-¡Atención,
señores pasajeros! Les habla el capitán.
Muchas gracias por preferirnos y haber
viajado con nosotros.
La temperatura exterior es de 37 grados
Celsius con una humedad relativa del 90
%, el cielo se encuentra parcialmente
nublado. Ustedes deben adelantar sus
relojes por cincuenta años. Un fuerte
aplauso se sintió a lo largo de la nave
mientras los pasajeros se disponían a
zafarse los cinturones de seguridad.
Aurelio viajaba con su uniforme de
alfabetizador y extrajo del
portaequipaje la mochila y farol que le
entregaran en el campo de entrenamiento
de Varadero. Tenía su boina
elegantemente inclinada hacia la
izquierda y el pantalón verde olivo
abombachado con unas ligas que le
trancaban con molestia la circulación
sanguínea una pulgada más arriba de las
botas. Se inclinó en el pasillo y trató
de mover la posición de aquellas ligas,
una zanja amoratada amenazaba con
penetrar hasta el hueso, se arrascó. Su
camisa era gris y las mangas habían sido
rematadas con una línea verde de unos
tres cuartos de pulgada que entonaban
con el color del pantalón y su boina.
Sobre su pecho colgaban varios collares
de Santa Juana y ojos de buey como los
traídos por los combatientes de la
Sierra. Su larga y lacia melena
descansaba sobre sus hombros. Tuvo una
muerte feliz durante la guerra de
Nicaragua.
A su lado viajó todo el tiempo Armando,
vestía pantalón verde olivo y pullover
del mismo color, algo desteñido por el
uso. Su boina era distinta a la de
Aurelio, verde también, pero algo más
clara que su pullover y pantalón. La
llevaba con orgullo, una diminuta
cintica de cuero o imitación de color
carmelita, era el punto de contacto
entre la boina y su cabeza. La había
ganado subiendo cinco veces el Pico
Turquino. Durante todo el vuelo, alardeó
ante sus compañeros de viaje, haber
permanecido mucho más tiempo en aquella
campaña sin sentido fijo hasta lograr
unos veinte ascensos al pico más elevado
de la isla. No supo responder las
preguntas de los demás, solo contestó
que subía para cumplir un deber
revolucionario. –Ni te imaginas la
cantidad de rajados que pasaban a mi
lado, eso sí, me di el gustazo de
despojarlos de cuanta comida cargaban en
sus mochilas. Murió a causa de una mina
durante el conflicto de Angola.
Camilo iba sentado junto a la ventanilla
del avión y se vio obligado a esperar
que sus compañeros de viaje terminaran
de sacar sus escasos equipajes. No
hablaba mucho y se quejaba de tener los
pies adoloridos por la extenuante
caminata que acababa de concluir. No es
fácil andar 62 kilómetros con estas
botas rusas, protestó varias veces,
tengo los pies llenos de ampollas. Olía
mal, su camisa conservaba las marcas de
todo el sudor producido durante aquella
campaña, tampoco comprendió el objetivo
de aquel sacrificio sobrehumano. Junto a
sus pies llevaba un fusil checo M-52 y
la pesada canana repleta de proyectiles
que nunca serían disparados. Nunca
terminó su carrera universitaria, la
patria lo había llamado con urgencia a
cumplir un deber. Murió dulcemente entre
las olas formadas por un terrible frente
frío en el Estrecho de La Florida.
-¡Por favor! No olviden cargar todo su
equipaje. Fue la voz de la aeromoza, una
tierna guajirita, vestía el uniforme de
aquellas Makarenko que una vez fueran
arrancadas de sus montañas y las
obligaron a invadir la capital. Soñó
volar como los ruiseñores y coser en una
sola tela toda la sinfonía de aquellas
aves que vuelan de pino a pino sobre los
techos de guano de sus bohíos. Su
hermosa figura era perseguida por los
ojos de los viajeros cuando se
desplazaba por el pasillo de la nave.
Nunca se enteró de su muerte, nadie sabe
cuales pensamientos cruzaron su mente
aquellos escasos segundos transcurridos
después de la explosión y caída al mar.
Antonio se encuentra en el ala derecha
del pasillo, no se levanta aún, no está
apurado. Su callosa mano derecha
sostiene la vaina que guarda un afilado
machete Collins de fabricación China. La
otra, aprieta sudorosa y nerviosa una
lima muy gastada que lo acompañara en
todas las zafras azucareras. Su corta
vida transcurrió entre guardarrayas y
centrales, discursos y noticieros. Fue
vanguardia nacional y rompió récords de
cañas tumbadas como soldados que mueren
en una guerra. Sus sueños de llegar a
ser ingeniero fueron truncados por el
llamado de una patria desesperada. Murió
mientras conducía una moto MZ de
fabricación checoslovaca que se había
ganado a golpes de machete.
