os conocimos unos
minutos antes de abordar el auto que
nos condujera hasta el aeropuerto de
Rancho Boyeros,
lo hicimos en una oficina que
pertenecía al Ministerio de
Transporte y que se encuentra en una
de sus dependencias fuera de aquel
edificio, exactamente en la avenida
que lleva el antiguo nombre del
aeropuerto. Éramos los más jóvenes
de aquel pequeño equipo que
solamente conocía su destino, no las
labores que realizarían en Angola.
Velozo, Freizas, Balloqui, Naranjo,
Lazarito y yo, escribo sus nombres
para no sepultarlos en el olvido,
éramos los integrantes de aquel
equipo. Ya saben cómo somos los
cubanos para sacar cuentas, un
primer oficial, un segundo
maquinista, un técnico en
refrigeración, un segundo
electricista, un sobrecargo y yo,
que iba de segundo oficial, no
resultaba lógica la plantilla de un
barco, faltaban otros cargos
importantes. Como éramos tan pocos,
descartamos la posibilidad de formar
parte de una tripulación. Nuestras
averiguaciones en la empresa
resultaron infructuosas, las
realizamos individualmente y
coincidieron dentro de aquella
pequeña oficina en medio de las
normales presentaciones. Solo
sabíamos una cosa, partíamos a
cumplir una misión
internacionalista.
A Velozo hubo que recogerlo en la
puerta de su casa, vivía en La Timba
en aquellos tiempos, una casa
antigua y de puntal alto, amplio
portal y falta de pintura por todos
lados. Fue la observación realizada
desde el auto mientras esperaba por
el beso de despedida de su esposa.
Nos acompañaba un funcionario del
Ministerio de Transporte, no
recuerdo exactamente si viajábamos
en una guagüita volkswagen, creo que
sí, porque además del grupito y el
funcionario, aceptaron que fuera mi
esposa y mi hijo, tuvo que ser así.
La química fue inmediata, eso ocurre
frecuentemente entre personas de la
misma edad. Viajamos en la misma
hilera de asientos, todos muy cerca
del pantry del avión DC-8 similar al
que volaron en Barbados, lugar de
nuestra primera escala. Antes de
partir de La Habana hicimos una
vaquita y compramos una caja de ron
para consumir durante el viaje. No
puedo negar que la alegría de
nuestro grupo era contagiante y fue
compartida por las aeromozas. Una
que otra vez se llegó hasta nuestra
cueva el capitán de la nave, había
sido compañero de Velozo durante su
vida en la fuerza aérea, compartió
varios tragos con nosotros y nos
invitó hasta la cabina del avión,
donde deslumbrados, observábamos ese
mundo de bombillitos y relojes que
no dejan espacio libre entre el
techo, consola y asientos de los
pilotos.
La próxima escala fue en Sierra
Leona y cuando arribamos a Luanda
solo quedaban dos botellas de
aquella caja. Allí nos recibió el
capitán Calero con dos autos, fue
cuando nos enteramos que formaríamos
parte de la tripulación del buque
angolano “N’Gola”. Su saludo con
Lazarito fue algo especial, luego me
enteré por boca de éste que habían
navegado juntos en otro barco
cubano. No puedo negar que al entrar
en la nave quedé deslumbrado por su
belleza interior, había sido
propiedad de una compañía
angolana-portuguesa hasta hacía solo
unos días y al ser intervenida por
el gobierno toda su oficialidad
decidió regresar a Lisboa. Los días
siguientes fueron de una actividad
intensa, había que tirar abajo todo
lo existente para conocer de qué
disponíamos para lanzarnos a una
aventura marítima. Las demoras
posteriores se debieron al problema
de echar a andar la máquina
principal, hubo que solicitar la
presencia de un ingeniero desde La
Habana. Finalmente hicimos una
prueba de máquinas y luego partimos.
