-¡Suena mucho mejor que el
anterior! Le expresó Juanita y
su voz penetró por la ventana de
mi cuarto que daba a su pasillo.
-¡Este es más bonito! Le
contestó el cartero.
–Se parece a aquellos que usaba
el guarda jurado en sus
recorridos nocturnos por el
barrio. Era la voz de Margot,
ella vivía a tres puertas de la
de Juanita, se acercó empujada
por ese bichito que pica a todas
las comadres, nadie recordaba
aquellos guardias pagados por
los vecinos
–Sí, es más delgado y cómodo de
transportar en el bolsillo,
ocupa menos espacio, pero debo
acostumbrarme a su sonido, y la
gente también, no es lo mismo.
Es un poco más exigente, o sea,
requiere de más aire para lograr
un sonido completo. Les dijo
mientras sostenía al silbato
entre los dedos y lo giraba ante
sus ojos con mucha delicadeza.
-Ya eso es un verdadero
contratiempo, porque como están
las cosas hoy día y las
dificultades que existen para
desayunar, no creo que tengas
suficientes energías para andar
soplando por todo el barrio. El
cartero era como las películas
rusas, cuando menos lo esperabas
aparecía el cartelito de konec.
Ese día sonó el silbato en la
puerta de nuestra casa, mal
augurio, mala noticia, pésima
suerte, alguna tiñosa, nos
trasmitimos esos pensamientos
con una mirada. Teníamos
parientes en el extranjero, pero
ya los habíamos enterrados desde
hacía muchos años, esa
correspondencia nunca existió.
Total, no tiene sentido que nos
cuenten sobre sus viajes a
Disney World, o que nos manden
fotografías al lado de un auto
de último modelo. Poco nos
importaban sus rostros
sonrientes dentro de una piscina
mientras el tío o el abuelo
asaban carnes en una parrilla
enorme con un baloncito de gas.
¿De qué nos serviría? Era mejor
romper de cuajo y que no nos
marcaran la biografía por tener
relaciones con el enemigo. Ellos
estaban allá y nosotros aquí,
ellos estaban viviendo la dulce
vida mientras nosotros nos
sacrificábamos, nadie sabía en
qué, pero ese era el alegato,
¿para qué escribirnos? Olga se
demoró varios minutos en
recorrer la distancia que existe
entre la cocina y la puerta de
la calle, el cartero repitió su
pitada, ahora más larga y con
mucha fuerza. Cuando se detuvo
el sonido, aspiró todo el aire
posible para rellenar los
espacios vacíos de sus pulmones,
gritó un nombre que nadie
entendió. ¡Ya va, ya va! Gritó
Olga por el pasillo. Parece
mentira que estén ahí sentados y
no le abran la puerta al
cartero. Protestó cuando cruzaba
la sala saltando las piernas
extendidas de los muchachos,
nadie le respondió y
permanecieron concentrados en la
pantalla del televisor,
retransmitían cualquier cosa.
El cartero infundía miedo, era
autoritario, casi un policía. ¿Y
si no le abrimos y luego nos
camina? Hay que abrirle por
desgracia, nadie sabe, este país
está lleno de chivatos. Hay que
hacerlo, el muy cabrón puede
reportar en la oficina de
correos que no quisimos
atenderlo. ¿Y si no es nada
malo? Va y resulta ser una
tarjeta de felicitación, ¡hay
que abrirle, carajo! Pensó
Armando en el baño mientras
hacía sus necesidades y
estrujaba las hojas de una
revista, lo hacía frotándolas
contra ellas mismas y el sonido
seco de aquellas fricciones
llegaba siempre hasta la sala.
No debe ser eso, pensó
nuevamente sin dejar de
concentrarse en aquella
importante operación, las
tarjetas de felicitaciones no
existen desde hace una pila de
años, debe ser algo malo. ¿Por
qué no acabarán de abrir? Esos
muchachos son vagos, y con lo
que se demora la vieja para
llegar hasta la puerta.
