-¡Es muy grande para mí! Fue todo lo que
pude expresarle en aquel instante que me
dio tiempo para abrir la boca, porque
eso sí, cuando Tony se lanzaba al ataque
no daba tregua al enemigo.
-¡No jodas!, ¿complejitos con la
estatura? ¡Caballo grande, ande o no
ande! Tenía que ser bastante alta para
que él hablara así de ella, el gallego
me superaba cómodamente en estatura.
-No sé, nunca he maniobrado con una
pieza como esa. ¿Dices que es rubia?
-Como el oro, el pelo le llega hasta la
cintura, bien lacio. Comencé a ceder en
mis pensamientos, nunca había compartido
con una mujer así.
-Yo no tengo dinero y ya sabes de la
pata que cojea Ferreiro. ¡No! Mejor lo
dejamos para otra oportunidad. Lo veía
realizando ejercicios de infantería
alrededor de la piscina del hotel Jagua
de Cienfuegos, caminaba como un
condenado el muy cabrón, lo hacía con el
mismo shorcito que utilizaba en todas
las navegaciones, apenas tenía ropa
tampoco, vestía muy mal para ser Capitán
de un barco. Su mujer lo seguía con
resignación mientras nos observaba con
algo de envidia, le deba tres o cuatro
vueltas a la piscina y se perdía en
dirección al lobby del hotel. ¿Cómo se
llamaba la mujer? No recuerdo su nombre
ni me explico que hacía al lado de aquel
tipo. Era una hermosa trigueña habanera
que no encajaba en el prototipo de su
marido, tenía de todo lo que a él le
faltaba, cara, cuerpo, gracia,
elegancia, sencillez y esa alegría tan
sui géneris de los nuestros. ¡Ferreiro,
no! Era un sapito vestido de uniforme y
carente de todo lo que pueda resultar
atrayente para una mujer.
-¡Qué pasme la plata si quiere enterrar
al animal! Tú no te preocupes por el
dinero, acuérdate que él recibe por
gastos de representación. No me
convencían sus argumentos, tenía
libertad para solicitar plata y
justificar sus gastos alegando que
fueron realizados en función de
servicios prestados, pero Ferreiro no
entraba en esa, era uno de los pocos
incorruptos que existían en aquellas
fechas, nunca gastaba nada extra. Peor
aún, sometía a sus tripulaciones a
sacrificios extremos innecesarios y en
todas las asambleas sus peroratas
justificativas giraban en torno al
bloqueo.
-¡No jodas, Tony! Si este tipo es capaz
de sacrificar a su mujer, ¿qué coño
podemos esperar nosotros? ¡Búscate otro,
men! Yo no comparto con Ferreiro en la
calle, es suficiente que me lo tenga que
disparar a bordo.
-¡Asere, no me hagas eso! Tengo un
material de primera esperándome en la
aduana, tú eres mi única esperanza. Sus
últimas palabras estuvieron
sobrecargadas de frustración y me
conmovieron, tuve que ceder.
-Tony, en la primera mariconería que se
ponga este sapo de mierda te la dejo en
los callos. Te repito, no tengo un solo
centavo para pasmar en esta aventura. La
felicidad le regresó al rostro al
escucharme y partió para hablar con el
tercer oficial. A Paneque no había que
darle muchas explicaciones, apenas salía
del barco y consumía la mayor parte del
tiempo leyendo, era un tipo que siempre
se encontraba radiante de felicidad sin
justificación alguna. Cualquier tiempo
en el barco era mejor a los pasados en
la Sierra Maestra, siempre me dije.
Paneque era conocido entre los rebeldes
como el Capitán Bayamo, nunca le
pregunté por qué. Ocupaba esa plaza de
oficial gracias a Ferreiro, no sabía
obtener posiciones por radar o
utilizando métodos tradicionales con el
uso de la alidada, menos aún con los
astros. Paneque era un adorno que
teníamos en el puente y siempre se
acompañaba de un muñequito llamado
Zucuzucu. Ferreiro se empeñaba en
enseñarlo a obtener posiciones y
diariamente le impartía alguna clase.
Luego, cuando consideraba que su alumno
había aprendido algo, le solicitaba que
obtuviera la posición del buque y
Paneque se dirigía a su muñequito.
¡Zucuzuco, posición!
Era una rubia que valía la pena
cualquier sacrificio, hasta el estar
escuchando a Ferreiro hablar mierdas
durante cuatro horas. Tomamos una mesa
para seis personas en el restaurante y
yo no quise comer nada, lo había hecho
en el barco a las seis de la tarde. El
vodka lo mezclé con la Pepsicola rusa
que se fabricaba entonces en ese país,
era de los escasos productos
capitalistas disponibles entonces. La
rubia era monumental y sentada a mi lado
me superaba dos cuartas, pero solo
hablaba ruso, no entendía ni los
esfuerzos mímicos que yo realizaba y con
los cuales triunfé en otros países. La
velada fue muy aburrida y no pasó de ser
solamente eso, una velada en la que
todos esperábamos que Ferreiro se
empatara. Tony me miraba, yo lo miraba,
me volvía a mirar y nos pasamos toda la
noche en esa bobería. Con los ojos nos
decíamos lo mismo, ¡oye!, si este tipo
no se empata en Cuba con una gata,
¿crees verdaderamente que logre
conquistar algo en Rusia?
