-¿Qué insinúas? Me respondió con
cierto desinterés y mucha
indiferencia. Tuve deseos de
cagarme en su madre y olvidarme
de todos los años que lo
conocía. Habíamos coincidido
durante el primer llamado del
servicio militar obligatorio, él
era sargento en el ejército,
nada que ver con la marina,
pertenecíamos a la artillería
antiaérea. Me sorprendí cuando
nos cruzamos en el lobby de la
empresa, no recuerdo si años
posteriores a mi entrada.
-No insinúo nada, ellos tienen
la comida que nos hace falta.
¿Te olvidas que debemos darle la
vuelta a la tierra? El perro
regresó nuevamente y se echó
sobre el sofá, todo el damasco
del forro se encontraba cargado
de sus pelos, me vino a la mente
la imagen del capitán anterior y
su psicosis por la limpieza.
¿Qué diría si se encuentra al
camarote lleno de pelos por
todos lados? Regresé nuevamente
y evité distraerme con
pensamientos vagos. –Yo no sé si
comprenderás nuestra situación,
pero llevamos pasando hambre más
de dos meses y nos queda un
largo camino por recorrer.
-¿Qué quieres que haga? La
Habana no manda dinero para la
comida y yo no soy mago. Otra
vez volví a sentir esos deseos
casi enfermizos de mentarle la
madre y tratar de esa manera
regresarlo a la realidad.
¡Pelitoooo! Se oyó desde el
interior del dormitorio y el
animal salió disparado
nuevamente hacia aquel lugar, lo
seguí con la vista hasta que
desapareció por la puerta.
Seguro que duermen juntos,
pensé.
-Yo sé que no eres mago, pero te
recuerdo que eres el capitán de
un barco con más de treinta
tripulantes a bordo.
-¿Y qué quieres que haga? No hay
dinero y no hay dinero.
-Eso no tienes que recordármelo,
pero tengo a una pila de
subordinados a los que no se les
paga desde hace más de dos
meses, gente a la que debo poner
a trabajar en cubierta y cuando
menos, se merecen un plato de
comida decente cuando llegan al
comedor. Trataba por todos los
medios de mantener la
ecuanimidad y le rogaba a
alguien que me dotara de toda la
paciencia existente en la
tierra. –Estuve hablando con los
dueños de esas embarcaciones y
me piden un cable viejo o
cualquier cabo a cambio de todo
lo que llevan a bordo.
-¡Eso es una candela! La
orientación que tenemos de La
Habana es vender esos cabos y
cables y llevar el dinero.
-La Habana pudo haber dado todas
las orientaciones que les salió
de los cojones, pero los que
estamos del lado de acá somos
nosotros. ¿Tienes ideas de dónde
carajo nos encontramos? Todo
parecía indicar que no, el
capitán viajaba muy feliz
mientras comandaba una
tripulación hambreada. Ella
salió del dormitorio y le dijo
que había hecho la cama. No era
mala gente tampoco, un poco
temida a bordo por su condición
de hijita de papá. Su padre era
uno de aquellos viejos
comandantes de la revolución
que, cuando el barco se
encontraba en puerto la visitaba
con frecuencia. Siempre lo hacía
acompañado de una comitiva
integrada por sus guatacas,
gente muy sonriente que
celebraba cada palabra del
viejo, poco importaba que no
tuviera gracia al hablar. Los
tripulantes la mantenían a
distancia aunque no fuera mala
gente, solo por prudencia.
–Estamos en Bangladesh y debemos
darle la vuelta al mundo por
Sudáfrica, ¿estás enterado?
-¿Y qué quieres que haga? ¿No
conseguí un préstamo en Singapur
para comprar comida?
-¡Despierta! Lo que te prestaron
solo alcanzó para comprar
víveres que alcanzan para una
semana, nos queda más de un mes
de viaje para regresar a Cuba.
-En Angola podemos reabastecer
el buque.
-¡Mentira! Tú no sabes nada de
ese país, yo estuve un año y
medio allá y desde ahora te digo
que no conseguiremos nada para
avituallar al buque.
-Bueno, y toda esta trova a qué
viene, parece que estás de mal
humor. Con razón debía estarlo,
yo era quien le daba el rostro a
la tripulación y debía
escucharlos diariamente en ese
desfile de lamentos infinitos.
Muchos de ellos protestaban
cuando veían a la primera dama
deshuesando un pollo hervido
para darlo de comida a su pelito
lindo, pero todo no pasaba de
allí, simples murmullos
intrascendentes.
-¿Debo estar contento? Un mes y
medio en Corea del Norte con la
calefacción rota y dieciocho
grados bajo cero. Quince días en
Singapur con cuarenta grados
sobre cero y el aire
acondicionado roto. Dos meses y
medio sin apenas comida en la
gambuza y me dices que ando de
mal humor.
-¡No cojas lucha! Trata de
relajarte un poco, tú sabes cómo
es esta rumba. ¡Claro que lo
sabía! Veía a su mujercita y al
sobrecargo subir por la escalera
cargado de víveres para el
refrigerador de su camarote
mientras se le exigía sacrificio
a la tripulación.
-¡Oye! Yo si cojo luchas, ¿sabes
por qué?, por una simple razón,
yo soy el jefe de todos esos
hombres a los que debo mandar a
trabajar en cámara y cubierta. Y
aunque no lo creas, les debo un
poco de respeto por todo lo que
hacen.
-¡Sí, está bien! Muy buena toda
tu muela, pero yo no me la voy a
jugar por nadie. Mi hermano, que
se alcen y protesten, ese no es
mi asunto.
-No será el tuyo, pero sabes una
cosa, yo voy a resolver el
asunto de la comida.
