eso…
-¡Oye! Si vuelves a soltarme otro jamón
más, te saco del aula. Se secó la frente
y torció aún más los labios para hablar,
como lo hacían los guapos de La Jata. El
aula entera explotó en una escandalosa
carcajada.
-¡Profe, no se ponga bravo! Si no
queremos ofenderlo, lo que pasa es que
nos está poniendo muy de jamón todo el
asuntico de los dichosos huequitos.
Intervino un alumno diferente y el
profesor se sintió impotente, no tenía
razones para expulsarlo del aula.
-¡Tranquilo, profe! Nosotros somos sus
amigos, pero los socios tienen razón,
hay que buscar otra solución y
olvidarnos de los cabrones huequitos.
Muy sencillo, no procede.
-¿Por qué, no? ¿Por qué, no? Su voz iba
cargada de excesivas vibraciones, no
pudo ocultar su incontrolable
nerviosismo.
-¡Porque no se puede, profesor! Bájese
de esa nube en la que anda volando,
estamos en Cuba…
-¡Oye! Ni se te ocurra repetir de nuevo
eso, yo no ando volando ni en ninguna
otra pajarería. Esta vez fue algo
violento, pero los nervios volvieron a
traicionarlo y su tartamudez hacía casi
incomprensible todo lo que expresaba.
-¡Tranquilo, profe! Esto no es un asunto
de hombría o pajarería, hay que darle
espacio al sentido figurado de la
palabra…
-¡Conmigo no hay sentido de nada, no
vayan a equivocarse!...
-¡Tranquilo, profe, tranquilo! Mucha
imaginación, fantasía, vista larga, pero
nada de ofensa, no lo tome por el camino
equivocado. Los muchachos tienen razón
para dudar del método, no olvide que
hablamos de barcos cubanos. No se rompa
la cabeza, no hay taladros para el
control de averías, el único que
funciona se encuentra en el departamento
de máquinas bajo llave. ¡Olvide eso!
Suponga que aparece el taladro y lo
tiene a mano. A esa hora no aparece una
extensión con longitud para llevarlo
hasta la zona averiada, y si aparece la
extensión, ya verá que no encuentra las
barrenas, y si aparecen las barrenas, no
existe la llave para cambiarlas, y si
tiene la llave y la extensión,
comprobará que las tomas disponibles
para conectarlas no funcionan. Y si
funcionan y tiene todo a mano, las
lámparas de baterías no trabajan, ¿cómo
se va a alumbrar? En fin, le pedimos un
poco de paciencia y que no pierda la
tabla.
-¡Caballeros! Vamos a pasar a otro punto
antes de que esto se convierta en un
círculo vicioso. Dijo el jefe de grupo y
se impuso nuevamente el silencio.
-Profesor, ¿y si en lugar de una
rajadura en el casco, tenemos un pequeño
orificio? El negro caminó hasta las
persianas y se perdió unos minutos con
la vista fija al mar. El ruido producido
por las olas aumentaba en la medida que
el viento se mantenía permanente desde
la misma dirección.
-¿Un huequito?... Regresó nuevamente
hasta la pizarra e intentó dibujar algo,
otro pedazo de tiza cayó muy cerca de su
zapato derecho. Si en lugar de una
rajadura se encuentran ante un orificio,
pues en este caso lo que se utiliza es
un “Sapiche”…
-¡JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA,JA! ¿Un
quéeeeeeeeeeeeee? Preguntó alguno por
encima de toda la algarabía formada por
el sonido tan simpático de aquella
palabra.
-¡Un sapiche! Así como lo oyeron…
-¿Un sapiche? Preguntó otro.
-Sí, un cono de madera que introducimos
en el agujero con golpes de una
mandarria o martillo, si está forrado
con una capa de tela es mucho mejor…
Respondió el profesor un poco más
enojado.
-¡Caballeros! Preparen los botes
salvavidas. Gritó uno desde el fondo del
aula mientras sonaba el timbre de fin de
clases.
-¿Qué clases tuvieron ahora? Le preguntó
“Cabotrinque” a “Cebolla” en la cola del
comedor.
-¿Ahora? Control de Averías.
-¿y quién es el profesor?
-Un prieto ahí de lo más cómico, casi no
se le entiende lo que habla.
