u enrolo a bordo del buque
refrigerado “Viñales” causó
cierta preocupación entre la
oficialidad,
no era un pasajero común y
corriente como la pianista que
compartiría ese viaje con ellos,
López lo hacía con su esposa. La
desconfianza hizo acto de
presencia desde que subió las
maletas en el puerto pesquero de
La Habana, su carta de
presentación no convencía a la
mayoría. Dijo que iría en un
viaje de estímulo otorgado con
motivo de su jubilación, era
aceptable aquella versión, años
atrás yo había sido testigo de
un caso similar, el viaje sin
regreso del enfermero Castañeda
con su esposa en el “Bahía de
Manzanillo”.
-Tengo orientaciones de
realizarle evaluaciones técnicas
a la oficialidad de cubierta
durante la travesía. Expresó
cuando abrí el camarote que se
le había asignado en la misma
cubierta del capitán, su esposa
no hablaba, sus ojos de
inspectora sanitaria recorrían
cada rincón buscando alguna
señal de suciedad.
-¿Otra evaluación? Por el tono
de la voz pudo interpretar mi
pregunta como un acto de
rebeldía, allá hay que medirse
muy bien cuando se habla con un
funcionario con el que no se
tenga relaciones, temí lo peor,
caerle mal y que se ensañara
conmigo.
-¿Ha realizado alguna evaluación
técnica en los últimos meses?
Detuvo sus acciones, respondió
preguntando con voz autoritaria
y no puedo negar que me cayó
bastante mal.
-Ya he perdido la cuenta de
todas las evaluaciones, ahora
que sobra gente y faltan barcos,
esto se ha convertido en una
especie de olimpiada, solo
esperan un fallo para darte la
patada, la cola de espera por
las plazas es infinita. No
mentía y él lo sabía, los
muchachos de las promociones
XVII, XIX y los últimos
graduados de ingenieros, se
encontraban ocupando plazas de
marineros, camareros o en el
mejor de los casos navegaban
como agregados de cubierta.
Detrás de nosotros se movía una
feroz jauría humana muy
desesperada y con síntomas de
frustración.
-Es lo que está orientado,
compañero primer oficial. Colocó
una de las maletas sobre el sofá
y al parecer, se disponían a
colocar la ropa en los viejos
percheros que habían traído de
su casa. Preferí dejarles
espació a esa intimidad tan
violada en nuestra tierra y me
retiré a cubierta luego de darle
una copia de la llave.
López Sánchez andaba por los
setenta, lo había visto
infinidad de veces durante mis
visitas a la Empresa, él
trabajaba como capitán inspector
de Seguridad para la Navegación.
Siempre fue delgado, pero ahora,
su casco dejaba al descubierto
cada una de sus cuadernas. Había
saltado la barrera donde el ser
humano comienza a consumirse
como los osos polares en sus
largas jornadas de sueño
invernal. Tampoco había sido un
hombre de una constitución
física muy elegante, desde los
años de aquel contacto visual
con su persona, pude observar
que sus charreteras sobrepasaban
los límites de sus hombros y le
daban cierto aire de
helicóptero. Muy pausado y
lírico al hablar, extremadamente
educado, se desmarcaba de
aquellas nuevas generaciones de
oficiales estigmatizadas por la
chabacanería popular de nuestros
tiempos. Su voz era de un tono
algo bajo, agradable y muy
exagerada para su constitución
física, impresionaba, daba la
sensación de encontrarte ante un
gigante. Sin embargo, tras
aquellas vibraciones de bajo que
nunca había probado suerte en
una ópera, se escondía una
persona de una dulzura mística
que se esforzaba en ocultarla
sin buenos resultados.
-¡Primero! ¿Usted está loco?
Casi lo tumbo cuando me disponía
entrar al puente después de
haber atrapado una de mis
estrellas, sentí deseos de
mandarlo al carajo, no me detuve
y llegué hasta el cronómetro
para anotar la hora de esa
observación. Miré el planito de
estrellas que había dibujado una
hora antes y le introduje cierta
altura al sextante, leí el
azimut y partí nuevamente hacia
el alerón de estribor.
