
l “Cebo”
fue uno de los grandes
socios que tuve en la marina
cubana, era uno de los
jodedores más famosos de
nuestra generación de
marinos. Su familia poseía
un carácter admirable, el
viejo Toribio ( el puro del
Cebo) tenía unos seis pies
de estatura. Cuando llegaba
a la escuela de Oficiales a
bordo de un pequeño Renault,
alrededor de doscientos
alumnos paraban todo lo que
estaban haciendo, para
gritarle a una sola voz:
¡Toribio, Cebollón!
Entonces, el viejo se
agarraba aquello con las dos
manos y se dirigía a
nosotros, eso sucedía cada
mañana a la hora del
matutino, toda la escuela
explotaba en una larga
carcajada. A la mujer de
Cebo le decíamos “La
Gallega” por su manera de
hablar, usaba mucho la zeta,
algo poco común entre
nosotros, era una mujer
hermosa y joven. Las hijas
de ambos eran conocidas por
las “Cebollitas” y se
dirigían al padre por su
apodo. Su madre era Leonor,
a ella no le decíamos nada,
la vieja se mandaba una
lengua peligrosa, como para
respetar, era súper chévere,
pero poseía la colección de
malas palabras más grande
que cualquier diccionario
hispano pudiera tener, solo
la jodíamos cuando queríamos
oír alguna barbaridad. De
toda esa familia solamente
quedan las Cebollitas, que
hoy son mujeres y deben
estar casadas.
Con Cebolla navegué a bordo
del buque escuela Viet Nam
Heroico y luego coincidimos
en el Renato Guitart, yo
ocupaba la plaza de segundo
oficial y él era el tercero.
Fue un tipo súper
inteligente, debo hablar en
pasado de él porque
encontrándome en esta orilla
del mar me enteré que había
fallecido. Es de esas
pérdidas que se sienten con
mucho dolor y dejan un vacío
muy profundo en esta tierra.
Fue un tipo muy fuerte que
luego invadiera un poco la
obesidad, pero su gordura
nunca fue exagerada y se
pronunciaban aquellas
huellas de lo que había sido
un cuerpo atlético. Durante
las navegaciones me contaba
sus aventuras como hombre
rana, parte de su escasa
vida la había gastado entre
acualones y trajes térmicos.
Me contó sobre algunas
misiones cumplidas cuando se
encontraba en el cuerpo de
“Tropas Especiales”, deben
imaginar que era la élite
del ejército cubano. Me dijo
el Cebo que una noche
atacaron un cayo donde
acampaban cubanos contrarios
al régimen de Castro, no
recuerdo exactamente si fue
Cayo Sal. Bueno, me dijo que
llegaron remando a bordo de
balsas inflables, muy
silenciosos y protegidos por
la oscuridad. Me contó que
sorprendieron a la gente
durmiendo y sin nadie de
guardia. Volaron el pequeño
campamento a golpe de
granadas y un fuego rasante
de ametralladoras, escuchó
algunos ayes seguidos del
mismo silencio reinante
antes de que ellos llegaran.
Siempre los premiaban con
algún discursito y alguna
actividad política, me habló
de muchas otras misiones
como aquellas. Cuando
hablaba se le escapaba algo
del peso sostenido por su
conciencia, yo debía
insistir mucho para
arrancarle aquellas
narraciones, gracias a Dios
el mar era nuestro mejor
cómplice para deslastrar
todo lo que llevaba dentro.
-¡Mira! Cuando el buque esté
próximo a la terminación de
sus operaciones, yo voy a
provocar una crisis
presentando problemas
familiares. Si la empresa
alegara falta de personal
para relevarme, yo propondré
que te pueden ascender a
segundo y que suban al
agregado de cubierta a
tercero. Esas maniobras eran
muy frecuentes en aquellos
tiempos de hombres, me
molestaba verlo ocupando
aquella plaza habiendo sido
Cebolla el tercer expediente
de nuestra promoción. Los
tiempos cambiaron y no se
repetían gestos como estos,
los que te pisaban los
talones trataban de joderte
para ocupar tu plaza, los
hombres iban desapareciendo
de nuestra marina.
La última vez que
compartimos fue en
Barcelona, él se encontraba
de primer oficial en el
buque Bolívar y yo era
mantenido de segundo en el
Pepito Tey por no pertenecer
al partido comunista. Aquel
buque era el más moderno de
la flota en ese tiempo,
luego se perdió cuando la
guerra entre Irak e Irán por
caprichos del gobernante de
la isla.
