
a marina mercante cubana no pudo
evitar el paso arrollador y
destructivo de la “revolución”
cubana.
Es innegable que su crecimiento y
desarrollo tuvo una etapa
glorificante en el sector, fueron
momentos de orgullo nacional. Pero,
esa gloria fue fugaz como todo
aquello que dejó de constituir un
caprichito infantil de su
gobernante. En Cuba todo ha
funcionado así, cuando a su líder se
le ocurría construir círculos
infantiles, había que comer círculos
durante varias semanas y meses del
año, era la noticia del desayuno,
almuerzo y comida. El comandante
inauguraba uno o varios diariamente,
así, hasta que en su enfermiza mente
aparecía otro caprichito, vengan
pedraplenes, vacas, toros, gallinas,
refugios antiaéreos para la guerra
tan esperada, vengan guerras
internacionalistas, vengan mártires
que se inmolaban junto a su bandera,
venga de todo. Hasta que sus
caprichitos se redujeron a una
simple ollita arrocera, ¡vaya país
donde un gobernante se dedique a
ocupar el espacio de Nitza Villapol!
La marina fue uno de aquellos
caprichitos del comandante, recuerdo
que en la década de los setenta la
arribada de los barcos era anunciada
a bombos y platillos, y con ella,
como es de suponer, crecía también
la cantidad de hombres que se
dedicarían a trabajar en ese frente
de la “revolución. Cuando yo hice mi
debut como marino en el año 67, no
se exigía como condición
indispensable ser militante del
partido comunista de Cuba. Téngase
en cuenta que habían pasado muy
pocos años de su fundación, por
ello, era muy difícil encontrarse
una nave donde la militancia
superara los cinco o seis miembros.
Transcurrían tiempos de una paz
relativa, pero mucho mejores que los
experimentados a partir de la
segunda mitad de la década de los
setenta, donde la mencionada
militancia era de carácter
obligatorio para todo aquel que
aspirara a su ingreso.
Fue así que de la noche a la
mañana, los buques se vieron
infestados por esta especie dañina
que colaboró indudablemente a su
destrucción. Si como condición se
impuso la obligatoriedad de la
militancia al partido o la juventud
comunista para su ingreso, unos años
más tarde esa obligación se extendió
para aquellos que desearan ocupar un
puesto administrativo a bordo de
nuestras naves, hablemos de cuadros
u oficiales superiores en cualquier
buque. De esa manera, el partido
acomodó el camino utilizado por sus
“militantes” en sus casi
vertiginosos avances hacia el mando
total de sus naves o departamentos
de máquinas. La mayoría de aquellos
viejos lobos de mar fueron llamados
a “retiro” por su poca
“confiabilidad”, y el vacío dejado
por ellos, fue ocupado por
individuos sumamente “confiables”,
pero con un alto porcentaje de
incapacidad técnica para desarrollar
la plaza que ocupaban. Enumerarlos a
todos resultaría muy engorroso y
tomaría demasiado tiempo, pero si se
desea escribir la verdadera historia
de aquella marina mercante, es
indudable que no se pueden omitir
detalles. Resultará muy molesto para
algunos que hoy se encuentran en el
extranjero, pero de igual manera,
ocultar sus desmanes nos conduciría
a la falta de seriedad o sinceridad
cuando pretendamos escribir nuestra
historia.
Entre los métodos existentes hasta
el momento de mi deserción a la hora
de seleccionar quién iría o no a la
academia naval para continuar sus
estudios de ascenso al nivel
superior de su cargo. Fue de todos
conocidos que la lista de propuestas
confeccionada en el departamento de
“Cuadros” de Navegación Mambisa,
tenía que vencer la aprobación del
municipio del partido. Como era de
esperar, allí se vetaba el ingreso
de hombres que no fueran militantes,
poco importaba su profesionalismo,
experiencia, consagración a la
profesión y hasta lealtad a su país,
porque estamos hablando de seres que
salían y regresaban de cada viaje,
cuando la realidad mostraba que
muchas personas solo alcanzaban la
militancia con el objetivo de
enrolarse y luego desertar. Poco
importaron esas experiencias,
no-militante no-Capitán o Jefe de
Máquinas, esas eran las reglas del
juego. El desprecio del régimen y
sistema por la inteligencia humana
abarcó todas las esferas productivas
del país, vale destacar que para
administrar un simple puesto de
fritas se impuso esa obligatoriedad
a la militancia, no hace falta
hablar de los resultados alcanzados
en toda la nación, no es mi
objetivo.
El daño social producido por estos
individuos es irreversible, hoy,
corresponde a cada cual levantar su
dedo acusador, yo no dejaré de
hacerlo, y para serles franco, poco
me importan esos falsos llamados a
la reconciliación. Yo no tengo por
qué reconciliarme con mis verdugos
para brindar la apariencia de una
paz que puede descansar sobre un
terreno minado. Más que buena
voluntad, yo lo interpreto como una
enmascarada cobardía. El que la hizo
que la pague de la misma manera que
hemos hecho nosotros, no es justo
compartir esa supuesta armonía con
quienes destruyeron los sueños de
varias generaciones de cubanos.