Ramón era uno de sus compañeros de viaje,
no se conocían, tampoco era importante
hacerlo. Era delgado como una espiga de
trigo o un caguazo de caña. Alto y
chupado, los efectos de la acné sufrida
durante su juventud le multiplicaban la
edad. Sus compañeros de escuela alegaban
que era por su afición a las pajas, su
madre para consolarlo le decía que era
por culpa de la mantequilla. Nunca los
comprendió, no se masturbaba y la
mantequilla había desaparecido del
mercado hacía varios años. Sus brazos no
se correspondían con las dimensiones de
la caja de su cuerpo, eran
extremadamente fuertes, todo un lujo o
envidia de cualquier levantador de pesas
o boxeador. Junto a él y descansando al
lado de su pierna izquierda, una pesada
“coa”. Nunca supo donde la fabricaron,
tampoco se exigía ser ingeniero para
hacerlo. Un grueso y rústico tubo de
unas dos pulgadas de diámetro rematada
con un pedazo de plancha de acero en la
punta de unas tres pulgadas, bien
soldada al tubo. Con su inseparable “coa”,
Ramón hirió durante horas, días y meses,
parte del suelo que rodeaba la capital
de aquella isla. Se dejó arrastrar por
las palabras de un Dios que una vez
prometió muchos sueños y le hablaba
incansablemente de un tiempo por venir.
Permaneció mudo durante todo el viaje,
tuvo deseos de decir algo, pero nunca lo
hizo, se adaptó a sus tiempos. De algo
estaba muy convencido, jamás se tomó una
taza de café con los granos de aquellas
plantas que sembrara con tanto amor y
convencimiento alrededor de La Habana.
Murió sin comprenderlo en Etiopía, no se
explica qué rayos hacía en aquel país.
Junto a la ventanilla viajaba Manolo,
Manolito le decían los vecinos de su
barrio. Un muchacho muy tranquilo,
pausado al hablar, extremadamente
educado, tanto, que para los bichos y
jodedores, rayaba en la mariconería.
Amaba la música extranjera y usaba el
pelo largo, lacio y negro como el
azabache, brilloso y muy cuidado. Un día,
alguien lo convenció, vio en su figura
la triste representación de un santo y
él se lo creyó. Viajaba vistiendo la
sotana de novicio, nunca llegó a
terminar sus estudios. Se suicidó
durante su cautiverio en las tristemente
famosas UMAP (Unidad Militar de Ayuda a
la Producción) Una versión tropical de
lo que es un campo de concentración.
Delante de Aurelio viajaba Nicolás,
calzaba sus zapatillas de bailarín
mientras su mente navegaba por un lago
donde no existían cisnes. Su infancia
transcurrió en una escuela de huérfanos,
su adultez se cumplió tratando de
adivinar su origen y el camino que lo
llevara hasta la cueva donde respiró por
primera vez. La tristeza de su mirada
ante la ausencia de otros hermanos, era
vencida en cada salto sobre el
escenario. Vivió muy preocupado por el
legado que dejaba a su hijito, buscaba
afanosamente la existencia de algún tío,
primo, su abuela. Pas de deux, Pas de
trois, Coda sin Oberture, esa fue su
vida. Murió de cáncer y quizás olvidado,
tal vez nunca pudo escapar de aquella
oscura caverna situada en la calle 20 de
Mayo, probablemente nadie recuerde su
aporte a la gloria de aquel famoso
ballet, todos mencionan solamente a su
dictadora.
A Nicolás le molestaba el perfume
escandaloso de Lucrecia y la vulgaridad
de sus gustos para pintarse y vestirse.
No era homosexual como muchos piensan de
los bailarines, pero sus gustos son más
refinados a la hora de realizar sus
elecciones. Lucrecia era simplona,
inculta, de un vocabulario limitado a
pocas decenas de palabras, pero con un
cuerpo y figura de espanto,
espectacular. Viajó durmiendo,
probablemente descansando después de los
celestiales esfuerzos a los que el
cuerpo es sometido cuando es castigado a
orgasmos involuntarios. Las ojeras,
fieles testigos de todo el agotamiento
físico, y de las menstruaciones también,
sobrepasaban las fronteras de sus
pómulos y se confundían con una macabra
sonrisa. Cualquier bruto podía adivinar
que esas muecas de felicidad eran
fingidas, así era ella, alegre por fuera
y abrumadoramente triste por dentro.
Durante el viaje se levantó de su
asiento en dos ocasiones para orinar y
cambiarse las almohadillas, mala fecha
para viajar, protestó sin que nadie la
escuchara. Cargaba consigo una pequeña
grabadora de la que escuchaba
insistentemente cintas con grabaciones
de un programa llamado Nocturno.
Lucrecia falleció en el policlínico de
su pueblo de un ataque de asma, ausencia
de oxigeno para auxiliarla y falta de
gasolina para mover la ambulancia.