No era mi propósito hablar
de estos seres a los que
quise mucho y recuerdo con
refinado cariño, pero
mencionarlos me produce una
gran satisfacción, sentí
mucho dolor cuando me enteré
de sus muertes y quisiera
que continuaran vivos en mi
memoria, de verdad se lo
merecen.
Quería hablarles de las
cebollas, de esas deliciosas
liliáceas que se encuentran
comprendidos en casi todos
los platos cubanos, desde
los tradicionales frijoles
hasta el último pedacito de
carne que no es nada para
nosotros, si no está
condimentada con su
correspondiente cebolla.
Quién pudiera disfrutar de
un buen bistec frito, si no
se le han agregado varias
rebanadas de ese bulbo, creo
que muy pocos.
La cebolla se perdió del
mercado como por arte de
magia, no se puede negar ese
poder que tienen los
comunistas para
desaparecerlo todo, toman su
varita mágica, pronuncian la
palabrita mágica
“proletariado” y al rato
todo se esfuma, todo lo que
esté a su alrededor se
pierde, así se fueron las
cebollas al carajo. Pero
bueno, para complacer a
algunos enfermos diré
entonces que la cebolla se
perdió por culpa del bloqueo
americano. Como lo oyen, nos
quedamos sin cebollas en
Cuba por culpa de los
degenerados gringos, es
increíble pero cierto. En
una tierra donde se da de
todo, que se pierda una cosa
como ésta, no tiene
justificación. Hablo de una
tierra donde los pajaritos
se comían una guayaba y
cuando cagaban, se
reproducían solas sin nadie
sembrarlas.
Bueno, por culpa de los
yanquis se fueron los
pajaritos también, como no
comían las guayabas y no
cagaban las semillas, nos
quedamos sin esas frutas.
Los bueyes perecieron en
accidentes ferroviarios y
los guajiros no tenían
equipos para arar la tierra.
Digo que murieron de esa
manera, porque los guajiros
los amarraban cerca de las
líneas del tren y cuando
aquellos los mataban, solo
aparecían las cabezas, el
hambre hace maravillas.
Conseguir una cebolla era
algo terrible, nunca
llegaron al mercado y había
que apelar a la bolsa negra
donde se tenía que pagar a
precio de oro. No todo el
mundo tenía el poder
adquisitivo para darse esos
lujos y estoy hablando de
antes del Período Especial.
Más tarde, cuando se arribó
a esta etapa, la situación
se tornó crítica. Nunca he
logrado explicarme esa
incapacidad de los regímenes
comunistas en producir
alimentos y no me refiero a
Cuba solamente, yo visité
casi todo el campo
socialista y arrastraban los
mismos problemas que
nosotros.
Hoy, mi esposa me pidió que
bajara a comprar cebollas,
las había de todos colores y
tamaños. Venían en bolsas de
20 libras, diez, cinco y
hasta una. Los precios para
las de 20 libras oscilaban
entre los dos y tres dólares
por bolsa, yo no compro
tantas porque se nos echan a
perder. Ese sabroso bulbo no
falta en todo el año, unas
veces es de producción
nacional y otras veces es
importado, pero nunca llega
a ser muy caro. Debo
destacar que en este país
solo se logra una cosecha
anual, las otras se producen
en invernaderos, mientras en
Cuba y muchos de nuestros
países se pueden lograr
hasta tres y cuatro cosechas
anuales.
El último viaje que di en la
marina cubana, fue a bordo
del buque refrigerado
“Viñales”. Recuerdo que
cargamos mil toneladas de
cebollas en el puerto
español Castellón de la
Plana para La Habana, si la
memoria no me falla, una
tonelada tiene dos mil
libras, así que mil
toneladas serán dos millones
de ellas.
Estando atracados en el
muelle “Margarito Iglesias’
y en plena faena de
descarga, se presenta en mi
oficina un militar
acompañado de otro individuo
vestido de civil. No me
asombré con la presencia de
ellos porque en Cuba eso es
muy normal, casi siempre
llegan para pedir algo,
cualquier cosa, todos
necesitan de todo y creen
poder resolverlo en los
barcos. Es inimaginable los
motivos por los que se
reciben a diario a decenas
de personas a bordo. En la
mayor parte de los casos
solo logran interrumpir el
trabajo, porque llegó el
momento en el cual los
barcos estaban tan pelados
como cualquier centro de
trabajo.
-Buenos días compañero, ¿es
usted el Primer Oficial?
Preguntó el militar sin dar
tiempo a contestar el
saludo.
-Sí, soy yo, ¿en qué puedo
servirles?
