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""""NAVEGANDO POR AGUAS MINADAS""""
Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |
iempre entraba silencioso al puente,
no importaba la hora, lo hacía con mucha
frecuencia de madrugada, apenas dormía.
Dice la gente que lo conocía de atrás,
era un problema pendiente con su
conciencia. Ferreiro participó en
aquellos tribunales revolucionarios que
juzgó a mucha gente a principios del
proceso, sabrá Dios cuántos fueron
fusilados, es probable sea esa la razón
de sus desvelos. No hacía ruido con los
zapatos, los pocos que formaban parte de
su equipaje eran sandalias con suela de
goma, tampoco usaba medias. Generalmente
andaba con esos shorts anchísimos que
ahora usan los raperos, no lo eran en sí,
ni estaban de moda. Los contados que
utilizaba en un viaje de seis meses,
eran pantalones de uniformes cortados a
la altura de la rodilla. Tenía las
canillas flacas y desproporcionadas con
la caja de su cuerpo. Su figura era
sumamente ridícula e infeliz, sin
embargo, todo parece indicar que se
sentía muy cómodo con aquella
estrafalaria vestimenta. Parecía un
globo sujeto a tierra por par de
palitroques metidos dentro de dos
camiones, porque esa es la definición
más apropiada a sus descomunales
sandalias. Además de ser canillúo era
lampiño y ese detalle empeoraba aún más
su aspecto. Sus patas, porque no podemos
hablar de unas piernas humanamente
concebidas, eran de una blancura
enfermiza, describían con facilidad la
existencia de algunas venas que corrían
como traviesos riachuelos de norte a sur
solamente. Por suerte para él, nació
hombre, una pequeña rajita entre las
piernas lo hubiera condenado a una
soltería perpetua. Hay feas repulsivas
que han escapado de ese castigo a la
soledad por otras virtudes, pero en su
caso muy pocas cosas eran atrayentes.
Estaría clasificado entre las mujeres
sin caderas, uniformes, tubulares,
rectas, planchadas de culo y de carnes
flácidas, porque ni un solo pellejo de
su cuerpo podía hablar de ejercicio
alguno. ¿Gracia? Ninguna, sus padres
fueron los últimos en llegar a la cola
donde la repartieron, era de esos pocos
cubanos que nació sin salero para contar
un chiste, reírse, ser feliz por encima
de todas las desgracias. Con todos esos
defectos, no se puede negar que era un
tipo dichoso.
Esa tarde abrió la
puerta con exagerado cuidado, como
esperando sorprender a la guardia del
segundo oficial hablando mal de él. El
timonel no tuvo tiempo para avisarle a
Tony de su presencia y no se preocupó.
Ferreiro fue directo hasta el radar y
allí se detuvo silencioso. Cambiaba
insistentemente las escalas del radar,
buscaba algo, el oficial no salía del
cuarto de derrota. Luego se aproximó
hasta el repetidor del ecosonda y leyó
la información que brindaba, le dio unos
golpecitos con las uñas. Oteó el
horizonte y segundos después se
encontraba inclinado sobre la mesa de
ploteo. No hubo un cruce de buenas
tardes entre las partes, actuaban como
si no se conocieran. Cuando terminó de
comprobar la posición del buque,
Ferreiro se dirigió al librero del
puente y seleccionó un ejemplar. Se
sentó a leer en el sofá y cruzó las
piernas con pájara delicadeza,
femeninamente, como tratando de ocultar
el blúmers. Pasó varias hojas mojándose
la yema de los dedos con la lengua,
regresó nuevamente hasta el índice del
libro. Repentinamente saltó como un
tigre de su asiento y empujó a Tony,
quien no tuvo tiempo para reaccionar
ante la sorpresa. Ferreiro tomó las
reglas paralelas y trazó una línea a
partir de la escala de latitudes muy
cerca de la costa. Giró la regla
perpendicularmente y marcó otra línea
desde la escala de las longitudes hasta
cruzarla con la anterior, marcó un punto
apretando con rabia la punta del lápiz.
Repitió esa operación hasta determinar
cuatro puntos y salió gritando como una
loca del cuarto de derrota.
-¡Todo a babor! ¡Todo a estribor! ¡Todo
a babor! ¡Todo a estriboooor! ¡Todo a
estribor! Douglas no lo comprendió muy
bien, solo se limitó a quitarle el
seguro al timón y desconectar el piloto
automático.
-¡Timón a la vía! Gritó Tony desde el
cuarto de derrota. -¡Timonel, mantén el
rumbo! Douglas no respondía las órdenes
recibidas como estaba establecido,
aquellas reacciones inesperadas del
capitán y oficial de guardia lo tenían
confundido. Ferreiro entró nuevamente al
cuarto de derrota y se produjo una
fuerte discusión, el buque avanzaba.