Mercedes detuvo sus convulsivos
movimientos con las pitadas del
cartero, sobre ella jadeaba su
marido, bueno, no un marido
oficial. No existía ningún
documento que lo acreditara como
tal, tampoco aparecía su nombre
en la libreta de abastecimiento,
y eso era mucho decir. Gloria
tenía la molestia de solicitarle
diariamente el RD-3, ella le
prometía entregarlo a la mañana
siguiente sabiendo que era
mentira, José no abandonaría
nunca la libreta de su casa,
esperaba por la salida de su
madre del país o se resignaba a
resistir hasta el día final de
su existencia, era la única
manera de heredar aquella casa.
Sobre su abdomen corrían gruesas
gotas de sudor que le marcaban
un trillo brillante hasta la
espalda, la sábana estaba mojada
a ambos lados de su cuerpo y
despedían un olor acre, casi
amargo, siempre que terminaban
daba la impresión que se habían
orinado. Se colocaban a un lado
de la cama y dejaban que el
ventilador se encargara de
secarla, tampoco podían darse el
lujo de estarla lavando
diariamente, porque a diario
sudaban, era la juventud. Puede
ser la respuesta de la oficina
de intereses, pensó mientras se
mantenía inmóvil y seguía el
rumbo de Olga por el ruido de
sus chancletas. Todavía se va el
cartero y tengo que empujarme
nuevamente la cola, pensó
mientras su respiración era
jadeante.
-¿Por qué no le abren al
cartero? Gritó Anita desde el
lavadero que se encontraba en el
patio. Va y se murió Pancho,
puede ser un telegrama urgente,
pensó mientras revolvía los
culeros cagados de su hija con
un palito barnizado que una vez
perteneciera al corral. Los
carteros no se molestan en
traerte una carta normal, nadie
escribe boberías, son aves de
mal agüero que solo reparten
telegramas con malos presagios,
malas noticias, pensó sin
recibir respuesta desde la sala.
Para morirse solo hay que estar
vivo y caer en desgracia o en un
hospital del interior. ¡Pobre
Pancho! Toda una vida
sacrificada en la construcción
de algo, ¿qué harán con su
colección de medallitas y
diplomas? Tan orgulloso que se
las colgaba los días de fiesta,
las camisas se le llenaron de
huequitos de tantas pinchadas,
el pobre, tal vez de su
fallecimiento sea el telegrama.
Se escuchó nuevamente la
insistente y rabiosa pitada del
cartero, luego dos toques
fuertes en la puerta, como los
que dan los propietarios de las
casas cuando olvidan las llaves.
Olga no acababa de llegar, no se
apuraba, nadie le escribía desde
hacía siglos, no recuerda cuando
recibió la última carta.
¿Serán del Comité Militar? No es
fácil estar guardado tres años
en la mejor época de la
juventud, y lo mal que me cae
estar marchando. ¡1,2,3,4,
comiendo mierda y rompiendo
zapatos! Pasado mañana son los
quince de Milagros y ya están
montadas todas las coreografías.
Tremendo hueco le haría a mi
socia si me llevan para el
Servicio, tendrán que eliminar
una pareja, ya no hay tiempo ni
tela para confeccionar otros
vestidos. ¡1,2,3,4, comiendo
mierda y rompiendo zapatos! Es
duro, pensó Alberto sin despegar
la vista del televisor. ¿Y si me
declaro maricón? Eso lo ha hecho
mucha gente y han escapado. Sí,
pero algunos no han tenido mucha
suerte y los han clavado en el
campo, con el odio que le tengo
al fango. Hay que buscar otra
salida, pensaba mientras Armando
Calderón narraba la Comedia
Silente, ¡De truco, queridos
amiguitos! Escuchó en ese
momento y se concentró en
aquellas imágenes borrosas en
blanco y negro. Porque si me
declaro pato puedo escapar, pero
el cartelito no hay quien me lo
quite de por vida, me dichabo
ante los pollos del barrio.
Tengo que mudarme y hacer una
nueva vida, pero no puedo
hacerlo, ¿para dónde voy? Mira
la lucha que tiene Alfredo para
lograr un apartamento, el pobre,
se va a reventar. ¿Y el viejo?
