
uando el sobrecargo me
entregó la llave del
camarote él se
encontraba de franco,
acomodé mis pocas
pertenencias sobre la
litera y me puse ropa de
faena. El contramaestre
no era una persona
amable, no recuerdo haya
respondido el saludo y
tampoco le di mucha
importancia. Su ropa se
encontraba en estado
deplorable y apestaba a
tres metros de
separación, sostenía
presionado entre los
dientes un mocho de
tabaco y hablaba por un
costado de su boca, su
aliento me invitó a
mantener distancia. Le
ordenó al pañolero que
me entregara una
piqueta, rasqueta,
cepillo de alambre y una
lata con minio. Lo seguí
por la cubierta
principal hasta la
bodega número tres, como
andaba delante de mí,
observé un extraño tic
nervioso en su hombro
izquierdo que le daba
cierto aire de títere
infantil. Lanzó un
grueso escupitajo color
ámbar que chocó con
violencia en el
trancanil de la bodega,
luego subió por la
escalerilla hasta las
tapas seguido por mí.
Allí se encontraban
varios marineros
repiqueteando sobre
ellas, el eco de
aquellos picotazos
descargados sobre
verrugas de óxido
viajaba hasta las
profundidades de la
bodega como campanadas
de cualquier iglesia.
-Esta
tapa es tuya. Fue todo
lo que dijo y se marchó
en dirección a la
superestructura, lo vi
escupir nuevamente y se
perdió por el pasillo de
acceso a la cubierta
principal.
-¿Estás
enrolado? Preguntó un
flaco bigotudo muy
próximo a mí, era la
reencarnación de Tres
Patines. -Yo me llamo
Menéndez, pero todo el
mundo me dice “El Sapo”.
-Sí,
vengo enrolado de
agregado de timonel.
-¿Y qué
camarote te dieron?
-Voy a
vivir con un timonel que
se llama Manso, pero hoy
se encuentra de franco.
-¡Muchacho!, te ganaste
la lotería, no hay quien
se meta a ese individuo.
-¿Por
qué?
-Es
insoportable, gritón,
autosuficiente y sobre
todas esas cosas, no
resiste a las nuevas
generaciones.
-A esta
gente hay que sacarlas
de los barcos a patadas
por el culo. Intervino
otro de los marineros
que formaba parte del
grupo. -Partía de
contrabandistas de
mierda, hay que sacarlos
al carajo, nosotros
somos el futuro de este
país, mi nombre es
Eduardo. Lo saludé,
comprendí su mensaje,
pertenecía a la
generación que una vez
pensó y luego se privara
de esa virtud que posee
la mente humana. Ya
había trabajado en otros
barcos dando
mantenimiento y tenía
una idea clara de lo que
debía hacer.
-Llégate
al pañol y dile al
pañolero que te de unos
espejuelos contra
impactos, vas a perder
un ojo. Me recomendó El
Sapo.
-Esta es
tu cama, aquí está tu
gaveta. La abrió para
mostrarme que se
encontraba vacía, solo
habían dos debajo de su
litera y me pertenecía
la derecha, no existía
posibilidad de
equivocación. -Esta es
tu taquilla. Abrió la
puerta para mostrar que
se encontraba en igual
condición y comprobé de
paso el reducidísimo
espacio disponible para
acomodar mis
pertenencias. Tampoco
necesitaba mucho más,
contaba con una sola
muda de ropa para salir
y dos uniformes, ya
había sacrificado el
pantalón en peores
condiciones para las
labores de
mantenimiento. -Tu
botiquín es el de la
derecha. Abrió la
puertecita y vimos que
quedaban algunos objetos
de su anterior ocupante.
Manso los sacó y arrojó
al cesto de la basura
-Y la
ropa sucia de trabajo,
¿dónde la guardamos?
-Ahora te
enseño un pañol donde
nos cambiamos, no debes
traerla para el
camarote. Lo seguí por
el pasillo hasta una
puertecita muy próxima
al baño, la abrió y fue
como activar una bomba
lacrimógena, una
combinación de gases
reprimidos penetró
profundamente por
nuestras narices y sentí
náuseas.
-¡Cojones, que peste!
