A mi lado se
encontraba
la madre de
mi
padrastro,
yo no la
invité, ella
participaba
con mucho
fervor en
todas las
actividades
revolucionarias.
Esto no era
una
actividad
tampoco,
pero ella lo
entendió
así. ¡Vaya!
En aquellos
momentos su
postura era
como la de
Mariana
Grajales,
estaba en
ese estadio
entregándole
uno de sus
hijos a la
causa de la
revolución,
pero es que
yo tampoco
era su hijo,
nada,
potestades
que se
tomaba. Yo
creo que
ella padecía
de cierta
psicosis de
guerra o
revolucionaria,
no se perdía
ninguna
actividad
donde
hubiera que
gritar o
agitar
banderitas.
Y siempre
vestía de
negro, no
recuerdo si
usaba alguna
medallita o
algo que la
identificaba
como madre
de un
mártir, pero
usaba algo
distintivo
aparte de
aquellos
espejuelos
con
cristales
fondo de
botella. Por
mucho que me
pregunto no
hallo la
respuesta,
¿qué carajo
hacía Susana
junto a mí
en aquel
estadio?
Yo metí en
la jabita
todo lo que
indicaban en
el
telegrama,
la vieja
agarró la
máquina de
afeitar de
mi padrastro
y dos
cuchillitas
“Patria o
Muerte”.
Tampoco sé
si lo hizo
por
disciplina o
por miedo,
pero allí se
encontraban
cuando miré
de refilón
el
contenido.
Dos
calzoncillos
matapasiones,
pero para
ser sincero,
eran de
marca Perro,
igual que
las dos
camisetas de
manguitas,
todavía
existían. Yo
las usaba
así porque
mi padrastro
era de la
guapería, no
se metía con
nadie, era
un blanco de
seis pies de
estatura con
ojos
verdosos y
pelo rizado
que pelaba
de cortes
rectos sus
patillas y
motas sobre
las orejas.
¡Vaya!
Aunque no
fuera guapo
de verdad
había que
respetarlo
por el
tamaño, el
tipo era
guapo, nunca
lo vi en una
bronca, pero
no puedo
negar que lo
respetaban.
Hablaba poco
y con faltas
de
ortografía,
o sea, se
trababa y no
podía
discutir
mucho, eso
lo convertía
en algo
violento y
temido. Las
motas era un
anuncio que
se usaba
mucho en
aquella
época, y
bueno, si
estaban
acompañadas
de un
pantalón
corte
batahola y
una
camisetilla
de manguitas
con la
botonadura
de oro con
sus
iniciales,
ya
clasificabas
de guapo.
Como yo me
encontraba
comprendido
dentro de su
protectorado,
él se empeñó
en
inculcarme
las reglas
de la
guapería y
debía
comenzar por
la
vestimenta,
eso era muy
importante,
no se
aceptaba a
un guapo con
un chama
flojito.
Está bien se
exigiera en
el telegrama
que llevara
una máquina
de afeitar,
esa parte no
la comprendí
muy bien,
pude
interpretar
que formaría
parte de una
escuadra de
barberos, yo
no tenía
bigotes y
menos aún
barbas, era
lampiño.
Bueno, me
creció
varios años
después y de
manera
provocada,
osease, como
tenía cara
de niño y
quería
presumir de
hombre
comencé a
rasparme la
cara con
aquellas
cuchillas
“Patria o
Muerte”. Por
suerte mis
vellos eran
de una
suavidad
comparable
con los
pelitos que
se
encuentran
en las
mazorcas de
maíz, muy
tiernos.
Cuando
vinieron a
salir de
verdad y
despuntaron
como cañones
de hombre,
yo estaba
navegando y
compraba
cuchillas
Wilkinson en
el
extranjero.
Susana tenía
más deseos
que yo en
que
mencionaran
mi nombre,
estaba
nerviosa y
muy atenta
al pase de
lista.
Estuve a
punto de
reclamarle y
decirle
varias
cosas, como
por ejemplo:
Ven acá
vieja
hijaputa,
¿quién es el
que va para
el tanque,
tú o yo?,
pero me
contuve. Es
que le tenía
algo de
miedo
también, ya
había sido
testigo de
sus
desplantes
con los
gusanos,
aquellos
gusanos de
principios
de la
revolución a
los que ella
culpaba de
la muerte de
su hijo. Al
final de la
jornada su
hijo no
había sido
mártir ni un
carajo, le
quitaron su
nombre a un
cedeerre
que estaba
en la calle
Estela y muy
cerca de La
Curva de
Párraga. Era
un bandolero
que siempre
tuvo sus
encontronazos
con la
policía,
hasta un
día, pero
los gusanos,
gente que
eran vecinos
nuestros de
toda la
vida, nunca
tuvieron que
ver con su
muerte. La
vieja Susana
descargaba
todo su odio
en contra de
ellos y de
la noche a
la mañana
fuimos
convertidos
en enemigos,
por
cualquier
razón los
chivateaba y
las
relaciones
se hacían
cada vez más
incómodas.