Nos despedimos con la promesa de
encontrarnos al siguiente día a la
entrada del restaurante, no existían
muchos lugares de distracción en
Novorossisky por aquellos tiempos. La
distracción nunca ha sido una prioridad
en la mentalidad comunista, todas
nuestras salidas realizadas por
invitación de las organizaciones
políticas estaban dedicadas a mostrarnos
las huellas de la guerra. El monumento
al soldado desconocido, un submarino de
no se sabe qué época, el museo tal y más
cual. Y para serles franco, lo que menos
importa a un marino sometido a largos
tiempos de abstinencia sexual, es
someterse a la historia de guerras o
héroes, una simple y modesta puta puede
satisfacer nuestras exigencias del
momento.
La rubia no fue ese día y a pocos metros
del restaurante le dije a Tony que
regresaba a mis aventuras cotidianas. Yo
lo imaginaba, demasiado grande aquel
caballo que anda o no anda y rubia para
más defecto. Demasiado enano para ella,
y lo peor, flaco, trigueño y no hablaba
ruso.
-¡No te vayas! Casi me gritó Tony cuando
trataba de girar sobre mis pasos. –Lo
que te tengo es material de primera,
¿ves aquella trigueña de ojos azules?,
es la que vino en sustitución de la
rubia. Paré en seco y recorrí toda su
figura en segundos, me convenció. Nos
sentamos en la misma mesa de seis
personas de la noche anterior luego de
sobornar al portero de la entrada, la
camarera se sintió muy feliz al vernos
regresar y tenía razón para comportarse
así. Tony fue el que había pagado la
cuenta con el dinero de Ferreiro y dejó
buena propina.
Nunca había sido tan dichoso en mi vida,
me encontraba sentado al lado de un
monumento ruso. Trigueña como yo, más o
menos de la misma estatura, unos ojos
que eran la prolongación del cielo en el
cuerpo humano y por bendición de Dios,
aquella ninfa hablaba español.
Mientras comíamos, tocaba un grupo
musical que entre números tradicionales
interpretaba algunos rocks lentos de
cantantes famosos en esa época. Me
gustaba aquella costumbre rusa de estar
comiendo y detener el cuchillo o el
tenedor para salir a la pista. Cuando
menos lo imaginabas llegaba una mujer y
te tocaba en el hombro para invitarte a
bailar, aquel relajo era un vacilón.
Comías un poquito y hacías la digestión
moviendo el esqueleto. Otro detalle
relevante y que asimilé a la velocidad
de un trueno lo fue, que cuando una
mujer estaba para tu cartón no era
necesario forzar la situación, mientras
bailaban ella se pegaba a ti, te
abrazaba y hasta te besaba en el cuello.
A los cubanos no hay que darles mucha
cuerda en esos casos, manos por la
cintura que tú conoce ejerciendo presión
hacia tu cuerpo y una respuesta oportuna
a todos esos besitos espontáneos que
nacen en medio del baile. Luego,
disimular en lo posible las repentinas
erecciones y tratar de regresar a la
mesa algo inadvertido.
-¡Damoi! Me dijo la rusa cuando salimos
del restaurante y esa palabra yo la
había aprendido a la perfección. Tampoco
comprendo el por qué me lo había dicho
en ruso hablando tan bien el español,
estaba tan caliente como yo.
-¡Tony, voy quemando, men!
-¡Asere! No me dejes embarcao ahora.
-No te dejo embarcao, men. Ya yo cumplí
contigo y la pieza está caliente, me
invitó a su casa.
-Sí, pero debemos esperar a que Ferreiro
cuadre la caja. No olvides que él fue
quien pagó.
-Pero ese no fue mi trato, yo te hice la
media. ¡Carajo! No me pidas ahora que
espere a que Ferreiro ligue. Tú sabes
que el tipo es zurdo para estas cosas y
si no lo hizo anoche, no esperes nada
positivo hoy.
-¡Coño, mi herma! No me dejes con esta
candela, yo estoy más desesperao que tú.
Volvió a conmoverme y me dejé arrastrar
por los sentimientos. Unos metros
separados de nosotros se encontraba
Ferreiro pasmado, no hablaba nada, no
era escopeta como nosotros.
-Bueno, voy a convencer a la rusa para
hacerles la media, pero por Dios, si se
demora mucho en el ligue voy quemando.