Ese va a ser el primero que me
bote de la casa, voy a cagarle
todo su historial
revolucionario. No puedo salir
del closet así como así, debo
encontrar otra solución más
aceptable. ¡Ya sé! Un
certificado médico es lo
perfecto, ¿quién correrá el
riesgo? -¡Ya va! ¡Ya va! Gritó
Olga y seguía protestando por la
vagancia de los muchachos,
ninguno recogía las piernas para
permitirle pasar. Se detuvo
junto al corral de las niñas y
le extrajo una bola de pan de la
boca a una de ellas.
Entrada de trompeta y algarabía
del público como coro, imaginas
ver entrar al artista en el
escenario, ilustras su fama. Las
trompetas van cediendo como si
fueran vencidas por falta de
viento, el piano se despierta
por ese vacío inesperado. Su
entrada es melodiosa, dulce, sus
notas se comportan como un
sedante y el público se calma,
se impone el silencio, el
artista canta. Las guitarras
logran un efecto contrario y el
público se manifiesta
nuevamente, desea cantar también
aunque esté desafinado. Bulla,
bulla, gritos histéricos… Cuando
Pedro salió a su ventana, no
sabía mi amor, no sabía, que la
luz de esa clara mañana, era luz
de su último día. Y las causas
lo fueron cercando, cotidianas,
invisibles, y el azar se le iba
enredando, poderoso, invencible.
¡Eh, eh, eh, eh,eh,eh! Entrada
burlona de trompeta… Escuchaba
Julio aquella conocida melodía
mientras se desplazaba a mitad
de su cuadra, el silbato
continuaba insistente a su
espalda y apuraba su paso para
no perder la guagua.
Gloria lo seguía con su vista de
águila, podía escucharlo con los
ojos de cederista distinguida,
rapaz de almas, devoradora de
ideas distintas, embajadora de
la envidia. Lo odiaba, la
odiaba, se odiaban. Un haz de
desprecio pudo burlar sus
pestañas, un escupitajo dirigido
hacia el mismo pedazo de césped,
y la tierra protestando por no
sentirse culpable, y la hierba
comenzaba a secarse de tantas
bilis derramadas. La mirada de
odio y el gesto de desprecio
cotidiano, la jabita vacía
apretada bajo el sobaco, la
camisa sudada con el cuello
negro y el estómago tratando de
devorar sus paredes como cada
día, como cada semana, como si
fuera un castigo. El mal humor
de cada hora borrando aquella
alegría de su pubertad, y los
sueños de una juventud perdida,
marchitos entre marchas y
discursos, y un solo objetivo
latente en su mente de un azul
intenso. Treinta y dos años de
sueños volátiles esfumados sin
poder trascender más allá de
caprichos ajenos, palabras que
sonaban cada instante aburridas,
espacio cada vez más estrecho a
ese deseo tan humano por
ascender. Subir quizás un solo
peldaño en esa escala tan dura
de la vida, cambiar. Sonó
nuevamente el silbato a su
espalda mientras doblaba la
esquina. Los muchachos
comenzaron a protestar y uno de
ellos le subió el volumen al
televisor. ¡Ya va, cojones!
Gritó Olga muy molesta y el
cartero pudo escucharla a través
de la puerta, se desinfló y
aguardó en silencio.
Jorge saltó el muro del patio
muy asustado, nunca pudieron
adivinar cómo lo hacía, algunos
de los familiares pensaron
inscribirlo como deportista de
salto sin garrocha. Algún truco
utilizaba para vencer una pared
con más de tres metros de
altura, pensaron los muchachos
de la sala cuando vieron
elevarse una sombra flaca por el
muro repellado. Va y ese cabrón
llega con el pretexto de un
telegrama para luego echarme
pa’lante, pensaba mientras
ascendía. No se puede confiar en
nadie, no se puede ser feliz,
nunca se comprendió el
significado de su felicidad,
Jorge se escapaba para estar
trancado en la casa, no tenía
novia, amigos, dinero, ropa,
gastaba su tiempo sentado en la
sala, oculto de la mirada de los
vecinos, fugitivo. Olga estaba
cansada de suplicarle que se
entregara, lo acompañaba hoy
hasta la Unidad Militar y lo
encontraba en la casa a su
regreso. Un día lo trasladaron a
Camaguey, se lo llevaron en
tren, nunca arribó a su destino,
era nuestro Papillón. Ofelia lo
vio caer en el pasillo de su
casa y no dijo nada, se hizo la
ciega. Yo no espero
correspondencia, pensó Jorge
mientras se escondía detrás de
un tanque de agua.
