La gente se encontraba desayunando y
disponía de pocos minutos para obtener
aquella respuesta, después subirían
hasta la popa a gastar el tiempo
restante entre chistes y cuentos
mientras esperaban las ocho de la mañana
para comenzar la faena. Yo sabía que lo
había presionado demasiado, la
curiosidad me exigía mucha prudencia y
paciencia, debía concederle todo el
tiempo del mundo.
Vila permanecía sentado junto a mí sobre
una de las bitas que servían para hacer
firme el spring, eran los mejores
asientos disponibles en la popa del
barco. Era un negro de una pureza casi
extinguida en Cuba y sus facciones
mantenían con lujo de detalles los
orígenes de sus tatarabuelos. Era de
aquellos seres que una vez llegaron de
África con sus pronunciadas bembas,
nariz achatada por aquella trompada
recibida al nacer, tan ancha y aplastada
como la de un buey. El pelo ensortijado
como diminutos caracolitos que forman
una impenetrable coraza sobre sus
cabezas, marañas inaccesibles a los
piojos y ladillas en cualquier parte de
su cuerpo. Sus pestañas eran pequeños
rollitos oscuros y brillantes, similares
a los muellecitos de los bolígrafos y
estaban muy bien acomodados alrededor de
sus ojos. Tendría casi seis pies de
estatura y una fortaleza envidiada por
todos los tripulantes del barco, hablaba
poco y obedecía con mucha disciplina
cada una de las órdenes del
contramaestre, quien medía sus impulsos
y desplantes a la hora de tratar con el
negro.
-Lo aprendí en un barco ruso. Se detuvo
esperando la siguiente pregunta o
tomando más tiempo para decidirse a
contar la historia. Giré el rostro y lo
miré inquisitivamente, él sabía que
aquella respuesta resultaría
insuficiente, pero no continuó, quería
saber hasta dónde yo estaba picado por
la curiosidad.
-¿En un barco ruso? Resultaba lacónico
en sus conversaciones diarias y
acostumbraba a responder gastando pocas
letras, no participaba de aquellas
acostumbradas tertulias, esquivaba
contar algo de su vida o quizás no tenía
nada que contar.
-Sí, estuve varios meses navegando en un
barco ruso recibiendo clases de francés.
-Pero eso no tiene sentido, lo correcto
sería escuchar que estabas en ese barco
estudiando ruso, ¿francés?
-Te resulta ilógico, ¿verdad?
-Para serte franco, algo difícil de
creer.
-Así mismo es, ni yo mismo acabo de
comprenderlo.
-¿Y qué justificación existió para
embarcarte en un buque ruso y aprender
esa lengua?
-Mi aspecto físico, ¿no parezco un
africano?, ahí encontrarás toda
respuesta a tus dudas. Aquellas palabras
las expresó con desgano, casi se escuchó
como un lamento del hombre que había
perdido algo en su vida que nunca
encontraría. Después continuó hablando y
pude comprenderlo. Vila había extraviado
una parte de su juventud en las selvas
africanas como guerrillero.
-¿Entre gorilas y leones? Mi pregunta le
pudo arrancar una sonrisa y mostró su
blanca y perfecta dentadura, fui algo
infantil, tal vez pudo cautivarme
aquella aventura narrada con ese dolor
oscuro y oculto que ningún escritor
puede describir con exactitud.
-En el Congo, vagando en la selva,
desafiando sus peligros y enfermedades,
atacando pueblos y aldeas, dejando una
estela de muerte y desolación a nuestro
paso.
-¿Y todos eran negros como tú?
-Los que pertenecíamos a la tropa, la
gente de retaguardia que vivía en las
ciudades eran de corte francés,
blanquitos todos y en apariencias gente
de plata que mantenía ciertas posiciones
dentro de la sociedad.
-¡Ñó, tremendo número! ¿Ya regresaron
todos?
-No todos, siempre queda gente regada
cuando ocurre una guerra. Gente que cae
en combate, desertores, traidores y
otros… Hizo una larga pausa y me miró
fijo a los ojos, como queriendo
asegurarse de que ese secreto se
mantendría guardado por el resto del
viaje. -Un día tuvimos que cumplir la
misión de ajusticiar a uno de los
nuestros.
-¿A un cubano?
-Sí, había tomado el camino equivocado y
nos abandonó, la orden fue esa.
-¿Qué andan secreteando? No nos dimos
cuenta que El Sapo Menéndez se había
aproximado a nosotros y Vila detuvo
inmediatamente su narración o confesión,
quedé con deseos de preguntarle cómo
habían ejecutado a ese compañero de
ellos, me pasó como en aquellas
películas rusas donde el fin debes
imaginarlo.