-¿Por qué me dice eso, capitán?
Subí a la base del repetidor de
giro y por el azimut memorizado
me dispuse a identificar la
estrella, barría esa parte del
horizonte con el sextante
buscando un diminuto punto
brillante. Él se acercó y me
habló muy bajito, sus palabras
llegaron como un susurro
tembloroso a mis oídos.
-¡Usted tiene que estar loco!
Tiene puesto Radio Martí a todo
volumen por el radiogoniómetro
del puente.
-¡Ahhh! ¿Era por eso? Con el lío
de las estrellas se me olvida
todo, casi siempre lo apago
cuando comienzan a subir los
curiosos matutinos. Accioné el
botón del cronógrafo y partí en
esa carrera casi alocada al
interior del puente, después de
las anotaciones de rigor regresé
al planito de las estrellas,
apagué el radiogoniómetro y
repetí los mismos pasos.
-No me refiero a eso solamente,
el problema es un poco más
serio, usted tiene puesta esa
emisora contrarrevolucionaria y
su timonel es el secretario del
partido a bordo. Cuando escuché
la palabra
“contrarrevolucionaria” un
extraño escalofrío recorrió todo
mi cuerpo.
-¿Y usted piensa que él no la
escucha? Son una banda de
hipócritas, capitán. Puse en
marcha el cronógrafo y salí
disparado nuevamente, la
siguiente estrella aparecería
por la aleta de babor y hacia
allí se dirigieron mis pasos.
Anita era diferente, muy
señorial y aristocrática en sus
modales, una de las pocas
sobrevivientes de aquella época
condenada a la oscuridad por esa
masa chusma a la que yo
pertenecía. Su estilo burgués
resultaba anacrónico en un mundo
que transpiraba brutalidad, su
manera de andar era propia de
aquellas realezas que una vez
habitaron nuestra tierra.
Masticaba estudiando cada
movimiento de sus mandíbulas,
nunca inclinaba la cabeza hacia
el plato y su puntería para
llevar el cubierto hasta la boca
era propia del mejor arquero de
cualquier palacio. Sus palabras
escapaban de sus labios sin
omitir las eses o las erres como
hacemos los cubanos, sus pausas
eran bien marcadas para
indicarnos cuando debíamos
colocar una coma, un punto
seguido y el asesino punto final
que nos dejaba con la frase a
mitad de camino. No era muy
sociable a principios de viaje,
después de unos días de
navegación, el mar se encargó de
aflojar un poco las tuercas de
esa caja fuerte donde mantenía a
buen recaudo su alma. Anita se
abría poco a poco y dejaba
escapar esa nostalgia por unos
tiempos que nunca regresarían,
al menos en aquel sitio que le
sirvieron de escenario. Me
describía su antigua casona sin
omitir detalles arquitectónicos,
mientras yo, viciado en rústicos
conocimientos de constructor,
armaba imaginariamente una
vulgar barbacoa que luego
llenaba de palestinos para
aprovechar el exagerado puntal.
Ambos formaban un matrimonio
armonioso y casi perfecto que
sabía sobrevivir fuera de su
época.
-¿Qué me cuentas del viaje a
Varadero? Escuché a través del
mamparo que separaba al puente
de la telegrafía, era la voz
inconfundible de López hablando
con algún pariente de La Habana
por radiofonía. Aquellas
conversaciones se repitieron
durante nuestra travesía hasta
el puerto de St. Stephen en
Canadá y luego en viaje hasta
Alicante. Era normal esa
comunicación y la falta de
intimidad cuando se utilizaba
ese medio. Una parte de la flota
podía encontrarse a la escucha
mientras esperaban su turno con
la estación CLT Habana,
justificación a la existencia de
una especie de lenguaje cifrado
comprensible en muchos casos
entre las personas que
conversaban. El resto de lo que
se oía, quedaba al criterio de
esa brillante imaginación que
poseen los cubanos en ese
terreno. Casi siempre esos
contactos familiares ocurrían
durante el horario de mis
guardias y muchas personas
pensaban que gritando podían
superar las deficiencias que
imponía la atmósfera en un
momento determinado. No hacía
falta ser chismoso para
enterarse de lo que se hablaba,
todos participábamos
involuntariamente en la vida
familiar de cada tripulante.
