-Me confirmó que llegarán y todo
les irá de maravillas, pueden
escapar. Él no hablaba, trataba de
comprenderla y adivinar la fuente de
aquella ingenuidad. No porque un
huevón malviviente y sentado al lado
de un radio Siboney oyendo el
programa Nocturno se lo asegurara
por una simple inspección visual,
Eugenio le otorgaría poderes
sobrenaturales distintos a los de
cualquier humano. Ella sí, se
comportaba de una manera estúpida a
pesar de su nivel de escolaridad,
¿cómo podrá confiar en las palabras
de cualquier individuo con facha de
pícaro?, pensó mientras andaba. Él
no creyó una sola de aquellas
palabras, el tipo no se molestó en
preguntarle nada, aceptó complacido
unas cajetillas de Populares y le
dijo a su mujer que colara un poco
de café con el sobrecito entregado
por Clarita.
-Recomendó que llevara un ramo de
rosas rojas y las colocara en tu
camarote, también me dijo que ella
debe hacerte una limpieza con un
huevo la noche antes de desembarcar
y lanzarlo al mar, tienes que
pararte de espaldas a él. ¿Rosas
rojas, dónde carajo las voy a
conseguir?, pensó otra vez mientras
continuaba marcando sus pasos por
aquellas sucias aceras de las que se
despedía sin conciencia del tiempo
que transcurriría hasta un nuevo
encuentro. La escuchaba atentamente
y cruzaron, la cola de la pizzería
se extendía más allá del alcance de
su vista en esos instantes,
probablemente doblará en Concordia.
Giró el rostro a la derecha en busca
de la tabernita checa, otra cola de
borrachos se extendía mansamente en
dirección a la universidad. ¡No
pueden mantener nada! Exclamó
mentalmente, quizás atrapado por los
recuerdos de los primeros años de
vida de aquel rincón. Olvidó la
fecha de la última vez que entró,
era muy joven aún y se sentó en la
misma mesa ocupada por una pareja de
medios tiempos. -¡Olvídala! Le dijo
aquella mujer desconocida con los
ojos hundidos en el alcohol. Ella no
te conviene, esas relaciones pueden
resultar peligrosas y tú eres muy
joven aún. Recordó el susto
reflejado en su cara ante las
palabras de aquella bruja, su pareja
se mantenía callada como él en esos
instantes. Adivinó aquella vieja de
mierda, pensó, ¿cómo pudo hacerlo?
Es probable que el dolor viajara
fuera de su alma y hay gente que
capta la señal. -¡Eres casi un niño!
Dijo la vieja y su aliento etílico
saltó el ancho de la mesa para
chocar violentamente contra su
rostro. ¡El marido te puede matar!
Pudo ser un truco viejo utilizado
para impresionar, pero la muy
cabrona había dado en el clavo y él
los invitó a otra perga de cerveza
para continuar escuchando.
Giró la cara nuevamente y se fijó en
la tienda que hacía esquina, se
encontraba en semipenumbras y le
vino a la memoria otros tiempos, se
esforzó por recordar un apellido,
¡Quesada!, casi gritó en sus
pensamientos, lámparas, luces,
brillo ausente.
-Cuando ella te haga la limpieza con
el huevo trata de darte un baño y
frótate por el cuerpo las rosas que
tendrás en el camarote, eso es
bueno. ¿Será un aporte de ella o una
recomendación del babalao?, pensó.
¿Y las flores dentro del camarote?,
pueden despertar las sospechas de
los tripulantes o los
guardafronteras a la hora del
sondeo. ¿Quién ha visto a un marino
con flores en su camarote?, mejor no
las tengo, pensó nuevamente, el
tiempo transcurría entre
divagaciones. ¿Y si me trae mala
suerte no tenerlas como recomendó el
tipo del radio?, nace la duda. Tal
vez no pasa nada y los soldados del
sondeo no se percatan de la
presencia de aquellas flores. Quizás
sí y prefieran mantener silencio,
pueden ser creyentes también, ya
veremos si las tengo o no las tengo.
Su voz lo extrajo del mundo que lo
rodeaba o lo trajo nuevamente a él,
su vista descansaba en la enorme
iglesia por la que había pasado
tantas veces con miedo a entrar,
algunos ciclistas se persignaban a
su paso. Hoy todo el mundo quiere
creer en Dios, qué ironía del
destino.