-¡Nada! Hablando un poco de las
gallegas, ¿has visto las piernas que
tienen?, son perniles.
-Me cambiaron la bola, pero no importa.
Vila se levantó con disimulo y se
dirigió hasta el timón de respeto del
barco. Extrajo la bandera que se
encontraba cuidadosamente doblada y
acomodada en su rueda. Zafó la driza del
mástil de popa y la izó dulcemente,
solemnemente, la siguió con la vista
hasta que el mosquetón de la driza chocó
con el motón del tope. Lentamente fue
dándole vueltas de ocho a la driza en la
pequeña cornamusa soldada en la base del
asta, después fingió revisar los
guardarratas de los cabos dados al
muelle y partió por la banda contraria
al atraque, como queriendo disfrutar la
imagen matutina que ofrecía la hermosa
bahía de La Coruña, como si le importara
algo. El Sapo sacó un cigarrillo y me
ofreció otro, se sentó en el puesto
abandonado por Vila.
-¡Compadre! Ese Nocedo tiene la mano
pesada, no hay quién coño le batee la
bola. Le dije para cambiar el giro del
tema que quedó inconcluso y evitar
cualquier tipo de preguntas inoportunas.
-La verdad es que a su padre se podía
tolerar, pero este gordo de mierda es lo
más ruin e incompetente que ha parido la
tierra. El Sapo mordió el anzuelo y no
preguntó nada sobre la conversación
mantenida con el negro. Se llevó el
cigarrillo a la boca y aspiró
profundamente, como queriendo reventarse
los pulmones.
-Lo de este tipo no tiene nombre, es un
reverendo hijoputa, ¿Viste el numerito
de los otros días con los garbanzos?
-¡Insoportable! En el tiempo de los
piratas hacía rato que lo hubieran
lanzado al mar. El viejo Nocedo era un
individuo de carácter afable, muy
complaciente con los gustos y exigencias
de la tripulación, tenía muy buena
sazón. No era una estrella que pudiera
brillar en el firmamento de aquellos
magníficos mayordomos de su época, pero
su comida se podía comer sin dificultad.
Su hijo era todo lo contrario, ni
parecía hijo suyo, ni en el físico, ni
en su carácter, y menos aún en sus
conocimientos culinarios. Era un gordo
que apestaba a rancio cuando sudaba y el
color de la piel no se aproximaba a la
de su padre, pero esa diferencia no era
alarmante en una isla tan mestiza como
la nuestra. Como cocinero solo se podía
comparar con los conocidos e
improvisados del ejército, campamentos
de cañeros o las prisiones cubanas. Como
ser humano era una calamidad que nos
condenó innecesariamente a uno de los
peores viajes a bordo del Habana.
Aquellos garbanzos escribieron su
historia en nuestro diario de bitácora,
los preparó como un potaje que toda la
tripulación rechazó. No conforme,
preparó sopa de garbanzo por la tarde y
garbanzos fritos. Ambas fuentes
regresaron intactas hacia la cocina. A
la mañana siguiente Nocedo no se dio por
vencido, el desayuno que ofreció estaba
compuesto entre otras cosas por frituras
de garbanzos.
-¡Abre la portilla, cojones! Gritó muy
alterado El Sapo Bernardo. -¡Sapo! Le
dijo a Lobaina, ellos le llamaban Sapo a
todo el mundo y la gente les respondía
sin incomodarse por ello. ¡Lanza todas
estas fuentes de pinga al mar! Este
hijoputa no va a obligarnos a jamarnos
estos garbanzos de mierda. Una a una
pasaron las fuentes de la mesa de
cubierta y la de máquinas, Lobaina las
fue arrojando al mar ante la mirada casi
perdida del camarero Chirino.
-¡Joer, morenos! ¿Quieren que les lea la
buena nueva? Aquella voz femenina nos
sacó de la abstracción que provoca un
cigarrillo Populares a las siete y media
de la mañana, mezclado con todas las
ideas de disfrutar un poco del puto
mundo en medio de aquellas listicas que
todos guardábamos con las necesidades
por satisfacer en nuestros hogares. Casi
hasta nosotros habían llegado dos
mujeres, una de ellas bastante mayorcita
y la otra rondaba los dieciséis años de
edad. La vieja cargaba una niña sobre su
cadera y dejaba al descubierto la
existencia de dos grandes tetas que
daban la imagen de enormes ubres
cargadas de leche. Sus cabezas se
encontraban cubiertas por pañuelos de
colores llamativos y su vestimenta
resultaba algo extravagante. Sus sayas
eran largas y casi la arrastraban por el
piso, el color del dobladillo
manifestaba que habían limpiado toda la
ciudad a su paso. -¿Me entienden, acho
e’locos? Casi gritó la vieja sin
necesidad, la separación entre nosotros
era de solo unos tres metros pues la
popa del barco quedaba casi paralela a
la altura del muelle.
