
esultó sorprendente
aquella casi
enfermiza insistencia de varios
amigos por invitarme a ese largo
paseo por una parte de nuestra
historia, el Museo de Bellas Artes
de Montreal sería el escenario de
aquella curiosa caminata. Me inclino
a pensar la existencia de un morbo
amistoso por escuchar la opinión de
un ser ajeno a éste y otros campos
de nuestra cultura. Quizás desearon
disfrutar de aquellas expresiones
casi infantiles, al ser emboscado en
cada pared de aquel majestuoso museo
por fantasmas armados de pinceles,
cámaras fotográficas y cinceles.
Busqué entre el
público ordenado en diferentes colas
para pagar la entrada y me
decepcionó poder identificar a uno
de los nuestros, es muy probable que
tampoco lo fuera, pero lo acepté por
ser negro y mayor de edad. Mis canas
y color de la piel me servía de
camuflaje entre los quebecos
presentes, algo desventajoso si se
quiere, yo deseaba expresarles que a
nosotros mejor que a nadie nos
interesa nuestra historia, al menos,
las que se han encargado de
mostrarnos quienes organizaron
aquella exposición con más de
cuatrocientas obras.
Entro cargado de prejuicios, mente
negativa, ignorancia sobre el campo
donde me movía, saturado de una
historia enajenada y repleta de
enemigos, nosotros mismos. Muchas
preguntas fluyen por mi mente
mientras espero disciplinadamente en
la cola, todas despertaron con la
fecha que sirve como título a la
exposición, “desde 1868 hasta hoy”.
¿Hasta hoy? ¿No se habrán
equivocado? Confío en el producto
que me venden y con cierta
resignación construyo un templo
donde ir colocando nombres e
imágenes de artistas que fueron
fusilados culturalmente. Entonces,
voy elaborando mentalmente todo el
proceso de discusiones y análisis
sobre las obras de los personajes
que formarían parte de esa gran
embajada cultural cubana. Imagino y
especulo, pienso y discrepo, escucho
frases que no aparecen reflejadas en
ninguna parte. ¡Ese no va! ¡Ese
tampoco! ¡Ese sí! Podemos aprovechar
que tiene cuadros expuestos en
diferentes países, es un buen golpe
de efecto. Esto último no lo
manifestaron ante la parte
interesada, es probable que se hayan
burlado de ella cuando salió de la
oficina. Pagué y solicité también un
guía a remoto, una barrita con
teclado donde puedes solicitar
información de la obra que estás
observando, me explican brevemente
su funcionamiento.
El primer impacto fue cautivador, un
hermoso encuentro con mis pasados,
un viaje hasta aquellos campos que
llegué a conocer. Los fantasmas de
Domingo Ramos, Federico Amérido,
Víctor Patricio, García Menocal,
Romañach y otros paisajistas e
impresionistas me tiraron del brazo
para recordarme que Cuba no es la
que existe en la mente de muchos
turistas que la visitan. No éramos
aquella isla con su malecón repleto
de jineteras y proxenetas, no fuimos
aquel pedazo de tierra habitado por
indios salvajes a los que aún hoy
insisten en colgarles un arco y una
flecha. El amor de aquellos seres
por su tierra era manifestado por la
dulzura de sus colores, vivos aún,
traviesos y coquetos por los
impactos de ese sol que todavía no
les ha sido arrebatado. Mi alma
siente el sosiego de aquellos
mensajes que me envían desde el más
allá para recordarme que aún soy
cubano y existen razones para sentir
orgullo por mi tierra. Me dedico
entonces a observar el rostro de
todos los visitantes, atrae mi
atención las expresiones de un
minusválido al que su acompañante
detenía por espacios prolongados
ante cada cuadro, algún efecto
milagroso deben poseer esas obras de
nuestros pasados, coincidimos en
varias oportunidades. Carreño me
despierta con un cuadro huracanado,
siento la ferocidad de sus vientos,
árboles caídos, semanas de apagones,
ausencia de agua potable. No me
gustan Pogolotti ni Lam, no estoy
acostumbrado a pensar, mis neuronas
fueron agotadas entre discursos.