-No te
asombres, hay gente que
no lava la ropa de
faenas durante todo el
viaje.
-Eso es
una cochinada.
-Regla
número uno. El sueño de
los tripulantes es
sagrado, si no tienes
sueño sale del camarote
y te vas al salón, pero
a la gente que hace
guardia de madrugada hay
que protegerla. Cero
ruidos, silbidos, luces
encendidas, música,
tirones de puertas,
gritería por los
pasillos, etc. Antes del
mediodía no se realizan
trabajos cerca de la
superestructura, grábate
todo esto para que
evites problemas.
-No creo
que tenga muchas
dificultades para
cumplir esas reglas,
¿hay algo más?
-Regla
número dos. Cero pajas…
-¡Coño!
De eso no me habían
hablado. Le interrumpí
algo asombrado por la
regla que acababa de
dictar, creo que eran
aportes privados.
-Bueno,
quiero decir cuando
estemos los dos en el
camarote. Cero revistas
pornográficas, si te
agarran con una vas
preso y te botan de la
marina.
-¿Y cómo
se la han hecho ustedes
hasta ahora?
-Mucha
imaginación, muchas
fantasías, pero nada de
eso cuando estemos los
dos juntos en el
camarote.
-Ya sé,
eso se cae de la mata.
-Regla
número tres. Tienes un
puesto fijo en el
comedor de tripulantes,
hay que esperar por la
llegada del
contramaestre para
sentarse y servirse
después de él. Esta
regla es inviolable y
forma parte de nuestras
tradiciones. Al comedor
hay que entrar limpio,
nunca en ropa de faena.
-¿Y si
estoy de guardia de
bodegas?
-Agarra
el plato y comes en la
popa, son las reglas del
juego.
-Pero
debo entrar a servirme.
-Le dices
al camarero que lo haga,
es parte de su trabajo.
Regla número cuatro…
-¿Aún hay
más? Volví a
interrumpirlo y parece
que no le gustó mucho.
-Los
relevos de las guardias
deben hacerse puntuales,
no hay razones para
llegar tarde al puente.
Las posiciones que
ocuparás en las
maniobras son fijas, sea
en proa o popa.
-Tienes
razón, aquí no hay que
agarrar guagua para
llegar al trabajo.
Manso
medía unos seis pies de
estatura, pero esa
altura era superada por
el volumen y tono de su
voz. Cada uno de
nosotros era bautizado
con un apodo, yo no
poseía ninguno en esos
momentos y las razones
eran obvias, acababa de
hacer mi entrada. Al
pasar los años nunca me
enteré cómo rayos me
llamaban. Manso era
conocido como “La voz
más alta de Caibarién”,
supuse entonces que su
origen radicaba en aquel
pueblo marino de la
costa norte de Cuba.
No podía
quejarme, creo más bien
haberme comprendido
entre los más
afortunados de mi grupo
y motivos sobraban.
Había sido enrolado en
una motonave en tiempos
donde parte de nuestra
flota estaba integrada
por viejos vapores de la
Segunda Guerra Mundial.
Su línea de viajes era
muy disputada entre los
marinos, cada dos meses
y medio se encontraba de
regreso y siempre tocaba
el puerto de La Habana.
El buque había sido
construido en Inglaterra
el año 1959 y contaba
solamente con nueve años
de edad, relativamente
joven cuando se
comparaba con el resto.
No todo era color de
rosa tampoco, existían
ciertas incomodidades
propias de la época a
las que nos adaptábamos
sin otras opciones. Los
camarotes del personal
subalterno eran
compartidos y los baños
de uso colectivo. El
agua de consumo era
racionada durante las
navegaciones y el aire
acondicionado no
funcionaba. Como medios
de entretenimiento
poseíamos un juego de
dominó, un radio de onda
corta y un proyector
ruso de 35 mm para
proyectar una película
semanal. Recuerdo que
aquellas películas con
imágenes de contenido
erótico, siempre se
quemaban en la misma
parte ante las
peticiones de los
tripulantes para que la
detuvieran. Fuera de
esto, dependíamos de las
tertulias que se
producían en la popa y
las historietas narradas
por los propios
protagonistas, el tiempo
restante se empleaba en
leer.