Fuimos caminando hasta un parquecito
donde los bancos se encontraban bastante
separados entre si y cada pareja eligió
el suyo. Era verano para ellos, solo
para los habitantes de aquella ciudad.
En las noches la temperatura bajaba
mucho para nosotros, se acercaban a
nuestros inviernos. La oscuridad era
casi total y las luces de las
edificaciones próximas no afectaban
aquella deseada intimidad. ¡Damoi! Me
repitió en varias oportunidades aquel
monumento de mujer y siempre traté de
convencerla de la necesidad de nuestra
presencia en aquel banco. El tiempo
pasaba en medio de aquel manoseo propio
de jóvenes y la temperatura de ambos
cuerpos se elevaba rompiendo los efectos
que producían sobre ellos la frialdad y
humedad de la madrugada. Hubo una
barrera que al principio consideré
difícil de vencer, no imposible para
cualquier hombre de mi edad. Le fui
subiendo poco a poco su maxifalda en la
medida que mis hábiles manos de panadero
recorría esa parte de su cuerpo. Media
hora después, yo me encontraba con el
pantalón sobre las rodillas y ella
permanecía sentada sobre mis piernas.
¡Damoi!
-¡Document! Dijo una voz oculta detrás
de la impactante luz de una poderosa
linterna que apareció desde ultratumba y
me asustó. Le bajé el royo de tela de la
muchacha en un movimiento casi brusco y
la senté a mi lado mientras subía el
pantalón y trataba de fingir estar
haciendo algo que no fuera lo que
realmente hacía al ser sorprendido.
-¡Document! Repitió aquella voz con
timbre de acero y metí la mano derecha
en mi bolsillo trasero sin poder
distinguir a nadie detrás del foco que
me apuntaba, le extendí mi pasaporte.
¿Kubinsyi?
-Da, yo soy kubinsky. Le respondí con
cierto miedo, ya me habían hablado de la
mala fama que tenía aquella milicia
rusa. La muchacha permanecía muda a mi
lado.
-¿Gabana? Dijo el tipo que al parecer
leía los datos de mi pasaporte.
-Da, yo vivo en La Habana, Gabana.
-¡Niet problem! El tipo me entregó el
pasaporte y se retiró. Dije yo, claro
que no hay problemas, somos hermanos,
somos socialistas y que viva el
internacionalismo proletario. Los vi
cuando se llegaron hasta los bancos de
Tony y el de Ferreiro, los imagino
desarrollando el mismo procedimiento de
preguntas y respuestas esperadas, yo
vuelvo a lo mío. El mismo calentamiento
de células, moléculas, iguales pulgadas
de tela a enrollar, blumer que se baja,
pantalón rodando hasta las rodillas,
carne que frota con carne, lenguas que
viajan hacia otras cavidades, pequeños
saltos espasmódicos e involuntarios,
algunos gemidos que rompen el silencio
de la madrugada.
-¡Document! Rompe una voz diferente
aquella hermosa armonía de movimientos.
¿Otra vez? El susto fue sustituido por
el descaro del que reincide y el tiempo
para bajar el rollo de tela de la
maxifalda fue más prolongado, la luz
viajaba entre piernas buscando las
pruebas del delito con más interés que
la vez anterior. Le entregué nuevamente
el pasaporte que me identificaba como
hermano de causa.
-¿Kubinsky? Preguntó nuevamente aquella
voz diferente.
-¡Da! Y vivo en La Habana, Gabana y
somos tovarichs… Detrás de aquella luz
salieron unos gorilas que se aferraron a
los brazos de la trigueña de ojos azules
que hablaba español y se la llevaron.
Sentí la palma de una mano abierta sobre
mi pecho que me detenía y vi desaparecer
a la mujer dentro del arco de oscuridad
que escapaba al haz de luz de la
linterna. Luego, aquel grupo silencioso
viajó hasta los bancos de Tony y
Ferreiro para repetir la operación. Uno
de ellos nos dijo en perfecto inglés que
nos fuéramos tranquilitos para el barco,
las muchachas fueron montadas en carros
patrulleros.
-¡Coño, Tony! Te lo dije, men. Ferreiro
no es escopeta pal ligue. Mira el pasme
que me ha dao. El gallego no quiso
responder y caminaba en silencio a mi
lado, había sido perjudicado por la
misma medida. Unos minutos después
comencé a sufrir un dolor muy agudo en
los testículos y apenas podía caminar.
Le pedí a Tony que me dejaran y
continuaran ellos solos, el dolor se
convirtió en insoportable y me obligaba
a marchar con las piernas abiertas. Creo
haber arribado al buque una hora después
de Tony y Ferreiro.
-¿Qué te pasa? Me preguntó el guardia de
portalón.
-Me duelen los huevos, creo que haya
sido por culpa de un calentón.
-Eso es fácil de resolver, tienes que
botarte una paja.