-¡Allá, tú! Cualquiera de esa
gente te puede traicionar y vas
a cumplir por tu libretazo.
-¡Compadre! En la vida no se
puede ser tan pendejo y en
nuestro caso nos encontramos a
miles de millas de la isla. Hay
que cambiar esos cabos y cables
por comida, no tenemos otra
salida.
-Si te vas a meter en esa
candela, yo te recomiendo que
hables con el secretario del
partido.
-Con el que sea, yo voy a hablar
con quien sea, pero este buque
no puede salir de puerto sin un
mínimo de comida que garantice
la navegación aunque sea hasta
Angola. Salí de su camarote
sintiendo desprecio por una
persona a la que había admirado
durante muchos años, lo hice
dispuesto a resolver aquel grave
problema y debo confesar que
nunca pretendí asumir el papel
de héroe, actuaba como un
verdadero jefe.
-Julián, nos quedan unos dos
meses de viaje y la gambuza está
casi en cero. No podemos esperar
que llegue dinero a este país
cuando no llegó a Singapur,
necesitamos comida para
continuar y yo tengo la
solución.
-De verdad que el asunto es
bastante grave, ¿qué propones?
-Muy sencillo, yo cambio todos
los cables viejos de las grúas y
los cabos que se encuentran
fuera de servicio por comida y
lleno la gambuza.
-¡Oye! Eso es una candela, la
orientación que tenemos es de
venderlos y llevar la plata para
la isla. Me repitió todo lo
manifestado por el capitán
minutos antes.
-Muy bien, vendemos todas esas
mierdas y guardamos la plata en
la caja fuerte del barco. ¿Qué
cojones comemos desde aquí hasta
Angola? No solo eso, en ese país
tampoco vamos a encontrar
comida, las tropas se encuentran
en retirada y no debe existir un
servicio de abastecimiento que
nos garantice avituallarnos.
-¡Imagínate tú! ¿Y si alguien
pita cuando lleguemos a La
Habana? ¿Sabes la candela que
nos buscamos?
-¡Olvídate de la candela! ¡Mira!
Reúne a todos tus militantes y
diles que yo voy a cometer ese
libretazo para resolver el lío
que tenemos con los víveres.
Supongamos que haya un
chivatazo y pidan cabezas en La
Habana, ¿quién es el responsable
de todo, no fui yo? No hay
razones para preocuparse, la
única cabeza que rodará es la
mía. Se mantuvo pensativo
durante varios minutos, luego
escuché por el sistema de
comunicación interna del buque
que convocaban a una reunión de
urgencia de todos los
militantes.
-¡Mete caña! Me dijo Julián
mientras yo le confeccionaba una
lista con los productos que
necesitaba a los propietarios de
aquellas embarcaciones.
-¡Contramaestre! Dale un cabo
viejo a este bicho y arría una
red para subir todo lo que tiene
a bordo.
-¿Cuántos cabos vamos a cambiar
por comida? Me preguntó Medina,
viejo lobo de mar.
-Saca todo lo que tengas
guardado en las torretas de las
grúas y en los pañoles de proa y
popa. ¡Vamos a cambiarlos todos!
-¡Coño! Al fin vamos a limpiar
un poco los pañoles.
-¡Medina! Dale un cable viejo a
este chino, ya sabes, sube todo
lo que tiene en la lancha.
¡Medina! ¡Medina! ¡Medina! Ese
nombre lo fui repitiendo durante
los dos días que duraron
aquellos trueques. Hubo que
construir una jaula en la popa
para guardar todas las gallinas
obtenidas en los cambios, sobre
cubierta deambulaban unas ocho
chivas que fueron sacrificadas
el día de la salida.
-¿Qué hago con esa oca? Me
preguntó una tarde el cocinero,
aquel animal se comportaba como
un perro rabioso que trataba de
picar a todos los tripulantes
cuando pasaban a popa de la
superestructura.
-¡Conviértela en croquetas
pa’que no joda! La gambuza se
llenó de comida y nadie habló
cuando llegamos a La Habana. En
Angola se cumplieron mis
pronósticos, el ejército solo
pudo brindarnos unas cuantas
cajas de alimentos en conserva,
insuficientes para garantizar la
navegación hasta la isla.
Gloria continuó hirviéndole un
pollo diario a su pelito lindo
ante la pasividad de los hombres
que se encontraban a bordo.
Cuando entramos por el Mariel su
papá la estaba esperando con dos
o tres Ladas, todos le reían sus
gracias aunque no fuera
simpático. Me contó ella en una
de aquellas guardias, su padre
había transformado un cuarto de
la casa en una nevera más grande
que la del barco. Allí, guardaba
terneras enteras, puercos,
venados, emperadores, cajas de
langostas y camarones, guanajos,
pollos. ¡Fibra! Aquella nevera
se encontraba repleta de ellas y
no te cuento, me dijo, los
asados que se hacían en el patio
y la gente que asistía a sus
fiestas. Yo la escuchaba sin
asombro, sin sustos, sin
sorpresas, ya tenía conocimiento
de aquellas majestuosas
celebraciones.
Me enteré que Gloria andaba en
uno de esos barcos que arribaban
a Montreal cada quincena, nunca
supe si lo hizo acompañada del
ex sargento de artillería, lo
dudo. Me dijeron que en el
último viaje la enviaron de
regreso por avión, su padre
había muerto, una noticia mala,
no es lo mismo, nadie celebrará
los pujos del viejo. ¡Pelito
lindo! Se produce ese eco en mi
mente y veo al cabrón perro
devorando un pollo hervido y la
gente guardando silencio.