-Tengo agua de Florida en la casa,
debes rociar todo el camarote con
ella. Escuchó el canto de algunas
aves mezcladas con el agotador
trinar de un mar de bicicletas que
corrían desesperadas en ambas
direcciones de la avenida y buscó
por todos lados. Una cerca alta
mantenía prisionera a varias jaulas
donde diminutos pajaritos desafiaban
la hora y cantaban celebrando
nuestras desgracias. Algunos árboles
les servían de refugio o estaban
allí para decir que no todo había
muerto. ¿Agua de Florida, la habrán
traído de Miami? No le dio mucha
importancia, tampoco le prometería
inundar su camarote con el olor de
aquella esencia barata que le
recordara los centros espiritistas a
los que fue llevado durante su
infancia.
-No te preocupes por las rosas, yo
tengo contactos para conseguirlas.
Dijo ella mientras tiraba de su mano
para evitar que cayera dentro de un
charco de aguas negras. ¿Contactos
para conseguir unas putas flores? Se
limitó a continuar en silencio. ¡El
coño de tu madreeee! Fue el grito
infinito de un grupo de ciudadanos a
un chofer que no se detuvo en la
parada de Zanja. En el portal, una
larga y disciplinada cola esperaba
junto a la puerta de un estudio
fotográfico, regresó otra vez
montando en la bicicleta del tiempo.
La voz quebrada de Eduardo le
proponía a su pareja casual que se
acostara con él, cambiar de pareja,
así de sencillo, ella lo observaba
de arriba hasta la suela de los
zapatos mientras sonreía y tomaba
tiempo para decidir. ¡Pero él no me
gusta! Respondió después de su
minucioso examen. ¡Eso no importa!,
el asunto es vacilar y variar un
poco. Le respondió en el mismo tono
de voz y las personas que se
mantenían en la cola prestaron
atención al inusual diálogo. La
pareja de Eugenio escuchaba y
sonreía con algo de malicia, como si
no le desagradara la idea. Fueron
pasando uno a uno para tomarse la
foto del carné de identidad que
establecerían en fecha próxima.
Aquellos tiempos no fueron mejores,
la moral comenzaba a derrumbarse
como fichas de dominó, hoy se ataca
a los jóvenes.
-Te voy a dar también algunas
velitas para que enciendas una cada
noche después de la partida. ¿Velas,
dónde carajo las conseguirá? No
puede negarse que esta mujer tiene
buenos contactos. Eugenio estuvo a
punto de pedirle doblar a la derecha
cuando llegaron a la esquina de
Jesús Peregrino, deseaba despedirse
de su amigo Eduardo. ¿Y si se
emborracha y suelta que pienso
largarme a la mierda? Él no puede
mantener un secreto bajo los efectos
del alcohol, y luego, con ese
vozarrón que tiene no puede hablar
bajito. Mejor no corro el riesgo,
pensó y dirigió la vista hasta la
entrada del solar, mejor sigo.
-¡Eugenioooooooo! La jeva dice que
sí, va el cambio. Gritaba Eduardo
mientras se acercaba corriendo como
un loco por aquellos portales que
hoy lo sepultaban en sus memorias.
-Vamos a cruzar a San Francisco en
la esquina de la funeraria, es más
fácil atravesar Carlos III por aquí
y no por Ayestarán. Él se abstuvo de
contestarle y dejó que avanzara unos
pasos, gustaba mirarle las piernas,
solo eso le encontraba atractiva de
espalda. No era culona ni planchada,
término medio, pero las piernas las
tenía bonitas y su caminar era
elegante, como el de una dama
distinguida de aquellas novelas de
Carrión. Hasta su vestir es
diferente, muy elegante y señorial,
anacrónico para esa época de
bajachupas escandalosos y alardosos
que retaban la mirada del más sereno
y cauteloso de los hombres, tampoco
poseía unas caderas pronunciadas,
muy discretas. Observó el estado
ruinoso de aquel Mar Init que se
aferraba a la vida, el cine había
cerrado sus puertas hacía muchos
años, sintió deseos de que el tiempo
regresara a su infancia.
-Voy a ver si tengo escoba amarga en
la casa, hace falta darte unos
chuchazos para romper ese silencio
que te abruma. Yo sé que no es
fácil, pero alguien debe dar el
primer paso, después me reclamas. Se
dirigieron hasta Xifré y a unos
pasos de Carlos III él abrió la
puerta del apartamento con su llave.