Aquella
tripulación con la que
atravesé por primera vez
el Atlántico, se dividía
en dos grupos muy bien
definidos. Por un lado,
aquellos que se
aferraban a la vieja
escuela y tradiciones de
la profesión. Algunos de
ellos con rasgos pequeño
burgueses que comenzaban
a pintar anacrónicos,
pero excelentes como
marinos y navegantes. El
otro grupo se encontraba
formado por los “Marinos
Embajadores”, así se
refirió Castro a
nosotros en un discurso,
luego, esas “sagradas”
palabras fueron
utilizadas en esa
especie de bautizo
fatal. Los primeros,
dedicados por entero a
su trabajo y amor por la
nave que tripularan en
su momento. Los
segundos, envenenados
con las corrientes
ideológicas de la época
y dedicados a destruir
todo lo que perteneciera
al pasado, incluyendo a
esos hombres que
supieron introducirnos
en el mundo marino con
sus ricas experiencias.
Creo haber participado
en una de las épocas de
oro de la marina cubana
donde sobrevivían
aquellas costumbres que
luego desaparecerían
para siempre junto a sus
hombres.
-¡Aboza!
Me gritó un día en la
proa durante una
maniobra de atraque y no
supe como hacerlo. Le
dio unas vueltas de más
al cabo sobre el tambor
del molinete y vino
hasta mí. –Observa bien,
no te lo voy a repetir.
Seguí cada movimiento de
sus manos sobre aquella
gruesa estacha de
henequén. ¡Sujeta aquí!
Regresó nuevamente al
molinete.
-¡Reconoce! Gritó el
contramaestre por un
lado de su boca y luego
mordió más fuerte el
mocho de tabaco. Manso
fue lascando poco a poco
el cabo hasta que todo
su peso y presión cayó
sobre la boza. ¡Firme!
Volvió a gritar el
contramaestre seguido de
un grueso escupitajo que
chocó contra uno de los
manguerotes de
ventilación del pañol.
-Este
tipo tiene escupidas por
todas partes del barco.
Dije bien bajito al Sapo
y Eduardo mientras le
daban vueltas en ocho al
cabo en una de las
bitas.
-Después
que tenga tres vueltas
puedes aflojar la boza.
Me dijo Manso, no le
hagas mucho caso a los
escupitajos del Bicho.
Así le decían al
contramaestre. –Hay que
adujar todo ese reguero
de cabos y tratar de
mantenerlo alejado de la
persona que se encuentre
cobrándolo en el tambor
del molinete. Cualquier
estrechonazo que dé el
cabo puede accidentar al
hombre que esté
trabajando con él. Cada
una de sus palabras era
el fruto de toda la
experiencia cumulada en
su vida de lobo de mar y
llenaban ese vacío que
siempre dejan las
escuelas. Fue un gran
maestro que no solo
trasmitía esos
conocimientos,
pertenecía a un grupo de
hombres que sufría cada
avería, indolencia,
indiferencia, arañazo
sufrido por el casco en
las maniobras de
atraque.
Durante
la navegación empleaba
su tiempo de descanso en
leer, consumía todo tipo
de literatura. Era muy
normal encontrar
mezcladas sobre la
mesita del camarote
obras de la literatura
universal con novelitas
rosas, cowboys,
policíacas, revistas de
cualquier género, etc.,
Manso era una polilla
insaciable.
Asombrosamente, este
hombre era de muy bajo
nivel educacional, es
muy probable que no haya
vencido un sexto grado,
sin embargo, la riqueza
de su cultura era
incomparablemente
superior a la del hombre
nuevo que conocí en el
futuro. Te daba una
disertación literaria
sobre cualquier obra o
autor de una manera
sorprendente.
Si
existían cosas que me
molestara durante ese
tiempo que compartimos
camarote, se destacaba
la cantidad de basuras
que compraba en el
exterior y apenas dejaba
espacio por donde
movernos. Un viaje iba
con el camarote repleto
de gomas de uso para su
viejo carro, otras veces
un refrigerador del año
del descubrimiento de
América y por último,
sacos de arroz,
frijoles, cajas de puré
de tomate, condimentos,
etc.