-Mire, yo soy el Capitán del
Puerto y el camarada es
miembro de la Seguridad del
Estado. Como nos informaron
que el Capitán del buque no
se encuentra a bordo,
necesitamos tener una breve
reunión contigo. Cuando el
hombre mencionó la palabra
reunión, lo primero que me
vino a la mente fue la
palabra contrabando.
-Pasen adelante. Detrás de
ellos cerré la puerta para
darle más privacidad a esa
misteriosa reunión y todos
tomamos asientos en la larga
mesa que poseía aquella
oficina.
-El asunto que nos trae es
un poco o bastante delicado.
Fue el preámbulo del Capitán
del Puerto.
-Ustedes dirán.
-¿Ha tomado algún tipo de
medida especial relacionada
con el cargamento que traen
a bordo? Intervino el
miembro de la Seguridad.
-Se han tomado las normales,
las que se llevan a cabo en
cada barco. Respondí algo
intrigado.
-No creo que me haya
entendido, me refiero a este
cargamento con
características especiales.
-Pues yo no le veo nada de
especial a un cargamento de
cebollas, si estuviéramos
descargando armas o
explosivos sería otra cosa,
pero, ¿cebollas?
-Aunque usted no lo crea,
debido a las circunstancias
que se encuentra atravesando
el país, debe considerar
este cargamento como
especial.
-Si usted lo dice, pero
hasta ahora nadie me ha
hablado de ello y las
operaciones se llevan a cabo
con la normalidad que la
caracteriza.
-¡Mire, Primero!, el asunto
es que hay que redoblar la
vigilancia, poner hombres de
la tripulación en cada
bodega y alertarlos sobre
los posibles hurtos que se
puedan producir durante las
operaciones.
-No le discuto lo referente
a la crítica situación
actual y las posibilidades
de robo, esas han existido
desde siempre en éste y
todos los puertos del país,
pero en lo referente al
refuerzo que me pide,
lamento decirle que es algo
casi imposible en nuestro
buque. Tengo a dos hombres
de cubierta de guardia, la
brigada es muy pequeña, está
compuesta por una camarera
que además de limpiar y
montar los comedores, tiene
que hacer guardia en el
portalón. El engrasador que
está en el departamento de
máquinas junto al
maquinista, el telegrafista
que se encuentra en estos
momentos en el portalón, el
cocinero y yo. Como verá,
este buque posee una
tripulación reducida y cada
cual tiene sus funciones de
las que no se pueden
apartar.
-Esa es una terrible tiñosa,
el problema es que no
podemos dejar a los
estibadores actuar a su
libre albedrío. Intervino el
Capitán del Puerto.
-Yo creo que en un caso de
semejante importancia,
deberían colocar policías
marítimos en cada escotilla
o miembros de
guardafronteras, pero
créame, no cuento con
personal para dedicarlo a
esas actividades.
-Bueno, no tendremos otra
alternativa que situar a
personal militar, ¿pueden
garantizarle comida a esos
compañeros?
-Negativo, acabamos de
llegar de viaje y no han
servido víveres, pero aún
así, dudo que le ofrezcan
ese servicio porque
afectaría a la tripulación.
-¡Oiga, Primero!, usted no
puede imaginarse la magnitud
de la gravedad de este caso,
necesitamos todo su apoyo
porque la cosa es muy
delicada, al extremo, que
los choferes se niegan a
salir del puerto después de
las seis de la tarde.
Intervino el Capitán del
Puerto nuevamente.
-No tengo la menor idea de
lo que me dice ahora, es
algo nuevo esa actitud de
los choferes.
-El caso es que los que han
salido de noche, cuando han
parado en alguna esquina de
la ciudad o en semáforos,
han sido asaltados por
ninjas.
-¿Cómo es eso?
-Como lo oye, cuando el
vehículo para, se monta uno
en el estribo del camión y
le pone un cuchillo en la
garganta al chofe, mientras
los otros descargan una
parte de la mercancía.
-Bueno, creo que la cosa
está fea de verdad, es en
extremo peligrosa.
-Algo increíble, pero se han
dado varios casos de asaltos
como éste desde que el buque
inició la descarga.
-Por parte del buque le
daremos el apoyo necesario,
no quepa la menor duda y se
lo pueden informar a los
compañeros que lleguen a
prestar el servicio.
-Muchas gracias camarada,
esperamos por su
colaboración, ahora nos
retiramos porque tenemos
otras visitas pendientes
para hoy. Dijo el miembro de
la Seguridad mientras se
levantaba y me extendía la
mano, lo mismo hizo el
Capitán del Puerto. Después
del saludo los acompañé
hasta el portalón y mientras
se alejaban por el espigón,
los que se encontraban allí
me preguntaron si había
algún “bateo” de
contrabando. Quedaron
tranquilos cuando les dije
que no y me dirigí
nuevamente a la oficina, me
mataba la curiosidad por
saber a quién venía
consignada la carga.
