
esde hace mucho tiempo yo tambien comprendi que
estamos solos en esta lucha.
Que este pais
no es nuestro aliado. Y que ninguno de sus dos
partidos representa nuestros intereses por una
Cuba libre y democratica. Aqui solo lo que
importa y lo que maneja la politica son los
intereses economicos a corto plazo y al diablo
que se hunda el pais a largo plazo - como ya
vemos que esta sucediendo.
Desgraciadamente hay muchos en el exilio que aun piensan que
el Partido Republicano es nuestro amigo. Este
partido, aunque un mal menor en comparacion al
Partido Democrata (que mas bien se podria llamar
Socialista), tampoco es nuestro amigo y mucho
menos nuestro aliado. Solo nos usa cuando
necesitan votos y van a Miami, y el exilio acude
a recibirlos. La politica del actual presidente
Bush revela una mas el desden hacia nosotros - a
pesar que le debe la presidencia dos veces al
exilio cubano.
Claro que el actual presidente en general es mejor para el
pais que si Al Gore hubiera tomado la
presidencia, pero no obstante, para nosotros
tambien ha resultado una desgracia mas. Siempre
tenemos todas las de perder politicamente. Es
todo muy frustrante y tenemos que tener siempre
los ojos muy abiertos.
El exilio no se debia vender tan barato al Partido
Republicano. Este partido debia recibir nuestro
mas rotundo rechazo tambien. Y sobre todo
negarnos a dar contribuciones a los politicos de
ambos partidos - excepto a los congresistas
cubanoamericanos que luchan en un medio hostil
por representar nuestros intereses - pues la
mayoria de los politicos norteamericanos "take
the money and run." De estos no podemos esperar
ningun favor concreto. Pues las poderosas
corporaciones economicas de este pais les dan
mas dinero que el exilio.
Ojala que su articulo haga pensar a muchos exiliados,
principalmente en Miami, para que no se dejen
embaucar nuevamente. Lo ideal seria que todos
los cubanos se dieran de baja de ambos partidos
politicos y se inscribieran como INDEPENDIENTES.
Eso les indicarian que no somos bobos y que con
nosotros no se puede seguir jugando. Ahora bien,
quien une a los cubanos? Y ese es el problema
mas dificil de resolver.
Con mis mejores deseos,
Agustin
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DENUNCIANDO A LOS NUEVOS TRAIDORES
Por Hugo J. Byrne
“La libertad sin orden es anarquía, pero el
orden sin libertad es opresión.”
Presidente Miguel
Mariano Gómez Arias (discurso de
inauguración a la presidencia el 20 de mayo de
1936).
Hace 46 años la República de Cuba fue abandonada
por su presunto aliado norteamericano. Las
decisiones políticas del Presidente Kennedy
impidiendo la consolidación de una cabeza de
playa libre al este de la Ciénaga de Zapata,
culminaron en la ignominiosa derrota de Bahía de
Cochinos. Cómplice en ese desastre fue
nuestra total incapacidad
de controlar los acontecimientos. La joven
comunidad exiliada, todavía aturdida por el
injusto resultado y aún más dividida por el
mismo, no percibía las raíces del problema. No
fue hasta bastante después de terminada la
crisis de octubre de 1962 que inescapables
evidencias empezaran a permear el intelecto
colectivo del destierro.
Un servidor
estaba en Cuba el 17 de abril de 1961, esperando
órdenes del exterior para ocupar el centro de
trabajo habanero donde desarrollaba mis
labores. La espera fue en vano, pues la orden
nunca se materializó. En uno de los más
absurdos eventos de la historia militar
contemporánea,
el desembarco de Bahía de
Cochinos no tomó por sorpresa al régimen, sino a
quienes se aprestaban a derrumbarlo.
¿Cabe en lo posible que tal confusión fuera
producto de incapacidad humana o circunstancias
fortuítas? Mi padre había fallecido el día 14
de abril y al día siguiente, mientras atendía a
sus funerales, se produjo el
bombardeo de la Brigada a las
bases de la Fuerza Aérea castrista. Sería el
único ataque al arma aérea del régimen de los
tres que habían sido programados
para destruirla.
La decisión política de Kennedy cancelando las
otras dos incursiones fue la más dramática causa
de la debacle, aunque sin duda nó la única.
La
derrota impuesta por Washington, otorgaría una
victoria decisiva al castrismo. Esa victoria,
reforzada por los acuerdos de fines de 1962
entre los soviéticos y la misma administración
de “Camelot”, resultarían en la permanencia de
Castro en el poder. No deseo rememorar esos
trágicos eventos. El lector los conoce
íntimamente. Mi objetivo es analizar las
consecuencias políticas de ellos en el exilio
cubano.
La reacción del destierro en la primera mitad de
la década de los sesenta fue la paulatina
integración del mismo a la política doméstica de
Estados Unidos, lo que en términos prácticos
representó una ganancia neta para el Partido
Republicano sobre el Demócrata. Este último,
tanto por su ideología social contemporánea como
por sus acciones, entre las que ocuparon lugar
prominente las previamente citadas, se convirtió
(justamente) en anatema para la mayoría del
exilio. A todo esto puede agregarse la
indiscutible estrecha relación existente entre
el castrismo y muchos personeros del ala
izquierda de ese partido.