El
sombrío panorama
económico que afectaba a
la isla, provocó un
cambio dramático en la
conducta de esos hombres
que años atrás sus vidas
fueran dedicadas al
libertinaje de cualquier
marino. Las putas y el
alcohol pasaron a ocupar
un segundo plano,
mientras mantenía su
vigencia el contrabando,
muy perseguido y
delatado en aquellos
tiempos. En la medida
que pasaban los viajes y
transcurría el tiempo,
aumentaba también la
presencia de militantes
del partido abordo y eso
significaba el desenrolo
o la expulsión de
aquellos hombres. Sin
muchas explicaciones
encontré al Bicho de
pañolero en los muelles
Aracelio Iglesias, lo
habían separado de la
flota por “no
confiable”, muchos otros
siguieron su camino,
Manso logró sobrevivir.
Uno de
esos viajes
cualesquiera, el partido
me informa que yo
ocuparía la plaza de
pañolero. Yo no militaba
en nada y los miembros
de la juventud comunista
abordo eran muy pocos,
ninguno de ellos
pertenecía a cubierta.
Debo imaginar que esa
selección se deba a mi
condición de cantera del
hombre nuevo y acepté
sin condiciones, sin
preguntar las razones
por las que no se
ascendía a Manso, el
hombre con más
experiencia abordo. La
conciencia me persiguió
durante ese y muchos
viajes más, yo trataba
de buscarle una
justificación a un acto
tan vil y cobarde donde
me comporté como un
cómplice más de aquella
infamia. Ese era el pago
que yo le daba al hombre
que había sido mi primer
maestro y que no
escatimó tiempo, ni
guardó secretos con tal
de ver en mí a un
verdadero marino. Me
consolaba respondiendo a
la voz de mi conciencia
que aquello era una
tarea del partido, que
yo no podía negarme, y
en el peor de los casos,
si yo no aceptaba
aquella tarea se la
pasarían a otro y
quedaría marcado.
Me mudé
al camarote del
pañolero, un poco más
amplio, pero compartido
también con un
camarotero llamado
Emilio Garro, un
borracho de profesión
pero muy buena persona.
La
reacción de Manso no se
hizo esperar, ese viaje
ocurrieron demasiadas
averías cuando él se
encontraba de guardia.
Hoy partía uno de los
viradores que se
utilizaban para abrir
las bodegas y me
obligaba a trabajar de
noche para preparar uno
nuevo, él desconocía que
yo sabía tejer cables de
acero. Otro día partía
cualquier driza de
banderas en el palo
mayor y me obligaba a
subirlo para
sustituirla.
Descarrilaba tapas de
bodegas, escondía
herramientas, etc. Yo
sabía que esas acciones
eran intencionales, pero
nunca se me ocurrió
delatarlo, era
sencillamente el pago
que yo estaba recibiendo
por un acto
despreciable. Me lo
encontré varios años
después, creo que
ocupaba la plaza de
contramaestre y nos
saludamos con mucho
afecto, yo cargaba sobre
mis hombros las
charreteras de oficial.
Hablamos mucho sobre
aquellos tiempos,
aquellos hombres y los
actuales. –No puedes
imaginar cuánto yo daría
por tener abordo uno de
aquellos marinos. Le
dije y el sonrió, aún
conservaba el pedacito
de bigote que usaba a lo
Hitler, continuaba
siendo una muralla de
fuerte y se burlaba de
los años.
-Mambicuba-Habana,
Viñales que te llama.
-Adelante
Viñales, aquí Mambicuba.
-¿Puedo
hablar con el operador
del barco?
-Un
momento, Viñales, voy a
localizarlo. Permanecí a
la espera durante varios
minutos, las operaciones
de carga habían
finalizado y nos
disponíamos partir con
rumbo a Canadá,
Alicante, Marsella e
Italia cargados de
mariscos. Después
permaneceríamos fletados
un año en Marruecos
transportando cítricos
para Europa. –Viñales,
aquí Mambicuba.
-¿Quién
por esa? Aquí el
Viñales.
-El
Operador del buque.
-Muy
bien, mi hermano, te
habla Casañas el primer
oficial.
-¿Algún
problema?
-Sí, y
bastante grave. Hace un
mes que estamos pidiendo
combustible y hasta el
momento no ha llegado
nada. Me dijeron que
cargara el buque a full
y les advertí sobre las
condiciones de
estabilidad del mismo.