Saqué los conocimientos de
embarque y cual no sería mi
sorpresa, toda aquella
cebolla, los dos millones de
libras de ese producto,
estaban destinados al
Consejo de Estado y al
Turismo, razones por las
cuales existía toda esa
silenciosa movilización.
Debo destacar que, todavía
en el año 1991 no había esa
gran afluencia de turista
que existe ahora y que el
dólar se encontraba
penalizado, lo que reducía a
cero cualquier posibilidad
de que pudiera obtenerse por
la población en las tiendas
exclusivas para extranjeros
y personal del gobierno.
Entonces me vino a la mente
una sola pregunta, ¿de
cuántos miembros se componía
ese enorme ejército de
parásitos que constituye el
Consejo de Estado, capaces
de consumir casi dos
millones de libras de
cebollas?
A las pocas horas se
hicieron presentes en el
espigón un grupo de
policías, fueron colocados
de acuerdo a las manos
(brigadas) que se
encontraban trabajando.
Optaron por situarse al lado
de la tarjadora que llevaba
la contabilidad de las
lingadas que se iban
descargando del buque.
Otros, realizaban recorridos
por el muelle y encima de la
cubierta de nuestro buque.
Yo los miraba y me reía,
como eran personas que no
pertenecían a nuestro giro,
se encontraban en una
situación similar a la de un
pescado en una tarima, con
los ojos abiertos sin poder
ver. El caso es que las
lingadas debían llevar una
cantidad exacta de sacos,
ellos no sabían como
funcionaba esto o mejor
dicho, cómo se roba en el
puerto. En aquellas
lingadas, los estibadores
que estaban trabajando en el
interior de las bodegas, le
ponían muy disimuladamente
un saco de más a cada una.
La tarjadora se hace la
tonta y apunta la cantidad
normal que debe llevar,
luego, encima del camión,
los estibadores colocan esos
sacos de forma tal que no se
puedan contar desde el piso.
El chofer le pasa el dinero
a uno de ellos a escondidas
y al final se liquida entre
todos los que participan en
la operación, incluyendo a
la tarjadora. Toda esa
operación continuó hasta
finalizada la carga y en
presencia de la policía,
quienes daban más
importancia en revisarles
los paquetes a los
estibadores buscando alguna
cebolla robada.
No hubo un solo viaje en el
cual yo no viera a los
estibadores robando, aquello
me importaba un comino, yo
practicaba la filosofía que
dice: “Ladrón que roba a
ladrón, merece cien años de
perdón”. Además, eso que
ellos hacían no es
considerado por nuestro
pueblo como robo, el delito
de robo para un cubano
ocurre solamente cuando es
realizado en la propiedad
privada de las personas.
Esto que hacían los
estibadores se conoce como
“luchar”, “inventar”, etc.
También debo destacar que no
me encontraba dispuesto a
soportar una paliza por
defender algo que no era
mío, resultaba más sencillo
firmar un acta de averías.
No fueron pocas las veces en
las que vi a estibadores
escondiéndose langosta y
camarones en los
calzoncillos, nunca se me
ocurrió delatar a ninguno de
ellos, comprendía
perfectamente las razones
por las cuales incurrían en
ese delito y la principal
era el hambre.
Las neuronas comenzaron a
trabajar febrilmente en
busca de una oportunidad
para robarme un saco de
cebolla, los barcos eran
visitados por mucha gente
que tenía sus conexiones con
aduaneros y sacaban con
facilidad alguno que otro
contrabando a cambio de un
pago.
Casi al final de la
contienda y cuando estaba a
punto de perder las
esperanzas, se apareció un
Capitán de la marina
dedicado a estos pequeños
negocios. El hombre se llevó
un saco en su remolcador
bajó uno extra para
repartirle a los
tripulantes. La condición
era muy sencilla, mitad y
mitad. Es de suponer que él
le pagaría al aduanero por
donde sacara el producto o
tal vez le daría tres o
cuatro cebollas, la
situación era de verdad muy
grave y se sobornaba a la
gente con cualquier bobería.
Al día siguiente pasé por
casa de ese Capitán amigo
mío y cuando vi donde vivía
se me partió el alma, casi
estuve a punto de renunciar
a las cebollas. No podía
hacerlo porque el barco
estaba terminando la
descarga y en mi casa no
había cebollas para cocinar.