-¿Morenos, nosotros? Le respondí por
decirle algo.
-¿Quién más está sentao junto a ustedes?
¿Quieren que les lea la mano? Soy buena
adivinadora. Parece que la muchacha no
estaba autorizada a participar en el
negocio o era aprendiz de gitana, mi
vista de joven hambriento fue
recorriendo su menuda figura mientras le
quitaba todos los trapos del cuerpo. Por
el borde del pañuelo podía observarse un
anillo de pelos bien negros y
brillantes, algo rizados.
-¿Y tú cobras por eso? Le preguntó El
Sapo.
-Cualquier cosa, unas pelas para
alimentar a la cría. Respondió siempre
la más vieja.
-Pero no tenemos plata, ya el barco está
de salida y lo gastamos todo en tierra.
-Cigarrillos, jabones, lo que tengan a
mano. Todo es bien recibido.
-Sapo, voy a buscar una caja de
Populares y se la voy a dar a esa gitana
para que me lea la suerte.
-¿Tú crees en eso?
-No tanto, pero no me hará mal tampoco.
Además, voy a vacilar un poco a la
chamaquita, como que se ha puesto pa’mi
calavera.
-Estás loco, esas gitanas son una
trampa.
-Entonces, moreno, ¿les leo la suerte o
no?
-¡Pérate ahí! Voy por una cajetilla de
cigarrillos, no tengo más. Me levanté y
bajé corriendo hasta el camarote,
segundos después estaba junto a ellas.
Le entregué los cigarros y ella me pidió
le extendiera la palma de una mano, le
ofrecí la derecha.
-¡Hummmm! Vas a ser muy afortunado en el
amor y el dinero siempre tocará a tus
puertas. Muchos peligros aparecerán a lo
largo de tu vida, pero no temas, estás
protegido y nunca te pasará nada, frío,
frío, mucho frío se vislumbra en tu
futuro. Mi vista no se apartaba de la
muchacha y descubrí detrás de su rostro
una leve sonrisa, hablábamos con los
ojos. No me había dado cuenta que la
gitana se detuvo en aquella lectura y
soltaba mi mano.
-¿Ya?
-¿Y qué rayos quieres que te lea por una
cajetilla de cigarros, la biblia? Joer,
moreno, ya has sido servido.
-¡Coño, si llego a saber que era tan
poco no me hubiera molestado en bajar.
-Veo que eres protestón y te brillan las
pupilas cuando miras a mi chica.
-No se puede negar que es bella.
-Por dos mil pelas es tuya.
-¡No jodas, gitana! Por trescientas
pelas se echa un polvo con cama
incluida.
-Pero esta es virgen y la pureza hay que
pagarla.
-Será todo lo virgen que quieras, pero
hay que bañarla, está bien sucia.
-Sucia y too lo que quieras, no hay
rebajas, esta niña es más santa que la
santísima patrona del Carmen, eso
cuesta.
-No tengo plata gitana, la niña va a
continuar con su virginidad.
-¡Moreno! Invita a tu amigo para que
venga, que traiga lo que pueda, un jabón
si es posible para bañar a la cría.
-¡Sapo! Trae un jabón Nácar para que te
lean la suerte.
-¡No jodas! Tú sabes cómo está la
situación del jabón en Cuba, yo no
quiero oírle la boca a Belkis si llego
con las manos vacías.
-Trae una caja de Populares.
-Yo no creo mucho en eso.
-Yo tampoco, pero no deja de ser
divertido. Va y la gitana tiene poderes.
-De que los tengo, los tengo. Casi
protestó la vieja mientras El Sapo
desaparecía de la popa. Pocos minutos
después se encontraba con la palma de la
mano extendida y ella le daba su
lectura.
-Tu pasado es algo nebuloso…
-¡El pasado, no! ¡El pasado, no! La
interrumpió El Sapo y ella se sintió
algo molesta.
-¡Concéntrate en el futuro! Aún con su
mano extendida, apareció en el portalón
el camarero de los oficiales. Era un
individuo que rondaba el buque con una
agenda donde hacía anotaciones, ocupaba
la plaza de secretario del partido a
bordo.
-¿Er futuro solamente? Veo muchas
calamidades, hambre, engaños,
infidelidades. Tienes que alimentarte
bien. Allí se detuvo nuevamente la
gitana.
