
oberto Solera
es de esos hombres con vergüenza que
vive sus últimos pasos con los pies bien
puestos sobre la tierra, es muy
materialista en este aspecto y no desea
partir a la otra vida sin antes
contarnos cómo fue su tránsito en ésta,
la que todos conocemos. Vive preocupado
por la historia y se apura, sabe
perfectamente que todo aquello dejado de
contar puede perderse o ser manipulado
en su ausencia. ¡Oh, la historia! Mil
veces enajenada, prostituida,
reconstruida, manipulada asquerosamente,
reescrita respondiendo a los intereses
de los vencedores, es la historia que
Roberto rechaza con desprecio. Piensa,
la historia pura es aquella que se
encuentra en los labios de los
protagonistas, y no se equivoca. Cuando
ellos se encuentren ausentes, los
curiosos y estudiosos se convertirán en
pasto fácil de aquellos despiadados
historiadores, por eso se apura.
¡Oh, la
historia! Qué asignatura tan aburrida en
los labios de un profesor incapaz de
estimularla y se limite a leerla para
cumplir un plan de lecciones o,
sencillamente cubrir el horario
establecido para su clase. Roberto se
siente incómodo y trata de mostrarla a
su manera, sembrando para ese propósito
un jardín con todas sus memorias, donde
cada recuerdo puede convertirse en una
flor que se deshoja con el paso de cada
párrafo. ¡Mucho cuidado cuando andes
entre esas plantas! Nunca olvides que
sus tallos pueden estar premiados de
espinas.
En esa
marcha que le ha tomado meses o años,
regresa con el tiempo y profana las
tumbas de su padre y abuelo, no conforme
con su obra, exprime también la de tías
y amigos cercanos. Lo hace
cuidadosamente, usa guantes de seda para
no dejar rastro o huellas que lo
delaten, es sumamente exquisito
seleccionando algo que no le
correspondió, pero que formó parte
también de su vida.
La
primera parte de su libro se encuentra
protegida por una muralla de cactus y
sientes deseos de regresar por tu
camino, sin embargo, la curiosidad puede
más que la voluntad del lector y decides
saltar. Sin apenas percibirlo, caes en
la trampa que él te tendió con
habilidad. Respiras y pasas la hoja, el
panorama cambia totalmente, Roberto se
presenta tal y como es, se desnuda ante
tus ojos y nos muestra a toda su
familia.
Su
infancia transcurre entre saltos
inevitables que dejan marcada su cultura
por la influencia de sus antepasados y
los efectos, siempre presentes en su
obra, de haber compartido parte de su
vida en una Costa Rica a la que ama
tanto como a Cuba. Nos pasea por
jardines de la isla y de buenas a
primera viajamos hasta Centro América y
probamos uno de sus platos o temblamos
con sus terremotos.
Su
memoria es prodigiosa, divina en todo
caso. Le pregunté por teléfono si él
podía recordar el nombre de todas esas
personas, calles y eventos sin temor a
equivocarse, su respuesta fue positiva.
¡Dios mío! Si cada recuerdo fuera una
flor, no existe la menor duda de
encontrarnos en un jardín de dimensiones
desconocidas, simplemente espectacular,
me faltan palabras para calificarlo.
Roberto
es un experimentado manipulador, conoce
nuestras debilidades y nos ataca con
inteligencia por esos lados flacos que
muchos de nosotros poseemos, la
indiferencia. ¿Cómo lograr hacerles
llegar nuestra historia a esta gente? Se
habrá preguntado muchas veces mientras
no detenía el teclado, ¿cómo somos? Nos
da por la vena del gusto, mezcla
paisajes de su vida personal con
esclavos africanos, gallegos, chinos,
hermanos Franciscanos, agitadores
revolucionarios, nadadores y cuanta
herramienta tenga a manos con un solo
propósito, sustituir al aburrido
profesor de historia, ¡y lo logra!, lo
hace muy bien.
La
colección de fotografías que nos regala
en su libro, muy bien pudo formar parte
de las inspiraciones de grandes
pintores, verdaderas piezas de museo que
muy pocos se atreven a conservar dentro
de la casa y, casi siempre van a parar
al latón de la basura cuando muere el
abuelo.
Hay
pasajes donde las manifestaciones de
ternura y dulzura mostradas por un
hombre, pudieran hacer dudar de su
hombría en el contexto de un enfermo
mundo actual, donde cualquier gesto o
expresión de cariño puede ser
malinterpretada por enajenados machos.
Roberto no se acompleja y nos narra
parte de la vida de cada uno de sus
perros con esa suavidad y delicadeza hoy
muy escasa en el sentir y hablar de los
“hombres”, es sencillamente exquisito y
logra envolvernos, porque la historia de
cada personaje se encuentra muy bien
tejida a la del momento histórico del
pasaje narrado. Allí, donde pensamos que
tal vez nos enteraremos de un chisme de
su “reparto” o “barrio”, transcurren
instantes de la vida de toda una nación,
su historia.
Mañana,
cuando definitivamente no estemos, los
que deseen conocer la verdadera historia
de nuestros pueblos, tendrán que
sumergirse como polillas en busca del
testimonio de sus protagonistas para
evitar la bochornosa historia que nos
ofrecerán los historiadores de turno.
Unos, acudirán a las “Memorias de mis
putas tristes”. Otros, bucearán entre
“Mis dulces guerreros cubanos” y tendrán
que salir a respirar cuando comprueben
que no eran tan dulces. Los peores,
chocarán un día con las “Memorias de mis
putas alegres”, no lo he escrito
todavía, pero imagino a un mar de
hombres y mujeres lamentándose
eternamente sin dejar de desfilar en la
plaza. El resto, ese grupo compuesto de
gente seria de verdad, preguntará dónde
encontrar el libro “El Jardín de mis
recuerdos”, porque créanlo o no,
constituye un material de consulta
interesantísimo.
Roberto
llegó hasta una fecha y se detuvo, no
pudo continuar por su lejanía de aquella
tierra y nos entrega el bastón en esa
penosa carrera de relevos y resistencia.
¿Qué te
pareció el libro? Me preguntó por
teléfono, siempre vive pendiente y
preocupado por la opinión de la gente de
a pie y yo soy un representante de
ellos. Me río antes de contestarle, él
ya me conoce y sabe que soy el peor de
sus alumnos, el más rebelde y quizás el
más sincero.
¡No me
jodas! Esto no es un jardín, esto huele
a testamento. Sonríe y se corta la
comunicación.
Gracias
Roberto.