-¿Cómo se llama?
-Sapiche, eso es, se llama Sapiche y
estudió en la Unión Soviética. Tuvo que
haber sido él y no otro el que bautizara
a Ceballos con ese apodo. Cebolla era
todo un personaje dentro del alumnado,
una especie de sacerdote de la jodedera
que acostumbraba a bautizar a sus
compañeros con apodos que luego se
quedaban para siempre.
Las Isobaras.-
Unos meses después embarcamos en el
buque escuela “Viet Nam Heroico” y
Ceballos impartiría Meteorología
Náutica. Ya se había acostumbrado a
nosotros, hubo química de ambas partes.
No solo se había acomodado a nuestras
maldades, aceptaba sin enojos que lo
llamaran por su nuevo nombre, claro, en
la intimidad de nuestro grupo.
Qué clases de líos y enredos se formó
para meternos en la cabeza la existencia
de las isobaras. No era que se
encontrara incapacitado para impartirnos
aquellas clases, todo lo contrario, solo
que su estudios los había recibido en
ruso y ya deben imaginarse, aquellos
seres tenían la costumbre de complicarlo
todo. Sapiche debía hacer un esfuerzo
superior al de nosotros, tenía que
comenzar desde cero para luego poder
impartirnos las clases. Bueno,
aprendimos a plotear los partes del
tiempo y no solo eso, la parte más
complicada fue la de descifrar aquellos
mensajes codificados que en nuestros
buques eran conocidos como las
“loterías”.
Su modesto apartamento de Santos Suárez
se vio invadido varios fines de semana
por un numeroso grupo de sus alumnos,
cada uno aportaba lo que estaba a su
alcance y “Yoya”, una gorda con rostro y
alma de ángel, se encargaba de cocinar
para toda aquella tropa en medio de las
bromas propias de la juventud. Sapiche
se desenroló cuando terminó de impartir
su asignatura y luego tomamos caminos
diferentes. Pasaron varios años sin que
coincidiéramos, hasta un día.
La tía moribunda.
Ya lo conté alguna vez en otro de mis
trabajos, pero vale la pena repetirlo,
no sé quién le pudo informar sobre mi
existencia. Andaba yo enrolado en el
buque “Comandante Camilo Cienfuegos”, el
viejo, el de construcción polaca.
Llevaba fondeado en La Habana cerca de
un año y me estaba tomando unas
vacaciones. Hacía veinticuatro horas de
guardia y descansaba cuarenta y ocho,
tiempo libre que empleaba para realizar
trabajos particulares de albañilería. En
fin, me encontraba ganando en puerto
mucha más plata que un capitán navegando
y disfrutaba de esa nueva aventura,
siempre me encontraba en casa.
Esa mañana entraba de guardia y debía
tomar la lancha al lado del muelle
Sierra Maestra Nr.3 Sur, ese era nuestro
punto de embarque hacia el fondeadero.
Sapiche se aparece y me dice que tenía a
una tía moribunda, la abuela en la
funeraria y un primo en el hospital. No
fue exactamente así, pero el drama
pintado y la cara que puso era capaz de
conmover al más indiferente de los seres
humanos.
-¿Y cuándo sale el barco? Le pregunté.
-Sale hoy al mediodía.
-¡No puede ser, compadre! No tengo
tiempo para ir a buscar la ropa,
enrolarme y recibir el cargo en tan
corto plazo. Todos deben imaginar las
dificultades que existían en la capital
cubana para trasladarse de un punto a
otro.
-No te preocupes por eso, he conseguido
una moto con sidecar para que hagas
todos esos movimientos. No cabe la menor
duda de que venía bien preparado para
rechazar cualquier intento de negativa y
solo me concedió unos minutos para
pensarlo. ¡Coño! La tía que se muere, la
abuela en la funeraria, los primos en el
hospital, es un cuadro bastante doloroso
por el que está atravesando este infeliz
y los socios debemos decir presente ante
una situación como ésta. ¡Nada! A las
dos de la tarde me encontraba subiendo
por la escala del buque con mis maletas
y el Práctico se encontraba a bordo.
