Quitarle
las
medias
era un
ritual
casi
sagrado,
debía
ser
lento,
tierno,
evitar
en todo
momento
el
posible
contacto
de las
uñas.
Ella
estiraba
primero
una
pierna,
casi
siempre
la
derecha.
La
elevaba
por
encima
de su
hombro
izquierdo
y la
dejaba
descansar
en él
como si
fuera
una
muleta.
Armando
retiraba
la liga
que la
sostenía
una
cuarta y
media
por
encima
de la
rodilla
después
de
desenroscarla
con
mucho
cuidado.
Usaba
los
dedos de
sus dos
manos
para
ejercer
presión
y
separarla.
Luego,
iba
ascendiendo
hasta su
hombro
aquella
liga
estirada.
Su
mirada
se
perdía
entre
las
piernas
de
aquella
mujer
que
disfrutaba
torturarlo,
ella
ocultaba
las
profundidades
de aquel
encuentro
con un
leve
borde de
su saya.
Reía y
hablaba
sin
parar,
el
transpiraba
profundamente,
sus
nervios
lo
traicionaban
constantemente
por la
tensión
sufrida
ante la
posibilidad
de
romperle
alguna
de
aquellas
medias,
ella lo
sabía y
disfrutaba
hacerlo
sufrir.
Casi
siempre
le hacía
el mismo
cuento,
lo sabía
también
y lo
molestaba
con la
misma
pregunta
al final
del
relato.
-No
puedes
imaginar
la
indignación
que
sufrí
cuando
me lo
encontré
desnudo
con otro
hombre
en la
sala de
mi casa.
Bueno,
no era
mía en
aquel
instante,
pero muy
pronto
comprendí
quién
debía
llevar
los
pantalones.
Si me
hubiera
pegado
los
tarros
con una
mujer
tal vez
lo
hubiera
perdonado,
¡pero
con un
hombre!
Eso
produce
sus
traumas
y debe
ser
pagado,
nunca
imaginé
me
resultara
tan
sencillo
hacerme
de un
apartamento.
Soy
dichosa,
no todo
el que
llega de
Santiago
lo
consigue
en menos
de un
año, eso
es
suerte y
lo demás
es
bobería.
¿Cómo
fue? ¿No
te lo
había
contado
antes?
Un
discreto
saltico
de su
pie le
permitía
retirar
aquella
liga y
sus
manos
regresaban
nuevamente
hasta el
muslo.
Con los
dedos de
las dos
manos
comenzaba
a
enroscar
la
media,
ya tenía
práctica,
ella lo
había
enseñado
y él
trataba
de
evitar
cualquier
contratiempo.
De mucho
le
sirvió
el
fracaso
de la
primera
experiencia,
envuelto
en
aquella
desesperación
animal
de una
primera
vez, le
rompió
accidentalmente
una de
aquellas
medias y
todo se
fue al
carajo.
Ella no
escuchó
las
súplicas
y
justificaciones.
No logró
desvestirla,
se
colocó
nuevamente
la media
y perdió
el
dinero
de la
reservación
y las
horas
gastadas
en la
cola de
la
posada.
La
escuchaba
y
permanecía
en
silencio
suplicando
no
volviera
a
repetirle
la misma
historia.
-No los
presioné,
tampoco
los
ofendí,
les pedí
que
continuaran
desnudos
sobre el
sofá.
Hay que
tener
ovarios,
¿no
crees?
Asintió
con un
movimiento
de
cabeza
mientras
unas
gruesas
gotas de
sudor
recorrieron
en
perfecto
equilibrio
toda su
nariz y
cayeron
sobre el
colchón,
una
encima
de la
otra,
como si
hubiera
tomado
puntería
para
hacerlo.
-¡Ahhh!
Claro
que hay
que
tener
ovarios
para
hacerlo,
y
necesidad
de
vivienda
también
y eso es
lo que
se sobra
en la
isla.
Veo que
en esta
casa
habemos
tres
mujeres
y sobran
dos. Le
dije y
yo
hubiera
deseado
que
vieras
el
rostro
que
puso, no
te
menciono
nada de
la
palidez,
Lo
agarré
en el
momento
oportuno.
Bajó
aquella
pierna y
la dejó
descansar
en el
suelo
casi
siempre
sucio,
empercudido
y con
alguna
colilla
de
cigarro
de la
pareja
anterior.
Levantó
la otra
y la
dejó
descansar
sobre su
hombro
derecho.
Unas
veces y
con el
fin de
mortificarlo,
ella se
encaprichaba
en
cruzarlo
hacia el
hombro
contrario.
