Nos conocimos en la microbrigada de
Alamar y nunca navegamos juntos. Pello
ocupaba la plaza de camarero en los
barcos y en la micro era nuestro
mezclero. Su trabajo consistía en
prepararle las mezclas a todos los
albañiles que trabajábamos en la
construcción de tres edificios para la
marina.
Los días de cobro nos dábamos un saltico
hasta El Golfito, siempre coincidíamos
los mismos, los que nos aferrábamos a
nuestras tradiciones de marinos. Allí
nos encontrábamos con viejos compañeros
de profesión y se organizaban simpáticas
tertulias. Hasta que perdíamos la noción
del tiempo y preparábamos una
justificación para nuestra llegada a la
casa. Así pasamos los dos años y medio
disfrazados de constructores, después,
cada uno tomó su rumbo y quedamos como
vecinos que se encontraban de Pascua a
San Juan por esas cosas de nuestra
profesión.
-¡Asere! ¿Por qué no nos ponemos de
acuerdo y vamos a comprar unos aguacates
mañana? Fue una invitación lanzada al
azar una de esas mañanas tranquilas de
días lejanos a cualquier pago de
salarios.
-¿Aguacates, dónde? Preguntó Pello con
su voz de tronera y despertó la
curiosidad de Alberto. Hacia él había
sido dirigida aquella propuesta, era el
único de nosotros que poseía un medio de
transporte. Un viejo miniván marca Fiat
con el que Mussolini transportara parte
de sus tropas en Italia. Creo que era el
único de su modelo existente en toda la
isla, nunca encontré otro similar.
-En San Agustín, yo tengo mis contactos
por allá, solo tenemos que ponernos de
acuerdo y hacer una vaquita para la
gasolina.
-Alberto, ¿qué tu dices?, no está mala
la idea, nos ponemos entre los tres para
comprar la gasolina. ¡Asere! La jama
está en candela y unos buenos aguacates
resuelven un mundo. Hasta los huevos
fritos se bajan con facilidad. Le dijo
Pello muy emocionado.
-No hay tema, mañana mismo tiramos
pa’llá, yo también tengo la casa en
candela. Respondió Alberto y acordamos
partir a las diez de la mañana, los tres
estábamos de vacaciones.
El viaje fue entretenido, después del
túnel nos desplazamos por todo malecón,
5ta. Avenida, calle 190 y luego la 198
hasta buscar la Avenida 51, allí
doblamos a la derecha en demanda de la
calle 246. Hoy, cuando escribo estas
líneas trato de auxiliarme por el
satélite de Google y compruebo una vez
más el poder destructivo de esa mal
nacida revolución. Han borrado del mapa
la línea del tren que iba desde Plaza
hasta Pinar del Río, pero bueno, no
quiero apartarme del tema. En 246 entre
la avenida 51 y la línea del tren vivían
unos cuñados míos, era una zona que yo
visitaba con frecuencia para comprar
conejos, aguacates en sus temporadas y
pollos.
-Los aguacates no se venden. Nos dijo el
nuevo inquilino de aquella enorme casa
dotada de un extenso terreno sembrado
con una copiosa arboleda de diferentes
frutos.
-Mire, yo he sido cliente de la casa
durante muchos años, nosotros hemos
viajado desde Alamar hasta aquí con la
ilusión de comprarle como otras veces
hacíamos.
-Los aguacates no están en venta.
Repitió aquel viejo con cara de hijoputa
comunista y no quisimos presionar con
nuestra insistencia. Podíamos correr el
riesgo de que nos chivateara y nos
acusaran por el delito de receptación,
no había de otras. Mi sobrino se subió
en el techo de su casa y le tumbó seis
aguacates al árbol de su vecino y los
repartimos entre los tres. Ni conejos,
ni pollos, ni la madre de los tomates,
la zona estaba tan pelada como nosotros
y decidimos regresar, pero ahora nos
desplazamos por todo 51 con dirección a
La Habana.
-¡Tengo un hambre del carajo, estoy
partío! Dijo Pello cuando andábamos por
Monte y Águila.
-Podemos llegarnos hasta el Pío Pío del
muelle de Caballería. Propuso Alberto.
-No es mala idea, jamamos algo y de paso
va y se nos pega cualquier cosa para la
casa. Agregué aprobando la idea de Pello
y hacia allá nos dirigimos. La suerte
cambió de repente, no había cola y
comenzaba un tirito de cerveza.
-Nueve cervezas y seis raciones de
pollo. Pidió Pello al camarero.
-Lo siento, solo se ofrece una cerveza
por ración. Le contestó el camarero.
-¡Eso es musical, mi hermano! Hay una
pila de viejos que están sentados y no
tienen cerveza en la mesa. Tira pa’cá
todas las de aquellos vales y olvida el
tango, el toque de nosotros va a estar
sabroso. El camarero no respondió y se
fue, pocos minutos después regresó con
las seis cervezas y un poco más tarde
con las raciones de pollo y papas fritas
solicitadas. En la medida que se iban
vaciando las botellas, el camarero las
sustituía por otras llenas sin necesidad
de solicitarlas. Así, nos pasamos varias
horas tranquilos hasta que nos pusimos
sabrosos. Cuando nos dijo que el tiro se
había acabado, le pedimos que nos
trajera otras seis raciones de pollo
para llevar a la casa, ya el local se
había llenado de gente y la bulla era
insoportable.