Creo que cualquier establo
de caballos o vacas era
mejor que su vivienda, me
dijo que estaba “luchando”
para construir la casa, ese
hombre del que les hablo,
llevaba tantos años como yo
en la marina. Salí de aquel
corral con una enorme jaba
cargando mi tesoro, no tenía
otro nombre que ese. Ya el
transporte estaba casi
paralizado y por tal motivo,
tuve que ir caminando desde
el poblado de Casablanca
hasta el hospital naval. Los
habaneros saben lo que
significa esa caminata y la
subida de la loma de
Triscornia. Sudaba como
nunca, no solo por el calor,
me acompañaba también el
temor de ser detenido por
cualquier policía y que éste
me pidiera le mostrara el
contenido del paquete. Eso
hubiera significado la
cárcel y pérdida automática
del empleo y profesión, era
muy fácil adivinar que esas
cebollas no eran cubanas y
habían sido robadas del
cargamento.
¿Quién pudiera imaginarse a
un Capitán y a un Primer
Oficial de cualquier marina
del mundo robando semejante
cosa? Algo, cuyo precio
total no llegaba a los
cuatro dólares. Es
denigrante delinquir, pero
llega el momento en el que
no se puede luchar por ser
honesto, en casos como esos
se peca de comemierda. ¿Por
qué me debo acusar de
ladrón, cuando nadie en Cuba
se considera así por cometer
lo que normalmente es un
delito? Mejor digamos que
yo, como representante del
proletariado o de la clase
trabajadora, procedí al
decomiso de una mercancía
que pertenece a los obreros,
creo que es más bonito
hablar de esta forma.
Afortunadamente no tuve
problemas en mi largo
recorrido con el medio saco
de cebollas, iba vestido de
oficial de la marina, era un
truco que no fallaba. La
policía paraba a todo aquel
que tuviera cara o aspecto
de delincuente, no podían
suponer, la cantidad de
delincuentes uniformados que
deambulaban diariamente por
la ciudad, tal vez lo sabían
y se hacían los tontos.
Dos o tres horas esperando
que parara una guagua y
cuando al fin logro montar
en una, regresó nuevamente
el nerviosismo. El hambre
hace que los seres humanos
agudicen el olfato igual que
los perros, huelen la comida
a varios kilómetros de
distancia. Me preocupaba, la
cebolla olía bien fuerte y
podía sentirse en toda la
guagua, pude oír los
comentarios de algunos
pasajeros y eso era
peligroso también. A veces,
por sola envidia te
delataban en Cuba, la gente
se acostumbró a luchar de
una manera muy extraña. Si
veían que tú vivías con
cierta holgura, eras motivos
de chismes y delaciones.
Allí nadie trata de estar
como el mejor, todos
procuran que estés tan
jodido como el peor y cuando
logran joder a alguien lo
celebran.
En el mercado me distraje un
poco a la hora de
seleccionar las que
compraría, las frutas y
algunos vegetales se
encuentran en la parte
exterior, lejos de la mirada
de los propietarios. La
gente toma lo que desea y
después entran a pagar. A
nadie se le ocurriría
robarse algo, no me he
encontrado con esos casos
aún, deben existir porque
rateros hay en todos lados.
Siempre que veo cebollas me
acuerdo de mi amigo, Cebo no
era un tipo cualquiera, fue
un estupendo Oficial. Cuando
estudiamos juntos
pertenecimos a la Unión de
Jóvenes Comunistas,
navegamos en el mismo barco
cuando la guerra de Angola,
fue de esa generación de
cubanos que se entregó
totalmente a la construcción
de una sociedad nueva. Su
camino fue más largo que el
mío porque militó en el
partido comunista, pero fue
ese militante que entró como
muchos, presionado por su
situación. Renunciar a su
incorporación hubiera
significado la separación o
bloqueo de su carrera como
oficial. Cebo robó de la
misma forma que lo hicimos
todos, puedo asegurar que en
contra de su voluntad.
Arrastrado por la corriente
imperante, donde se
corrompen seres honestos
como él. Murió joven y no
pudo ver el final de esta
película, el día que nos
encontremos se la contaré,
porque nosotros pertenecemos
a la primera generación del
soñado hombre nuevo.
Finalmente compré un dólar
de cebollas, me sobra para
una semana, atrás dejo el
mercado, pero antes de
marcharme las miro mientras
pienso, “es imposible creer
que por tan poca cosa me
hubiera buscado una prisión,
es difícil imaginar de lo
que es capaz el ser humano
cuando tiene hambre, gracias
a Dios estoy aquí para
contar estas cosas”.
En memoria de Jorge Marcos
Joan, alias “Cebolla”,
Toribio, Leonor y “La
Gallega”.