Se escuchó el cerrojo de la
puerta, el recorrido angustioso
de un viejo pestillo. ¡No sé
para qué cierran tanto! Protestó
Olga mientras tiraba de la
puerta y ella rozaba con las
losas del piso. Tuvo que usar
las dos manos para forzarla a
que abriera un poco más, los
muchachos protestaron cuando
entró claridad a la sala y
afectó las imágenes en la
pantalla del televisor ruso. ¡De
truco, queridos amiguitos!
Repitió Armando Calderón en otra
parte de la comedia y todos
callaron nuevamente.
-¿Tienes un pito nuevo? Le
preguntó Olga al cartero.
-Sí, lo acabo de estrenar. Le
respondió.
-Pues debes avisarle a todos los
vecinos, ya estábamos
acostumbrados al viejo. Este de
ahora suena como los que usan
los amoladores de tijeras. Le
dijo mientras el cartero le
mostraba orgulloso su nuevo
instrumento.
-Pero lo amoladores no usaban
pitos, ¿cómo era que se llamaban
esos instrumentos?
-¿Una filarmónica?
-¡No, mujer! Aquel instrumento
lo usan mucho en la música de
Suramérica, son varios tubitos
de diferentes tamaños pegados
uno a lado de otro. Es una
versión de la antigua Zampoña
que nosotros conocemos como
armónica. Le aclaró el cartero.
-¿Tas hablando en ruso? Primera
vez que escucho ese nombre. Le
respondió Olga.
-No te preocupes, estás
justificada.
-¿Qué tienes para nosotros
aparte del sonido que estrenas
con el nuevo pito?
-Un telegrama, ¿puedes regalarme
un vaso de agua? Buscaba entre
el mazo de sobres sostenido en
su mano izquierda mientras Olga
regresaba nuevamente hasta la
cocina.
-¡Mete todo en el bolso
nuevamente! Le dijo muy asustada
Alelí a su amiga Candelaria, ese
cabrón va a pedir permiso para
pasar al baño también, seguro
anda en algo.
-¿Tú crees? Sin doblarlo lo fue
guardando todo, medias, íntimas,
pasta de diente, cigarrillos, un
pomo de champú, dos pañuelos de
cabeza y un pomito de bijol.
-¡Claro! Buscan cualquier cosa
para estar chismeando y luego
comunicarlo.
-¿Con hielo o de la pila? Se
escuchó la voz de Olga desde la
cocina y los niños protestaron.
-¡Cualquiera me viene bien! Le
contestó el cartero y lo
mandaron a callar desde la sala.
-¡Me vengo, me vengo, ya no
puedo aguantar! Se escuchó
detrás de la puerta del cuarto
próximo a la cocina y Olga lo
pudo oir.
-¿Para quién es el telegrama?
Preguntó Armando desde el baño
sin dejar de frotar las hojas de
papel.
-¡No se sabe aún! Respondió su
madre.
-¡Carajo, como se sufre en este
país de mierda! ¿No pudo decirlo
antes de antojarse del agua?
- ¡Ay, me vengo!
-Pues acaba de hacerlo, no
resisto este calor.
-¿Se habrá muerto Pancho?
¡Ooolga! ¿No sabes si el
telegrama es para mí?
-¡No lo sé! Se escuchó otro
grito desde la cocina.
-¡Mija! ¿Cuándo le llevará el
agua tu madre? Tengo que salir
con las mercancías, me están
esperando. ¡De truco, queridos
amiguitos! Se escuchó por el
televisor nuevamente y daba la
impresión de que Armando
Calderón se encontraba medio
borracho, repitió la misma
expresión muchas veces.
-¡Acaba de llevarle el agua a
ese tipo! Va y es una citación
del Comité Militar, hace falta
avisarle con tiempo a Milagros.