Hubo algo que me llamó mucho la
atención durante las llamadas de
López Sánchez, se mantuvo
demasiada constancia en aquella
pregunta sobre el viaje de su
pariente a Varadero. Un día
estuve a punto de llamarle la
atención y preguntarle las
razones de ese enfermizo interés
por ir la cabrona playa, pero no
quise ser imprudente.
Sus visitas al puente se
realizaron con más frecuencia y
mucho más temprano,
indudablemente él también
disfrutaba de mis sintonías a
Radio Martí y La Voz del CID, no
me lo manifestaba, pero se
mantenía fingiendo observarme
trabajar con las estrellas y la
oreja dirigida hacia el gonio.
El mar también logro descifrar
el código que mantenía
encerrando sus pensamientos y un
día se abrió totalmente, dejó
escapar todo lo que sentía y
nunca manifestó en tierra. A
partir de esos instantes nos
convertimos en cómplices de un
sentimiento y pensar coincidente
en muchos aspectos, comencé a
estudiarlo profundamente y le
encontré otros valores humanos
que se encontraban escondidos
detrás de un uniforme y palabras
técnicas. Comenzó a caerme
fenomenal aquel viejo y ya no lo
encontraba tan viejo. Deseaba
regresar en el tiempo y montarme
en un barco con él, hacía mucho
tiempo que no navegaba con un
verdadero capitán, uno de su
estirpe y conocimientos que te
invitara a esa constante
superación y competencia.
Tocábamos todos los temas
habidos y por haber de nuestro
mundo y el exterior, el que nos
afectaba directamente y sometía
contra nuestras voluntades, las
barreras de las edades se
borraron inmediatamente.
-Tengo que hacerte algunas
preguntas de inglés marítimo,
navegación, meteorología,
estabilidad, carga y estiba y
astronomía. Bueno, las de
astronomía puedo ignorarlas
porque te he visto trabajar
diariamente con las estrellas.
Me dijo una tarde y yo no tenía
sintonizada nuestra estación de
radio favorita.
-¡Dispara! Él no le hizo mucho
caso a esa expresión carente de
protocolo profesional.
-¡Tienes calificación de
excelente! Dijo después de
consultar una fría tabla de
calificaciones.
-¡Qué remedio no me queda!
-¿Qué me cuentas del viaje a
Varadero? El barco suspendió su
reparación de garantía y nos
dirigimos a Marsella. Le dijo
con esa voz gruesa suya y algo
de desaliento a su pariente
mientras viajábamos de Alicante
para ese puerto francés e
insistió con una pegunta que
comenzaba a molestarme. La
tripulación había hecho sus
planificaciones y aquella
noticia les tumbó el moco. La
gente de los barcos calcula como
nadie el tiempo y las
posibilidades. Un puerto perdido
repercute directamente en las
ventas de su contrabando y yo
fui uno de esos afectados. En el
falso techo del salón de
oficiales viajaban
tranquilamente unas cuarenta
cajas de tabacos de mi propiedad
que estaban destinadas a ese
tiempo de reparación. Alicante
fue un mercado muy vigilado por
los carabineros españoles y el
tiempo de estadía muy limitado
para salir de toda esa
mercancía. Marsella era un punto
desconocido y nada atractivo
para nosotros. Regresar a la
isla con ese cargamento era todo
un fracaso comercial, porque esa
cantidad no era la total que
viajaba a bordo. La inmoralidad
adquiría dimensiones
desconocidas y la comunicación
entre la mayoría de los
tripulantes era franca y abierta
sin distinguir rangos. Yo tenía
una idea aproximada de la
cantidad de tabaco transportado
en sitios tan absurdos como el
seleccionado por mí y que
atentaban contra todo tipo de
lógica. Eso sí, nadie podía
enterarse de tu escondite porque
los escrúpulos se dejaban en el
puerto de salida y podías perder
la carga. Mi sitio (o clavo) fue
excepcional ese viaje, se
encontraba justamente encima de
la mesa utilizada por el capitán
para reunirse con las
autoridades del puerto en los
sondeos que se hacen a la salida
de cualquier nave de Cuba. Nadie
se atrevería a interrumpir a los
superiores para desarmar
aquellos techos mientras
disfrutaban de alguna botella de
ron y varias fuentes de
saladitos. El viaje anterior mi
clavo había sido espectacular,
pero no carente de sus riesgos a
perder la mercancía. Como yo
poseía la llave maestra que
abría todas las puertas del
barco, elegí el falso techo que
quedaba exactamente encima de la
cama del camarote del comisario
político. Mientras el camarada
Leal dormía sus sueños
revolucionarios y elaboraba
mentalmente sus planes sobre un
futuro ficticio e infantil,
cuidaba de mi contrabando y se
lo agradecí mucho cuando vendí
aquel cargamento.