-Efectivamente, primero.
No se ha resuelto el
combustible y tenemos
conocimiento de las
existencias abordo. Con
el que tienen pueden
llegar a Canadá y allí
se les suministrará.
-Bueno,
mi hermano, pueden ir
buscando a otro oficial
que de este viaje, ya
tengo mis pertenencias
en las maletas. Les
advertí bien claro que
terminaríamos la carga
con una estabilidad que
no garantiza la
navegación hasta el
próximo puerto. El buque
tiene en estos momentos
el mínimo permisible y
cuando pasen tres días
de navegación su
estabilidad será
indiferente. Sabes bien
que a partir de ese
instante la estabilidad
se convertirá en
negativa.
-¿No
puedes llenar los
tanques de lastre?
-Esos
tanques se encuentran
permanentemente
lastrados en este buque,
ya sabes la arboladura
que se manda y sus
pobres condiciones de
estabilidad.
-¿Tú has
verificado esos
cálculos?
-Mi
hermano, éste es uno de
los pocos buques de la
flota que posee
computadora para esos
fines. Te repito, yo no
voy a salir en estas
condiciones.
-Primero,
yo voy a mandar a un
capitán inspector a
realizar las
comprobaciones
pertinentes.
-Puedes
mandar a todos los
capitanes que se
encuentren disponibles,
pero este que te habla
no va a salir de este
puerto en esas
condiciones, es un
suicidio, no sé si me
comprendes.
-¡Oká!
Dentro de unos minutos
va el capitán inspector
para tu buque, ¿algo
más?
-No,
negativo, solo que
finalizaron las
operaciones de carga y
estamos en espera de los
trámites pertinentes.
-Muy
bien, quedamos libres.
-Libre.
Una hora
después me llaman desde
el portalón para decirme
que un capitán inspector
se dirigía a mi
camarote.
-Buenas
tardes. Dijo el hombre y
me extendió su mano
derecha. Era un tipo
alto e impecablemente
uniformado.
-Buenas
tardes y adelante, mi
nombre es Casañas.
-Yo soy
el capitán Manso. Marqué
el número de la cocina y
le pedí al cocinero que
me enviara un servicio
de café para dos
personas al camarote. Le
fui introduciendo a la
máquina todos los pesos
existentes abordo y él
seguía con atención
aquella operación que
además, constituía una
novedad en la flota.
-¿Ves el
resultado? 0.25 m de
altura metacéntrica
positiva. Ahora vamos a
restarle el consumo de
solo tres días, ya sabes
que los viajes a Canadá
pueden durar entre siete
y ocho días, depende el
puerto. Los resultados
no se hicieron esperar,
aquellos valores se
aproximaron
peligrosamente a cero y
él quedó convencido de
los riesgos que
implicaban una partida
en esas condiciones.
-El barco
no puede salir así,
tienes toda la razón del
mundo, esto es una
locura, voy a informarlo
inmediatamente. Tomó el
walky-talky que tenía en
la portilla del camarote
y conversó durante unos
minutos con el operador
del buque. Acordaron
suministrar algo de
combustible para
garantizar la navegación
hasta Canadá, donde
rellenaríamos para
continuar viaje.
-¿Eres
pariente de Manso el de
Caibarién? El hombre se
sorprendió un poco con
el cambio de giro de
nuestra conversación.
-Soy su
hijo. Me respondió y lo
ataqué con otras
preguntas sobre su
padre.
-¿Sabes
una cosa? Yo compartí
camarote con él en el
año 68, él me inició en
esta profesión cuando yo
era timonel. Entonces se
interesó por la vida de
su padre, trataba de
buscar algo negativo que
nunca salió de mi boca.
-¡Qué
casualidad!
-¿Cuál?
Me di cuenta de la
metedura de pata y traté
por todos los medios de
rectificar con absurdas
historietas del pasado.
Tenía muchos deseos de
decirle que era una
casualidad muy grande
que su padre me
recibiera en la marina y
fuera precisamente su
hijo quien me
despidiera. Ese viaje yo
tenía planes de desertar
y lo hice cuando toqué
el primer puerto.