La marea alta de
la coalición entre el “Grand Old Party” y el
destierro tomó forma durante la administración
de Ronald Reagan, que para muchos fuera el
epítome de la actitud resuelta ante la amenaza
totalitaria soviética. Actitud razonablemente
acreditada por el desplome final del “Bloque
Socialista”, lo que ocurriría poco tiempo
después, durante el gobierno de George H. W.
Bush. Casi invisible en medio de la euforia de
esos años tuvo lugar una
muy aleccionadora iniciativa
diplomática.
Una de las primeras medidas de Reagan como
presidente fue el envío del General Vernon
Walters a La Habana como embajador
plenipotenciario, con el único propósito
(admitido a posteriori por el desaparecido
diplomático)
de buscar un acomodo con Castro.
Aunque fracasadas por la
intransigencia
castrista,
es importante analizar el alcance de las
intenciones del ejecutivo norteamericano.
El “embargo
económico”, nunca aplicado en sus capítulos más
efectivos (por obra de
dos administraciones de signo
político diferente),
ha mantenido el interés del destierro en la
política doméstica, al dirigirse muchos de
nuestros mejores esfuerzos a su aplicación y
continuidad. Aunque su derogación sería una
mejora económica temporal y una victoria
política para el régimen, su mantenimiento (en
su forma actual) no garantiza en modo alguno el
fin del castrismo. Washington no ha sido un
fiel aliado de Cuba, sino tan sólo un espejismo
más. No podemos confundir la nación que amamos
y que nos ama, con su política que nos desprecia
y usa. Para la primera somos sus hijos, para la
segunda, dependiendo de donde sople el viento,
un interés o un lastre.
En medio de la
Guerra contra el Terrorismo, la más publicitada
arma de Estados Unidos, llamada “Ley Patriota”
(“Patriot Act”) es utilizada por el Departamento
de “Homeland Security”, para
perseguir, encausar y aprisionar a exiliados
cubanos por el delito
de
haberse alzado en armas contra la tiranía
castrista.
Veteranos de la guerrilla en el Escambray y sus
familiares y colaboradores en esa lucha por la
libertad
encuentran obstáculos para entrar al territorio
norteamericano por haber “tomado armas contra
las autoridades de un estado extranjero”. La
política de Washington en contra de los
militantes cubanos se ha hecho bien evidente con
el encarcelamiento y prisión de cuantos
exiliados pongan sus deberes hacia la patria por
encima de otras consideraciones.
El ignominioso
régimen carcelario de virtual aislamiento a que
está sometido Luis Posada Carriles es una
vergüenza nacional y universal. Las cobardes
maniobras para entregarlo encadenado al régimen
de Caracas parecen evidenciarse cada día en los
manejos de los picapleitos federales para
mantenerlo en prisión
indefinidamente.
Poco importa que el mandamás en Venezuela rompa
lanzas diariamente con los más encarnizados
enemigos terroristas de Norteamérica. Poco
importa que insulte a diario al Presidente
norteamericano y a sus inmediatos
colaboradores. Sólo parece importar que el
crudo que envía ese fantoche a Estados Unidos
(17% del consumo nacional) se mantenga sin
merma, para que no se agreguen
más presiones
económicas a las presentes dificultades política
del gobierno actual.
Estamos ante la
diplomacia de la cobardía y la política de la
traición.
En medio de la
catástrofe nacional que representaba para
Francia su aplastante derrota del verano de
1940, un obscuro General, decidido a continuar
la guerra desde el exilio y en ese momento
supuestamente despidiendo a diplomáticos
británicos en el aeropuerto de París, saltó al
avión en el último instante, volando con ellos
hasta Londres. Pocos días después, en su
histórico primer discurso desde la BBC, Charles
De Gaulle les dijo a sus compatriotas que no
estaban solos. Sin embargo, en sus contínuos y
tormentosos enfrentamientos con sus aliados
“anglosajones”
el arrogante soldado actuó
siempre
como si Francia estuviera realmente sola.
Admitió ayuda y cooperación, pero
cuando
no
estaba acompañada de riendas o controles.
De Gaulle, quien no era santo de mi devoción por
razones que no competen a este trabajo,
sabía que
Francia sí estaba
sola.
De sus actitudes, Winston Churchill se quejó con
amargura, diciendo que: “…de todas las cruces
que tuve que cargar durante la guerra, la más
pesada fue sin duda la de Lorena” (símbolo
escogido por De Gaulle para “Francia Libre”).
Cuando en 1963
tres mil cubanos vestimos el uniforme del
ejército de Estados Unidos en Ft. Knox y Ft.
Jackson, lo hicimos después de haber jurado
oficialmente fidelidad a la
Bandera de
La
Estrella Solitaria.
Este es un recordatorio a esa fidelidad.
Hace mucho tiempo que me olvidé de Washington,
de los demócratas
y de los
republicanos.
Cuba estaba sola en 1895 y
está sola hoy. Ha
estado sola por casi cincuenta años.
Sólo nos tiene a nosotros.
¿Y qué podemos
todavía aportar a la patria quienes ya iniciamos
el ocaso de nuestras vidas? Quizás, amigo
lector, nuestro
ejemplo
irreductible. El mismo
ejemplo
que cantara tan elocuentemente Bonifacio Byrne
en su poema del mismo título, con cuyas últimas
estrofas termino esta columna.
Si
es nuestra redención una quimera,
si para vernos libres es temprano…
¡la paloma conviértase en pantera!
y
mientras lata un corazón cubano,
juremos rescatar nuestra bandera,
pasándola al morir, de mano en mano