Portocarrero, Amelia Pelaez me
empujan cuando observan cierto
cansancio en mí, Mariano Rodríguez
me despierta con el cantar de uno de
sus gallos, refresco entre los
bañistas de Jorge Arche. Antonio
Gatorno me detiene ante un hermoso
desnudo y duermo mi siesta junto a
ella, regreso a mi vida promiscua de
marino y confundo a su modelo con
alguna amiga. Flavio Garciandía
pretende engañarme con un hermoso
cuadro que me traslada con una
canción hasta mi juventud
traicionada y preñada de futuristas
presagios. “Todo lo que usted
necesita es amor”, se llama el
inmenso cuadro ante el que me
detengo, una hermosa joven me
muestra su rostro descansando entre
un pasto saludable que nunca fue
afectado por la sequía o devorado
por vacas experimentales. Junto a su
cuadro desfilan camiones y guaguas
repletas de jóvenes melenudos que
adoraban a los Beatles, me detengo
más del tiempo normal y no comprendo
mucho su mensaje. Luego averiguo
sobre su persona y trato de
justificar su presencia en esa
embajada cultural cubana, algunos de
sus amigos lo abandonan en el
recorrido que realiza durante su
exilio de terciopelo mexicano, su
nombre alimenta mis prejuicios, me
encanta su cuadro. Un alto y
discusión frente al cuadro “La
Familia Revolucionaria”, varias
épocas reflejadas en una sola
familia, anacronismos históricos que
no comprenderán los canadienses que
lo observen, uniformes que vestí en
diferentes fechas y un pionero que
no cuadra en la foto con su uniforme
y pañoleta. No detengo el nombre de
su autor y me separo de su cuadro
algo molesto.
Continúo hasta el final de la
exposición buscando algo, mi
curiosidad no ha sido satisfecha y
en la medida que avanzo, surgen
muchas interrogantes, respuestas que
luego no encontré en ninguna parte.
Una pregunta se mantiene latente en
mi ingenua e inculta cabeza, ¿desde
1868 hasta hoy? Entonces falta mucha
gente, están ausentes muchos de los
de antes y los de hoy, están
presentes quienes les resultan
cómodos ante tanto pensamiento y
pincel antagónico. Viven quienes no
pudieron fusilar de nuestra cultura
porque aún de muerto existe su
legado en varias tribunas, ¿casual,
accidental? La respuesta no la tiene
la parte organizadora de Canadá,
ellos no saben distinguir entre una
sonrisa franca y la estudiada, nunca
podrán descubrir cuándo se
encuentran ante una máscara como
nosotros, los que la usamos, la
gente de a pié que se elevó a varios
pisos del suelo, los que una vez
negociamos entre risas y tragos.
Me dedico a buscar información sobre
esta magnífica exposición y descubro
que hubo paredes vacías, artistas
famosos cuyas ánimas vagan por el
mundo de los expertos, nombres que
nunca escuchamos en nuestro suelo,
el mismo donde nacimos y les
pertenece con todo el peso de sus
glorias. Me molesto mucho antes de
llegar al final, lo hago porque se
ignoró a todos esos jóvenes que han
empuñado el pincel como arma o verso
amoroso. No hay nada de hoy,
nuestros jóvenes no existen, solo un
mundo habitado por gigantes que se
empeñan en aplastar a las nuevas
generaciones. ¡No son ellos! Grito
desesperado, ellos pertenecen a
nuestro legado esplendoroso, son las
maniobras de sus administradores
quienes se empeñan en bloquearlos.
Son acciones desesperadas de los
mismos que han vendido nuestro
malecón repleto de putas y hoy
pretenden lavar esas imágenes
explotando a nuestros abuelos.
¿Cuándo podrán manifestarse nuestros
jóvenes? Nadie sabe, habrá que
inventarle un espacio en los
próximos museos, habrá que
confeccionarles un nuevo
cuestionario a los organizadores
extranjeros donde aparezca esa
pregunta, ¿dónde se encuentra oculta
la manifestación artística de las
nuevas generaciones de cubanos? Los
que no se prostituyeron andando por
el malecón habanero, los que no
cambiaron sus pinceles por penes ni
sus acuarelas por semen. ¿Dónde se
encuentran ellos?