-No creas que me resultó fácil
adquirir esta casa. Dijo ella y él
esperó pacientemente aquella
historia repetida como ritual antes
de quitarse toda la ropa. ¡Ahí, en
ese sofá!, aquí mismo encontré a mi
marido desnudo con su marido. Todo
tiene un precio en la vida y su culo
pagó por el carné y apariencias ante
la sociedad. Yo cobré mi parte por
la pérdida de un marido, ¿no es
justo? ¡Claro que sí! Siempre le
respondía asintiendo con la cabeza y
comenzaba a desnudarla tratando de
encuerar también el trauma sufrido
en busca de un cómodo orgasmo.
El agua estaba muy fría, siempre
estuvo así y nunca protestó, después
del primer jarro arrojado sobre el
cuerpo podía resultar agradable. Él
se inclinaba para llenarlo con el
agua acumulada en la bañadera y la
rociaba despacio sobre ella, no
dejaba de protestar por aquella
dulce tortura. Después la enjabonaba
con Lux comprado en el extranjero,
siempre creyeron que era el mejor,
al menos era perfumado. Se detenía
más del tiempo necesario sobre su
escandaloso y negro Monte de Venus,
una verdadera montaña de vellos que
producían una espuma extravagante.
Una tierna línea negruzca se
extendía hasta el ombligo y
continuaba hasta los senos, sus bien
pronunciadas tetas capaces de
amamantar a varios hijos al mismo
tiempo. Permanecía caprichosamente
frotando su clítoris, no dejaba de
insistir en ese enfermizo movimiento
hasta que lo sentía verdaderamente
alborotado. Ella repetía cada uno de
sus movimientos convirtiendo cada
célula en una ecuación perfecta,
clítoris es al pene como el ano al
ano y los resultados son equis. Cada
jarro de agua iba destruyendo aquel
monte nevado y dejaba al descubierto
la verdadera personalidad oscura y
atrayente de esa parte de su cuerpo.
Contrastes excitantes se producían
en esa batalla constante entre el
blanco de ambos cuerpos y los
parches de azabache ocultos por
telas. El secado era una ceremonia
que solo interrumpió durante su
primera visita, debía realizarse
frente al enorme espejo de la puerta
de su escaparate, lentamente,
dándole tiempo a ella para que
observara el reflejo de ambos
cuerpos en el cristal. Trataba
siempre de mantenerse de perfil e
iba bajando lentamente con la toalla
hasta el pene, se lo introducía en
la boca y giraba su cara al espejo.
Se retiraba y se detenía en el
glande, lo manoseaba con la lengua
sin dejar de observarse de perfil,
sus ojos adquirían la imagen de
aquellas viejas pinturas egipcias.
Repetía los movimientos donde
desaparecía con magia todo el rígido
músculo dentro de su boca, él podía
sentir ese contacto con sus
amígdalas sin rencores o
sufrimientos, los pasaba quizás sin
aquellos síntomas que provocan esos
gestos que anteceden al vómito.
Varias veces se tragó todo el
esperma de Eugenio con la misma
tranquilidad que se bebe un vaso de
leche o se consume un helado,
siempre mirando hacia el espejo,
chupando con insistencia, con el
firme propósito de no dejar
absolutamente nada dentro de sus
depósitos, eso no ocurría siempre.
Su plato preferido era traer una
butaca que tenía dentro del cuarto,
lo colocaba frente al espejo y
ordenaba a Eugenio que se sentara,
luego, se paraba frente a él con las
piernas abiertas durante varios
prolongados segundos y se detenía a
mirar el espejo. Sus ojos viajaban
del pene a su montaña repetidamente,
insistentemente, enfermizamente.
Abría un poco más las piernas y se
iba agachando despacio sin dejar de
mirarse, como tomando fotografías.