-¡No jodan más! Hubieran
levantado el fondillo. Respondió
molesta la vieja mientras
arrastraba las chancletas por el
infinito pasillo hasta la puerta
de entrada. Los muchachos no se
molestaron en recoger las
piernas y tuvo que irlas
saltando como en una carrera con
obstáculos. Miró al corral y las
niñas se encontraban
entretenidas. Le entregó el vaso
de agua al cartero y éste le dio
el telegrama. Desde su balcón
Gloria seguía vigilante a todas
las maniobras que se producían
en aquella puerta, el cartero
partió y sonó el silbato en la
puerta vecina.
-¡El telegrama es para Julio!
Gritó Olga.
-¡Dámela ahora!
-¡Tómala!
-¡Dámela! Se escuchó la caída de
un cuerpo en el pasillo del
patio.
-¡Tómala, mamacita! Descargaron
el inodoro en ese instante.
-¡Dámela, papichuli!
-¡Hay niños en la sala! Protestó
Anita desde el patio. ¡1,2,3,4,
comiendo mierda y rompiendo
zapatos!
Anita lo esperaba siempre en el
mismo lugar, con el mismo gesto
en el rostro, despeinada, su
cara grasienta y empercudida.
Con el mismo olor rancio que
borra la atracción salvaje por
la carne femenina. En el rústico
corral peleaban su hija y
sobrina por otro mendrugo de
pan. El azar las había colocado
allí, la falta de un condón tal
vez, pero allí se encontraban
inocentes y hoy no se embarraban
de mierda como hacían antes, el
día de ayer o antier.
Fue directo al refrigerador y
sacó una tartarita de hielo sin
hablar, sin decir buenas tardes,
o buenas noches, o buenos días
tal vez. Pocas cosas se decían
para evitar contratiempos, era
preferible no hablar en tiempos
tan contrarios. En la cocina se
preparó un vaso de agua con
azúcar y lo batió con energía.
Luego, ese criollo cóctel separó
las paredes contraídas de sus
tripas y sintió algo de alivio.
Se sentó junto al corral y
observaba a las niñas jugar
enlodadas de inocencia mientras
dejaba reposar su mal humor, el
genio de cada día.
Le pidió con desgano a su mujer
que le calentara un poco de agua
para bañarse. Ya ella se había
adelantado, aquella orden diaria
la había domado como a cualquier
animal. La siguió con el rabillo
del ojo mientras se desplazaba
por el pasillo, trataba de
descubrir aquellos encantos que
un día lo arrastraran hacia esa
aventura. La aventura de casarse
y encontrarse embarcado con dos
fiñes en una trampa sin salida.
Se puso a calcular y había
perdido la cuenta de los días o
semanas que llevaba sin verla
desnuda. Iba olvidando la imagen
de aquel cuerpo y los pocos
encuentros sexuales se
convertían en verdaderos
tormentos. Gemidos y sollozos
reprimidos, peor aún, amar al
tacto, buscar ese cálido
huequito entre sábanas, pijamas,
blumer. ¿Y el calor? Esperar por
último en acostarse y el
sobresalto del primer
despertador en pleno acto.
¿Amar? Eso era templar en el
peor de los casos, como lo hace
cualquier animal. Envidiaba a
los gallos, ¡a los gallos no!,
se vienen muy rápido, pensaba
mientras se refrescaba y
observaba a las niñas dentro del
corral jugando ajenas, perdidas
en el paraíso de sus mentes.
Desgraciadas, pensó mientras su
mujer le avisaba que tenía el
baño listo, debía aprovechar
antes de que llegaran los otros
del trabajo.
Con una latica mojó su cuerpo,
no podía darse el lujo de gastar
más de tres antes de
enjabonarse, el resto del cubo
era para enjuagarse. La bañadera
se encontraba a un tercio de su
capacidad y nunca se garantizaba
que entrara el agua en su día.
Mientras se lavaba la cabeza,
detuvo su atención en el moho
que brotaba de las uniones de
los azulejos, avanzaban desde el
piso y cada semana ganaban
territorio, una invasión de
líneas negras que se portaban
como cualquier ejército. Buen
trofeo, pensó y luego comprendió
que gastaba muchas horas del día
pensando en mierdas sin
importancia. Hay mierdas
importantes, las hay, respondió
su enfermizo pensamiento, ¡basta
de pensar!