-¡Ño! Estás peor que yo, creo que Belkis
te va a arañar la carrocería.
-Dale pal carajo, he perdido un jabón.
-¡Moreno! ¿Quieres que te lea la buena
suerte? Esta vez se había dirigido al
sordo, era el electricista abordo. Con
el índice le respondió que no y lo
comprendí. No acababa de superar el
trauma producido por el abandono de su
mujer, vagaba solitario por todas las
cubiertas, su esposa lo había dejado por
otra mujer. -¡Tú, moreno! El del al lao,
el de al lao, ¿quieres que te lea la
buena nueva?
-Eso es desviación ideológica. Le
respondió Lobaina y lo comprendimos,
pero nos cagaba. Él militaba en la
juventud comunista y a su lado se
encontraba aquel hombre tenebroso de la
agenda negra.
-Y tú, negro. La gitana desvió su mirada
hacia la popa, allí se encontraba
nuevamente Vila. ¿Quieres que te lea la
buena nueva? Solo sonrió y le mostró la
dentadura.
-Creo que te has quedado sin clientes,
hay un chivato en el portalón y la gente
tiene miedo.
-¡Ven acá, moreno de mi arma! Puedes
conseguirme un pedazo de pan para la
cría. El Sapo me miró y pude leer sus
pensamientos, casi siempre andábamos
sintonizados en la misma frecuencia.
Miré hacia la portilla de la cocina que
se encontraba abierta y él aprobó con
una maliciosa sonrisa lo que había
pasado por mi mente.
-¿Ves aquella portilla? Llégate hasta
allí y pídele pan al cocinero, él es muy
generoso y puede que se te pegue algo
más. Nos despedimos de la vieja gitana y
subimos al barco nuevamente, el tiempo
de comenzar la faena se aproximaba, ya
el portalón se encontraba algo
concurrido.
-¡Moreno! ¿Podéis darme un pedazo de pan
para mi niña? La vieja gitana le pasó la
niña a su hija mayor y se inclinó un
poco hacia la portilla de la cocina. No
necesitaba esforzarse mucho, se
encontraba casi a la altura de ésta y su
rostro estaba a punto de penetrar por
ella. -¡Moreno! ¡Levanta la cabeza y
mírame! Solo te pido un pedazo de pan
para mi niña. Esta vez alzó un poco más
la voz y un silencio sepulcral se impuso
entre los presentes en el portalón. Ella
nos buscó en la popa buscando nuestra
aprobación y con los ojos le pedimos que
continuara. -¡Moreno! ¿Tienes hijos? El
pan se caga, hombre. Eso no es tuyo,
dame un pedazo de pan para mijita que
tiene hambre. El Sapo y yo decidimos
bajar hasta la puerta de la cocina,
Nocedo se encontraba picando cebollas en
una mesita que quedaba justo frente a la
portilla, el rostro de la gitana se
presentaba como un retrato ampliado de
marco redondo. Nos miró y le pedimos que
continuara su solicitud. -¡Joer, acho
loco! ¿No me entiende? ¡Levanta la
mirada y respóndeme! El pan no es tuyo y
se caga, ¡mardita sea tu estampa de
hijoputa redomao! Nocedo continuaba su
labor con frialdad absoluta, ajeno
totalmente a lo que expresaban a solo
unas pulgadas de su rostro.
-¡Ojalá se te sicatrice el ojo del culo
y la picha se te caiga en pedazos!
Mardito tú y la mae que te parió! El pan
se caga, hijoputa, ¡mecagüen tus muertos
pisaos! ¡Ojalá tenrabe un viejo
sifilítico y tu mujer te ponga los
cuernos! Vas a pasar mucha hambre y
sabrás lo que es negarle un mendrugo de
pan a un hambriento. El contramaestre
vino por nosotros y tuvimos que salir a
cubierta.
La maldición de aquella gitana afectó a
toda nuestra flota durante muchos años,
hasta que los barcos desaparecieron
totalmente y se perdieron sus hombres
entre las marañas y trampas de sus
ciudades. Los Nocedos se multiplicaron
como plaga y cada día se hacía más
difícil encontrar pan en nuestras
comidas, aquellos malditos garbanzos
arrojados por la portilla se
convertirían en un sueño casi
inalcanzable durante muchos viajes
posteriores. Centenares de Vilas con
diferentes colores perdieron la vida en
África sin poder comprender que el pan
se caga y las balas entran. No se
equivocó mucho aquella sucia gitana,
miro por la ventana de mi oficina y el
paisaje es desoladoramente blanco, frío,
muy frío. No puedo quejarme.