-¡Jefe, yo creo que se nos han
jodido todos los planes! El me
miró tratando de adivinar algo
en mis palabras, tal vez pensó
que yo lo había descubierto,
pero no imaginaba que mi
frustración tenía un sentido
diferente a la suya.
-Bueno, al menos Anita se va a
dar el gusto de conocer a
Francia, no podrá viajar a
Paris, pero al menos podrá
alardear de haber visitado una
de las cunas de la cultura
mundial.
-Así mismo es, puede darse por
afortunada, yo conocí a otras
personas cuyos viajes fueron a
países nada atractivos y no
pudieron comprar nada.
-¿Qué me cuentas del viaje a
Varadero? Repitió esa pregunta
mientras el barco permanecía
fondeado a pocos cables del
rompeolas de Marsella, estábamos
off y en espera de la asignación
de un puerto de carga. Los días
fueron pasando en aquel
fondeadero y el nerviosismo
cundió entre todos los que de
una forma u otra dependía de ese
mercado negro que se escapaba.
-¡Segundo, prepare la derrota
para el puerto de Castellón de
la Plana! Casi gritó El Chino
Vázquez en el comedor y la
alegría regresó al rostro de
casi todos los presentes.
¡Primero, haga los cálculos para
cargar mil toneladas de cebolla!
Después le doy los datos del
factor de estiba y temperatura
de transportación. ¡Jefe, mande
a preparar máquinas y me avisa
cuando se encuentre listo!
Vázquez era un tipo detestado
por toda la tripulación y pocas
veces expresaba algo que fuera
aceptado por la gente, esa fue
una de esas escasas
oportunidades.
Llegamos a Castellón y nos
ordenaron permanecer fondeados
mientras arribaba la carga al
puerto. Los días fueron pasando
en ese otro fondeadero un poco
más entretenidos con la
televisión que hablaba en
nuestro idioma y la gente
sacando cuentas mentales de la
divisa por pagar, puras
fantasías sin mucha importancia.
Castellón era desconocida para
la totalidad de los tripulantes
y nadie sabía cómo se
comportaría el mercado de
tabacos. De algo si estábamos
convencidos, los precios serían
impuestos por los primeros que
lograran vender alguna caja de
puros y algunos tripulantes
daban muestras de desesperos por
salir de sus cargas, eso era
fatal.
-¡Oye, no lo dudes, sale para
Varadero! Escuché aquella noche
mientras realizaba mi guardia de
fondeo. Ya habían transcurrido
los quince días destinados a la
reparación de garantía y esa
orden me devolvió un poco la
tranquilidad, al menos, no la
escucharía otra vez durante el
presente viaje. Yo estaba
cansado de visitar esa playa,
era uno de mis sitios preferidos
cuando arribaba con cualquier
buque al puerto de Cárdenas,
pero me intrigaba el grado de
exageración que se le daba en
esta oportunidad. Para un
extranjero puede resultar
superlativamente atrayente, pero
para un cubano es tan normal
como comerse un Mac Donald en
cualquier parte del mundo.