Lazarito era un chamaco que
escasamente sobrepasaba la veintena
de años, yo contaba con veintisiete
para esas fechas y aún pertenecía a
la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas)
Ya he explicado en otros temas las
razones que me condujeron a ingresar
en esa organización en mi condición
de marino mercante. Él también era
militante de esa organización y
entre los dos formábamos lo que
sería el “comité de base”, el resto
de los integrantes de la parte
cubana en esa tripulación, ocho o
diez en total, eran militantes del
partido comunista cubano. Por tal
motivo, no nos teníamos que reunir
con nadie, ni nos daban
participación en las cosas del
partido, fue una verdadera temporada
de vacaciones en la vida política a
la que es sometida parte de la
juventud cubana.
¿Cómo le describiría físicamente a
Lazarito? Era un chamaco fácil, como
decimos los cubanos. Trigueño y de
pelo algo rizado que llevaba como
melena, bien blanco para ser de
nuestras latitudes. Ojos verdes y
algo azulado, no muy alto de
estatura y con el rostro de
cualquier niño. Hablaba
perfectamente el inglés, no recuerdo
dónde lo había estudiado, pero se
desenvolvía muy bien por donde
pasábamos. Mujeriego a no dar y con
una suerte terrible para las
mujeres, poco importaba el país de
sus conquistas, recuerdo que en
Lobitos se empató con una de las
mulatas más hermosas que he visto en
mi vida.
Fuimos grandes compañeros de
aventuras y todos los beneficios
recibidos por el cargo que ostentaba
los compartió conmigo sin intereses
de por medio. No necesitábamos robar
para darnos la vida alocada que
llevamos, vivíamos de las comisiones
recibidas por las compras que se
hacían, que en un buque cubano eran
simples limosnas, pero allí sumaban
miles de pesetas, cientos de dólares
o florines. Recuerdo la primera
compra de víveres realizada en el
puerto de Cádiz, sobrepasaba
ampliamente el millón de pesetas y
las comisiones de aquellos tiempos
andaban por el siete por ciento.
Luego, nos tocó llevar a la
tripulación a comprarse ropa de
invierno y cada uno tenía asignado
unos trescientos dólares. Visitamos
varias tiendas hasta lograr un diez
por ciento de comisión, cuando vimos
tanto dinero junto nos asustamos,
pero eso no quitó que nos diéramos
esa vida desenfrenada propia de la
juventud e inexperiencia. Tampoco
derrochábamos la plata, la
gastábamos con mesura, pero nos
dábamos gustos inalcanzables para
cualquier cubano, como aquel día que
alquilamos una limusina para
regresar al barco en medio de una
buena borrachera. Por suerte, la
tripulación no se había levantado
aún y solo estaba el guardia de
portalón junto a la escala. Tampoco
éramos santos, antes de descubrir
ese manantial de plata que te cae
del cielo por las compras
realizadas, habíamos estado en un
puerto argelino descargando café, y
de madrugada, Lazarito y yo
recorríamos varios cientos de metros
por todo el muelle con una
carretilla transportando sacos de
café que vendíamos en un barco
español.
En Stetin (Polonia) fuimos los reyes
del restaurante Kascada y nuestras
mesas estaban acompañadas por siete
u ocho mujeres comiendo y bebiendo,
poco nos importaba lo que se
gastara, que no era mucho tampoco
cuando se cambiaba moneda fuerte por
la nacional, lo nuestro era
divertirnos y lo hicimos hasta
cansarnos. A Lazarito se le fue el
barco en Cádiz y lo castigaron sin
franco en otros puertos. Tampoco era
alarmante, mi camarote tenía una
salida a la cubierta de botes y él
guardaba ropa suya en mi armario.
Cuando todos los viejos y
pacotilleros camaradas del partido
se acostaban a dormir, nosotros
salíamos a divertirnos.
Ya mencioné en otros trabajos que en
aquel barco recibíamos una cuota
semanal de bebidas y un botiquín
mensual con artículos de aseo
personal. Ambas cosas satisfacían
plenamente nuestras necesidades,
pero no solo eso, las bebidas se
acumulaban en mi camarote durante
los períodos de navegación, tiempo
durante el cual siempre evité
ingerir bebidas alcohólicas por mis
obligaciones a cumplir en el puente
de mando. Teniendo Lazarito la llave
y control de esos productos, yo no
necesitaba sacrificar mis cuotas
cuando recibía visitas a bordo.
