Vuelven a calentarse
los tambores que
sonarán en la conga de la
Calle 8, regresan nuevamente
los carnavales.
Miami es el marcapasos que
controla cada movimiento de
su principal enemigo, cada
cucharada llevada a su boca,
cada palabra, cada peíto,
arruga o verruga insertada
en sus fotografías. Nadie
vive tan pendiente de su
vida como los miamenses, ni
los que viven en la isla,
ellos no tienen tiempo para
esas frivolidades.
Desfila el
principito en una caravana
que pretende celebrar algo y
todos tratan de buscarle una
explicación. ¿Fidelito, el
primer bitonguito
revolucionario? ¿Qué pintará
en todo esto, cuál será el
mensaje subliminal? Porque
si de algo estamos
convencidos quienes los
conocemos, es que ellos no
mueven un dedo sin
justificación. ¿Será el
sucesor del hermanazo?
¿Tendremos que esperar por
la muerte del hermano, el
sobrino,
el hijo y el espíritu
santo? ¿Cuántas congas nos
quedan por celebrar?
¡Rubiera,
Rubiera! ¿Qué pintas en todo
esto? Me apresuro y busco
entre mis diplomas su firma.
No, el de meteorología
náutica no fue firmado por
él. Todavía lo recuerdo
dándonos clases en el
observatorio y mostrándonos
con orgullo toda la partía
de cafeteras rusas que
usaban para pronosticar el
tiempo, la guayaberita la
guardaba con mucho cuidado
para los noticieros. No
puedo negar que me dejaron
botao en esta parte del
mensaje. ¿Qué pinta Rubiera
en esa comedia de humor
negro? Tal vez le informó al
comandante que los últimos
huracanes eran agentes de la
CIA, puede que sí, cualquier
cuentecito es bueno para
dormir a un niño. Observo
nuevamente la foto y trato
de buscarle un sentido a la
presencia de la morenita que
se encuentra al lado del
principito, cualquier
justificación es aceptada,
ellos son impredecibles.
¿Qué celebrarán? Consulto
otras páginas y aparecen los
insustituibles pioneritos
agitando banderitas,
participan en un acto de
comunión obligada, me
detengo en esa observación,
me abstraigo.
-¿Quiénes son
esos niños? Pregunta mi
nieto con la vista fija en
la pantalla, sostiene un
piespí en sus manos y a cada
rato me interrumpe para
enseñarme un nuevo juego.
-Son unos
chamas cubanos que llevaron
a un desfile. Le contesto y
detengo lo que estoy
escribiendo.
-¡Ahhh! Viven
en la isla del viejo loco.
Así le llama desde que
comenzó a escuchar nuestras
historias y el por qué nació
aquí.
El sibarita
Pablo Milanés se
monta en la carroza, no es
griego ni ese título se lo
regalo yo, dijo una vez que
era amante de los grandes
placeres y le creo. La gente
lo aplaude y celebra, ¿qué
celebran? Quizás haber dicho
que estaba cansado de los
dirigentes mayores de
setenta y cinco años, tal
vez porque se dio cuenta que
el “socialismo” estaba
estancado. Demasiado tarde y
siempre nadando en aguas
tibias, a media máquina, a
medio techo de vuelo,
jugando con medias verdades
y flirteando con las
mentiras. Leo y me enojo, me
encabrono, diría en buen
cubano, sería más prudente
que no abriera la boca y
ahorrara ese esfuerzo por
sacudirse la mierda, ya es
un poco tarde. Dice él que
aquellos viejos pasaron sus
momentos de gloria y fueron
muchas, dice él que no deben
juzgarlos y que la historia
los absolverá, dice tantas
cosas mezcladas que es mejor
que se calle la boca, pero
la gente aplaude y celebra,
estamos en tiempos de
carnavales.
La cola es
infinita frente a la
embajada española, todo el
mundo quiere ser gallego,
apesta ser cubano, hasta
Fefa la del Comité está
marcando su turno. ¿Y los
negros? Pobres negros,
deberán esperar a que en
Nigeria le otorgue la
ciudadanía a los
tataranietos de aquellos
esclavos para poder escapar.
¿Saldrán para ese país? No
lo dudo, la cuestión es huir
de todos esos logros y
momentos de gloria
mencionados por Pablito.