En el sótano muestran un gran mural,
estoy agotado y me siento en el
único banco que aparece en las pocas
fotografías permitidas y que viajan
por Internet. Wilfredo Lam fue el
promotor de aquella idea en el año
mil novecientos sesenta y siete. Es
expuesta como una gloria del arte
cubano donde participan decenas de
artistas cubanos y extranjeros en
ocasión de aquella cita cultural en
La Habana. Curiosamente existen
nombres de los participantes que
luego fueron arrasados por la
historia, borrados del panorama
cultural cubano de por vida, pero
que no pueden ser anulados de ese
mural con un simple brochazo,
Heberto Padilla es uno de ellos. Me
siento insatisfecho unos minutos,
mis vecinos se encuentran
complacidos. El minusválido es
acomodado justo al centro del mural,
su acompañante se sienta junto a mí,
ella es asiática y comprende poco de
lo que yo pueda pensar, el muchacho
observa hipnotizado aquella gran
valla. Cada uno de los presentes
deseamos que ocurra ese acto
maravilloso oculto detrás de la
pintura, yo también espero por ese
milagro con intereses muy
diferentes.
Busco en Internet información sobre
esta exposición y casi todas las
opiniones coinciden en aspectos
técnicos que poco me interesan,
valoran y sobrevaloran los cuadros
de cada artista. Cada articulista
compite en silencio para demostrar
sus conocimientos sobre arte cubano,
mi visión es distinta, ignorante tal
vez. Encuentro varios escritos donde
insisten en decirnos que la muestra
no es política, yo opino lo
contrario. La dirección cubana
manifiesta al Granma que las
primeras intenciones fue titularla
¡Viva Cuba! ¿Cuál Cuba? Les
preguntaría yo. La dirección de
Montreal no mordió fácilmente el
anzuelo y el nombre le fue cambiado
por el que encabeza este artículo,
solo se requiere un poco de
abstracción y demasiada imaginación
para darle la interpretación
correcta. Todo es válido o aceptable
cuando se navega en este campo, las
mismas exigencias son requeridas
para interpretar los cuadros de Lam
o Pogolotti, poco importa lo que se
diga de nuestra historia y lo que
piensen los canadienses, arte es
arte, concluirán ambas directoras,
un hueso duro de roer, expresaremos
los cubanos. ¿Cuáles cubanos? ¿Los
poquísimos que asistimos a esa
exposición? ¡Por supuesto!
Gritaremos ese reducido círculo de
paisanos. Los otros no dirán nada,
nadie los escuchará por una sola
razón, salvo contadas excepciones y
que no fueran atrapadas por los
pinceles de los artistas ausentes,
forman parte del equipo de modelos
utilizados por diferentes medios
para adornar el malecón de La
Habana. ¿No era una manifestación
política? Eso dicen varios medios de
prensa y se aferran a la versión
emitida desde La Habana. ¿Dónde se
encuentran las manifestaciones
contrarias? Prevalece aquella
consigna impuesta por su gobernante
y que claudicara a la mayor parte de
los artistas cubanos, “dentro de la
revolución, todo, fuera de la
revolución, nada”.
Independiente de los valores
artísticos mostrados y que
pertenecen indudablemente al tesoro
nacional cubano, los intereses
económicos involucrados sobrepasan
al cultural manifestado. Para una
persona que posea dos dedos de
frente resultará inadmisible una
visión diferente, para el incauto
extranjero cuyo primer contacto con
nuestra cultura haya sido ésta,
habrá partido con una imagen falsa
de apertura política sin darse
cuenta que ha sido hábilmente
manipulado. Mi primera impresión
resultó muy positiva y la manifesté
a varios amigos. Esta muestra ha
sido un punto de convergencia de la
cultura cubana, donde se han
mostrado sin ningún tipo de
prejuicios las obras de artistas
cubanos radicados en el exterior y
la isla. ¡Falso! Hay que profundizar
en las investigaciones para darse
cuenta que eso no es realidad y que
prevalece en todo momento el
criterio oficialista, el mismo que
ha condenado por años al ostracismo
a decenas de artistas cubanos. El
nombre adoptado para la exposición
es una mentira escrita con
mayúsculas, no se mostró nada hasta
nuestros días, el público merece que
le expliquen dónde se encuentran los
jóvenes valores del arte cubano, el
precio de la entrada merece esa
explicación. ¿No deseaban la opinión
de un cubano de a pie? Aquí la
tienen.