
a noticia sobre la muerte de Juan Almeida,
ha servido de pólvora para encender
sentimientos encontrados dentro y fuera de
la isla. Por un lado, quienes se conduelen
por la pérdida de un ser querido o, el
compañero de mil batallas que no existieron
y fueron convertidas en mitos, demasiado
explotadas. Justificación a una vida preñada
de placeres durante medio siglo enfrente a
ese pueblo sometido a una infinita hambruna.
Por otro lado, aquellos que se alegran de
esa muerte y miran en el cadáver aquella
esperanza que los conduzca al final del
túnel donde se encuentran atrapados.
Cancelación de una vez y por todas ese
pesado concierto de tripas vacías que tanto
los ha molestado. Penas y alegrías se unen
junto a la fotografía del muerto ante la
ausencia de un cuerpo que pueda soportar tan
extrañas manifestaciones en su despedida. El
llanto sincero de sus parientes y la sonrisa
oculta del que desfila movilizado y porta la
máscara con la que ha vivido durante medio
siglo.
¡Los
combatientes no te quieren en el funeral! Le
dicen al doble Juan, uno de los hijos del
difunto. Los combatientes no son parientes
del muerto, pero son sus dueños, sus
inversores, los que se encargaron de
satisfacer sus caprichos y antojos. Juan se
retira, no desea manchar el funeral de su
padre.
¿Dónde se
encuentran todos esos espantapájaros
dialogueros? Insistirán aún en demostrar que
ha llegado el momento del cambio y que todo
lo debemos resolver con “amor”, como si
fuéramos nosotros los que odiamos.
La crueldad
de ese régimen no tiene límites, lo
demuestra una vez más. Olvido por momentos
la negativa en permitirle a Celia Cruz
asistir a los funerales de su madre, ignoro
que yo fui otro de los miles y miles de
cubanos que fuimos privados también de
compartir el dolor con los nuestros ante la
pérdida de un ser querido. Borro toda esa
carga que justifica muy bien el odio que
podamos sentir en contra del régimen y me
pongo un segundo al lado de este hombre al
que no conozco, ni me interesa conocer. Aún
en franca discrepancia política con su
padre, no escatima palabras de amor por el
hombre que le regaló la vida, ¿había que
privarlo de despedir a su padre como castigo
a su rebeldía? Todo parece indicar que allí,
en esa isla maldita, cualquier medida
represiva o punitiva aplicada tiene una
justificación. ¿Y los dialogueros? Guardan
silencio, tal vez se encuentren de luto.
¿Qué hacemos,
lloramos o celebramos? Solo unos pocos lo
llorarán con sinceridad, sus hijos. Ese
dolor no se hace extensivo hasta el último
pariente dentro de una sociedad
enfermizamente dividida, lo sabemos todos.
Su cuerpo será tragado por la tierra en
medio de discursos y andanadas de fusilería
allá por las montañas, paraíso elegido para
disfrutar la segunda vida o verdadera
localización del infierno. En La Habana, el
doble Juan tendrá que llorar en silencio
como lo hicimos miles de cubanos desterrados
por el mundo. Sus lágrimas se derramarán por
su padre y mientras él llora, miles de copas
chocarán en ese brindis macabro para
celebrar una oportuna muerte. ¡Queda un
dinosaurio menos! ¡Salud! Los dialogueros
están de duelo.
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.