El capitán es la
suma de su tripulación, me dijo una vez
Calderón cuando yo era muy joven y no
comprendí muy bien el significado de
aquellas palabras hasta que pasaron
muchos años. Ferreiro había dejado de
serlo desde el instante que su voz no
era respetada y se convirtió en el
centro del choteo de su tripulación, no
sumaba.
-¡Llama al contramaestre! Me dijo
aquella tarde que éramos perseguidos por
un destructor en el Golfo de Guinea. -¿Qué
dice, qué dice? Preguntó muy nervioso
mientras yo trataba de descifrar las
señales que nos hacían con la lámpara
Aldis.
-¡Stop engine! Eso es lo que dicen, que
pare máquinas.
-¡Llama, llama al contramaestre y al
secretario del partido!
-¿Y al secretario del partido para qué?
Él es cocinero y no sabe un carajo de
maniobras.
-Dile al contramaestre que prepare los
botes salvavidas. El buque de guerra
había aumentado la velocidad y se
aproximaba con mucha rapidez paralelo a
nuestro rumbo.
-Manda al timonel a izar la bandera de
popa, iza la numeral del buque, ¿qué
dice, qué dice?, llama al secretario del
partido, busca al contramaestre.
-¡No jodas! Si izo la numeral no puedo
leer que dicen y si observo las señales
no puedo mandar a buscar al
contramaestre. ¡Relájate y déjate de
pendejadas! Estamos en aguas
internacionales y no hemos violado nada.
El alerón del puente se vio concurrido
por algunos curiosos que disfrutaban de
aquella oportuna comedia, el timonel se
había encargado de llamar a las personas
solicitadas por teléfono.
-¡Contramaestre! Prepare los botes
salvavidas para ser arriados.
-¡Oye! ¿Y esa locura? Aquí no ha pasado
nada. Le respondió Bonachea y le tiró a
jarana su orden.
-Si este tipo se apendeja y para la
máquina vamos a quitarle el mando. Nos
dijo el secretario del partido al primer
oficial y a mí. Expósito era un tipo que
no andaba en puterías, era un blanco de
unos seis pies de estatura y guapo de
Regla. Los problemas personales en aquel
tiempo se resolvían a trompadas y
finalizada la bronca todo regresaba a la
normalidad. Durante su período como
secretario del partido no se realizaban
reuniones ni círculos de estudios, él
estaba con los pies sobre la tierra y
sabía que todo aquello era una perdedera
de tiempo innecesaria. Cuando el viaje
estaba próximo a terminar, los
secretarios de los distintos frentes se
reunían y llenaban todo ese vendaval de
papeles y orientaciones que les
entregaban antes de partir, siempre
llegábamos con las metas cumplidas y
sobre cumplidas. Aquella tripulación del
Renato Guitart fue una de las menos
conflictivas con las que navegué, hizo
historia al ganarle una demanda a la
Empresa de Navegación Mambisa estando
Macías de capitán, luego, los separaron
a todos. ¿Tenía poderes para convocar a
una acción de este tipo? Sabe Dios las
orientaciones que ellos poseen para
enfrentar casos similares. De acuerdo al
reglamento entonces vigente, solo se
podía proceder de esa manera cuando la
decisión fuera tomada por una Junta de
Oficiales. ¡Claro está!, luego debía
justificarse esa acción ante un tribunal
y si ésta fue aplicada erróneamente,
todos los oficiales podían ser
condenados por traición, motín,
rebelión, etc. Expósito lo manifestó con
mucha tranquilidad y no dudo de los
poderes que les otorga el partido para
enfrentar esos casos. Poco importa su
rango a bordo, la experiencia nos
demostró años posteriores la capacidad
que poseían para destruir a cualquiera,
incluso al capitán de la nave.
-¡Ese barco es ruso, caballeros! Dije
cuando descubrí una estrella roja
pintada en la proa.
-¡Manda a subir la bandera soviética!
Trata de comunicarte por VHF, hazle
señales con el blinker, ¿ya izaron la
numeral?
-¡Oye, relájate! Esta gente no es nadie
para mandarnos a parar en el Golfo de
Guinea, yo no voy a hablar con ellos ni
timbales, si quiere, que lo haga el
primer oficial.
-Yo me voy pal carajo. Respondió Pineda
y desapareció por la escala de la
cubierta de botes. Una vez paralelos a
nosotros, el buque de guerra tocó fin de
zafarrancho y sus cañones regresaron a
sus posiciones de descanso.