-¡Oye, mira que han luchado ese
viaje a la playa! De verdad que
hay que admirar el sacrificio e
interés por bañarse en esa
playa, yo me hubiera bañado en
Santa María del Mar y no me
calentaría tanto la cabeza con
Varadero. Esa vez no pude
contenerme y se la solté cuando
pasó por el puente una vez
concluida su conferencia.
-Yo comparto tu opinión, pero mi
hija es muy caprichosa, cuando
se le mete una idea en la cabeza
no hay quién la haga cambiar.
-Me alegro, me alegro que al fin
haya resuelto.
Castellón fue un desastre
comercial, la camarera Irma fue
una de las primeras en
desembarcar y vender una caja de
puros, la soltó a ochenta
dólares. Imponer un precio
superior nos tomaría tiempo y
habilidades, la gente del bajo
mundo enseguida corren la voz
sobre la desesperación por salir
de la mercancía y llegan a
proponer precios inferiores. De
algo estaba convencido y se lo
manifesté a varios socios a
bordo. Si no me pagan el precio
justo, esas cajas regresan a
Cuba y las guardo para el viaje
siguiente.
-¡López, desea tomarse una
cerveza con nosotros! Le dije
esa tarde parado en la puerta de
un bar cuando pasó junto a
nosotros por la acera. Anita
hizo algún gesto que me indicaba
su rechazo a esa invitación, sin
embargo, el viejo López aceptó
sentarse en una mesa ocupada por
unos seis tripulantes que
minutos antes habíamos vendido
una cajita de nuestros tabacos.
-¡Anita, usted puede tomarse un
café si lo desea, aquí lo hacen
exquisito, como en sus viejos
tiempos! Ella aceptó y pasaron
al interior del bar, los
muchachos unieron otra mesa para
acomodarlos. López pidió una
cerveza ante las protestas de su
esposa, ella se inclinó por el
café con leche como el que
preparaban nuestras abuelas.
Hubo un cambio de bola ante la
presencia de ellos e hice lo
imposible por regresarles la
confianza a todos los presentes,
era lógico, ambos eran objetos
extraños en nuestro mundo.
-¡Casañas! ¿Puedes darme la
dirección de tu casa? Solicitó
Anita mientras sacaba de su
cartera una libretica de
teléfonos.
-¡Anita! Cuando llegue al barco
te la doy, tenemos todo el viaje
de regreso.
-No, no, me gusta tener la
dirección de mis amigos.
-¡Desmaya eso! Te la doy cuando
llegue al barco.
-¿No han comprado aceite para
llevar a la casa? Hay un almacén
donde el precio del galón es
bien barato. Dijo uno de los
tripulantes sentados en aquella
mesa.
-¿Y el jabón Lux, caballeros?
Compré la caja de veinticuatro a
precio de ganga. Saltó otro.
-¡Sí, pero ver si no son
falsificados! Protestó el que
anunció el aceite.
-Aún así, no podrás negar que es
mucho mejor que el Nácar. Se
defendió el promotor del jabón.
-Por si las moscas, yo compré un
galón de aceitunas, ya saben que
es lo perfecto para preparar
picadillo. Intervino el gordo
Lázaro, ya había navegado
conmigo en el Pepito Tey.
-¡No jodas, compadre! En la isla
no venden carne desde la caída
de Machado. Te las vas a tener
que comer de saladitos. Le
contestó el que compró el
aceite.
-No crean, se le puede echar al
pollo cuando lo preparan en
fricasé. Dijo Anita y se viró
hacia mí. ¿Me acabas de dar la
dirección de tu casa?
-¡Tú no la conoces! Te
recomiendo que se la acabes de
dar, no te dejará tranquilo toda
la noche. Me recomendó López
Sánchez y se la fui dictando,
algo complicada.
