
ratar temas que aborden la problemática
cubana, puede derivarse en todo un manantial
de antagonismos,
donde las partes involucradas nunca
encontrarían el final de aquellas aguas que
provocan la discordia. Por una parte,
lloverá todo tipo de justificación que frene
cualquier intento de nadar, ya sea a favor o
en contra de la corriente. Esta costumbre
muy bien engrasada y dispuesta a lanzar sus
ataques contra aquellos que la violen, sea
con malicia o inocencia, ha servido como
burbuja protectora a muchos pícaros que
intentan o se han acomodado a utilizar los
sanos ideales libertarios como un medio de
vida o sustento al gravísimo costo que ya
todos conocemos.
Un Estado con la experiencia represiva como
el cubano y experto en la manipulación de la
opinión, ha gastado millones en el estudio
de los perfiles de cada uno de sus
ciudadanos, hincando profundamente en sus
debilidades. Los “disidentes u opositores”
deben encabezar las listas de sus
prioridades, no tenemos la menor duda. Luego,
sus tentáculos se extenderán más allá de sus
fronteras hasta lograr herir todo intento de
rebeldía que aún persistan en aquellas
ovejas descarriadas que una vez abandonaron
la manada. Los métodos usados para uno u
otros casos pueden ser muy variados y
adaptados a la geografía del momento, pero
todos se encuentran dirigidos a lograr lo
que hasta hoy han impuesto con mucho éxito y
son capaces de exportar, ese régimen de
terror disfrazado con la benevolencia del
amparo a los desprotegidos, el pueblo y su
clase obrera.
En la medida que ha transcurrido este medio
siglo de terror, los mecanismos de represión
se han ido perfeccionando y sus métodos de
control se hacen cada día más efectivos. Sin
embargo, su contraparte, demuestra un
profundo estancamiento y no acaba de dar
muestras de avance en ningún aspecto, no
evoluciona y trata de mantener el mismo
discurso. Excluyendo a muy pocos personajes
involucrados en este campo, y que por
supuesto, han sido los receptores de todo el
peso de esos mecanismos de represión. Una
parte de esa “disidencia u oposición” tan
cacareada y difundida por los órganos de
prensa del exilio cubano, resume su campo de
acción a eventos que solo pretenden llamar
la atención sobre sus líderes, mientras por
otra parte, se olvida a todo un ejército de
valientes hombres y mujeres que se pudren en
las cárceles. De una manera inteligente e
intencional, el propio gobierno se encarga
de establecer límites y diferencias sobre
esos hombres y mujeres que una vez
decidieron cargar consigo el asta de una
bandera que, no todos están aptos para
transportar por el campo de batalla.
Medio siglo de batallas intestinas,
discordias, celos abrumadores, excesos de
protagonismos, envidias, y por encima de
todos esos males, medio siglo de
atrincheramientos sin sacar esas banderas a
la calle. Obligan a mirarlos con aires de
desconfianza, las batallas no pueden
dirigirse desde la sala de la casa mientras
el pueblo espera impaciente. No soy la
persona indicada para establecer pautas, ni
líneas de conducta en ninguno de los
movimientos existentes en la isla, tampoco
pretendo hacerlo. Lo que si debe quedar muy
claro es la existencia de mi derecho a
opinar, y eso es lo que hago en estos
momentos.
“El Maleconazo” habanero del año 94, fue un
espontáneo regalo de nuestro pueblo a todos
aquellos que, durante decenas de años se han
encargado de decir al mundo que existe una
oposición en la isla. ¿Dónde se encontraban?
Muchos de ellos guardando prisión, otros,
redactando cartas y comunicados para
difundir en los medios de Miami. Unos pocos
reunidos en las embajadas extranjeras,
algunos protestando porque tal o cual
ministro o presidente extranjero no se
reuniera con ellos y otros tantos,
enfrascados en esas interminables y
vergonzosas batallas donde cada grupo tira
de los pellejos del otro para luego
resumirla en una carta o renuncia. Lo cierto
es que no estaban allí y se perdió una
maravillosa oportunidad. Lo cierto es que el
pueblo estuvo allí en aquellos violentos
instantes y hoy, continúa esperando por ese
abanderado que no quiere sacar la bandera de
la sala de su casa. ¿Debo sentir vergüenza y
pena cuando escribo estas líneas? Las siento,
yo no soy un hombre valiente, de haberlo
sido continuaría en la isla y quizás fuera
el que alzaría esa asta, pero no lo soy, me
encuentro en el extranjero y soy el menos
indicado para decirle a nadie lo que debe
hacer. ¡Ah! Pero una cosa muy distinta es no
tener opinión o aceptar que alguien me
imponga silencio para proteger lo que ya no
tiene protección.
Recorriendo Internet como hago diariamente,
encuentro una carta escrita por Fariñas
donde describe con lujo de detalles todos
esos pormenores que trato de sintetizar. Es
extensa su carta y vale la pena leerla. La
misma vergüenza y pena que he sentido al
escribir estas líneas, armonizan plenamente
con el sentimiento de frustración
experimentado al leer aquella misiva escrita
por uno de los que están adentro y conoce
como nadie el terreno donde se mueve.
“El Maleconazo” se ha propuesto como una
fecha que señale la rebeldía del pueblo
cubano, estoy de acuerdo. Como espero
también, los futuros historiadores sepan
alejar este espontáneo evento de las manchas
que pudieran producir algunos hombres que,
tomaron la causa de la libertad de Cuba y
sus dolores, como un oficio o profesión que
los ayudara a vivir. Esa gloria no les
pertenece.
Mis respetos para todos aquellos hombres y
mujeres que se pudren en las cárceles
cubanas y para aquellos “elegidos” sobre los
que siempre cae todo el peso de la represión
en la isla.
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.