No debe ser sencillo trabajar cazando
fantasmas,
viajas
entre las ruinas de tu ciudad o memoria
buscando una presa, notas que en cada
esquina recorrida, existe uno de ellos
esperando ser atrapado por tus líneas.
Miranda ha sido paciente y me disculpa,
sabe de mi inclinación por personajes
conflictivos, él no es así. Me ve pasar
varias veces a su lado y sonríe con
inocente malicia, siempre le prometo
regresar y no se apura, nunca lo hizo.
Retrocedo
decenas de años atrás y me visto con
ropa de faenas, huelo a grasa y
alquitrán. Cuelgan de una de las
trabillas de mi pantalón un moquetón de
acero inoxidable con todas las llaves de
los pañoles, soy timonel y el buque se
encuentra en operaciones de descarga,
estamos atracados en uno de los muelles
Sierra Maestra.
El
oficial de guardia ordena abrir la
bodega número uno, el buque está
empopado, hay que colocar un cabo de
retenida para evitar que las tapas de
bodegas tomen mucha velocidad cuando
corran hacia popa. Miranda no entiende,
es nervioso, apurado, frenético a la
hora de cumplir una orden, es un simple
y prieto robot. No espera por mí, sube
al winche y arría el gancho de carga.
Baja y coloca el virador de las tapas de
bodegas, lo hace con movimientos rápidos,
felinos, no espera, no piensa, hay una
orden por cumplir. Salta como un tigre a
la torreta y tira de la palanca del
winche, no escucha mi grito, voy
corriendo por cubierta a la altura de la
bodega número cuatro, el ruido existente
en el puerto opaca mi voz. Veo cuando se
estira el amante y tira del virador, las
tapas salen disparadas, nada las
detienen y chocan contra ellas en el
pozo de la torreta. Llego asustado y
observo a Miranda, está cenizo.
-¡Cojones!
No toques más nada mientras estemos de
guardia. Él no respondió, aún permanecía
aferrado a la palanca del winche, cagado,
como decimos nosotros. Razones sobraban
para alterarme, no había pasado una sola
guardia donde Miranda no produjera una
avería. Lo miré y nunca comprendí su
pasividad para aceptar mis cojonadas.
Miranda era más musculoso que superman,
un poco prieto, eso sí. Era un monumento
de ébano que podía impresionar a
cualquiera por su fortaleza. No a los
que le conocíamos profundamente.
Me contó
en una de aquellas guardias, estaba
hospedado en un hotel que existía donde
hace muchos años hay un pequeño parque,
queda justamente frente al viejo
espigoncito donde radican las unidades
navales contra incendio, los bomberos
del puerto, como le decimos nosotros. Me
dijo Miranda esa noche, mientras
permanecíamos atentos a la formación de
potentes cúmulos Nimbus, me contó, se
encontraba hospedado en aquel hotelito,
no recuerdo si se llamaba La Luz o algo
así. Si me dijo que estaba en ese lugar
donde hoy solo existen algunos bancos,
aceras y unas pocas plantas. Cuando me
narraba aquella historia y sin capacidad
o interés por adivinar el final, su voz
se quebraba y partía temblorosa desde
sus labios, luego, siempre se extendía
en esa fase de silencio necesario para
atraer la atención del interlocutor. Era
ese instante donde yo viraba el rostro
para casi implorarle no me dejara a
medias, puede que motivado por una
indiferente curiosidad, quizás por el
compromiso de hacerle la media. Miranda
continuaba sin hablar, aunque en estado
normal era de pocas palabras, aquel
silencio podía resultar alarmante.
Estaba llorando, gruesas gotas de agua
salada como las de la bahía iban cayendo
de los ojos de aquel enorme animal,
entonces, se disparaban todas las
alarmas de mis sentidos y me obligaba a
pensar que estaba haciendo guardia con
un loco. Mi juventud e inexperiencia
limitaban mis sentidos, nunca pensé que
una mole de carne, copia de elefante o
dinosaurio, pudiera conmoverse al
extremo de exteriorizar esos
sentimientos con lágrimas.
Cuando se
calmó pudo concluir su historia, no sin
antes señalarme el lugar donde existió
alguna vez aquel hotelito. Nos
encontrábamos atracados en el muelle
Sierra Maestra Nr. 3 Sur, justo al lado
del embarcadero del muelle de Luz de
donde salía la lanchita de Regla.