Por detrás de su nalga derecha
agarraba el pene y lo acomodaba, una
vez enfilado, ella no se sentaba
inmediatamente, realizaba varios
movimientos lentos y giratorios muy
provocadores sin despegar la vista
del espejo. Eugenio retiraba las
manos de sus nalgas y las dirigía a
los pezones, ella lo sustituía con
las suyas. Frente al espejo, la
imagen de una enorme araña que
devoraba sin remordimientos un trozo
de carne humana. Un rato después de
aquella escena repetida con
demasiada frecuencia, ambos se
lanzaban sobre el escenario testigo
de sus locuras y tal vez de las de
su marido con el otro marido. La
cama tenía dos colchones en los que
podías hundirte como cualquier nave
que cae en el seno de dos olas,
debías acercarte bastante a proa o
popa y evitar encontrarte a mitad
del camino por lo profunda de su
curva y las incomodidades que puede
presentar a la hora de una batalla
como las que exigía Clarita por sus
traumas. La eyaculación precoz es
criminalmente penada en Cuba, un
verdadero macho debe responder a
todas las exigencias que antes eran
mudas, pero convertidas en
peligrosas en una sociedad cuya
promiscuidad no se detuvo entre
abuelos y nietos. -¡Qué!, ¿te gusta
la vieja, se menea bien en la cama?
Le preguntó una vez un muchachón y
no supo cómo rayos contestarle,
nunca había escuchado a un muchacho
expresar algo así relacionado con su
madre.
Con Clarita era imprescindible lucir
la franela y cada aterrizaje en su
cama no podía ser inferior a una
hora de placer o sufrimientos. Uno
de esos días donde se vencieron
todos los ritos exigidos, la puerta
de su cuarto quedó abierta, quedaba
justo al lado de una ventana
colindante con el patio de un
Círculo Infantil vecino. Esa ventana
era el lugar por donde se
comunicaban y pasaban parte de las
mercancías robadas a los niños para
ser vendidas en la bolsa negra.
Eugenio se encontraba encima y pudo
ver el rostro de una de aquellas
amigas, no hizo nada por esquivar
los ojos morbosos de aquella mujer,
insistió más bien en movimientos y
posiciones que dejaran mayor ángulo
de visibilidad a la extraña
visitante que él conocía
perfectamente, ella se mantuvo
inmóvil hasta el final de sus actos.
-¿Te vas a mantener toda la noche
sin hablar? Le dijo mientras
permanecía sentada encima de su
cuerpo y con las piernas abiertas.
Eugenio la observaba, sentía bajar
por sus costados el fruto de aquello
que siempre se demanda en esos
instantes de lujuria podrida. Corría
lentamente, como la lava de un
volcán, espesa, tibia, incolora,
olorosa. Mojaba toda su pelvis y
formaba una masa pastosa con sus
vellos, sentía viajar aquella
maldita y ansiada leche hasta el
mismo culo.
-Mañana voy a quitarme el anillo
para ver si me preñas antes de que
partas, así habrán sólidas razones
para la reclamación, ¿no crees?.
También voy a visitar al dentista,
dicen que allá es muy caro. Los
muelles de ambos colchones crujieron
cuando ella cambió de posición y
apoyó sobre ellos las plantas de sus
pies. Eugenio la observaba mientras
recordaba aquellos dolorosos
castigos impuestos en su vida de
recluta, ella elevó su cuerpo hasta
la altura del glande e inclinó su
cabeza para observar. Su larga y
densa cabellera le interrumpía una
visión que lo excitaba tanto como
aquellas revistas pornográficas con
las que contrajo matrimonio durante
su vida de marino.
-El precio de los Popis anda por los
trescientos cincuenta pesos, se ha
disparado, lástima que no regreses,
podíamos hacer el pan. Eugenio nunca
pudo comprender cómo rayos se podía
templar y hablar de negocios al
mismo tiempo. Tal vez lo hacía de
cabrona para demorar el coito y su
orgasmo, pensó. Ella se dejó caer
suavemente y sintió todo el calor de
sus entrañas concentrada en aquella
vagina que comenzaba a quemarlo y le
producía cierta ardentía.
-Vamos a tener que bañarnos
nuevamente, después te prepararé
unas langosticas que compré en el
mercado negro. En el frío tengo
varias cervezas de latica que me
consiguieron en la Diplo, son las
cómicas que tanto te gustan, pero
solo las tomarás después del baño.
Subió y bajó con rapidez violenta
tres o cuatro veces ante la continua
protesta de los muelles, se agotó e
insinuó adoptar la posición del
sesenta y nueve, Eugenio desechó la
idea de realizarlo encontrándose
debajo.
-Mañana te llevo las rosas, el agua
de Florida y las velitas al barco.
¿No podrá callarse un solo instante?
Pensó nuevamente mientras la llevaba
de la mano hasta la butaca situada
frente al espejo del escaparate,
ella no protestó.
