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""""NOUVEAU
ANNIVERSAIRE
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Esteban Casañas Lostal
Desde
Montreal |
-¡Jode bastante!
A los
pendejos no los respeta nadie, ni tú
peor enemigo, te lo digo por
experiencia. Yo lo escuchaba tranquilo,
amparado por esa aura de inocencia con
la que se llega de la isla y todo se
confunde. Todo lo que brilla es oro,
todo es bueno, todos son nuestros
hermanos, y si no lo eran, eso fue lo
que me enseñaron, no lo eran. Es de las
pocas personas de origen cubano con las
que mantengo vínculos actualmente
después de tanto tiempo transcurrido,
después de habernos convertido en
enemigos por obra y gracia de excelentes
maniobras disociativas. Él llegó a
pensar que yo era chiva, yo llegué a
pensar que él lo era, así transcurrieron
muchos años donde permanecimos aislados
por la duda sembrada con esa maestría
solo posible por el régimen cubano.
Creo que jodí desde el primer día que
pisé esta tierra, no expresé aquella
frase tan famosa que atribuyen a Colón
cuando descubrió nuestra isla. Ésta es
hermosa en verano, pero había un frío de
tres pares de cojones cuando me bajé con
aquellos zapaticos chinos en plena
nevada.
La comunidad cubana era muy pequeña
entonces, solo desertores y traidores a
la patria componían el noventa por
ciento de su población. Las jineteras ya
habían sido inventadas, pero no
utilizaban a los canadienses como naves
de emigración, creo que esas naves se
encontraban en astilleros. Los pingueros
no formaban parte de la nómina nacional,
el que apunta banquea, era la opinión
preenjuiciada de los criollos entonces,
si eres bugarrón hay poca distancia, no
eran bien vistos, ¡hoy es tan natural!
¡Creí, confié en los consejos del socio!
Bueno, si analizas sus consejos a fondo,
encontrarás que tiene su fundamento,
todo el mundo detesta a los cobardes. Si
su consejo fue dado con mala fe, algo
que dudo ahora, luego de transcurridos
diecisiete años, yo mordí el anzuelo
inmediatamente, ya les dije
anteriormente que me dediqué a joder y
hay algunas cosas de peso que realicé
moviendo solamente la boca. No quiero
mencionarlas para evitar que se
conviertan en objetos de acusaciones,
ese trabajo no lo voy a facilitar, pero
deben constar en los archivos de ellos,
¿se acuerdan de aquel espía llamado
Sorge?, él no mató a nadie. Tampoco
pretendo compararme con su figura, solo
intento darles una idea de cuánto daño
se puede realizar sin efectuar un solo
disparo.
El tiempo iba pasando y con esa misma
intensidad variaba aquella comunidad
encontrada cuando descubrí esta tierra.
Primero fuimos invadidos por estudiantes
que regresaban de la URSS y desertaron
en las escalas de sus aviones, ninguno
se pronunciaba en contra de las causas
que los trajeron hasta aquí, nadie
quería buscarse problemas y cuando les
hablabas de los líos de Cuba te
esquivaban como si estuvieras
contaminado. Luego comenzó otra oleada,
desertaron decenas de marineros y la
actitud era similar a la de aquellos
jóvenes estudiantes, timoratos e
indiferentes, gente que al parecer,
nunca había vivido en aquella isla de la
que escapaban “sin otra razón aceptable
que la de solo escapar”.
Jodí incansablemente, tanto, que me
agoté un día de aquellas pretensiones
por tratar de reunir o unificar a los
cubanos, es como arar en el mar o
sembrar peras en el desierto. Cansado de
tantos esfuerzos realizados en vanos y
tirados por la borda cuando aquella
comunidad fue infestada de parias cuyas
profesiones destacadas eran las de
jineteras y pingueros, colgué los
guantes como cualquier boxeador agotado
o envejecido. Me mantuve en silencio muy
poco tiempo, siempre pensando en los
consejos de aquel socio cuando llegué a
Canadá, los mantuve vigente en una lucha
desenfrenada entre la duda y la
credibilidad. Traté siempre de
apartarlos y hacer algo mío que no
tuviera vínculos con una comunidad tan
viciada por el miedo. ¿Qué puedo hacer
yo solo? Muy poco, pero siempre es algo,
es mucho más que nada. Fue allí, en ese
preciso instante, donde me decidí a
escribir cada una de mis memorias. ¡Ojo!
Pero si se remontan al principio de mis
trabajos, comprobarán que todos se
encuentran firmados con mi nombre y
apellidos. ¿Qué deseo decirles? Muy poco
y mucho, nunca me oculté y le di la
razón a aquel socio con el que hoy
mantengo vínculos, ni èl duda de mí, ni
yo dudo de él. A los pendejos todo el
mundo los desprecia y espero me perdonen
quienes se sientan ofendidos por esta
expresión tan agresiva. ¡Señores! Mi
familia se encontraba aún en Cuba y
salieron cuando cumplí la condena que
ellos les imponen a los desertores.
¡Ahhhhhh! Eso sí, estoy pagando mi
precio por escribir con mi nombre y
mostrar mi rostros desde el principio,
no puedo regresar a Cuba desde hace
diecisiete años, pero aunque así fuera,
aunque pudiera hacerlo ahora mismo, no
lo haría si tengo que pagar una
humillante visa que me califica como un
ciudadano de segunda. Ustedes me
disculpan y pueden hacer los que les
venga en ganas, yo no me rindo y aún
estoy vivo. ¡Señores! Esa es una de las
pocas diferencias que existe entre
cubanos, los que se aferran a vivir con
una máscara y los que se niegan a vivir
con ella, yo pertenezco al último grupo,
disfruto enormemente vivir con mi nombre
y apellidos.
En uno de esos viajes de mi hija a La
Habana, tomó un taxi para ir a la
embajada canadiense y el chofer se
equivocó.
-¡Qué! ¿Cómo luchaste la pira del país?
Se equivocó y la confundió con una
jinetera.
-¡Oye! Yo no tuve que luchar nada, mi
padre se la jugó y salió del país como
desertor. El tipo, acostumbrado a tratar
con putas, se tuvo que meter la lengua
en el culo, la respuesta de mi hija me
llenó de orgullo. Hace unos días cumplí
diecisiete años de aquella deserción y
no me he muerto, poco me importa si la
muerte me sorprende en estas tierras. Lo
haré con mucha tranquilidad y mis deseos
se encuentran escritos desde hace muchos
años, no quiero que mis despojos sean
llevados a mi tierra mientras ésta no
sea libre, ¡al carajo lo demás!
Y si tenéis por
rey a un déspota, deberéis destronarlo, pero
comprobad que el trono que erigiera en
vuestro interior ha sido antes destruido. Jalil Gibrán.
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