-En cuanto
lleguemos a Bulgaria compraremos el
resto de los víveres, tenemos una
asignación más amplia en moneda del CAME
para hacerlo. Dijo Ferreiro en la
asamblea realizada antes de recalar a
Las Palmas de Gran Canaria.
-¡En Bulgaria, ni cojones, aquí!
Manifestó enardecido un tripulante en
medio de aquella reunión.
-Ya nos jodiste el viaje pasado con ese
cuentecito, los víveres aquí y el resto
de las mierdas allá. Expresó otro sin
ningún tipo de temor.
-¡No, man! No nos vamos a meter otro
viaje comiendo judías porque te salga de
los huevos, si hay dinero asignado para
hacer víveres en Canarias, hay que
comprarlo aquí. No mentía aquel hombre,
nadie sabía cuál era el panorama que
encontraríamos en el Campo Socialista y
todos apostaron por lo mejor,
desgraciadamente no fue así. Ferreiro
tampoco lo hacía con ese fondo
subliminal de conciencia
“revolucionaria”, se comportaba como un
gran número de capitanes de la flota
que, sometían a sus tripulaciones a
sacrificios injustificados con el único
propósito de acumular méritos
personales. En el informe de viaje
reflejarían un ahorro de divisas que
sería muy bien recibida por la dirección
de la empresa y partido, pero nadie se
detendría a investigar el precio pagado
por esa acción. La realidad fue muy
dura, potaje de judías en el almuerzo,
sopa de judías en la comida, judías
fritas como plato fuerte y frituras de
judías en el desayuno. El Campo
Socialista tenía muy pocas ofertas para
satisfacer nuestras necesidades y la
gente se negaba a repetir la historia.
-Capitán, yo le entregaré la lista de
víveres que necesitamos al sobrecargo y
usted procederá a comprarlos, cualquier
duda que tenga lo discutimos en La
Habana. Se respiró en el aire cierto
tono de amenaza, La Habana y sus trucos
comenzaban a ser muy temida. Aquellas
palabras de Expósito devolvieron la
tranquilidad a la reunión, pero
pertenecieron a una etapa que
desapareció de nuestra marina. Muy poco
tiempo después, personajes como Ferreiro
se multiplicaron o fueron el resultado
de una clonación masiva que, se extendió
hasta los barcos de otros países con
tripulaciones cubanas.
-¡Y esto! ¿Qué carajo es?
-Pan negro, papón, pan negro. Respondió
el Cabronazo en tono de bromas, él
siempre era así, le encontraba humor
hasta a la muerte.
-¿A quién se le ocurrió esta locura?
Casi grité del encabronamiento que me
produjo ver la cesta de pan repleta de
rebanadas oscuras que nunca
pertenecieron a nuestra dieta.
-Los rusos ganaron la guerra consumiendo
este pan. Se le ocurrió manifestar a
Ferreiro, lo hizo con una alta dosis de
cinismo y mi reacción fue más violenta.
-¡Qué cojones me importan los rusos ni
su guerra! ¡Esto es una mierda!
-¡Tranquilo, papón, relájate!
-¿Cómo carajo me voy a relajar?
El caso de
Ferreiro fue sui géneris y se adelantó a
una época preñada de limitaciones y
férrea austeridad. Él era miserable de
nacimiento y lo fue consigo mismo, todos
tratábamos de comprenderlo. Hablo de un
tiempo donde los capitanes tenían una
asignación ilimitada por gastos de
representación que, siempre era
utilizada en gastos personales y
justificaban con la presentación de
facturas falsas. Las agencias
representantes de nuestra flota, les
entregaban tickets para la utilización
de taxis y otros beneficios. Ferreiro
era un tipo que siempre andaba a pie,
mal vestido, mal alimentado y no era un
cargador de pacotilla hacia la isla. Sus
gastos se limitaban casi siempre a los
setenta y cinco centavos de dólar que
ganábamos diariamente.
-¿Quieres un trago? Me preguntó una
tarde cuando fui a entregarle unos
documentos.
-Ni se te ocurra, cuando quieras
invitarme a un trago, me das la botella
sellada. Él sabía perfectamente las
razones de mi rechazo y calló. Un día y
después de concluida la reunión de
arribada con las autoridades del puerto,
tuve que ir a su camarote por razones de
trabajo -¿Qué haces? Le pregunté
sorprendido cuando lo vi regresando a
las botellas el resto de los tragos
dejados por los visitantes en sus copas.
-¡Hay que ahorrar, hay que ahorrar!
Respondió nervioso y corrí la voz entre
mis amistades. A pesar de su ruindad era
dichoso.
-¡Hazle señas a la
estación del Práctico! Me dijo ese día
cuando llegaba a la guardia y busqué la
caja donde se guardaba la lámpara Aldis.