-¿Por qué no nos damos un saltico hasta
el bar que se encuentra en los bajos de
la Empresa? Propuso Pello nuevamente.
-¡No jodas, Pello! Eso debe estar pelado
a esta hora, allí nunca hay donde
amarrar la chiva. Le contesté.
-¡Te equivocas! Estamos exactamente en
el tiempo justo que comienza el tirito
de ese bar. ¡Vamos pa’llá! Confíen en mí
que soy perro huevero de La Habana
Vieja. Insistió y medio que nos
asombramos, Pello no era un tipo jodedor
de andar fugado de la casa, Alberto me
miró como buscando aprobación.
-¡Vamos bien, ya estamos embarcao! No lo
estábamos, no habíamos cometido ningún
error hasta ese instante, solo éramos
perseguidos por los pesos de nuestras
conciencias pecadoras. Cinco minutos
después nos encontrábamos estacionados
en la esquina de nuestra empresa,
beneficiados por el horario, era muy
difícil encontrarse con marineros que no
fueran del barrio, solo dos o tres
conocidos intercambiaron saludos con
nosotros. Pello salió del bar con una
caja de 24 cervezas y la colocó en el
piso del auto. De la nada aparecieron
tres mujeres que se sentaron junto a
nosotros, una al lado de cada uno, me
tocó una mulatica de pelo bueno que
resultó trabajar en las oficinas de la
pesca. Conocía a mi hermano, me conocía
a mí, era prima de una queridita de
Alberto. Todo quedaba guardado en un
círculo muy cerrado, pertenecíamos a la
misma farándula. No me percaté en qué
momento salimos de aquella esquina sin
devolver las botellas de cerveza, solo
sé que pocos minutos después,
compartíamos con gente extraña en uno de
los peores tugurios de La Habana.
Delincuentes, putas, ladrones y
traficantes me eran presentados con
todos los protocolos de rigor para ese
ambiente. La Pampa era uno de los pocos
palacios del bajo mundo que se resistían
a desaparecer y allí brillaba lo peor de
nuestra sociedad, no creo haber estado
en lugares peores y tampoco considero
haberme sentido mal, la bebida fue una
especie de pasaporte que me sirvió para
penetrar o descender hasta ese mundo
asqueroso que sobrevivía en la capital
cubana.
En uno de esos pocos momentos donde tuve
un poco de conciencia o quise tenerla,
porque no puedo negar que comenzaba a
sentirme muy cómodo al lado de la
mulatica, veo que nos desplazamos por la
avenida 31 en dirección a Marianao y que
ella era la única mujer dentro del
vehículo. Casi al final del viaje
reconocí la entrada al aeropuerto de
Ciudad Libertad (antiguo Columbia), unas
cuadras muy cercanas a esa entrada
estacionamos y bajamos la caja de
cerveza del bar, aún quedaban botellas
llenas. La mulatica nos presentó a la
tía y a su niñito.
Era una de esas casas antiguas de puntal
alto que comenzaba a rendirse por el
abandono, sus paredes no probaban el
sabor de la pintura desde hacía varias
décadas, quizás las que marcaban la
fecha del abandono de sus verdaderos
dueños. Los muebles tenían la misma edad
de la casa y se encontraban disfrutando
igualdad de condiciones que ella. La
mulatica se sentó en mis piernas y
bebíamos de la misma botella. Me
molestaba, no ella, el muelle de la
butaca que me pinchaba el culo, yo no
protestaba, no quería que se levantara.
Tampoco comprendí cómo rayos llegó hasta
allí, no habíamos cambiado palabra
alguna sobre gustos, deseos, afinidades.
No nos dijimos nada de todas esas
boberías que se expresan en planes de
conquista, ella se encontraba allí y me
agradaba, solo mis nalgas protestaban.
Hasta la tía me resultó familiar,
hablábamos como si nos conociéramos de
toda la vida. Se abrió y me contó de su
pasado, tal vez pensó que no le creí y
comenzó a sacar diplomas y medallas de
todos lados. Había sido condecorada por
no sé que mierda, participó en no sé
cual operación secreta, desarticuló no
sé que maniobra del enemigo, estuvo
designada en el frente tal y más cual.
Todo constaba en aquellos documentos
firmados por Raúl, Abrahantes y hasta
Fidel, todo se resumía en aquellas
medallas que comenzaban a oxidarse,
ninguna era de oro. La vieja no podía
ocultar su orgullo cuando mencionaba
cada una de aquellas misiones cumplidas,
sus recuerdos eran el néctar de su vida,
solo ellos. No tenía hijos, no pudo
tenerlos a causa de aquella vida tan
consagrada a sus ideas, por esa razón se
dedicó a criar una sobrina, eso no me lo
dijo ella, fueron simples deducciones.