- Esteban Casañas Lostal. Calle
158D #3D07 Apto. 11 Entre 3D y
3E. Zona 5 Alamar Ciudad de La
Habana.
-¡Por fin, mijo! Mira que eres
difícil. Ellos se retiraron y
continuamos hasta altas horas de
la noche en aquel pequeño bar,
hasta que el dueño decidió
cerrar el negocio. Después,
fuimos dando tumbos y arreglando
el mundo por aquellas aceras de
Castellón de la Plana y nos
tiramos hasta el momento de la
partida. Tarde en la noche me
llamaron por teléfono mientras
por el sistema de comunicación
interna ordenaban ocupar puestos
de maniobra.
-¡No sé que le habrá pasado a
ese par de viejos! Dijo El Chino
Vázquez y fue cuando me enteré
de la ausencia de López y Anita.
-¡Imagínate tú! Intervino el
contramaestre. Yo los acompañé
desde el bar donde estábamos
anoche y les ayudé a bajar las
maletas a un auto. Lo menos que
pensé era que fueran a desertar.
Lo dijo Bauta con la intención
de lavar un poco su falta.
-¡Coño! Por eso su insistencia
en obtener mi dirección, pensé
en medio de mi estado de
sabrosura.
La carta de Anita viajó de
España a La Habana, ella
ignoraba que el destinatario
había volado también. De La
Habana me la enviaron a
Montreal, ya habían pasado
varios meses. Yo le contesté a
España, pero cuando mi respuesta
llegó, ellos se habían
beneficiado por aquellas
gestiones realizadas por la
Fundación Cubano Americana
dirigida por el viejo Mas Canosa
y estaban en Estados Unidos.
López era tan organizado que
nunca dejaba cabos sin adujar
cuando terminaba una maniobra.
Dejó a alguien a cargo de su
correspondencia y éste le envió
mi respuesta al nuevo lugar de
residencia.
Aquella carta decía algo así,
debo buscar entre los cajones de
recuerdos preciados: Estimado
Esteban, disculpa no haber
confiado en ti, pero ya sabes
cómo es nuestro mundo y el
escaso margen que nos dejan para
creer en alguien. Te escribo
para que conozcas las razones de
aquella insistencia por obtener
tu dirección en el puerto de
Castellón de la Plana, no
queríamos perder a un buen
amigo.
Yo les contesté la carta desde
Montreal y les hablé de todo lo
sucedido a bordo con su
deserción: No se preocupen, yo
tampoco confié en nadie. Ni se
imaginan la cacería de brujas
que se produjo cuando ustedes
volaron, creo que fue una de las
razones que adelantaron mi
deserción. Si supieran, esa
madrugada sintonicé La Voz del
CID y por poco me orino de la
risa en la sección “Cartas de
España” y escuché la entrevista
que le hicieron a López Sánchez
desde el aeropuerto de Barajas
cuando recibió a su hija y
nieta. Aquella carta voló de
Montreal a España y luego la
reenviaron a Orlando en La
Florida, había transcurrido casi
un año, pero el tiempo no pudo
borrar la alegría que sentí al
recibir noticias de aquellos
viejos amigos.
Anita se conecta frecuentemente
a Internet y me envía una pila
de mensajes como files que no
puedo abrir por temor a un
ataque. Yo sé que el viejo López
anda medio jodido de salud, pero
no quiero dejar pasar la
oportunidad para decirle a ambos
que los aprecié mucho en ese
corto tiempo que compartimos.
Siempre tuve pendiente decirles
que la jugada de aquel viaje a
Varadero, ha sido una de las más
magistrales conocidas en la
historia de las fugas de los
cubanos del paraíso. Toda esa
perfecta y minuciosa
planificación, tuvo que salir
de la mente de un excelente
navegante. Se me olvidó decirle
una vez que me quedé con los
deseos de navegar con un
brillante capitán. Espero que
Anita le lea estas notas a López
Sánchez, y de paso, le pregunte;
¿que hizo con el resultado de
aquellas evaluaciones técnicas?
Les envío un fuerte abrazo.