Ese día la cena era la misma de
ayer, María protestaba tratando
de justificarse, él trataba de
comprenderla, perdonarla por un
pecado ajeno, él protestaba
también. ¿Cómo quieres los
huevos? ¿Fritos, tortilla,
hervidos, revoltillo? ¿La
tortilla de vuelta y vuelta?
Mañana quedaron en conseguirme
unos plátanos maduros para
hacerte una tortilla de
platanito, ya sabes, la papa y
la cebolla están perdidas. ¿Con
qué? Preguntó Pedro sabiendo que
recibiría la misma respuesta
aburrida. ¡Con arroz! Arroz a
secas, esa era la respuesta
esperada. No cuadran hervidos,
ni en tortillas, ni en
revoltillo, es muy seco, pensó
en fracción de segundos.
¡Fritos! Contestó de mala gana,
casi le gritó, tal vez esa sea
la causa de mi estreñimiento,
pensó nuevamente. Ella no quiso
molestarlo, le ahorraba penas
mientras comía, todos se
encontraban en la sala viendo la
novela, él la miraba con el
rabillo del ojo.
-Hoy te llegó un telegrama. Le
dijo Anita cuando vio que el
plato se encontraba vacío.
-¿Un telegrama? Le preguntó con
desgano, como esperando un mal
presajio.
-¡Sí! Le respondió y lo puso
sobre la mesa. Juan lo tomó con
mano temblorosa y sacó el papel
blanco amarillento de su
interior. Su primera observación
se dirigió al remitente, después
recorrió su nombre y toda la
dirección del destinatario
tratando de buscar un error, no
lo había. “Debe presentarse en
el departamento de Cuadros de la
empresa, usted ha sido
seleccionado para cumplir una
misión internacionalista”. Fue
todo el texto que terminó con
saludos revolucionarios, no dijo
nada y se dirigió al cuarto.
¿Por qué, yo? ¿Qué mal le habré
hecho a Dios? Pensó mirando al
techo mientras su hija trataba
de dormirse en la cuna. ¿Y si
digo que no? ¿Y si digo que sí?
¿Y si no digo una cosa o la
otra? Pero aquí no se aceptan
términos medios, estás o no
estás. Porque si digo que no
puedo perder la pincha y
marcarme, pero si digo que sí
puedo perder la vida. ¿Y si me
declaro maricón? Eso no lo va a
creer nadie, tengo que morirme
hombre aunque no quiera, estoy
acorralado.
El mar se tiñe con un manto de
plata cuando la calma es chicha
y no sopla el viento. El
horizonte se funde con el cielo
y viajas hacia el infinito,
flotas en el universo y solo
despiertas cuando un pez volador
sale disparado desde la nada y
planea despavorido en un vuelo
hacia ninguna parte. Cae y lo
observas despegar nuevamente,
detrás, una gaviota se lanza en
picada y el pez se sumerge
nuevamente. El ave se levanta
defraudada, el pez salta en el
aire otra vez y ella no le
presta atención. Juan observa la
salida del sol y trata de
orientarse. Se para sobre la
balsa y dirige su brazo derecho
hacia él, mira al frente y
piensa, hacia allá queda el
norte. El norte revuelto y
brutal, pensó y escuchó a
alguien definirlo de esa manera.
No recuerda si fue en la casa o
en la parada de una guagua,
alguien lo dijo y escuchó el
silbato del cartero. Las olas
adornan un gran cake y las
gaviotas son angelitos, las
estrellas son lunares y el sol
un gran queso. Pasan los días y
sueña con selvas africanas, el
pecho lleno de medallas como el
de su suegro, se arrepiente de
aquellos falsos pensamientos y
escucha nuevamente el silbato
del cartero. ¿No pudo el
hijpoputa tirar el telegrama a
la basura? ¿Qué tiempo debo
esperar para regresar de nuevo?
¿Y si digo que no? ¿Y si digo
que sí? ¿Y si me consigo un
certificado médico? ¿Y si me
declaro maricón? Nadie me
creerá, tengo que morirme
hombre.
-¿No hay telegramas para
nosotros? Le pregunta
diariamente Anita al cartero.