¡Hay que celebrar!,
calienten
los tambores que
estremecerán la Calle 8. ¡No
hay razones para festejos!
Gritan algunos humanoides
desde el lado de acá, nadie
celebra la muerte de un
muerto, hay que
comprenderlos, son tan
piadosos y sensibles,
espirituales, tan
anacrónicos en estos
morbosos tiempos, suenan
raros. ¡Qué, sí! Tenemos
razones suficientes para una
gran fiesta, replican otros
desde el lado de acá. ¿No lo
hacen allá? Hubo un desfile
por un malecón diferente, un
país distinto, una gente,
una gente, una gente que
después del desfile irán a
marcar en la cola de la
embajada gallega. ¡Es
verdad, es verdad, es
verdad! La gente aplaude
acá, agitan banderitas allá.
-Yeyo, ¿qué
escribes? Volvió a
interrumpir mi nieto.
-¿Qué quieres
ahora?
-Quería
mostrarte este otro juego,
mira, si quiero me puedo
conectar a Internet.
-¿Desde ese
tarequito?
-Sí, Yeyo,
observa. Le presto atención
y veo como manipula con
agilidad los botoncitos de
aquella cajita.
-¿Los niños
de la isla del viejo loco
pueden usar un piespí?
-¡No, hombre!
Eso que te trajo Santa estas
navidades es desviación
ideológica.
-¿Qué es eso,
Yeyo?
-¡Olvídalo!,
estoy hablando boberías.
-¿Qué
escribes?
-Mierdas,
pero necesito que me des
diez minutos para terminar.
-¡Abuela,
Yeyo está escribiendo
mierdas! Salió de la
oficina.
Desfilan
varios “presidentes” con la
caravana, todos quieren
asistir a sus últimos
minutos, llegaron tarde y no
pueden retratarse junto al
último dinosaurio, la figura
del tareco es un secreto, el
mejor guardado en la isla.
La vejez es un orgullo o
meta para muchos
inalcanzable, para él, no.
Su exagerado ego no le
permite aceptar que está
viejo y cansado, como
cualquier ser humano, pero
él no es un ser racional, se
avergüenza de su figura
cuando mira el espejo. De
aquel caballo no queda nada
y lo sabe, solo un potranco
destartalado. Todos saben
que es un estadio obligado
en la inviolable
ley de la vida, él
no, siempre se creyó eterno
y estaba equivocado, aquel
macho atrayente se convirtió
en una caricatura. Cerró el
cerco y decomisó lentes
cercanos, escondió su
ridícula imagen de héroe
derrotado por el almanaque y
desde las sombras se dedicó
a escribir sus porquerías
que muchos celebraron sin
saber fuera él quien las
escribía.
¡Yoani es del
G2! Se puede leer en una de
las pancartas que desfilan
por el malecón y los
pioneritos agitan sus
banderitas, los mayores
aplauden, las jineteras
mueven el culo, desde el
exilio la atacan, se
calientan los tambores. ¿Qué
pinta Rubiera en aquel
desfile? Perdemos el camino
y al enemigo común, nos
desgastamos en batallas
fraticidas donde no silban
las balas ni corre la
sangre, solo palabras que
invaden pantallas. Huele
feo, apesta a mierda la
lucha que mantenemos entre
cubanos infestados por las
ansias de protagonismos. El
tipo está ahí, se muere
tranquilo en su lecho de oro
y se ríe de todos nosotros,
dispuso de
todo el tiempo del
mundo, el gastado entre
nosotros en batallitas de
comadres para preparar su
legado. No las metió sin
vaselina, a los de aquí y a
los de allá, nos mantuvo
entretenidos en millones de
boberías. El tipo se va o se
fue, solo hay que esperar la
fecha que decidan morirlo,
pero nos dejó de premio a su
hermanísimo, y después de él
quedan otros más. ¿Cuántas
congas tendremos que
celebrar? ¿Y cuando no
queden nietos de españoles?
¿Y si se marchan los
tataranietos de los
esclavos? ¿Quién carajo
quedará en la isla? ¡Suenen
los tambores, ha muerto un
hijoputa! ¡Qué peste a
mierda!
-Yeyo, ¿ya
acabaste?