Allí estaba,
gritaba y
aplaudía
cada vez que
llamaban a
alguien, era
la única que
asumía esa
postura
medio
esquizofrénica
y yo no me
atrevía a
mirarla,
solo
observaba
los rostros
y gestos de
las otras
madres
sentadas en
las gradas
de aquel
estadio. En
la medida
que iban
mencionando
nombres se
iban
llenando
aquellos
camiones
rusos de
guerra, ya
quedábamos
pocos en el
estadio y
aún
conservaba
la esperanza
de que todo
fuera un
error.
¡Eugenio
Esteban
Casañas
Lostal!
¡Coño! No sé
si salté
asustado o
por los
deseos tan
grandes de
desprenderme
de la
compañía de
Susana. Ni
la miré,
bajé
aquellos
escalones a
la velocidad
de un peo. A
mis espaldas
se
escuchaban
una pila de
consignas
que nada
tenían que
ver conmigo,
entregué el
telegrama y
me subí al
camión sin
mirar
nuevamente
hacia las
gradas. Lo
de Eugenio
fue un
capricho de
mi madre, no
sé cuál fue
la razón, no
aparecía en
ningún
documento
oficial,
pero ella me
dijo que sí
y así lo
inscribí.
Partimos por
toda la
Avenida
Acosta hasta
la Calzada
de Luyanó,
Virgen del
Camino y
luego la Vía
Blanca hasta
la rotonda
de la
Monumental
con
dirección a
Playas del
Este. Un
poco antes
de llegar a
Bacuranao,
la caravana
de camiones
dobló a la
derecha y
nos perdimos
de la
carretera.
Luego me
enteré que
era un
campamento
militar
llamado
“Colinas de
Villarreal”,
muy discreto
y oculto
detrás de
aquellas
leves
colinas.
Para los
militares
existe poca
diferencia
entre vacas
y seres
humanos, así
nos
transportaron
y trataron a
nuestra
llegada.
Tuve la
impresión de
arribar a
ese punto
para cumplir
un castigo,
mucho se
alejaba el
trato que
nos daban de
las
consignas
revolucionarias
de Susana.
Sin perder
mucho tiempo
nos fueron
pasando
hacia lo que
sería una
barbería y
no lo era.
Los guardias
destinados a
esa
operación de
trasquilar
nos recibían
burlones con
la máquina
eléctrica en
la mano y no
escatimaban
ofensas. La
mayoría de
ellos eran
de origen
campesino
que actuaban
en venganza
por algo que
habían
sufrido y
nosotros
desconocíamos.
A pesar de
mi corta
edad fui un
poco más
despierto
que todos
mis
compañeros
de
desgracia,
me había
pelado
estilo
militar el
día
anterior.
Nadie duraba
más de tres
minutos en
manos de
aquellos
depredadores
y de allí
nos pasaron
a una
especie de
cubículo
donde éramos
fumigados
como las
reses.
Continuaba
el baño y
por último
un chequeo
médico
físico que
se realizaba
en tiempo
record con
toda aquella
larga fila
de hombres
desnudos. La
última fase
consistía en
vestirnos de
verde olivo,
ya estábamos
uniformados,
éramos
soldados
dispuestos a
defender la
revolución
cubana.
En Colina de
Villarreal
permanecimos
tres días
dedicados a
marchas
forzadas
hasta altas
horas de la
noche, al
tercer día
nos montaron
en los
mismos
camiones y
viajamos por
la periferia
de la ciudad
hasta Rancho
Boyeros,
luego me
perdí por
carreteras
nunca
visitadas y
fuimos a
parar a un
pueblo que
más tarde me
enteré era
el Wajay. En
esa Unidad
3050 que
pertenecía a
las DAAFAR
(Defensa
Anti-Aérea y
Fuerza Aérea
Revolucionaria)
había miles
de reclutas
que nos
amontonaban
en barracas.
El primer
jefe de esa
escuela era
un teniente
que luego
fue jefe de
la División
50 de
Oriente, era
tolerable.
Sin embargo,
nuestros
jefes
inmediatos
eran
sargentos
bajados de
la Sierra
Maestra,
guajiros
ignorantes e
implacables.