Espero me disculpen los
excelentísimos embajadores de la paz
y el perdón. Es una lástima que no
puedan mirar a su alrededor y
distinguir toda la destrucción
realizada contra todo lo que legaron
nuestros padres y abuelos.
En el aspecto económico el daño
producido por estos bichitos con
carné rojo no deja de ser
importantísimo, pero me referiré a
esa esfera de la vida que me tocó
vivir, la de un simple marino
mercante. Salvo contadas
excepciones, todos aquellos
individuos ascendidos por su
“confiabilidad” política, carecían
en términos generales de los
conocimientos necesarios e
imprescindibles para confiarles no
solo la seguridad de una nave, peor
aún, se ponía en manos de todos esos
incapacitados la vida de sus
tripulantes. Riesgo elevadísimo que
se experimentaba cuando esa vida
estaba en dependencia de sujetos con
poco poder de decisiones, y por
supuesto, carentes de los
conocimientos técnicos para
enfrentarla. Situación que pude
vivir a bordo del Pepito Tey bajo el
mando de Jorge Torres Portela, y que
supongo, costó la vida a los
tripulantes del “Guantánamo”, donde
solo hubo un sobreviviente.
Durante muchos años realizamos las
navegaciones por todo el Canal
Inglés, Mar del Norte, Báltico,
Estrecho de Dardanelos, Mar de
Mármara, Estrecho de Singapur y
otras zonas de tráfico
congestionado. Navegar era un arte
en aquellos tiempos y la oficialidad
de nuestros buques era competente,
hablo desde el Capitán hasta el
Tercer Oficial. Por nada del mundo
se nos hubiera ocurrido tomar los
servicios de un Práctico desde
Francia hasta Finlandia o Polonia,
creo que sería una vergüenza para
todos nosotros como profesionales
que éramos entonces. Unos años
después, me asombré cuando uno de
aquellos capitanes con los cuales
navegué, solicitó los servicios de
ese practicaje. Incluso, lo hizo
gente capacitada técnicamente que
luego respondieron de una manera
simplista mi pregunta. “Todo el
mundo lo hace, si tomas Práctico vas
durmiendo tranquilamente, si lo
tomas o no lo haces, cobras lo
mismo, que pague Liborio”. La
experiencia se repitió en otras
zonas del planeta que mencioné
anteriormente, y créanme, yo sentía
vergüenza al tener aquellos hombres
de diferentes nacionalidades en el
puente y nos miraban como unos
vulgares indios.
Montalbán solicitó Práctico para
entrar al fondeadero del Canal de
Panamá y éste se burló de él una vez
abordo. Luego, pretendió solicitar
Práctico para pasar el Estrecho de
Singapur, pude quitarle la idea bajo
la presión de ciertas amenazas.
Existen infinidad de experiencias
que pueden avalar mis comentarios,
pero como dije anteriormente, sería
interminable. Una vez y en medio del
Océano Pacífico, Remigio Aras
Jinalte había realizado más de diez
cambios de rumbo en nuestra derrota
con la intención de evadir un
huracán. Todas eran absurdas y
faltas de lógica, no me dejó otra
alternativa que decirle lo
siguiente: ¡Oiga, compadre! El
huracán no tiene nada personal
contra usted, vaya al camarote y
siéntese un rato a repasar el libro
de meteorología. Jorge Torres
Portela eligió al Cabo de San
Vicente en Portugal como punto de
recalada para pasar el Estrecho de
Gibraltar, esta acción la realizó
después de haberle propuesto tres
derrotas para llegar a ese punto.
Ese viaje le conté las millas que
habíamos navegado de más por las
derrotas caprichosas que se
efectuaron, y recuerdo que en un
viaje a Europa superaron las
trescientas millas náuticas. Esa
cifra no representará nada para
muchos, pero es el resultado de un
día de navegación en cualquier nave
y el consumo de más de veinticinco
toneladas de combustible. Si esa
cifra la multiplicamos por la casi
totalidad de la flota, es muy simple
llegar a la conclusión de que el
cacareado ”bloqueo” no era el
causante de nuestras desgracias.
Existen, como les dije, infinidad de
ejemplos que pueden ilustrar este
trabajo, y para serles franco, me
gusta hacerlo con nombre y
apellidos. Quedarían cosas
pendientes para otro capítulo,
porque no podemos dejar de mencionar
la corrupción que existió hasta los
instantes de mi deserción. No sería
alarmante si no se tuviera en cuenta
un detalle muy importante, hablamos
de una flota integrada casi en el
noventa y ocho por ciento de
militantes. ¡Nada, la navegación y
el comunismo no cuadran! Nada, hay
que saber nadar.