Disfrutaba
hacerlo
sufrir,
entonces,
le
bloqueaba
aquella
mirada
enfermiza
que
siempre
trataba
penetrar
por
debajo
del
dobladillo,
amaba
martirizarlo
de esa
manera,
lo
provocaba
con la
vista
fija en
su
portañuela.
Armando
se
excitaba
con los
destellos
fugaces
de los
colores
del
blumer,
casi
siempre
eran
claros,
pero
nunca
tuvo
tiempo
suficiente
para
identificarlos.
Cuando
decía
que eran
rosados
resultaban
verdes,
si le
decía
amarillo
eran
azul
cielo.
Solo una
vez
estuvo
cerca y
también
falló,
no era
negro,
ella se
rió
mucho
cuando
le
retiró
la saya
y
comprobó
que era
azul
Prusia.
-Tú
sabes
que eres
militante,
y no
solo
militante,
sabes
perfectamente
que eres
Capitán
de la
marina.
¿Sabes
una
cosa?
Todo se
puede ir
al
carajo
con una
sola
palabra
mía,
maricón
es una
palabra
muy
seria en
tu caso.
Yo
quisiera
que le
hubieras
visto el
rostro,
¿te lo
conté
antes?
En sus
muslos
quedaba
marcada
una
línea
rojiza
casi
perfecta,
un
centímetro
separada
de ella,
una
sombra
oscura
de
vellos
partían
desde
esa
frontera
buscado
un
norte,
un astro
bien
oscuro,
una
especie
de
selva.
La
satisfacción
por su
venganza
era
reflejada
con una
coqueta
mueca de
sus
labios
similar
a un tic
nervioso.
¿Sabes,
sabes,
sabes?
Retumbaba
en sus
oídos y
sus
dedos
temblaban.
El
tiempo
corría
velozmente
dentro
de
aquellas
cuatro
paredes,
siempre
era así,
podía
identificar
ese
avance
del
reloj
por la
velocidad
de sus
respiraciones.
¿Quién
pudiera
detenerlo?
Como
hacen
los
pintores,
mantener
aquellos
instantes
vivos
aunque
el
tiempo
los
hunda un
minuto
después,
sostener
las
expresiones
de los
rostros
aunque
luego se
borren,
se
llenen
de
grietas,
se
deformen
con
arrugas.
Siempre
le
llegaba
ese
pensamiento
mientras
se
encontraba
enfrascado
en la
ceremonia
de las
medias,
no
recuerda
dónde lo
escuchó,
pudo ser
en una
película.
-Él no
hablaba,
hablando
en
plata,
ella, la
que me
convirtió
en
homosexual
de la
noche a
la
mañana,
en una
tortillera.
Su
pareja
no abrió
la boca
para
nada,
era un
duelo
que no
le
correspondía.
Tú
elijes,
te
largas
tranquilito,
sin
ruidos,
muy
silencioso,
y ya
sabes,
esa
atmósfera
te
ayudará
mucho.
Tu ex no
se
enterará
de nada,
tus
hijos no
vivirán
la
vergüenza
de
saberse
hijos de
un
maricón
y como
es de
suponer,
el
partido
es
inmortal
y ese no
perdona
a sus
ovejas
descarriadas.
¡Qué
coño a
sus
ovejas!
Es
implacable
con los
patos y
tú lo
sabes.
¿No me
contaste
que
habían
expulsado
a uno de
tus
tripulantes
por
yegua?
Armando
la
escuchaba
y sus
erecciones
resultaban
pendulares,
se
excitaba
cuando
observaba
aquella
línea de
vellos
negros
en sus
muslos,
sufría
una
vertiginosa
caída
cuando
la
escuchaba
y
llegaba
a sentir
miedo.
Nunca
logró
evitar
ese
instinto
de mirar
el
reloj,
un
Poljot
ruso sin
secundario
que le
había
cambiado
a un
ruso
por una
botella
de
alcohol
de 90 y
unos
caracoles.
¿Si
pudiera
medir el
tiempo
que
demoro
en
desvestir
a esta
cabrona?
Sufría
mientras
pensaba.
-¿Qué
propones?
Eso fue
todo lo
que se
le
ocurrió
decir al
muy
maricón.
¿Qué te
propongo?
Que
recojas
toda tu
ropa y
te
largues
al
carajo,
eso sí,
no
puedes
regresar
nunca
más por
esta
casa, ya
sabes
cómo
funciona
esto. No
me
respondió
y le
permití
que
comenzaran
a
vestirse.
Su
pareja
no
levantaba
la
mirada
del
piso, no
abrió su
boca
para
decir
aunque
fuera
esta
alma es
mía,
¿qué iba
a
decir?,
él sabía
perfectamente
que
podía
agarrar
por
carambola.
Tú
sabes,
el que
apunta,
banquea.