No he podido
olvidar el
nombre de
uno de los
sargentos
más hijoputa
conocido en
mis tres
años de vida
militar, era
un jabao
oriental y
de cuerpo
parecido a
la rana René
de los
Muppets de
apellido
Manso. El
segundo jefe
de aquella
escuela lo
fue el
teniente
Mengana,
individuo
tan odioso
como el
mencionado
sargento. El
tránsito por
aquella
escuela
militar tuvo
una duración
superior a
los cuarenta
y cinco
días, tiempo
empleado en
el
aprendizaje
de
artillería
antiaérea,
fui
destinado a
los cañones
CAAD 30
milímetros
de
fabricación
checa.
Durante mi
permanencia
en aquella
Unidad
Militar,
donde creo
yo era el
soldado más
joven,
estuve en
varias
ocasiones a
punto de
decir la
verdad y
renunciar.
Solo me
ataba una
idea,
cuentas
matemáticas
que nunca se
equivocan.
Tengo
catorce años
y cuando
venza el
servicio
militar
obligatorio
habré
cumplido los
diecisiete,
es buena
edad aún
para
comenzar
cualquier
aventura. Si
entro a los
dieciséis
como
establece la
ley, salgo a
los
diecinueve,
soy un poco
mayor, vale
la pena
soportar
este
castigo.
Esos
pensamientos
se
mantuvieron
vigentes
durante ese
período tan
duro de mi
vida, apenas
era un niño
y
consideraba
imposible
vencer todas
las
dificultades
que se me
presentaban
diariamente,
estuve a
punto de
rajarme en
varias
oportunidades
y temía
decirle a
mis
compañeros
la verdadera
edad. Muchos
de ellos
tuvieron que
darse cuenta
y me
protegían,
yo era
prácticamente
un niño. No
tenía vellos
debajo de
los sobacos,
muy pocos en
la pelvis y
mis senos
mostraban
aún la
inflamación
del proceso
de
desarrollo.
Una tarde
montaron a
un grupo de
unos
cincuenta
reclutas en
dos camiones
con rumbo
desconocido,
tampoco pude
identificar
a la
carretera
del Mariel.
Nos bajaron
en un monte
y nos
dijeron que
aquella era
nuestra
Unidad
Militar,
solo existía
un
inconveniente,
no había
nada a
nuestro
alrededor.
Durante
varios meses
estuvimos
tumbando
monte a
golpe de
machetes sin
filo y
viviendo en
casas de
campañas. En
aquellos
tres años no
conocimos la
existencia
de servicios
sanitarios o
letrinas,
nuestras
necesidades
se
realizaban
en el monte
y nos
bañábamos
cuando era
posible con
el agua
traída por
una pipa.
Seis meses
después
inaugurábamos
el campo de
tiro
antiaéreo de
la DAAFAR
que existe
entre la
playa de
Guajaibón y
El Mosquito,
justo en
frente a la
granja
Menelao
Mora. Allí
pasé mis
tres años de
servicio
militar
obligatorio
cobrando los
siete pesos
mensuales
que nos
asignaron
como
salario.
-Si alguien
trata de
escapar del
país tiren a
matar. Esa
fue la orden
que
recibimos
cuando
realizábamos
rondas con
los
guardafronteras
entre las
playas El
Salado y El
Mosquito.
Recorridos
que hacíamos
de seis de
la tarde a
seis de la
mañana
asediados
por los
mosquitos,
la lluvia,
el hambre,
el peso de
un FAL que
prácticamente
era mayor
que yo y más
de cien
proyectiles
en la
cintura. Si
hubieran
tratado de
pasar por
allí con el
sufrimiento
de aquellas
circunstancias,
no duden de
que yo les
hubiera
disparado.
Gracias a
Dios nunca
tuve que
hacerlo y
puedo dormir
con la
conciencia
tranquila.
Terminé mi
servicio
militar a
los
diecisiete
años y entré
directo a la
marina
mercante.
¿Por qué
sucedió toda
esa
aventura?
Muy
sencillo, no
existía un
sistema de
identificación
nacional
(Carné de
Identidad)
Yo me
encontraba
en una
escuela
donde era
obligatorio
tener más de
dieciséis
años y
cuando sale
la ley del
SMO,
exigieron el
comprobante
de
inscripción.
Fatalmente
fui llamado
al ejército
en los
primeros
días de
aquel primer
llamado.
¡Muchachos!
Lo orgullosa
que se
sentía
Susana
cuando me
veía llegar
a la casa
vestido de
verde,
pa’matarla,
coño.