-Quién te
dice que esa noche sentí deseos de fumar
cuando terminamos de hacer el amor, ya
sabes que es algo muy común entre
nosotros los hombres, siempre encendemos
un cigarrillo en lo que nuestras mujeres
van al baño a lavarse. Nosotros no, poco
nos importa continuar hasta el día
siguiente con ese olor a bacalao. ¡Es
más! A veces lo aplaudimos, orinamos y
luego, casi disimuladamente, después de
cerrarnos la portañuela, nos pasamos la
punta de los dedos por la nariz. ¿No es
así? No lo contradije para evitar
regresara al amargo momento de donde
comenzaba a escapar.
-¡Nada!
En lo que ella estaba en el baño estiré
la mano hasta la mesita de noche y ¿qué
te cuento? Mi cajetilla de Partagás se
encontraba vacía y ahí es donde más se
me antoja fumar. Me vestí muy rápido,
como lo hago cada vez que nos mandan a
ocupar puesto de maniobra y salí en
busca de uno de todos los quiosquitos o
bares que existían en aquellos tiempos
en la avenida del puerto. ¡Qué te cuento!
Acabado de cruzar aquella callecita.
Volvió a señalarme con el índice en su
dirección y me di cuenta que saltaba por
encima del techo de la parada de guaguas
que hay en la acera del Muelle de Luz.
–Fue como una seca explosión que me bañó
con una densa nube de polvo, increíble,
ocurrió en pocos segundos.
-¿Qué
pasó? Nuevamente se tomó un largo tiempo
antes de responder y nuevas lágrimas
descendieron por sus negras mejillas.
-El hotel
se derrumbó totalmente sin darme tiempo
a reaccionar, mi esposa quedó sepultada
por sus ruinas, tal vez sin tiempo a
secarse y vestirse.
-Miranda,
vamos a poner las lámparas de bodegas.
Le dije con la intención de remolcarlo
de aquel bache emocional donde se
encontraba varado.
Fue un
viaje de verano hasta Japón y el océano
Pacífico nos regaló todas sus bondades,
treinta días navegados sobre un gigante
plato que no moviera cualquiera de las
piezas sueltas de nuestros camarotes. El
ambiente de aquellos tiempos armonizaban
con el clima, las tripulaciones eran
pequeñas familias y Miranda era uno de
sus hijos predilectos, un verdadero niño
atrapado en el cuerpo de un gigante.
-¿Tú
conoces a Ray Charles? Me preguntó esa
tarde mientras le dábamos mantenimiento
al pasillo de babor y próximos al
portalón.
-¡Claro
que sí, Miranda! ¿Quién no conoce a una
persona tan famosa como Ray Charles?
-Te lo
pregunto porque me hablaron de él en
Cuba y tengo en planes comprar varios de
sus discos.
-¡Ojo!
Cada disco de ese negro vale unos quince
dólares. Se lo dije para que entendiera
que la compra de uno solo representaba
un sacrificio, era el pago de tres
semanas.
-No me
importa, ya quedé con unos amigos que
compraría tres o cuatro discos de él.
-Pero se
te va a pirar casi toda la plata de este
viaje.
-Yo no
tengo gaticos ni perritos. Era cierto,
aquel matrimonio destruido y convertido
en una mole de ladrillos y arena, no
había logrado dejar herederos. -¿Tú
crees que sea tan bueno?
-No solo
como músico, Miranda. ¿No conoces la
historia de Ray Charles?
-No, por
eso te pregunto.
-¡Mira,
muchacho! Ray Charles combatió con el
almirante Nelson en la batalla de
Trafalgar.
-¡No
jodas!
-No solo
eso, ese negro tiene un Jumbo particular
con el que mueve a toda su orquesta.
-¡No
jodas!
-¡No, si
no te estoy jodiendo! Tres días después
atracamos.