Yo no
sabía
nada, no
era mi
mundo,
estuvo a
punto de
responderle
Armando,
pero se
contuvo
con la
esperanza
de
llegar
al final
de la
historia.
¿Y
ahora?
Debía
tomarse
un
respiro
y
esperar
cualquier
sorpresa,
lo mismo
le daba
por
sentarse
que
pararse
encima
de aquel
del
colchón
para
exigirle
un nuevo
antojo.
Pasó su
mano por
una de
sus
piernas
y sintió
los
mismos
efectos
de un
papel de
lija,
los
cañones
de sus
vellos
eran de
tres
días de
acuerdo
a sus
cálculos.
Ese día
le dio
por
sentarse
y
solicitarle
que le
zafara
las
hebillas
del
cabello.
Sacudió
su
cabeza
como lo
hace
cualquier
perrito
y su
cabellera
cayó
alborotada
sobre
sus
hombros
cubriendo
parte
del
pecho.
Con los
ojos le
indicó
los
botones
de la
blusa,
era de
muselina
rosada
ese día,
plisada
por
encima
de los
senos y
ajustada
a la
cintura,
la tenía
metida
por
dentro
de la
saya.
Armando
respondió
a su
nuevo
capricho,
era la
segunda
vez que
realizaba
aquella
maniobra
de
continuar
después
por la
blusa,
ella se
tiró muy
coqueta
sobre el
colchón
nuevamente
y
contaba,
contaba
en voz
alta los
botones
que se
iban
soltando.
Eran muy
pequeños
y
muchos,
espaciados
a corta
distancia
unos de
otros y
con los
ojales
reducidos,
como si
hubieran
sido
confeccionados
a
propósito
para
torturar
o hacer
perder
el
tiempo.
Cuando
llegó a
la
cintura,
ella
hizo
presión
con su
abdomen
para
dificultarle
la
maniobra.
Armando
estuvo a
punto de
perder
la
paciencia,
sintió
deseos
de
caerle a
bofetadas,
pero se
acordó
de las
pérdidas
que le
produjo
la
desesperación
de la
primera
cita y
se armó
de
paciencia,
aquella
hembra
le
gustaba.
-Le
permití
que
entrara
al
cuarto y
sacara
su ropa
del
escaparate,
las
metió en
las
mismas
maletas
que
utilizaba
cuando
se iba
de
viaje.
Me
detuve
mientras
guardaba
sus
uniformes,
yo
siempre
le
colocaba
las
charreteras
a sus
camisas.
Y pensar
que
estos
cabrones
tienen
la
potestad
de
destruir
hombres,
¿cuántos
habrá
jodido
en su
camino?
Pensé
mientras
lo
observaba,
tal vez
no,
puede
que no
le haya
hecho
daño a
nadie,
¿un
maricón
con
mando y
carné?
La duda
me
embargó,
¿lo
delato o
lo dejo
escapar?
No hay
nada tan
parecido
a un
maricón
y un
contrarrevolucionario.
Cuando
se
dispuso
a salir
ayudado
por su
pareja
lo
detuve
antes de
que
abriera
la
puerta,
¡las
llaves!
Cuando
soltó la
respiración
y cedió
la
presión,
realizó
un
rápido
movimiento
que puso
al
desnudo
los tres
botones
restantes,
los
soltó y
abrió
totalmente
aquella
blusa.
Una
línea
tenue de
vellos
escapaba
precisamente
desde el
centro
de
aquellos
ajustadores
que
trataban
de
ocultar
unos
senos
conocidos,
aquella
línea se
hacía
más
gruesa y
oscura
en su
proximidad
con el
ombligo
oculto
por la
saya en
aquellos
momentos.
Ahora
debía
esperar,
no podía
dar
muestras
de
desesperos
para
evitar
complicaciones,
sufrir y
aguardar,
no
aventurarse,
tenía
que
comportarse
como un
buen
cabrón
de la
calle,
no darle
mucha
importancia
a la
jeva,
demostrar
quién
era el
macho,
¿él o
ella?
-Así fue
como
logré
tener un
hermoso
apartamento
en La
Habana,
ya lo
verás,
me caes
bien. Yo
no
acostumbro
llevar a
nadie,
pero de
verdad
que
resultan
incómodas
estas
colas de
tantas
horas,
la falta
de agua,
suciedad.
La
próxima
vez nos
encontramos
en mi
casa, me
caes
bien.
Armando
mostró
algo de
indiferencia
y su
mirada
se
desvió
hacia la
mesita
de
noche,
una
botella
de ron
llena de
agua le
indicaba
que era
la
disponible
para
lavarse.
Al
cenicero
le
habían
sacudido
el
contenido,
las
huellas
de las
cenizas
se
aferraban
a él.