Pedro estaba al lado de Lucrecia y
recostado a la ventanilla del ala
izquierda, no se levantó de su puesto
durante todo el viaje, le resultaba
indiferente su escandaloso perfume y
provocador vestir, era de los pocos
pasajeros que no sentían atracción por
las mujeres. Había dejado tres hijos en
la isla, cada uno de diferentes
matrimonios. Partió de la isla luego de
haber penetrado en los recintos de la
embajada del Perú y quedó varado en
aquel país durante varios años, los
primeros de los cuales los pasó viviendo
en una pequeña tienda de campaña
sembrada en un parque de Lima. Murió
solo y olvidado en un Home de Miami.
Mauricio dormía frente a Pedro cuando el
capitán de la nave anunciaba el final
del viaje, apretaba entre sus dedos una
libretica con direcciones y números de
teléfono que nunca respondieron a sus
llamadas cuando arribó a Montreal como
polizonte en las bodegas de un avión
cubano. Cuenta a todo el mundo en cada
reunión de su reducido círculo de
amistades, el frío lo obligó a abrir los
equipajes de varios pasajeros para
abrigarse y calentarse por dentro. Llegó
borracho al aeropuerto y no supo qué
decir ante las autoridades, esa parte
del programa no la había planificado
antes de salir. No se adaptó al frío y
nevadas de este país, cruzó la frontera.
Mauricio fue captado o chantajeado
cuando solicitó viajar a su país para
visitar a su anciana madre. Comenzó a
colaborar con la inteligencia cubana
como un simple informante, luego,
rendido ante las presiones de sus
reclutadores, se convirtió en un
furibundo defensor del mismo régimen que
había provocado su salida del país.
Murió en un extraño accidente de
tránsito ocurrido en Hialeah.
Carlucho, así lo llamaban con cariño en
el seno de su familia y nadie le conoció
otro nombre que ese. Iba al lado de
Pedro, muy nervioso, inseguro, apretando
en el bolsillo de su camisa aquel carné
del partido ganado con tanto sacrificio
en múltiples campañas
internacionalistas, siempre pensó que
conservarlo le otorgaría algún día ese
perdón tan necesario para regresar a su
tierra. Su exilio fue una triste
prisión, evadía todo tipo de contacto
con los suyos, se refugiaba entre santos
y oraciones, practicaba con devoción y
frecuencia un extravagante retiro
espiritual que traicionaba su verdadero
sentir y pensar. No deseaba hablar con
nadie temiendo aquella pregunta tan
común entre los de su tierra, ¿cuándo y
por qué saliste de Cuba? Tuvo una muerte
afortunada, el ticket para el viaje sin
regreso le llegó mientras tenía sexo con
su querida en Santa Isabel de Las Lajas.
Su familia se encargó de perdonarlo o
quizás temieron al peso de la vergüenza
y lo beatificaron con una versión muy
diferente. Dijeron, Carlucho encontró la
muerte cuando sacaba los restos de su
madre en el cementerio de Colón. Las
causas fueron las mismas, un infarto,
pero cambiaron el camastro de una vieja
posada sobreviviente por una fría tumba.
-¡Por favor! Traten de no olvidar nada
de lo que guardaron en los
portaequipajes. Fue la voz simpática de
Amarilis, una hermosa rubia con cejas y
monte de Venus trigueña. Cada uno de los
viajeros le dedicaba un tierno piropo,
nadie condenaba su pasado prostituido
por las necesidades, una compatriota
más. Amarilis era graduada de la escuela
de medicina y durante el día trabajaba
como doctora de familia hasta una fecha,
cuando descubrió las efímeras riquezas
que ofrecían el malecón y clubes
nocturnos habaneros por las bondades de
su hermoso cuerpo. Viajaba por todo el
pasillo de la nave rozando a los
viajeros que ocupaban los asientos
centrales con pedazos de sus nalgas,
todos se sintieron homenajeados con
aquel gesto desprendido de su parte y
excitaban sus morbosos pensamientos,
solo eso. Amarilis había dejado tres
hijos en la isla antes de partir casada
con un español, la nostalgia y dolor no
la dejó vivir en paz. Las cuentas
telefónicas sobrepasaban mensualmente
los mil dólares y la condujo
irremediablemente al divorcio. Unos años
más tarde, murió de sida en Madrid y
como nadie la reclamó, su cuerpo fue
base material de estudio para
universitarios que estudiaban la carrera
de medicina. Ironías de su destino,
pensaba mientras era descuartizada ante
la risa burlona de los que se iniciaban,
ella era diferente, trataba con
solemnidad aquellos cadáveres que le
sirvieron para estudiar.