Solté las maletas y fui directo al
puente, no había absolutamente nada
preparado y tenía como agravante que
Sapiche no se encontraba para hacerme
una entrega informal del cargo. Deben
imaginar los dolores de cabeza
producidos durante esa primera semana en
un buque donde desconoces el paradero de
todo lo necesario para poder trabajar.
Pero bueno, cumplí con mi deber de buen
samaritano y viajaba con la conciencia
tranquila mientras imaginaba a Sapiche
viajando de la funeraria al hospital,
del hospital al cementerios, del
cementerio a la iglesia, de la iglesia a
la funeraria de nuevo y me consolaba, yo
no tuve que pasar por esos continuos
paseos entre la angustia, el sufrimiento
y el dolor.
El viaje fue una desgracia, nada de pago
y menos aún de pacotilla. En Egipto no
pudimos bajar a tierra, en Jordania no
llegó el pago de la tripulación y para
concluir, Rumania se encontraba
atravesando una situación peor que la de
Cuba. Debo sumarle a todo eso que al
regreso estuve a punto de caer preso por
unos billetes viejos que llevé
accidentalmente a bordo, pero eso
pertenece a otra historia ya escrita.
-¿Has sabido algo de Sapiche? Le
pregunté a un socio en la acera de la
empresa esa mañana.
-¿Sapiche? Creo que se fue para Japón en
no sé cuál barco.
-¿Cuándo salió para Japón?
-No lo sé, pero eso lo puedes averiguar
fácilmente en el departamento de
Cuadros. No insistí en preguntarle algo
más y seguí su consejo. Cual no sería la
sorpresa recibida durante mis
averiguaciones, Sapiche había partido
una o dos semanas después de mí. ¡Coño!
El socio me jodió. Fue todo lo que se me
ocurrió pensar. Después de aquello nos
encontramos en varias oportunidades y
compartimos tan amigos como siempre.
Veinte años después.-
No recuerdo quién me dio su número
telefónico, tampoco sabía que él se
encontraba en los Estados Unidos y no
demoré mucho en apretar las teclas de mi
teléfono. Una mujer gritó su nombre
hasta donde le permitieron sus pulmones
y temí haberme equivocado, pensé haber
llamado a un solar de La Habana Vieja y
no a New York.
-¿Dónde carajo estás metido? Fue todo lo
que se me ocurrió preguntarle, luego,
solo unos segundos después, aquella
misma voz quebrada y tartamuda se
ahorcaba en medio de una maraña de
isobaras. Regresó la alegría de los
viejos tiempos y la risa inconfundible
de quienes tratan de revivir un pasado
ya sepultado en la profundidad de una
niebla que nunca se disipará. Me juró y
volvió a jurarme que su tía estaba
enferma de verdad, solo que mejoró a los
pocos días. ¡Me jodiste, cabrón! Se reía
y yo también.
De vez en cuando nos escribimos o
hablamos por teléfono, estuvo muy feliz
con la visita de su hija, una hermosa
mulata que vive en Israel de madre rusa.
Gozó con su nieto y luego viajó hasta
allá, no se cansó de enviarme fotos. Él
no ha cambiado mucho, está un poco más
gordo, bastante. La frente se le empató
con la nuca, dice que desde hace mucho
tiempo y le creo. Su voz no ha mejorado,
más ronca y quebrada. Continúa con
muchas dificultades para hacerse
comprender, antes, se justificaba por su
tartamudez y la influencia del idioma
ruso. Hoy debe ser peor, no ha olvidado
el ruso y se le impone el inglés, su
español es fatal, pero tampoco hay
razones para preocuparse, solo lo
utilizamos para decirnos barbaridades,
como en los viejos tiempos.
He estado conversando con varios amigos
que fueron alumnos de él y todos
coincidimos en lo mismo, ese afecto y
cariño que supo ganarse en Jaimanitas
sigue siendo igual. Lo recordamos tal y
cual fue en su juventud, un “Sapiche”
muy especial que no servirá para
controlar una vía de agua en el casco de
una nave, pero bien utilizada no dejará
escapar esa amistad que supo sembrar
entre nosotros. Espero que con estas
pobres líneas le llegue todo el afecto y
cariño de todos aquellos muchachos que,
una vez trataron de comprender el
sentido de sus isobaras.
Esteban
Casañas Lostal.