Ella se
sintió
confundida
por
aquellos
minutos
de calma
y se dio
la
vuelta
en la
cama,
era una
orden
que
Armando
comprendió
inmediatamente.
Un botón
y un
zipper
de la
saya, un
prendedor
del
ajustador,
solo
esos
detallitos
le
adelantarían
el
camino.
Miró el
Poljot,
lo soltó
todo y
antes de
que se
diera
vuelta
le
arrancó
la saya
del
cuerpo.
Y si
ahora
quiere
dar
bateo
que lo
haga, la
dejo en
la
posada
sin ropa
y me voy
a la
mierda,
pensó.
-Le di
de baja
de la
libreta,
se
apareció
como a
las tres
semanas
a buscar
su cuota
y no le
di nada,
solo la
hoja del
traslado.
No
protestó,
no podía
hacerlo,
¿quién
era el
militante
y
Capitán,
él o yo?
El que
se la
estaba
jugando
era él,
lo mejor
que pudo
hacer
era
guardar
silencio
y no
reclamar
nada,
creo que
se
aconsejó,
hizo
bien. La
escuchaba
y no
dejaba
de
mantener
su
mirada
fija en
aquel
cuerpo
que lo
arrebataba.
Ella no
protestó,
no dijo
nada, se
viró y
sobre el
pecho
permanecía
aferrado
el
ajustador.
Armando
lo tomó
por el
centro y
ella
levantó
los dos
brazos
para
facilitarle
la
operación,
solo
quedaba
el
blumer.
No le
prestó
mucha
importancia,
sus ojos
recorrían
cada
centímetro
de
aquella
geografía
desnuda
donde
cada
seno era
un
continente,
cada
aureola
una isla
bien
negra
separada
por un
río muy
oscuro
que
desembocaban
en un
pequeño
lago
redondo
y poco
profundo.
Después
de él,
una
tupida
selva
anunciaba
la
existencia
del
paraíso
perseguido
por todo
macho,
Armando
lo
sabía,
estaba
allí,
cubierto
por un
manto
rosado
que lo
oprimía,
era un
bulto
espantosamente
exagerado.
-Para
que
veas,
hay
gente
que se
pasa
toda la
vida
sufriendo
en un
cuartucho,
hacinándose,
viviendo
en
promiscuidad
por
varias
generaciones,
yo no,
yo fui
una
afortunada.
No tuve
que
trabajar
voluntariamente
en nada,
ni
sufrir
las
humillaciones
de esas
asquerosas
asambleas.
Me gané
el
apartamento
por un
culo que
no fue
ni el
mío, eso
sí, hay
que
tener
ovarios
para
lograrlo.
Se
detuvo
sin
darse
cuenta
que ya
estaba
casi
desnuda,
levantó
la
mirada y
se
percató
que su
pareja
se
encontraba
allí. ¿Y
si lo
hecho
pa’lante?
Armando
le fue
retirando
el
blumer
usando
la misma
ceremonia
realizada
con las
medias,
se
enrolló
un poco,
pero fue
una
acción
involuntaria.
Lo fue
arrastrando
a lo
largo de
las
piernas,
hasta
que
estas se
acabaron.
Ella las
mantuvo
cerradas
a
propósito
y él
disfrutó
de la
escena,
aquel
triángulo
negro
con su
línea
oscura
extendida
hasta el
pecho le
daban la
imagen
de una
flecha,
eso era
ella, un
poco más
grande,
una
lanza
que se
abría
paso en
la vida.
-Deja
que te
lleve a
mi casa,
no hay
problemas
con el
agua, yo
siempre
tengo la
bañadera
llena. Y
si
quieres
comprar
comida
tampoco
hay
líos, la
ventana
de mi
cocina
da al
patio de
un
Círculo
Infantil.
Puedes
resolver
leche
fresca y
viandas,
de vez
en
cuando
algún
pollo y
un poco
de
carne,
queso de
crema
todo el
que
quieras.
¡Muchacho!
Vivo al
lado de
una
mina, si
lo
hubiera
sabido
antes
hacía
rato que
viviera
en La
Habana,
Santiago
está en
candela.
Soy una
afortunada,
nadie
sabe lo
que vale
un culo
con
militancia.
Armando
fue
hasta el
baño a
orinar,
el olor
era
insoportable.
Caminaba
aprisa
por la
avenida
Vento,
observó
las
huellas
de un
auto en
la pared
de la
caseta
del
vigilante
de la
compañía
de
teléfonos.
Había
leído la
noticia
del
Chevy
volador
en el
Juventud
Rebelde
del día
anterior.
Dobló a
la
derecha
en San
Miguel y
buscó la
parada
de la
ruta 83.
¿Leche,
pollo,
carne,
queso de
crema,
vianda?
¡Qué
jodedera
con las
medias!