-¡Atención, señores pasajeros! La gente
detuvo todas las acciones y prestaron
atención a una voz que ya les resultaba
familiar. ¡No olviden llenar el
formulario exigido por la aduana de la
república! Todos volvieron a sentarse
nuevamente y revisaron lo escrito en
aquel pedazo de papel. Hacía muchos años
que no regresaban a su tierra natal y
sintieron el mismo escalofrío que
experimentaron durante los infinitos
minutos de sus diferentes partidas.
Miraron sus relojes y los adelantaron
cincuenta años, medio siglo había
transcurrido desde sus partidas, el
tiempo necesario que provocara un
cambio, físico y espiritual. Un frío
temor recorrió cada cuerpo de aquellos
fantasmas, pasajeros y tripulantes
sintieron pánico a la hora de abrir la
puerta de la nave. ¿Qué existirá más
allá de la escalerilla? ¡Medio siglo!
-¡Hemos llegado al futuro! Gritó alguien
desde el fondo del pasillo. ¡Nuestros
sueños ya deben estar realizados!
La muchacha Makarenko, accionó una
palanca interior y la puerta de la nave
comenzó a separarse de su cuerpo. Un
desagradable ruido daba paso a la luz
exterior que cegaba a todos los
viajeros, mientras el aire viciado era
invadido por aquella atmósfera húmeda y
pegajosa de los trópicos. Todos
respiraron al mismo tiempo tratando de
nutrir sus pulmones con aquel aire de
esperanza que una vez les prometieron.
Caracolillos se desparramaban como
llovizna sobre los operarios de aquella
terminal, ellos tampoco comprendían. ¡Es
escaramujo! Gritó un negro vestido de
overall color naranja, gafas oscuras,
casco y protectores de orejas. En sus
manos tenía un walky-talky que aproximó
con urgencia hasta su boca.
-Su atención, puesto de mando. Aquí
punto de control número tres.
-Vamos a ver, punto de control tres,
este es el puesto de mando.
-Su atención, puesto de mando, es para
informarles que la nave se encuentra
infestada de escaramujo.
-Vamos a ver, punto de control número
tres. ¿Qué tiempo de viaje tuvo esa
nave?
-De acuerdo a las declaraciones han
tomado cincuenta años.
-¡Peligroso, muy peligroso! ¡Que no baje
ningún pasajero! ¡Conduzcan a esa nave
hasta el área de cuarentenas!
-¡Recibido! Nave con escaramujo debe ser
conducida hasta el área de cuarentenas.
El negro retira el walky-talky de su
oreja izquierda y le hace una señal a la
mujer que se encuentra junto a la puerta
de la nave. Ella acciona nuevamente la
palanca y la puerta comienza a cerrarse,
otra andanada de caracolillos cae junto
al negro con overall color naranja.
Un profundo silencio invade la nave, y
sin nadie ordenarlo, cada uno de los
pasajeros ocupa nuevamente su asiento,
lo hacen disciplinadamente, con la misma
mansedumbre que vivieron un siglo ya
pasado.
-¡No puede ser! Se escuchó desde el
asiento ocupado por Aurelio y todos
giraron el rostro hacia ese punto. -¡Yo
he muerto por razones
internacionalistas! Hubo silencio
durante unos segundos que se extendieron
por siglos.
-¡Y yo también!
-¡Y yo también!
-¡Y yo también!
-¡Y yo también! Aquel grito desesperado
fue repitiéndose como un eco hasta el
final de la nave.
-¿Y qué? Les respondió Amarilis. –De
nada les sirve ahora esos lloriqueos,
sus tiempos ya pasaron. Se impuso un
silencio sepulcral nuevamente.
El capitán de la nave conectó los
televisores del área de pasajeros y
todos desviaron sus miradas hacia las
pequeñas pantallas. Lo hicieron
tranquilos, mansos, dóciles,
domesticados, obedientes, como fueran en
tiempos pasados, solo que habían
extraviado la noción del transcurrido
hasta ese momento. Reconocieron la
figura de un hombre que aparecía en esos
instantes en las pequeñas pantallas. Se
encontraba encaramado en una tribuna,
una igual a la que habían visto
frecuentemente durante el tiempo
transcurrido y olvidado, escucharon
aquella voz de timbre bajo.
-¿A qué co-provinciano se le ocurrió
ponernos el sol aquí detrás? (Risas.) A
mí no me molesta pero estoy seguro de
que ninguno de ustedes me puede ver.
Verán si acaso una sombra: ése soy yo.…
Vienen tiempos muy difíciles y hay que
apretarse un poco más el cinturón.
Como si hubiera sido una orden, cada uno
de los fantasmas que viajaban en aquella
nave, mansamente, servilmente,
disciplinadamente, obedientemente,
sumisamente, apaciblemente, como
hicieran cuando se encontraban vivos,
tomaron sus cinturones y lo apretaron un
huequito más.
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido.
Jalil Gibrán.