-¡Dámela, cojones! Dijo envuelta en
epilépticas convulsiones y
sepultando de una vez todo el
lirismo de Avellaneda.
-¡Dame una parte del dinero que
tenemos guardado! Le dijo Eugenio
después que terminaron de comer.
Ella sacó una gaveta de la cómoda
que se encontraba frente al pedestal
de la cama, extrajo todo el
contenido y la viró al revés. Pegada
a su fondo con cintas adhesivas
había un fajo de billetes que
resultaron pesetas españolas,
dólares y libras de esterlinas,
dividió y le ofreció la mitad de
aquel tesoro.
Esa mañana fue algo complicada en el
puerto pesquero, Clarita entró con
la libertad que le permitía su carné
de miembro de la flota. Él la siguió
durante su trayecto por el muelle
sin apartarse de la portilla, cuando
calculó que se encontraba junto a la
escala real bajó para recibirla.
-Las flores van aquí. Dijo mientras
las colocaba en el librero. -El
huevo lo puedes conseguir con el
cocinero. ¡Esta es el agua de
Florida! Sacó un frasquito de la
cartera y lo guardó en una de las
gavetas del buró. El viaje es de
unos nueve días máximo, ¡aquí tienes
las nueve velitas! Las metió en la
gaveta de la taquilla destinada a la
ropa y como ésta se encontraba junto
a la puerta de entrada al camarote,
le pasó el seguro y comenzó a
desnudarse. Eugenio corrió las
cortinas que daban a la cubierta de
botes y la del frontón. Todo tiene
un precio en la vida, pensó y se
desnudó. La pierna izquierda de
Clarita descansaba sobre los cierres
de la portilla que daba a la
cubierta de botes.
Una larga pitada recorrió cada hueso
de su cuerpo, siempre era así,
entrando o saliendo. Eran pitadas
cargadas de tristezas o alegrías,
partías con los huevos flacos,
regresabas con ellos inflamados de
aventuras y penas, aquella pitada
estremecía. El Morro a babor, una
vagina caliente y ansiosa, el grito
de niños corriendo por el malecón,
malas y buenas noticias, lujuria,
fiestas alcohol, putas. El Morro por
estribor, la incertidumbre, duda,
traición, hambre, silencio,
sepultura que se sella con el último
destello del faro, tristeza,
ausencia de niños gritando. ¡Todo a
estribor, rumbo 000! ¡Contramaestre,
ponga el buque a son de mar!
Silencio.
-¿Y estas flores? Preguntó la
pianista que viajaba como pasajera
ese viaje. Eugenio observó que tenía
un pulso de Obatalá.
-¡No sé, tuvo que ser mi mujer antes
de partir! Ya sabes cómo son ustedes
y esas supersticiones de la buena
suerte.
-¡Pero huele a agua de Florida!
-No tengo ideas de lo que hablas.
-¡Hay tres velitas gastadas!
-¡Chica!, ¿cuál es tu número, te
encueras o no te encueras?
-¡Aquí hay gato encerrao! Flores,
velas y olor que tú sabes, yo le
meto a eso.
-¿Te quito la ropa? La pierna de la
pianista descansaba sobre los
cierres de la portilla.
-¿Por qué no nos quedamos en España
y formamos una familia? Es de las
que no pueden mantener la boca
cerrada, pensó, habla demasiado y no
sabe nada de matemáticas. La amiga
de Clarita le pasó el huevo por todo
el cuerpo mientras murmuraba algunas
palabras que se confundían entre
español y algún dialecto africano.
Abrió la puerta que daba a la
cubierta de botes y le pidió que se
parara de espaldas a ella. Eugenio
miró el espacio que existía entre el
pescante del bote y el mamparo de su
camarote para calcular la puntería,
no debía fallar, el huevo debía
viajar sin dificultad por ese tramo
libre entre aceros y llevarse toda
la mierda de su vida al fondo del
mar.
-¡Ahora! Ordenó ella y Eugenio
obedeció, tuvo intenciones de salir
para ver el recorrido y final de
toda una historia reducida al tamaño
de aquella postura de ave. Tantos
años vividos para sintetizarlos en
esta mierda, no puede ser posible
enterrar tantas cosas dentro de un
cascarón. Aquel huevo fue el final y
principio de una historia.
-¡Espérame en la puerta de esa
pizzería! Le dijo esa tarde a la
pianista en St. Stephen y ella
esperó, lleva diecisiete años
esperando.