Además de eso, esos gastos se
encontraban contemplados en los de
representación, por tal razón, mucha
de esa bebida iba de regalo a mis
camaradas cubanos que se encontraban
en barcos surtos en puertos
angolanos o, los compartía con
soldados rasos que nosotros teníamos
apadrinados en Luanda.
Aquel descontrol y el consumo
excesivo de bebidas, convirtió a
Lazarito en un alcohólico
dependiente que se escapó de mis
dominios o influencia. Yo debía
cumplir con mis obligaciones
(guardias de puerto) mientras él se
encontraba libre de ellas, motivos
por las que se perdía del buque
durante varios días que, dedicaba a
sus pachangas con los marinos de
otras naves cubanas sin medir las
consecuencias. Ante las exigencias
del partido de abordo, Calero no
tuvo otra alternativa que
sancionarlo con la expulsión del
buque y regresarlo a La Habana.
-No te vayas a solidarizar con él,
ha sido su culpa y traicionó nuestra
confianza. Me dijo Calero el día que
lo ayudé a bajar su equipaje del
barco, no me gustaron sus palabras,
pero no dejé de reconocer que tenían
toda la razón del mundo. Lazarito ni
se enteró de todo lo que le dije por
el muelle mientras cargaba una de
sus maletas, sus ojos estaban
enrojecidos y casi cerrados por los
efectos del alcohol y quien sabe si
alguna droga, algo muy natural en
aquellas tierras donde nos
ofrecieran con mucha frecuencia
mariguana, partió y yo continué mi
vida sin él.
Mi socio de salidas y hermano fue
sustituido por un caboverdiano, no
encontré mejor persona que él.
Lazarito comenzó a formar parte de
mi pasado y lo olvidé tan pronto
desapareció de aquel muelle, así nos
hemos comportado siempre. Siempre
digo y me refiero a las nuevas
generaciones, olvidar, esa ha sido
nuestra misión. Luego, traicionar,
porque todo el que olvida a un amigo
en desgracia lo traiciona, somos un
pueblo habitado por millones de
traidores, yo las sufrí peor.
Por esas cosas de la vida, quizás
por una razón política, ¿quién
pudiera saberlo? Nuestro barco fue
asignado para un viaje a la
Argentina a tomar carga para La
Habana, no le encontré mucha
justificación a ese viaje donde se
debía fletar a barcos de otras
compañías para transportar carga
para Angola. Pudo ser la lucha de
nuestros representantes (cubanos)
para lograr regalos (comisiones), no
tiene otra explicación. Fue así que
un día, nos vimos entrando por el
Morro de La Habana con el buque
insignia de la marina angolana. Dos
días después de nuestro atraque,
Lazarito averiguó el día de mi
guardia y se apareció con un
delincuente habanero abordo para
proponerme negocios ilícitos.
-¡Aquí, no, mi hermano! No me
traigas a otro delincuente a bordo,
ya sabes que el juego es al duro en
esta playa. Le dije esa tarde y le
presté una muda de ropa que me pidió
para escaparse de la casa. Varios
días después pasé por la dirección
que me había dado a recoger mi ropa,
vivía en un cuartucho de La Habana
Vieja que aún antes de mi partida no
fue tocada por la varita mágica de
Eusebio Leal, por allí no pasan
turistas, solo cubanos.
Andaba con miedo por el centro de la
calle con temor a ser herido por el
derrumbe de cualquier balcón, esos
miedos eran justificados. Temía
también la caída de cualquier
cartucho con mierda, nada puede
sorprenderte cuando andas por esos
recovecos de La Habana. Sorteaba
cada charco de agua podrida que
sobrevivía alardeante a la sonrisa
de los niños que jugueteaban en la
calle con mucha naturalidad. La
música era diferente en la medida
que sobrepasabas los lingotes de
hierros oxidados que convertían cada
casa en una prisión voluntaria. Los
olores no eran muy variados para
cada ventana, frijoles colorados,
tortilla, calamares, calamares,
tortilla, lejía, croquetas, manteca
hirviendo, creolina, luz brillante,
huevos fritos, jabón hervido,
desodorante fiesta. Grandes portones
de madera anunciaban la entrada de
guaridas donde se refugiaba toda la
inmoralidad de una ciudad
indiferente a su destrucción.