Sin darnos cuenta habían puesto a hervir
yuca que fue servida con aquellos pollos
del Pío Pío y que comimos con mucho
placer, ella siempre sobre mis piernas.
-Yo no sé quién eres tú, yo no vendo
cerveza. Me dijo un paralítico que tenía
un tiro ilegal cerca de la casa.
-¡Mira, compadre! Te voy a dejar la caja
vacía y vengo con la persona que me dio
tu dirección. Yo no soy del barrio, lo
mío es sonarme un laguer, ahora regreso.
El tipo no respondió, no reaccionó y
tuve que ir en pos de la mulatica, ella
sí era cliente de él.
-¿Ya ves? ¡Dame una caja de 24! Le dije
mientras le daba el fajo de billetes,
cuando aquello cada cerveza costaba
$3.50
-El problema es que yo no puedo
regalarme, yo no sé si tú eres fiana.
-Yo sé, dame el laguer. La vieja se
empujó varias botellas sin parar, estaba
tan seca como cualquier camello que
acaba de atravesar un desierto, se puso
contenta. Alberto nos miraba y se reía,
nos miraba y se reía. Estaba pasmao,
pero fíjense si era buen socio, que por
nada de la vida se le ocurrió decir que
iba echando, allí se mantuvo hasta el
siguiente día. ¡Placatán! De buenas a
primeras veo a la vieja sentada en las
piernas de Pello. ¡Coño! Me provocó risa
aquella escena, pero hice lo imposible
por contenerme. La temba no era
comemierda a nada, el negro estaba
prieto con cojones, pero era una tranca
joven, y a saber, tal vez no la veía
pasar desde su último combate. La rumba
duró hasta altas horas de la madrugada y
no me di cuenta del momento que el niño
se fuera a dormir. Sí vi cuando la vieja
le preparaba el sofá a Alberto, mientras
la mulatica me llevaba para su cuarto.
No me gustó la idea de dormir en la
misma cama donde lo hacía el niño y
tiramos unos trapos en el piso. Teníamos
que echarnos agua de la bañadera con una
latica y aunque nos encontrábamos en los
finales del verano, resultaba
extremadamente fría a esas horas de la
madrugada, nos bañamos. A oscuras no
puedo describirles el cuerpo de aquella
mulatica, solo puedo decirles que todo
era sólido, macizo, firme. La
imaginación ayuda mucho en esos casos de
apagón y se logra pasar un momento
agradable. Apliqué todas las técnicas de
su momento, la primera, pasar el dedo
por allí y luego olerlo, era una
necesidad impuesta por los tiempos que
corrían. Después de evacuadas las dudas
se continuaba confiado, el sida no había
aparecido en nuestra isla.
-¿Qué número metemos ahora en la casa?
La solté al azar mientras viajábamos por
el malecón.
-¡Jejejejejjejejeje! Fue la respuesta
irónica de Alberto.
-¡Asere! Tú no estuviste en ná, pero lo
mismo, estás en candela. Le respondí y
Pello continuaba en silencio.
-¡Jejejejejejejejejeje! Fue todo lo que
me contestó.
-¡Coño, qué metedura de patas! Alberto,
tú fuiste el culpable de todo esto.
Alegó Pello.
-¿Yoooooooooooo? La culpa la tiene
Esteban con sus cabrones aguacates. Y tú
no protestes, bastante bien que la
pasaste. Dijo Alberto cuando ya
enfilábamos la entrada del túnel.
-¡Jijijiijijijijijijijiji! Se me ocurrió
reírme y Pello se molestó.
-No te rías tanto, bien cagado que
estás.
-¿Yooooooooo? Aquí el más cagado de
todos eres tú, Alberto está limpio.
-¿Y yo por qué? Preguntó el negro algo
sorprendido.
-¡Asere! Porque te jamaste a Julito el
Pescador, ¿la vieja no te condecoró con
una de sus medallas?
-¡Jejejejejejejejeje!
-¡Alberto, cojones! Atiende el timón,
vamos a descojonarnos.
Estacionó la guagüita en el jardín como
siempre hacía, frente por frente a su
balcón. Las tres mujeres acudieron a
nuestro encuentro, repartí dos aguacates
para cada uno.
-Ya íbamos a llamar a la policía, ¿qué
les pasó? Dijo una de ellas.
-Que no habían aguacates en San Agustín
y continuamos para Pinar del Río, pero
nos rompimos en las ocho vías.
Ya han pasado más de veinte años de
aquella aventura y poco importa que se
enteren Caridad y Teté, los perdonarán.
El negro Pello era militante del
partido, una de sus excepciones, un tipo
formidable y hombre a todo dar. Después
de mi deserción, mi familia fue
condenada al olvido por muchos que un
día dijeron ser amigos míos, tuvieron
miedo llegar hasta mi casa y me
defraudaron. Pello y yo no fuimos amigos
nunca, solo compañeros de trabajo. Hoy
debe estar viejo y quiero que no caiga
en la trampa del olvido. Pedro Iznaga
ayudó a mi familia cuando aquellos
amigos no tuvieron pantalones para tocar
a la puerta de nuestra casa, esta es la
gente que recuerdo con cariño.