
n mi columna anterior planteé que había llegado la hora
de hablar con los militares. Cuba entra a la
hora cero. Es dudoso que Fidel pueda volver a dar el
liderazgo que ha dado hasta ahora. Los líderes
carismáticos no pueden enfermarse. El carisma es
incompatible con la postración por sangramiento
intestinal. Las fotos circuladas con motivo de su
cumpleaños sólo revelan esa postración. Fin del carisma.
Raúl, por su parte, no tiene ni carisma, ni intelecto,
ni prestigio internacional para llenar los zapatos de
Fidel. Ha llegado a su fin la dictadura carismática del
señor feudal que nos dimos en 1959. Y digo nos dimos
porque fui miembro del Movimiento 26 de Julio.
El fracaso político y económico de la revolución se debe a
que, en vez de restaurar la Constitución del 40, se
instaló un régimen caudillista estilo Trujillo. Lo del
comunismo fue un ropaje ideológico, junto con el
antiamericanismo, que Fidel dio a la revolución para
encubrir su ambición autoritaria de implantar un
estalinismo soviético. La Cuba de hoy es una sociedad
retrógrada. En lo político y administrativo se maneja
como un feudo en que el señor feudal es dueño de vidas y
haciendas. En lo económico se centraliza todo el poder
en el señor feudal. Por eso no puede haber iniciativa
privada alguna. Todo el mundo le debe su trabajo al
señor feudal, y hasta la casa en que vive.
Aun la corrupción es una tara que se tolera para asegurar la
incondicionalidad de los súbditos. Pero, de ser
conveniente, se puede usar para defenestrar a cualquiera.
Pregúntenle, si no, a Carlos Robinson o a Roberto
Robaina.
Mientras Fidel esté vivo es dudoso que se inicie el cambio.
Hable o no hable Raúl. Pero la golpeada salud del líder
carismático, si no su muerte, aseguran que ahora la
transición es inevitable. Esta transición tiene que
basarse en las fuerzas armadas. Sólo ellas pueden
garantizar el tránsito pacífico que es evidente desea el
pueblo cubano. Además, una nación que depende del
turismo no puede gastarse el lujo de caer en el caos
político.
La apertura política tiene que empezar por la libertad de los
presos políticos. Es necesario restaurar la libertad de
expresión y el derecho de libre asociación. Estos son
prerrequisitos para un llamado a elecciones. El aceptar
que Fidel nombre a otro señor feudal es perpetuar el
régimen retrógrado. La soberanía está en el pueblo, no
en el Partido Comunista. Sólo un gobierno elegido por el
pueblo, con partidos múltiples, ofrece una base
institucional adecuada para sustituir el régimen feudal
actual.
Ricardo Alarcón quedó fuera. Sus declaraciones revelan un
esfuerzo por llenar el vacío que ha creado el silencio
de Raúl y compensar por la omisión de su nombre en la
proclama de Fidel. Pero el que Alarcón haya tratado de
usar el potencial rechazo estadounidense para vetar a
Raúl revela que la élite del régimen sabe que la
aceptación de EEUU es indispensable en la etapa
postcarismática. Implícito en sus palabras está la
noción de que él sí es aceptable a EEUU. Lo que es
dudoso.
A la brevedad posible hay que iniciar la apertura en la
economía. El bienestar del pueblo demanda que se libere
la capacidad productiva de todos los cubanos. Durante la
reciente reunión de la Asociación para el Estudio de la
Economía Cubana (ASCE), que tuvo lugar en Miami a
principios del presente mes, varios economistas cubanos
discutieron medidas que serán necesarias para lograr esa
apertura de la economía. A pesar de que el régimen se ha
aislado de los organismos financieros internacionales,
hay muchos profesionales cubanos que han laborado en
esos organismos y han contribuido a la liberación de las
economías del antiguo bloque soviético y otras en las
Américas. Sus valiosas experiencias están a disposición
de las nuevas autoridades que emerjan del proceso de
transición.
Estos son los temas iniciales que debe tomar en consideración
una mesa redonda entre gobierno y oposición. La agenda
puede expandirse después a otros temas. Un futuro
estable y próspero para Cuba tiene que satisfacer las
aspiraciones de todos los cubanos, dentro y fuera de la
isla. Eso no se logra con perpetuar la sociedad feudal
actual, sino con el establecimiento de un régimen
democrático y una economía de mercado.