Pequeños centímetros de tela casi
transparentes dejaban escapar
círculos oscuros y provocativas
inflamaciones de senos dispuestos a
chupar, sayas que apenas cubren unos
glúteos rígidos y tiernos. Piernas
abiertas indiscretamente que
muestran sin pudor el fruto guardado
con celo hasta el sonido de un vals,
mientras se cambian vestidos y
sonrisas agotadas por la
desesperanza y el qué será mañana.
Frutos que lograron sobrevivir al
acecho del pícaro caliente y se
mantienen a la sombra de un mural
cargado de promesas y consignas que
nunca dicen nada. Banderas que
cuelgan desde la última fecha
histórica, tal vez la última
inventada para cualquier celebración
en una tierra donde solo importan
las fiestas. La herrumbre cuelga de
cada balcón como la cera que se
derrite de una vela, es como si cada
edificio se fuera gastando poco a
poco y la mierda estuviera condenada
a ser absorbida por la tierra, hasta
que el polvo se convierta en polvo.
Distinguí el número de la entrada,
algo oscurecido, inclinado tal vez
por el viento del próximo huracán.
La puerta se encontraba abierta, es
probable que no se cerrara desde
hacía muchos años por otro temor,
que se cayera. Dentro, un gran
espacio rodeado de puertas y
pasillos, una escalera con losas de
mármol blanco oscuro, un color
inventado por falta de detergentes.
Las paredes se descascaraban como
cualquier almácigo y dejaban a la
vista una fina capa de yeso porosa y
blanquecina. Como aquel árbol, cada
capa de su corteza era de un color
distinto, cada color correspondía a
un año distinto, una época
distinta, una hoja de su almanaque
anterior, una historia, un eco de
cientos de voces atrapadas dentro de
esas paredes.
La puerta del cuarto no tenía
número, tampoco color que la
distinguiera de las demás, era
oscura y tras ella se escuchaba el
silencio roto por el llanto de un
niño. Ella quitó la aldaba y se
presentó en bata de casa, algo
mojada a la altura del pecho, tal
vez vomitada por el niño después de
la toma de leche. Me invitó a pasar
con una sonrisa tenebrosa y me
encontré junto a la cuna de un niño
que me observaba parado en su cuna,
aferrado a la baranda, babeando por
el costado de una tetera que conocía
de viajes anteriores, me miró. Era
joven y bonita, algo abandonada para
su edad y perdida su mirada, no creo
llegara a los veinte. Buscó mi ropa
dentro de un tareco que fingía ser
escaparate, la dobló cuidadosamente
y la envolvió en unas hojas de
periódicos, las palabras escritas en
rojo pertenecían a un editorial, no
me asombró, todos los días se
escribía uno, nos despedimos y yo
salí de La Habana a los pocos días.
Dicen que Lazarito se descarriló
totalmente y sus líneas dejaron de
ser paralelas en un punto de su
vida. Dicen que una vez se gastó
todo el pago de una tripulación y lo
sacaron de su casa a patadas por el
culo. Dicen que se fue de Cuba
cuando el Mariel y yo no quise creer
esa noticia, me puse a averiguar,
busqué. Encontré que Lazarito había
entrado en la marina luego de
casarse con una mujer mayor que él,
algo gordita. Ella trabajaba en el
departamento de nóminas de la
empresa, ella había tenido un
romance conmigo cuando Lazarito era
todavía un fiñe y no soñaba entrar
en los barcos, no quise buscar más,
sentí algo de pena. Dicen que
mataron a Lazarito en Miami porque
se involucró en la droga, no lo
dudo, su camino se equivocó en uno
de esos trocaderos que nos pone la
vida en el camino, lo lamento, murió
joven. Aquel niño que una vez conocí
entre sus mocos debe tener hoy
treinta años, ¿qué pudiera decirle
de su padre? Era algo loco y
descarriado, pero era buen socio.