-¡Atiendan
acá! Casi gritó miranda mientras nos
servíamos la sopa, la gente,
acostumbrada a sus locuras, no le dio
mucha importancia a su llamado. ¡Qué
atiendan acá, coño! Esta vez su llamado
tuvo un tono algo enojado y la gente
prestó cierta atención, nunca con la
seriedad de otros casos. -¡He comprado
tres discos de Ray Charles! Por si no lo
conocen, este negro combatió junto al
almirante Nelson en la batalla de
Trafalgar. El comedor se vino abajo y
Miranda se sentó a comer muy feliz.
-¡Vamos a
joderlo, caballeros! No puedo recordar
cuál de aquellos fantasmas fue el autor
de esa idea. -¡No hay que hacer nada!
Solo mirarlo y reírse. Dijo el autor de
aquella casi macabra idea. -¡Solo eso!
Cuando el tipo pase a tu lado, lo miras
y te ríes, nada más. La idea no estaba
mala, muy simple, toda la tropa de
cubierta lo aceptó. A la hora de la
salida a faenas por la mañana, el
personal de cubierta lo miraba y se reía.
La historia volvía a repetirse en el
horario de la faena por la tarde. Por
mucho que hablara, nadie le hacía caso,
como única respuesta recibía la risa de
la marinería. La gente fue un poco más
lejos y aquella maldad se extendió a los
horarios del comedor. Miranda no podía
hablar con nadie, cuando se dirigía a un
tripulante, recibía como respuesta la
risa de cualquiera. Esta broma pudiera
resultar inocente en cualquier barrio de
La Habana, sin embargo, el territorio de
un barco es demasiado limitado como para
compararlo con una ciudad. Treinta días
viendo cielo y agua solamente, y para
colmo, unos compañeros de trabajo que
solo contestaban con risa a tus
preguntas, lograron sus efectos después
de las dos semanas de navegación.
-¡Asuntos
generales! Dijo el secretario del
sindicato al final de la asamblea de
arribada, reunión sagrada que se
realizaba antes de llegar a puerto
cubano, evento que marcaba el fin de una
aventura marítima. En este punto se
planteaban sugerencias o asuntos no
comprendidos en los planes de trabajo,
casi siempre sin importancia. Miranda
levantó la mano y pidió la palabra, ese
derecho le fue concedido por el
secretario del sindicato.
-Yo he
venido observando cierta intriga y
misterios relacionada con mi persona
durante todo el viaje. Expresó Miranda
con mucha seriedad.
-¡Por
favor! Puede sintetizar su planteamiento,
llevamos varias horas reunidos. Le
sugirió el secretario del sindicato.
-El
asunto es que, no sé, hay intriga
conmigo. Por donde quiera que paso, la
gente me mira y se ríe. Yo le solicito
al capitán, le ordene al enfermero que
me realice un chequeo médico.
-¡Permiso,
Miranda! No acabamos de entender su
planteamiento. Lo interrumpió nuevamente
el secretario.
-Es muy
sencillo, que el enfermero me revise el
culo y haga constar en un certificado mi
estado de virginidad. En otras palabras,
yo salí de Cuba siendo un hombre y estoy
convencido de regresar a la isla
siéndolo, pero es necesario que conste
en un papel debidamente firmado por la
máxima autoridad de este buque. El salón
completo se vino abajo, los más
encarnizados jodedores de ese viaje
fueron sorprendidos por aquella
inesperada y casi infantil proposición.
Nos
separamos y nunca más coincidimos en la
flota. Unos años después y encontrándome
de oficial, me enteré del fallecimiento
de Miranda, creo que fue de un infarto,
se merecía una muerte noble como esa.
Hoy, varias décadas después, navego
dentro de un océano castigado por
galernas y entre los bandazos que me
produce la memoria, lo encuentro con
mucho cariño. No puedo permitir que un
salvaje como él, muera sepultado por el
peso del olvido. Muy bien merece
lanzarle un aro salvavidas, y si lleva
el nombre de M/V “Jiguaní”, estoy
convencido de que se reirá a nuestro
paso mientras escucha uno de sus discos
de Ray Charles. ¿Y por qué, no? Tal vez
se una a sus tropas y combata en
Trafalgar a golpes de piqueta y raqueta,
dos capas de minio y dos de blanco en la
superestructura, dos de gris en las
brazolas y tapas de bodegas. ¡Por Dios!
Recuérdenle utilizar una retenida cuando
vaya a abrir la bodega número 1, sobre
todo, si el buque se encuentra empopado.