-¿Hacia dónde se encuentra la estación?
Le pregunté sin consultar la carta
náutica, mi vista se perdió entre los
buques que recalaban y salían de
Estambul.
-¡Por la amura de babor, por la amura de
babor! Respondió con su acostumbrado
nerviosismo. Este pasaje ya lo había
contado en otra oportunidad, pero vale
la pena repetirlo porque corresponde a
su colección particular. Conecté el
cable a la toma de baterías y salí al
alerón de babor. La temperatura era fría
para nosotros, extremadamente húmeda y
con la ayuda de la brisa calaba los
huesos. Titaaa, titaaa, titaaa, titaaa,
titaaa. Estuve insistiendo por más de
diez minutos sin recibir respuesta, me
enfrié y entré al puente a calentarme un
poco. Tony no esperó mucho tiempo y
partió si entregarme la guardia como
estaba establecido.
-¡Sitúate!, dime a qué distancia se
encuentra ese barco, toca el tifón con
una pitada larga, hazle señas a los
Prácticos. ¡Toca el pito, toca el pito,
toca el pito!
-¡Oye, cálmate! ¿Qué carajo hago primero?
-¡Toca el pito, toca el pito, hazle
señales a los Prácticos, posición,
posición, posición.
-Te vas al carajo con esas pendejadas.
Sonó una larga pitada y salí nuevamente
hacia el alerón de babor. Titaaa, titaaa,
titaaa, titaaa, titaaa. Nadie respondía
y entré nuevamente al puente. Fui hasta
el radar y tomé una posición, entré a la
derrota para plotearla en la carta.
-Toca el pito, toca el pito, toca el
pito, hazle señales a los Prácticos,
hazle señales, hazle señales, dime la
distancia al barco, la distancia.
-¡Oye, no jodas más! Vuelves loco a
cualquiera con esas pendejadas. ¿Dónde
me dijiste que estaban los Prácticos?
-¡Por babor, por babor, por la amura de
babor!
-¡Allí no está! Eso es una mezquita,
relájate. Enfilé la lámpara hacia la
amura de estribor y comencé a enviar la
letra A repetidamente. Titaaa, titaaa,
titaaa, titaaa. Desde aquel punto me
respondieron con una raya, era la
invitación a establecer la comunicación
y les envié la numeral del buque. Pocos
segundos después los escuchábamos por el
VHF y nos indicaban la banda por la que
deseaban que se colocara la escala.
-¡Todo a babor! ¡Todo
a estribor! ¡Para máquina! ¡Toda atrás!
Salió de la derrota dando gritos
histéricos y saltos. Dice Douglas que
parecía un sapo y no acababa de
comprender de dónde sacaba tanta
elasticidad. Estuvo a punto de chocar
con el techo del puente. Saltaba y
corría de banda a banda sin control,
repetía las órdenes que nadie cumplía.
¡Ay, Antonio, me has embarcado! ¡Ay,
Antonio! ¡Vamos a volar! ¡Vamos a volar!
¡Todo a babor! Antonio salió del cuarto
de derrota y lo agarró por el cuello con
sus enormes tenazas, casi lo arrastró
hasta el cuarto de derrota y lo lanzó
sobre el sofá. ¡No me des! ¡Ay Antonio,
no me des! Dice Douglas que Antonio no
hablaba, solo se escuchaban las súplicas
de Ferreiro.
-Me quedé con el puño en el aire, me
inzpiró láztima aquel pendejo que ze
portaba como una mujerzita y lo dejé
ezcapar, lo boté del puente. ¡Habráz
vizto zemejante maricón de capitán. Tony
siempre hablaba con la zeta como los
gallegos y ese detalle aumentaba la
gracia de su cuento.
-¿Qué fue lo que ocurrió, Tony?
-¡Nada, pajas mías! Cuando preparé la
derrota para entrar a Varna no consulté
el Nemedri, ya sabes que en ese libro
está la información sobre las zonas
minadas. ¡Mira, muchacho! Es peor los
ataques de histeria de Ferreiro que
haber volado con una mina.
Era dichoso
después de todo, no digo yo. Estaba
casado con una mujer sumamente bella,
culta, refinada. No sé hasta cuando lo
pudo soportar, ni si se encuentra con él.
Margarita era sometida a todos esos
trotes de infantería cuando coincidíamos
en el hotel Jagua y la tripulación
disfrutaba su corta estancia en tierra.
La última vez que lo vi andaba de
capitán en los remolcadores de Matanzas.
No sé si seguirá luchando con el
fantasma de su conciencia.
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido. Jalil Gibrán.
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